Princesa libre




           Había una vez una princesa cautiva en lo más alto de la más alta torre. Qué era tan delicada que sus manos no podían tocar sus ventanas. Qué era tan sensible que no podía salir de su encierro porque se pondría enferma. Qué era tan guapa que no podía conocer a hombres porque, al contemplar su belleza, perderían absolutamente la cordura. Era muchas cosas, la princesa, y la mayoría de ellas no había podido escogerlas. Era lista y la tomaban como ignorante. Era autónoma y la hicieron esclava. Era valiente y la obligaron a vivir desde el miedo.

           Escucha, princesa, lo mejor sería que dejaras de hacerles caso. ¿Está bien que los demás te condicionen, te limiten, dentro de un ideal absurdo que decidieron por ti? Abandona tu torre y olvídate del príncipe. Sé todo lo princesa que quieras sin olvidar que también eres persona y mereces ser libre. Aférrate a tus sueños y no vivas desde el temor de ser tan delicada, tan sensible, como para no poder sentir; como para no poder crecer; como para no poder experimentar.

           Qué el cuento no te condicione, princesa, porque tú siempre fuiste algo más que un par de letras. Tú nos representas a todas nosotras y esa responsabilidad es muy grande. Concédete el crédito de a veces no ser tan hermosa, tan indefensa o tan dependiente. Enfréntate a tus propios dragones. Viaja. Ve al cine, recorre países y olvídate de todos los que eligieron por ti el camino del cuento. Sé tú misma, princesa. Sé tú misma por ti, por mí y por todas nosotras.




Be free



          La encontraron en un barco. Estaba acurrucada en una esquina, con sus ojos fijos en sus dos piernas juntas pero sin ser consciente de que las miraba. Tenía el cabello gris, como quien había envejecido en ideas y tenía que exteriorizarlo de alguna forma. No sabían cuál era su nombre pero aquello, de todos modos, tampoco importaba. Un nombre era solo una etiqueta. Si te llamabas «Luna» ya no te podías llamar «Estela», «Lidia» o «Paula». Y entonces siempre serías «Luna«, y ya no podrías ser más cosas.

          Lo que más les llamó la atención, a parte del pelo, fue en su tatuaje. Tenía escrito en su brazo izquierdo «Be free», del inglés «Sé libre». No sabían tampoco de qué país era; quizá era de allí o simplemente estaba escrito así para que sus palabras llegaran a más personas. El caso era que la chica estaba ausente y parecía bastante triste. Uno de los marineros le preguntó qué le ocurría y ella, como respuesta, clavó su vista en él mirándole sin mirarle; como había hecho antes al estar acurrucada con sus ojos fijos en la junta de sus piernas.

          Pasó mucho tiempo allí, la chica. Tanto tiempo que terminaron olvidándose de ella. Estaba ahí, con su desazón, pero invisible. Esto no era una novedad; como sabréis ocurre con más cosas en el mundo. La gente está acostumbrada a ver la miseria y a pasar de largo como si nada. Pero volviendo al tema, que se me da muy bien irme por las ramas, yo estaba ahí porque llevaba mucho tiempo buscándola. Ella no es de este mundo, ¿sabéis? Y mi deber era traerla de vuelta. Ella es un eslabón muy importante en la cadena del cambio, pero la polución de aquel barco y la indiferencia la han hecho volverse un amasijo muy triste. Cuando la conocí tenía el pelo rosa y brillaba. Y ahora es gris porque sus ideas están marchitas y viejas. 

          Pero no os preocupéis; no es tan difícil devolverle la magia. Tan solo tenéis que creer en cualquiera de las ilusiones que tengáis intactas. Entonces la chica recobrará la conciencia. Tened fe en ella; es nuestra última esperanza y está enferma.









Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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