Latidos


       Te tomo por el cuello y te estampo contra los ladrillos la pared. Te retuerces sin aire. Me miras con tus ojos oscuros y me olvido entonces de quiénes somos. Pupilas dilatadas, boca reseca. Un jadeo. Buscas aire porque no respiras. Retengo el oxígeno y me quedo también sin aire. Tienes el pelo húmedo por el sudor; estás horrible, cariño, pero sigo viéndote perfecta. Me miras con tus ojos oscuros y fuerzas una sonrisa muerta. Muerta, como mis augurios de futuro.

       Acerco mi rostro hacia tu garganta, donde te estrangulo con mi mano derecha. Pum-pum. Pum-pum. Te miro con mis ojos oscuros, también, y siento cómo tragas saliva con dificultad. La sonrisa se ha borrado de tus labios. Quiero probarlos, pero no lo hago. Intentaste matarme, cariño, y ahora estás horrible. Aún sigo viéndote perfecta. Me suplicas por tu vida con aquella pose. Inocente, lo que nunca fuiste, lo que nunca seremos. Pum-pum. Sigue latiendo pero dejará de hacerlo. Siempre te amaré, ¿lo sabes?

       Ese nosotros se marchitó cuando blandiste aquella navaja. Tan perfecta cicatriz me dejaste en el pecho que no puedo hacer otra cosa que atesorarla. Llegó la hora, cariño. Te inclinas hacia mí y algo muerde mis entrañas. Tu navaja me saluda, de nuevo, y caigo al suelo. Jadeo. Pum-pum. Pum-pum. Nuestros latidos se revolucionan, se acompasan. Los escucho como música mientras siento un intenso mareo.Te incorporas con dificultad mientras sacas la lengua para lamer el filo de tu navaja. ¿Es dulce, cariño? Quiero preguntarte, pero colapso en la acera. Bésame, lo necesito. Te pierdo, me pierdo, y no quiero.




Elise


      Caminas despacio sobre la acera. Tu mirada está fija en el suelo, en la forma en la que tus manoletinas de charol brillan reflejando las farolas de la ciudad. Tus pasos son vacilantes e inseguros. Sacudes la cabeza y la maraña de cabello castaño claro se agita sobre los ojos. Te recolocas las gafas azul cielo y me miras con tus ojos oscuros. Mi oscuridad en tus pupilas y mi reflejo sobre el iris. Me acerco hacia ti y sonrío. Soy atractivo y pareces ser consciente de ello. Miras nuestra diferencia de altura, te saco dos cabezas, y te deleitas con mis rasgos cincelados. Nariz afilada, labios carnosos, pómulos marcados. Mis pupilas son azul claro y me contraponen. Mirada pálida, interior amargo.


      Te sonrío haciendo alarde de mi perfecta dentadura y terminas con un sonrojo. «¿Quieres que te acompañe a casa?» pregunto. «Sería peligroso que una jovencita tan delicada se viera en riesgo. Esta ciudad es peligrosa». Asientes porque sabes a lo que me refiero. Al asesino que mata a chicas jóvenes y tiernas. Me sonríes con la reticencia de quien nunca fue el foco de interés de hombre alguno. Te tomo de la mano; es pequeña, de finos dedos. Tiemblas.


      Entonces, cuando nos acercamos a un callejón alejado, pienso en el cuchillo oculto en el interior de mi gabardina. Un cuchillo que no saco porque me quedo como tonto mirando los cristales sucios de tus gafas. «¿Cómo puedes ver con esos cristales?» Te recrimino, y tú te avergüenzas y miras a tierra. Emites un gemido infantil que encuentro tierno. Te recoloco las gafas y te siento como una niña perdida. Coges mi mano y dejas que te lleve donde quiera. Buscas un guía, alguien que te cuide, y creo que esperas eso de mí.


      El vestido que llevas está arrugado y puesto con abandono. Tu cabello necesita ser peinado y tus ojos parece que me lo están pidiendo a gritos. Entro en tu casa y me ofreces quedarme a pasar la noche contigo. Te ves temerosa y dulce. Yo solo te toco la punta de la nariz, llena de pecas, y luego las mejillas. Entreabres esos labios rosa claro, inocentes, con sabor a piruleta. Te beso, perdido, y te acaricio despacio. Eres suave, con la espalda pecosa, los hombros y dos lunares en la tripa. Dejas que te lleve donde yo quiera, de nuevo.


      Al amanecer buscas prepararme el desayuno, pero eres un desastre. No sabes hacer las cosas, como una niña grande que busca a un adulto. Termino preparando yo el desayuno, desenredando tu pelo y regañándote, otra vez, por los cristales sucios de tus gafas azul cielo. Pasan los días y termino descubriendo que me gusta hacer de padre; atesorar esa inocencia tuya que espero que no se consuma nunca. El cuchillo de mi gabardina nunca fue para ti, pequeña Elise, pero sí que estuvo destinado a otras.


      Otras que mueren pidiendo una ayuda que no les alcanza. Sus labios carnosos, rojo oscuro, y grotescos. Labios pecadores e indignos. Cuando pienso en ellas, en el resto de mujeres, me siento sucio por haberlas tomado. Ellas trataron de malograrme, Elise, pero luego llegaste tú para expurgar mis pecados. Me enseñaste la razón por la que necesito matarlas. Busco consumirlas porque están sucias. Con sus ojos entreabiertos y sus humillantes súplicas. Miradas de quienes saben demasiado del mundo; miradas contrarias a ti. Por eso sigues con vida y te necesito tanto.


      Elise, no, ahora no necesito el marrón de tus ojos oscuros. Me ves frente a aquel cadáver del callejón y me veo yo reflejado en el centro de tu pupila. Pupila que brilla. Estoy manchado de sangre espesa y el cuchillo lo está también conmigo. Ha muerto pidiendo clemencia, y la has escuchado gemir mientras perdía la vida. Tus cejas se arquean con comprensión y dices «Pensaba que me ibas a dejar por ella», a lo que niego yo con vehemencia. Lanzo el cuchillo al suelo y me acerco a ti en busca de un abrazo. Estática, me recibes. Acaricio tu espalda despacio mientras pienso en cada una de tus pecas. No me dejes, Elise, están sucias y tienes que entenderlo.


      —Te quiero —murmuro en tu oído, como si fuera nuestro secreto.


      —Yo también te quiero, príncipe. —Suspiras despacio. —Gracias por matarlas a todas.






Verde


        Los edificios derruidos, las aceras hechas trizas. Grietas. Brechas. Respira lento; coge aire y solo olvida. Qué muera el hambre, el frío y el miedo. En cada amasijo de hierros y cemento emergen ramificaciones verdes y llenas de hojas. Verde que te quiero verde, piensas, y sientes aquello como un augurio. La naturaleza que desgarra y deconstruye.

        Abandonado estás tú, náufrago en tierra. Un aullido, y te ves muerto. Ojos verdes, afilados colmillos. A cuatro patas se acerca el lobo. Sus ojos que miran, sus colmillos que muerden. Un grito. Coge aire y solo olvida.






Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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