Pupitre




     

      Había una vez una princesa sentada en un pupitre. Sus ojos de monarca debían de mantenerse centrados en las lecciones impresas de su cuaderno y sus ideas, en lugar de vagar libres entre los recovecos de sus neuronas, debían de someterse al peso de un temario espeso y pesado como el acero.

      A medida que fueron pasando las horas la joven princesa fue sintiendo la crueldad de la norma sobre sí misma; las obligaciones inundaron su pecho, llenándolo de arena y sal. En aquellos instantes podía apreciar con todo lujo de detalles cómo aquel veneno disfrazado de buenas intenciones se deslizaba hacia el lugar más importante de su cuerpo: su cabeza.

      Tenía miedo: miedo de que su imaginación desapareciera; miedo de que su libertad terminara servida sobre un gran comedor presidido por el "Qué dirán" y las preocupaciones por su futuro; miedo de convertirse en un autómata aliado de aquellos que roban el pan y las ganas de gritar que es necesario tener comida.




Caligrama (?)




Había una vez una princesa que vivía en lo más alto de la más alta torre. Un día descubrió que en su vida habían desaparecido gran parte de los colores del ARCOIRIS. Fue entonces cuando se dispuso a desenfundar su capa y espada. Mató a centenares de dragones acromáticos y a millares de gigantes color sepia. Hizo de todo, menos mirar al cielo y descubrir que fueron las malvadas nubes las que ocultaron el 

ARCOIRIS.







La magia de tus dibujos





          La historia de la princesa Soledad tiene un apartado entre bastidores, repleto de ideas vagas y de sonrisas y lágrimas. La historia de la princesa Soledad empezó como todos los buenos cuentos; con una idea de un reino mágico, con un castillo y con la imagen de una bella dama cuya mirada se encontraba repleta de sal. Seguidamente a esto llegaron emociones que eran demasiado intensas para quedarse solo en eso y el afán de dar vida a algo que iba a ser muy grande. Fue entonces cuando aparecieron los personajes principales, cada uno con sus melancolías, y la novedosa promesa de que iban a formar parte de una narración única, llena de todo lo que su autora guardaba bajo llave en su pecho.

          La historia de la princesa Soledad, con el paso de tiempo, adquirió cosas nuevas. La más importante de ellas fue la imagen; su imagen. Había sido descrita millares de veces en cada uno de sus tres aspectos pero, aún así, no tenía esa magia de ser tangible fuera de las letras, los puntos y las comas. Y David Ahufinger se la dio. 



          Su princesa Soledad nació como lo hizo la mía; una noche triste danzando entre trazos vagos. Se formó de algo que se encontraba custodiado muy dentro de él y que ansiaba salir fuera. La creación fue involuntaria, como ocurre con todas las fantásticas obras de arte que llevan tanto de lo que somos. Cuando me mostró el dibujo le dije «Esa es Soledad, ¿verdad?» y él, asombrado ante mis palabras, redescubrió la imagen y se dio cuenta de que su creación estuvo destinada a ser, desde un principio, la monarca condenada que protagonizaba tantos relatos míos.

          Se motivó ante aquello y continuó con su bosquejo. Le aportó color, luz, vida... Le dio algo que yo, con mis palabras, no podía conseguir. Hizo que mi princesa se volviera alguien completo.



          Extasiada me quedé con el avance de su obra. Inspirada me sentía cada vez que la contemplaba. Era ella. David me había dado a la pequeña Soledad; había conseguido captar cada uno de sus matices de una forma que creí solo posible en mí. La conocía tanto como yo, e incluso me atrevería a decir que tal vez un poco más. Tan solo leyendo mis textos había atrapado su esencia. Durante unos instantes me llegué a plantear si quizá extrajo el alma de cada una de mis narraciones para convertirla en colores y hacer con ellos una paleta destinada a realizar su dibujo.


          Y entonces lo terminó, y la magia inundó mi pecho. En mi vida jamás había podido experimentar una satisfacción similar a esta; al hecho de poder verle la cara a un personaje mío, que en un inicio fue únicamente palabras. ¿Y qué más decir? Nada, no puedo decir nada más. Semejante obra me hace plantearme que tal vez mis palabras tengan menos magia que sus pinceladas.








Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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