Violeta y la sirena



           La tenía en mi cabeza. La imagen de su escamosa cola, su cuerpo elegante y sus ojos aguamarina. Su pelo, ¿no he mencionado que adoraba su pelo? Era entre azul y verde, un claro reflejo del mar. El océano; ella entera reflejaba al océano. Sus mechones imitaban las olas, retorciéndose con el viento, y su cuerpo era tan ligero y suave como la espuma de mar. Era una sirena preciosa y me pedía a gritos que la dibujara. Yo sostenía el lápiz sobre la mesa del escritorio  y estaba en conflicto. Me costaba concentrarme. 

              Había sido la primera en llegar a clase, aquello estaba vacío. Ni un alma; no había ni un alma. Y mi mente pensaba «¿Cómo serán mis compañeros?, ¿tendré amigos?». Nadie me comprendía. Me sentía muda. Muda estaba aun hablando. Abría la boca, ¿y qué? Y como si no hubiera dicho nada. ¿De mis labios salían palabras? Lo dudaba, mucho. Y mi mente pensaba en lo bonita que era aquella sirena y la sirena se comía al pensamiento de no conocer a nadie en el instituto; se comía a mis miedos, y todo eso. Entonces quedábamos la sirena y yo. «En realidad me gustaba mucho hablar, aunque no me escuchara nadie. Hablaba para mí misma, que yo sí que me escuchaba. Y era feliz así. Bueno, no tan feliz como quisiera pero lo era. Además, tenía a papá y a mamá que se esforzaban mucho por que estuviera contenta; por eso los quería tanto».

           Mi mano vagó por el folio en blanco e hizo un triste boceto de su perfecto cuerpo. ¡Cómo las olas! Quería que transmitiera eso; una ola, un alga, un... Quería que tuviera muchas cosas: que me saliera tan ideal como estaba en mi cabeza. Muchas veces me desesperaba porque sentía que la señal que emitía a mi brazo para dibujar lo que pensaba estaba rota y emitía el mensaje a medias. El dibujo nunca me salía redondo. Me equivocaba mucho. Pero en aquel caso no iba a permitir que pasara; me iba a salir absolutamente genial. Había algo dentro de mí, una diminuta parte a penas perceptible, que me decía que todo me iba a salir bien.

           Entonces tuve fe y seguí adelante. Y todo se volvió extraño. Solo podía describir a mi mente pensando muchas cosas; la forma en la que se colocaba el cuerpo, el brazo, la cara... Y mi brazo moviéndose solo. Después estaba mi desesperación; mi intento por tomar la esencia de mi idea y plasmarla. Y dejarla ahí para que cuando alguien la viera sintiera lo mismo que yo cuando aquella imagen estaba bailando en mi cerebro.

           Cuando terminé estaba entre nostálgica y satisfecha. Mis ojos no se despegaban del dibujo; me había absorbido completamente. Era tan bonito su pelo, y su cuerpo, y su todo. De repente vino alguien hablando de cosas a las que no les di importancia y me lo arrancó. Rabia, mucha rabia. Me habían quitado algo muy mío. Mi sirena, mi obra. Estaba enamorada de ella...



Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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