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Mi Quijote



             ¿Qué hacer cuando me eclipsaste tratando de eliminar a aquellos molinos que pensabas que eran gigantes, temibles y poderosos? ¿Qué hacer cuando me gusta ser tu dama en apuros? Y tratar de recomponerte cuando veo tu cuerpo maltrecho por tu nueva aventura; más dañado por dentro que por fuera. ¿Cómo fue aquella vez, mi Quijote, cómo fue? Te enfrentaste al Caballero de la Blanca Luna. Y perdiste, y moriste. 

             Fue entonces cuando viste una realidad lejana a las historias de caballeros andantes. Y eso fue lo que te mató, mi Quijote, no la batalla. Sabes que la guerra más importante es la que tenemos con nosotros mismos y que si la perdemos nos convertimos en un barco sin timón. Y eso te mató. A mí también. 

             Quiero ser tu Dulcinea, siempre. Quiero que sigan existiendo los malhechores, los monstruos, los brujos; todo. No permitas que se rompa el hechizo; no dejes que la magia desaparezca. No, te lo ruego, no. Sé mi caballero andante para siempre: rescátame de las garras de lo mundano. No dejes que el tedio se apodere de mí.





El príncipe del dibujo


          
         Le estaban persiguiendo. Su ágil cuerpo principesco se deslizó por el bosque atolondradamente. No sabía dónde estaba, de dónde venía o dónde tenía que ir. Se sentía como un satélite; como una luna girando sin su planeta tierra.

     Oh, Dios mío... La noche. Era de noche y las tinieblas amenazaban con consumirlo; con absorberlo como si de un agujero negro se tratara. ¿Dónde?, ¿hacía dónde se dirigía? Las ramas de los árboles le arañaron la piel conforme más fue adentrándose en aquel terreno inhóspito y su aliento fue volviéndose más frenético conforme su desorientación se fue volviendo más fiera. Escuchó pasos; alguien iba tras él. Pudo saberlo por el sonido cortante de las hojas secas que se convirtió en un Réquiem a su espalda.

         Repentinamente, silencio. Los pasos que iban tras él desaparecieron. Y sintió aquella sensación amarga de incertidumbre; de no saber lo que iba a ocurrir. La ausencia de sonido sólo fue rota por su respiración frenética; por sus ganas de encontrar ese oxígeno que parecía escapar de sus pulmones.

        Y cayó. Y el viento acarició su pelo, desparramándoselo por el rostro. Iba a hundirse en el vacío; en una nada repleta de humedad y sal. Fue entonces cuando, perdido y desorientado por la caída, parpadeó. Y se encontró con que las tinieblas se habían teñido de color pastel y con que los espesos árboles del bosque se convirtieron en elementos decorativos de trazos simples y metódicos. La humedad que tanto lo aterraba estaba ocasionada por el mar que besaba un precipicio, al cual estaba destinado a caer. No obstante, en escena apareció la mano salvadora de una princesa de cabello rojizo, que lo miraba con la promesa de que su vida no iba a terminar en aquella escena.

Dibujo realizado por David Ahufinger
          Fue entonces cuando sacudió su cabeza y se topó con un dibujo que él mismo había retratado. En él la amada salvaba al amado de caer a un abismo rocoso repleto de agua y sal. Y en aquel instante se dio cuenta de que aunque nada hubiera sido real su corazón latía como si aquella escena fuera auténtica y de que aquel dibujo contaba una historia que iba más allá que unos simples trazos en el Sai.



Improvisación





        Había una vez una hermosa princesa, encerrada en una torre, que no paraba de derramar lágrimas. Anhelaba tener unas coloridas alas y poder volar sobre las nubes, para así vislumbrar, extasiada, el reino de su madre. Quería aprenderse de memoria las colinas y los montes; los ríos y los lagos; los pueblos y las ciudades que lo constituían.

         Una noche, la princesa llamó a su hada madrina y le rogó con vehemencia que la liberara de su prisión. Esta, divertida por la situación, le dijo que le era imposible hacerlo porque ese trabajo estaba destinado a un príncipe.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger
         
           Pasaron los años y la princesa continuó en su gélida celda, derramando lágrimas y anhelando sus alas. Hasta que llegó un día en el que se le vino a la cabeza una macabra idea: saltaría por la ventana. De este modo, al menos podría experimentar lo que era ser libre durante los segundos que precedieran a su muerte. Y así lo hizo.

            Lo sorprendente fue que el torreón no era tan alto como parecía y sus alrededores tan bellos como los presenciaba. Cuando cayó a tierra se percató de que en realidad todo era un montaje cutre de cartón piedra. Había estado toda su existencia viviendo en un decorado de un teatro de tres al cuarto y disfrazada con una tela azul celeste de disfraz.





               Siento mucho tener el blog abandonado, pero los exámenes es lo que tienen. Para compensaros subo esta improvisación que escribí hace poco; consistió en dejar la mente en blanco y escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Es una historia sin planear ^^

                 La he ilustrado con un dibujo de David, cuya expresión parece estar acorde con lo escrito. ¡¡Sayonara, peanut!!

._.


Y entonces fue cuando aquella chiquilla vislumbró la realidad; cuando se percató de la dureza del mundo y la crueldad de las personas. Lentas lágrimas se deslizaron, entonces, como consecuencia de su chocante contacto con la vida.

Aquella chiquilla descubrió que no todo era de color de rosa; que los príncipes se preocupan más por sus vehículos que por sus princesas, que el dinero no crece en los árboles como en Los Sims y que en ocasiones hay que esforzarse hasta para respirar.

La venda de los ojos de la chiquilla permanecía en el suelo mientras ésta la contemplaba vehementemente. Se acachó y la recogió para después situarla en su ángulo de visión.

Tal vez, si la gente luchara se podría hacer de este sitio un lugar mejor, pero aún así, la chiquilla era lo suficientemente inteligente para saber que algún gilipollas jodería la marrana, puesto siempre encontraremos a individuos a los que les guste hacer daño gratuitamente.

La chiquilla sonrió en la oscuridad protectora de su venda. Sí, aquello era más bonito que amargarse desinteresadamente.

Strawberry Field

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El dolor de la realidad se une junto al brillo de la astillada luna y las aisladas estrellas. Yo sólo quise alcanzar el Campo de Fresas, y sumirme en la dicha de aquel lugar; donde no hay tristeza, donde no hay dolor.

Poco me importaba ser consciente de lo que me envuelve; sería mucho más feliz viviendo en un sueño en el que todo fuera posible, incluso que tú me arroparas.

Echo de menos tu cariño, tu consuelo, tu presencia. Te echo de menos a ti.

El dolor de la realidad se une junto al brillo de la astillada luna y las aisladas estrellas. Yo soy aquel satélite astillado, y anhelo que me liberes de mi letargo mostrándome el camino al Campo de Fresas...



Todas las tardes en las que jugábamos en aquel orfanato de Liverpool siguen impresas en mi mente; ¿cómo se llamaba? No lo recuerdo. Me gustaba estar en aquel jardín. ¿Qué habrá sido de él?

Siempre he pensado que el Campo de Fresas era el paraíso de la infancia; el único lugar donde todos podremos ser niños eternamente, sin dolor. ¿Será real? ¿Existe acaso aquel campo?

Conozco la respuesta, pero ésta no se evoca en mi cabeza. Es extraño... Ya no distingo ni las palabras que pronuncio y no conozco el porqué de ello. Tampoco tengo la capacidad para descifrarlo.

Puedo notar mi distanciamiento con la realidad. Quiero regresar al Campo de Fresas...



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Kukukukukuku~

El otro texto no lo corregí porque estoy vaga y mi inspiración con los exámenes de recuperación se ha ido a tomar por culo ._. He intentado escribir inspirándome en algo (he aquí la prueba) pero me da que no funciona; esto es una mierdaa xdd.

Bueh, por lo menos he hecho el esfuerzo de seguir publicando, ¿no? Algo es algo.

¡¡Sayonaaraa!! <3

 
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