Soy la princesa de Cabellos de Fuego y me hallo cautiva en una torre. Αnhelo que un príncipe vaya en mi búsqueda y me libere del hechizo de la malvada bruja.

Pero, me da miedo. Tener que depender de él; si no me regala un beso no despertaré de mi mágico letargo. Eso es horrible, pues no me queda otra que aceptar no poder valerme por mí misma.

¿Qué hacer? ¿Dejar que me rescate y volverme su esclava? Si me salva estará diariamente echándome en cara que por él fue que dije adiós a mi cárcel.

Te odio, bruja. Me has condenado a la peor de las maldiciones; depender de alguien. Ahora, cada vez que mi príncipe no ponga la mesa y se olvide de la fecha de mi cumpleaños tendrá la excusa de que me ama de verdad por haberme liberado.

Aunque quizá, lo más frustrante de todo, es tener la conciencia de que él sólo fue a por mí cuando se percató de que yo era una de las princesas más ricas del mundo.


Cariño, ¿acaso te preocupaste por conocerme
antes de rescatarme?




Últimamente no puedo evitar sufrir ser diferente, ojalá...



Dejemos de vislumbrar
lo que se debe contemplar;
aquello que catalogan
como correcto en la sociedad.

Si lo hiciéramos el mundo sería
un lugar con variedad,
repleto de seres diversos
absueltos de neutralidad.

Sin grilletes el hombre se liberaría
de sus cánones de frivoldidad.
Por fin no sufriría discriminación alguna
basada cualquier cirtunstancia personal.


#


Elisa mantuvo sus ojos fijos en los pupitres del aula vacíos. Nadie. No había ningún testigo de su soledad; ningún alma que le acreditara que aquel ser que le contemplaba con ojos taciturnos formaba parte de la realidad.

—Te duele, ¿verdad? —dijo él. Un mechón de su cabello azabache acudió a su ancha frente; lo retiró—. Responde.

Elisa abrió la boca. Su labio inferior tembló; vacilante. No contestó. El tipo sonrió con sorna y prosiguió con su discurso.

—Un silencio vale más que mil palabras —aseveró él satisfecho.

Elisa siguió sin articular palabra. Incómoda, se balanceó lentamente sobre sus pies.

—Son ellos los que no te comprenden. No es tu culpa —sentenció el tipo. Hizo una pausa de manera dramática—. Son incapaces de entenderte porque no eres como la multitud; porque no eres tan aburrida como los demás.

Elisa sacudió su cabeza, atontada. Se sentía como un pelele; un títere que estaba plantado en aquella habitación como decoración. El desconocido no podía estar absolutamente seguro de que ella le escuchara.

—Soy... diferente —pronunció ella. Un sonrisa de satisfacción se instauró en los labios agraciados del desconocido. Aquella respuesta a penas audible de Elisa le acababa de confirmar que aún existían esperanzas.

Satisfecho, el ser asintió con vehemencia, dándole la razón. La tenía en el bote.

Los dedos de él recorrieron la pizarra impregnada de polvo de tiza, trazando lo que parecía ser un garabato que se asemejaba a una rosa.

—Ésta eres tú —sentenció él señalando a la flor.

Elisa, con menos apatía que al inicio de la conversación, encaró una ceja con escepticismo. El desconocido continuó con su verborrea.

—Delicada y hermosa —dijo él—. Si no eres tratada con cuidado no tardarás en marchitar.

Desconcertada por aquellas palabras, Elisa le contempló inquisitivamente. Sobre la flor el desconocido dibujó unos puntos a modo de hormigas. Aquellos diminutos insectos estaban en todos lados; desde los pétalos hasta la raíz de la planta.

—Ésto son ellos —afirmó él señalando a las hormigas, las cuales eran un equivalente a las personas que la vejaron—. Igual de frágiles que tú. No obstante, jamás les verás de manera individual, sino en grupo. Siempre estarán acompañados. De este modo podrán atacarte y a la vez defenderse, puesto que uno, no puede contra ti, pero cincuenta, sí.

Patidifusa, Elisa tomó aire. Aunque se encontrara asombrada por ello, se veía capaz de hallarle el sentido a las palabras del tipo.

Finalmente, en el tallo de la rosa, el desconocido rayó unas cuantas líneas rectas horizontalmente, creando la ilusión de lo que parecían ser espinas.

—Ésa es la única diferencia entre una rosa y tú; ella tiene una defensa contra los agentes externos y tú no —tomó aire pausadamente—. Si lo deseas yo puedo hacer que dicha defensa forme parte de ti, para que así cada vez que te enfrentes a ellos tengas una pelea justa.

Elisa tardó unos instantes en encontrar la voz.

—¿Cómo? —dijo ella atolondradamente.

El desconocido sonrió e inhaló el aroma de la esencia de la chica. Sí, iba a ser suya.

—¿Te interesaría hacer un pacto?

La receta de la Sociedad



Para en la sociedad encajar,
a mis ideales tengo que renunciar;
rechazando mi libre pensar
y aboliendo mis creencias.

Vislumbraré diariamente
la caja tonta con adoración
ignorando con vehemencia
mi año de abstención a ella.

Adoraré a Belén Esteban,
toda su vida memorizaré,
pues según la gente de barrio
a esa verdulera debo conocer.

El fútbol será mi mayor hobbie,
fanática de esos deportistas seré,
valorándoles de manera enfermiza
por una pelota saber chutar.

Poco me importará que no se merezcan su sueldo.
Lo único relevante para mí será
si España nuevamente
gana el mundial.

Dudo que en esta nueva vida
en la que me rijo por la sociedad
haya espacio para la lectura
de libros con valor cultural.

Mi Dios será "Crepúsculo"
y mi arcángel un libro de Laidy Di.
Mi Biblia serán los Best-Sellers baratos,
y las revistas de frivolización.

El machismo no pasará a segundo plano
pues me buscaré a un chico popular,
fan de los toros y otros deportes absurdos,
y que la tapa del váter sea incapaz de bajar.

Y con él yo seré una chica feliz,
de su amor no podré dudar
aunque salga todas las noches con sus "amigas"
y regrese con los ojos chapados por la María.

Estudios tendré muy pocos,
mi obligación es secundar el fracaso escolar.
Como mucho me sacaré un módulo
de peluquería o algo similar.

Y en el tema del sexo lo tengo muy claro,
yo una sumisa mujer seré.
Me deslomaré para satisfacer a mi hombre
mientras él únicamente piensa en su placer.

Si le apetece no usar preservativo,
yo tendré que ceder
aún a riesgo de que la marcha atrás no funcione
y termine con un bebé.

Si me quedo embarazada no aborto,
al pobre chiquillo tendré,
renunciando a la libertad de mi juventud
y a mi futuro también.

Siempre que pueda saldré por las noches,
alcohol y porros consumiré,
mientras adoro a la música llamada "Chunda Chunda"
sin que mis oídos añoren a mi tan apreciado Hard Rock.

Finalmente me quedan las modas por tratar,
y con ellas firmemente afirmar
que lo que la gente lleve
yo lo tendré que portar.

Poco me importará el tipo de prenda,
que no sea de mi gusto o me quede mal.
Lo que diga la multitud va a misa
y yo como creyente tendré que comulgar.





Gira y da vueltas



Mi vida gira,
cambia, da vueltas.
Intento pararla
pero me esquiva.

Mi vida gira,
y ya no volverá a ser lo que fue ayer;
lo que fue hace dos años,
dos días o un mes.

Mi vida gira,
y no la logro detener.
Anhelo asimilar las cosas;
ver en lo que me equivoqué.

Mi vida gira,
y siempre lo hará;
hasta que al consumirse mi aliento
mis latidos se silencien en su final.


Boceto de escena suelta =w=

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Elisa colocó su mano derecha sobre el moretón de suestómago. Le dolía, aunque todavía le hacía más daño el recuerdo de losinsultos y las vejaciones de los responsables de aquella marca. Ojaládesaparecieran.

—¿Eo?—interrogó alguien desde el pasillo. Elisa no contestó; se mantuvo callada, temerosa; asustada por la idea de que apareciera alguien más que le hiciera daño.

—SoyLucas, Elisa. No te escondas —dijo un chico alto y delgaducho.

Sucabello era castaño oscuro un poco largo; lo suficiente para taparle esasorejas tan grandes de las que estaba acomplejado. Tenía los ojos pequeños colormiel, de cortas pestañas. Su boca, en descompensación con el resto de susrasgos faciales, era grande; de labios carnosos. En conjunto daba comoresultado un rostro poco común, lo que le otorgaba un atractivo insólito.

Lasmanos de aquel chico eran grandes, de dedos largos y anchos. Tenía laconstitución delgada y ningún indicio de algún tipo de práctica deportiva.

—Eñeee—dijo ella como respuesta. Solía balbucear palabras ininteligibles cuando nosabía qué contestar. —Quiero irme a casa —sollozó con ñoñería enfurruñándosecomo lo haría una niña pequeña.

Lucassonrió al verla tan menuda sentada en aquella silla.

—¿Tellevo a casa? —Elisa asintió como respuesta. Se mordió el labio pasándose lalengua poco después sobre él. Lo hizo porque sabía que eso a Lucas le gustaba;él se ponía nervioso cuando ella lo hacía. Quizá si tenía suerte él la tocaría.Pondría sus labios sobre los de ella y después le pediría perdón avergonzado. Yentonces sería cuando Elisa se sonrojaría y trataría de buscar otra manera deprovocarle para que lo hiciera otra vez.

—Martame ha hecho pupa —articuló ella—. No entiendo por qué me hace daño si de normales como si yo para ella no existiera.

Lucasla abrazó como respuesta. Elisa sonrió sintiéndose completa. Cuando Lucas la reconfortabael mundo de Elisa recobraba su sentido, puesto que era él el único motivo porel cual ella seguía adelante.

—¿Estarássiempre conmigo? —inquirió ella; se había vuelto una costumbre aquellapregunta. Cada vez que Elisa sufría una vejación y Lucas la consolaba ella leformulaba aquella pregunta. Daba igual que la respuesta del chico fuera siemprela misma, y que se la repitiera un número incontable de veces. A medida que ibapasando el tiempo, Elisa necesitaba con más avidez que Lucas le contestara.

—Hastael fin de los días —dijo Lucas con tono de telefilm barato; exagerando lamagnitud de sus palabras.
Elisasonrió y se olvidó de todo; en aquellos instantes lo único relevante era elcontacto entre ambos cuerpos en aquel abrazo.


Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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Eres el visitante número...