Escarcha



              Nací congelada dentro del refrigerador.  Luchaba por desplegar mis alas, encogidas y llenas de escarcha, para alcanzar al estante del brick de leche. Tenía la boca seca porque nadie se había molestado en darme de beber. Aunque, hasta hacía poco, no me había dado cuenta de lo desértica que era la nevera y lo inhóspito del congelador. Sola: nací sola dentro del refrigerador. Y moriría también sola, porque la vida era así. 

              Mis alas, que tenían demasiada escarcha para volar. Quería elevarme para salir, pero siempre terminaba en el estante de los pepinillos en vinagre. Qué nadie quería a los pepinillos, como tampoco me querían a mí. Caducaban ellos y caducaba yo esperando. Esperar me consumía más que una cerilla prendida para encender el foguer. Qué me dijeron que la solución era esperar y solo fue una mentira. Esperé tanto que se me olvidó mi razón de ser. Ahí estaba yo, con mis alas de escarcha, sin alcanzar un tetra brik. Los pepinillos cerca, como si tuviera que consolarme que estuvieran tan desamparados como yo.

              Qué la leche estaba lejos. Qué tenía a los pepinillos demasiado cerca. Nací congelada dentro del refrigerador. Nací con alas de escarcha y corazón de cerilla. Cerilla ardiente; cerilla prendida para encender el foguer. El foguer de otros. Nací congelada dentro del refrigerador. Abran la puerta.




Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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