Es ella




Ella es la chica que baja la cabeza cuando llega a la estación de metro; la joven tímida y retraída que nadie recuerda. Tiene una cara común; o eso ponen los demás como excusa a la hora de no reconocerla. Quiere ser una princesa de piel de mariposa, visible para todos e inmortal para algunos. Quiere convertirse en una joven de ébano, cuyo candente corazón bombee con fuerza e hipnotice.

Todos sabemos quien es ella y lo que quiere llegar a ser, sin embargo, cuando la vemos por la calle no nos damos cuenta de que está ahí. Es invisible; demasiado mediocre como para destacar. Y por ello lo anhela tanto; con tanto ahínco que logró que supiéramos su historia. Pero, ¿de qué sirve? ¿Para qué conocer sus deseos si somos incapaces de ponerle cara? La joven se hundirá en el olvido y su historia continuará vagando.

Al fin y al cabo, eso es lo que importa, ¿no? Memorizar de la joven lo único que la diferenciaba de los demás; sus ilusiones. Aunque bueno, quizá en realidad las conozcamos porque también son las de otras chicas.





Mirar atrás



Llega un determinado momento en la vida en el que no lo puedes evitar, y miras atrás. Y evalúas todos tus errores y aciertos; todo lo positivo y lo negativo. Haces balances. Después, nostalgia. Sientes un punto amargo en tu pecho; un rayo de luz que, a la vez que irradia brillo, exhuma hiel. Por una parte, piensas que es genial haber dejado abandonados en la gasolinera esos momentos tristes y dolorosos y, por otra, quieres volver a saber de ellos. La mera certeza de no volverlos a experimentar te asusta. Y es que, francamente, da miedo pensar en que todo lo que conocíamos, tal y como era, ha desaparecido. Nada volverá a ser como antes; el dios del tiempo lo cambió. Como cuando hicimos queso de la leche; resulta imposible revertir el efecto.

Y las cosas son así. Nos guste, o no nos guste, lo que quedó atrás jamás regresará. Y no nos queda otra que asumirlo aunque, de vez en cuando, nos guste echar una ojeadita atrás. 




Haz de luz



Clara estaba destrozada; se había percatado de que su vida entera era un fracaso. Todo el tiempo que llevaba su corazón latiendo había transcurrido en vano. Desolada como se hallaba no podía parar de llorar. Sus lágrimas hicieron un reguero inmenso en la habitación de semejante manera que  llegó a pensar en lo probable que era que se inundara el cuarto. Aunque bueno, ¿importaba acaso si ella perecía bajo las saladas aguas de su pena? Tal vez, incluso sería lo mejor; dejaría de sufrir.

Se planteó también, mientras el reguero salado seguía cayendo en el suelo de azulejos, cuál era su propósito vital. Incentivos; necesitaba encontrar incentivos para abandonar sus eternos días de decadencia. Si dejara atrás la dejadez de su existencia y encontrara un propósito por el que luchar, posiblemente, dejaría de llorar y empezaría a encontrarle un sentido a su vida. Si, por lo contrario, no hiciera nada, sus ojos continuarían húmedos y terminaría con los pulmones encharcados con un agua amarga llena de sal. Para Clara, ambas situaciones eran atractivas.

El brillo de la luna hizo acto de presencia en la ventana de su habitación. Extasiada, Clara quiso contemplar el foco del hermoso haz de luz. Quería vislumbrarlo plenamente; completamente. Así que se asomó a su ventana, llorosa aún, y deslizó la vista por los alrededores hasta dar con su procedencia. Impávida, descubrió que aquel resplandor no era de la luna, sino de una princesa; de una hermosa y desdichada princesa. Su nombre era Soledad.

«Soledad mirando al cielo» realizado por David

Los ojos de Soledad eran idénticos a los de Clara; ambos llevaban la misma pesadumbre. Quizá, cuando creó a su princesa, intentaba reflejar en ella todos sus males y su dolor; todo lo perdida que estaba en el mundo. Y ahora, la princesa le hacía un llamado con su magia. Le enseñaba que no estaba sola, que la tenía a ella para acompañarla; que su amargura la llevaban a cuestas dos espaldas.

Durante unos instantes, sintió paz. Le gustó la imagen de Soledad con su vestido de fiesta azul turquesa y su cabello medianoche resplandeciente. Le gustó el brillo perdido que portaban sus ojos verde madreselva. Luego, se sintió culpable. Por su culpa Soledad no era feliz. Por su culpa era un personaje que vivía cautivo en un universo opulento y vacío. La princesa jamás sería ella misma, del mismo modo en el que Clara tampoco lo era.

Las lágrimas que caían de sus ojos cesaron. Soledad se merecía ser feliz; Clara se merecía ser feliz. Su visión de la brillante princesa se giró hacia ella y le sonrió; se veía resignación y cansancio en aquel tirón de labios. Sentimientos que a Clara le gustaría cambiar. Ojalá pudiera coger una goma y borrarlos; y dibujar sobre ellos alegría y dicha.

Clara ya no quería ahogarse en las lágrimas de su habitación. Quería coger la mano a la hermosa Soledad y susurrarle al oído «Ya queda menos para liberarte de los grilletes. Te daré alas; te convertiré en golondrina, y por los cielos podrás volar. Serás libre».





Quise tener poder. Quise tener la capacidad de impedir que sufrieras; de impedir que ocurrieran cosas malas que borraran tu sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta y que refleja el brillo de tus castaños ojos. Quise, también, ser capaz de cambiar cosas que no están a mi alcance; de variarlas a mi antojo conforme más te conviniera para que no sufrieras. Pero, ¿adivina qué? No pude.

Soy humana. Estoy limitada. 

Y por ello no dejo de vislumbrar tu pesadumbre y tu dolor. Y me estremezco por dentro, y quiero hacer lo imposible para evitarlo. Pero no. Y no. Y no. Y no. Y no.

Estoy cansada del No. Del «Es imposible». De las limitaciones. Sonríe cielo, sé feliz. Estate a mi lado. Ámame. Que lo demás no importe; que en tu mundo estemos tu y yo. Te lo imploro, te lo suplico. 

Lo necesito.




She is



Estaba cansada de la misma maldita situación y, aún así, tampoco era que hiciera algo para evitarlo. Todas las mañanas acudía a clase cabizbaja y resignada; y me disponía a afrontar las diarias pullas del instituto. Mis compañeros me asqueaban, ignoraban o ambas cosas. Muchas veces me he planteado el porqué de ello, pero tras años de vana investigación, no encontré una explicación coherente que justificara su comportamiento conmigo.

Tal vez eran así porque soy diferente y, como a todo lo diferente, me tenían miedo, aunque... no entiendo muy bien por qué deberían de sentirse así conmigo. Soy una chica bajita, delgada y bastante poquita cosa; no era como si pudiera revelarme contra ellos y hacerles pagar su merecido. Y por otro lado, el hecho de que alguien sea diferente no creo que implique que automáticamente se convierta en un enemigo en potencia; quiero decir... Ser diferente únicamente vale para hacer las cosas más difíciles. ¡Vamos! Como si para mí fuera sencillo encontrar a alguien con mis gustos; ¡¡A todos los adolescentes les agradan cosas que soy incapaz de entender!! Como por ejemplo, las series esas que ven en las que lo único productivo que hacen los personajes masculinos es quitarse la camiseta y los femeninos enseñar escote.

Me gustaría tener a alguien con quien compartir mis aficiones e intereses, pero siempre que lo he intentado; siempre que he probado a abrirme a individuos con los que pensé que podría tener cosas en común, me he dado con un canto en los dientes. De normal, cuando les hablaba de mi afición por la cultura japonesa o por mi obsesión por la literatura me miraban raro; como si no fuera de este planeta. Así que terminé hartándome, y llegué a la conclusión de que era mejor estar sola que tragarme pasar el rato con personas con las que no tenía nada que compartir; que no me pudieran aportar nada nuevo que me interesara.

Y lo peor de aquello era que me hería. Al principio me creí capaz de sobrellevar no tener amigos pero, obviamente, me equivoqué. Con el paso de los días mi estado anímico fue deteriorándose más y más, hasta llegar a un extraño punto en el que cualquier tontería que me hicieran, por nimia que fuera, me afectara de una manera descomunal e inmensurable; había llegado a mi límite. 

A día de hoy acudo todos los días a clase como lo haría un espectro. No tengo ningún tipo de interés por nada ni tampoco existe en mí motivación alguna. La soledad me consume por dentro y en mi cabeza no habita otra cosa que no sea la princesa. Sí, la princesa. La hermosa dama de cabello de fuego que lidió con sus dragones y sus batallas. Creo que, si no me falla la memoria, su nombre era Soledad.





Llamada al Pueblo




Vengo a haceros un llamado,
y a suplicaros con vehemencia,
que no me dejéis de lado.

Necesito vuestro apoyo;
necesito vuestra escucha,
para así acabar juntos
con las cosas que distan de ser justas.

Shhh...
Nos vigilan. 
Id con cuidado;
tomad precaución.







Nuestro enemigo es una madrastra
portadora de un traje con 3G,
y nosotros, cual blancanieves,
en su trampa acabamos de caer.

La manzana de la bruja nos envenena;
la manzana de la bruja nos esclaviza.
¿Debemos, acaso, dejarla vencer
con sus pesquisas?


Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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