¿Eres feliz?




          La joven ejecutiva miró nuevamente el correo de su portátil; tenía millares de mensajes sin leer y montones de documentos por revisar. Sacudió aborrecida su cabeza y tomó un sorbo de su café favorito, cargado de azúcar para contrarrestar su amargo sabor. Aquella noche, cuando llegara a casa, se tendría que acostar muy tarde para ponerse al día; no podría leer aquel libro que había dejado pendiente o, simplemente, perder el tiempo en el sofá. 

          Conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más cansada y con menos ganas de tiar para adelante con aquella carga: había estudiado una prestigiosa carrera en una prestigiosa universidad, había sido la mejor alumna de aquella generación, había... Lo había hecho todo. Alcanzó la cumbre, el éxito, la fama, y aquello..., y aquello la hacía sentir vacía. ¿De qué le servían tantas cosas, tantos títulos, si no era feliz?, ¿de qué le servía tanto estudio, tanto trabajo, si conforme iban pasando los días se volvía más esclava de lo que tenía que hacer? Le prometieron una libertad falsa; le dijeron que estaría contenta el día de mañana. Y aquello... Y aquello era mentira.

          Con una determinación que se le hizo un tanto extraña y ajena tomó su chaqueta y salió de la oficina. Se deslizó por la acera con la cabeza gacha, balanceando su caro maletín de cuero y resguardada con su gabardina de El corte inglés. Todos los bienes que poseía solo la hacían sentir más vacía incluso; no anhelaba tener dinero, no anhelaba poder consentirse caprichos. En el pasado pensó que no habría nada mejor que no pasar necesidad, que tener un buen sueldo. Y ahora se sentía horrible. ¿De qué le servía todo aquello si ni siquiera lo estaba disfrutando? Su libertad, ella aclamaba solo eso. 

          Repentinamente, algo llamó su atención. Era un tipo vestido con ropa gastada y modesta que estaba arrodillado en el suelo, pintando en el asfalto con tizas un hermoso paisaje con un río inmenso, con árboles de hojas en tonos rojizos y amarillentos que decoraban tanto el suelo como sus propias ramas. Aquella tierna imagen otoñal la hizo imaginarse a sí misma ahí dentro, sin ataduras, libre, inhalando profundamente el aire puro y sin viciar. 

          El tipo parecía concentrado en el dibujo. Su mirada estaba ida, como visualizando dentro de su cabeza aquello que iba a plasmar. La ejecutiva le dedicó una sonrisa rota y se agachó para dejarle un billete de cien euros sobre la lata que había dispuesto en el suelo pidiendo limosna. Aquel hombre se giró hacia ella y le dedicó la sonrisa más sincera que aquella mujer había visto en lo que llevaba de vida.

          —¿Eres feliz? —se atrevió a preguntarle, estupefacta.

          —Todos los días. No hay ni uno en el que no dé las gracias por todo lo que tengo. —El tipo sacudió sus manos, repletas de restos de tiza, sobre su camiseta raída de forma modesta. La ejecutiva se despidió de él titubeante, antes de deslizarse calle abajo y cuestionarse si quizá había llegado el momento de cambiar de vida.












          Aprovecho para pedir disculpas por mi inactividad, creo que ahora mismo estoy demasiado estresada con la vida en general. Las cosas a veces no son como pensamos y, bueno, caemos en crisis existenciales. Solo vengo a comentaros que este blog para mí es muy importante; es el reflejo de mí misma, mi evolución como persona, y me ha acompañado en las cosas buenas y malas. Así que por favor no penséis que voy a dejar de actualizar porque no es así. Muchas gracias a los poquitos que me leéis; sois un cielo. Os quiero.



Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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