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¿Qué hacer cuando te das cuenta de que ni siquiera eres bueno en lo que te gusta?


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—¿Por qué estamos haciendo esta cola tan larga, papá? —le preguntó el Niño a su padre.

El hombre mantuvo su mirada entrelazada con la nada y no articuló palabra alguna.

—¿Papá? —le llamó el chiquillo.

Nuevamente, no hubo respuesta.

—¿Adónde nos lleva esta cola de gente? —volvió a interrogar el Niño, esta vez asustado por la pasividad de su interlocutor.

Silencio. Los ojos del chiquillo, se mantuvieron clavados en el cielo color celeste, tratando de encontrar aquel punto muerto que su progenitor aparentemente consideraba tan interesante.

Un vehículo de color negro impactó contra una furgoneta gris mate. No hubieron supervivientes.

El Niño se mantuvo callado durante unos escasos segundos, pensando.

—¿No era ese nuestro coche? —quiso saber él.

Un dolor agónico y punzante se formó en su pecho. Su corazón dejó de latir.

La cola de gente desapareció, dejando un sendero libre hacia una puerta con un aura brillante.

—¿Adónde vamos? —dijo ya, casi gritando.

La mirada del padre se centró por primera vez en el chaval.

—Hijo, tú ponte el cinturón y date prisa, que llegamos tarde para llevarte al fútbol.

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Mañana lo reviso que tengo sueño .__.

Gksdi

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Ahí lo tenía.

Sí; ahí estaba aquello que siempre anhelé.
Aquello que siempre quise.
Aquello que deseé con un ansia semejante a la de un sediento en un desierto
africano alejado de la mano de Dios.

Y entonces fue cuando lo eché a perder;
cuando no lo cogí y lo dejé pasar,
cuando me arrepentí por no sostenerlo entre mis desesperadas manos.

Y ahora...
Y ahora soy una mera pasajera de la vida. Pasé de protagonista a observador.















Quizá lo más triste de mi situación, es que, en estos momentos, para mí, carece de relevancia la totalidad de lo que siempre consideré importante .

.-.-.-.-.-.-.-.

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Había una vez una historia sin terminar.
Había una vez una historia sin realizar.
Había una vez una historia sin final.

Y los personajes de aquel relato vagaban etéreos
en aquellos folios vacíos.

No tenían nombre,
No tenían rostro.

Carecían de identidad.

Pero, aún así existían, porque,
con la fuerza de una vaga idea fueron creados.

No existen.
Están ahí.

Me gustaría pensar que terminarán de tomar forma algún día.














































"¿Has pensado alguna vez en escribir esa idea que se te pasa tanto por la cabeza...?"


@·#/~!*

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Ríos de sangre surgen reverentes
de tu inerte cadáver.
Noches interminables
velan un hecho amigo del olvido.
La calidez escarlata
que emanaba tu cuerpo
se torna compañera
del frío.

Yo sólo quise tener al menos
un amago tu despedida.

Tener al menos un amago
de tu sonrisa.

Tener al menos un amago
de tu final.

Torrentes de salada culpabilidad
son derramados agriamente
de mis ojos.

Mares de tristeza.
Océanos de agonía.

Yo sólo quise aspirar el perfume de
tu Boca,


pero ahora la menta de tu aliento
ha enmohecido putrefactamente.
...

—¡¡Nooo!! —grité—, ¿por qué lo hiciste? ¡¡Habérmelo contado!! ¡Los dos podríamos haber encontrado una solución que no fuera esta!

—D-De-Demaa..siado... t-tarde...



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Quisiera ser Luz.
Quisiera ser Tinieblas.
Quisiera ser Resplandor.
Quisiera ser Penumbra.


Q
U
I
E
R
O

S
E
R

V
I
D
A

Anhelo ser tu vida.

Tu todo.
Tu nada.

En ocasiones podemos expresar mucho,
con pocas palabras.


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Chris no sonrió; mantuvo su mirada fija en el suelo.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Sofi... —empezó él. Una lágrima voló desde la altura de sus ojos al suelo—. Tengo miedo.

Me acerqué a él y lo estreché con fuerzas entre mis brazos.

—¿Miedo? —le interrogué peinando sus hebras castaño claro con suavidad—. ¿Miedo de qué?

Chris cerró sus diminutos brazos en torno a mi cintura a la par que apoyaba su cabeza en mi pecho.

Le sentí inhalar profundamente mi aroma. La tensión de su cuerpo cesó, como si el olor procedente de mi piel le otorgara paz.

—Tengo miedo del olvido.

Aprecié cómo se humedecía mi camisa.

—No seas tonto —le consolé—, no tienes por qué temer por eso.

Chris se apretujó aún más fuertemente a mí.

—Pero Sofi —hipó—, tarde o temprano dejaré de formar parte de ti.

—Shhhh... —siseé—. No llores; te prometo que eso no va a ocurrir.

Las lágrimas de Chris continuaron impactando contra el terroso asfalto.

Suspiré, sin saber qué decir; sin tener la más remota idea de qué palabras lograrían detener su amargo llanto.

Cerré los ojos, y simplemente sentí su calidez, tratando de hacerla compañera de la mía. Con suavidad, empecé a tararear una canción de cuna que mi madre todas las noches me cantaba.

Con aire resignado, Chris me miró a los ojos, antes de pronunciar:

—Soy un recuerdo; represento a tu infancia, y, cuando finalmente te hagas adulta terminarás por convertirme en el compañero del olvido.


Lo que no te perdonaré nunca...

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—¿Qué quieres? —inquirió Patricia en tono duro.

Beatriz miró a su hija dolida.

—Desayuna algo, cariño; llevas unos meses en los que a penas te llevas bocado a la boca. Estás demasiado delgada.

Su hija arrugó sus labios perfectamente pintados con gloss rosado.

—¿Pretendes que me vuelva una gorda como tú? —la atacó con claro resentimiento—. Seguro que papá te dejó por eso; por lo vaca que estás.

Beatriz bajó su mirada, intimidada.

Ciertamente no sufría sobrepeso; únicamente había engordado dos o tres quilos como consecuencia del verano.

—No me gusta que me hables así, Patricia —hizo una pausa antes de cambiar de tema—. Y sabes perfectamente que papá no se separó de mí por eso; me dejó por estar embarazada de ti; él era joven y no quería responsabilidades.

Patricia ignoró aquel comentario.

—Lo que tú digas… —le contestó con desdén—. Ojalá pudiera largarme de aquí e irme a vivir con él. Odio esta casa.

Su madre se tragó todo el dolor que le producían aquellos reproches tratando de no mostrar algún signo de debilidad.

—Pues entonces vete a buscarle; seguro que te recibirá con los brazos abiertos —le contestó a Patricia con rencor—. Parece que te has olvidado de cuando te dijo cinco años atrás que no quería saber nada de ti.

Patricia enfureció.

—Eso fue por tu culpa; ¡seguro que le dijiste algo a papá para que se alejara! ¡¡Sólo quieres hacerme daño!!

Beatriz suspiró.

—Eso no es verdad. Eres mi hija, y te quiero.

Patricia clavó su mirada iracunda en los húmedos ojos de su madre.

—Mentirosa —pronunció aquella palabra con desgarradora amargura, tratando de achacar las culpas de su déficit de cariño paterno a alguien que sufría aún más que ella aquella forzosa situación.


Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

Érase una vez...

Eres el visitante número...