Cultivaron en mi tórax alfileres, que crecieron como madreselvas: fueron desde mi pecho hasta arriba, para bloquearme la garganta. Luego treparon hacia mis labios y los orificios de la nariz; por eso permanecía muda, sin espacio para respirar entre cada lágrima. La simiente llegó, también, a clavarse muy profundo en mi cerebro; donde posperaron inseguridades por cada alfiler. Fueron ellas quienes me tejieron el suéter de amargura, que siempre llevaba encima para arroparme del frío.
Tengo un lastre en el corazón por el que temo no poder querer(te)me. A veces siento que la única solución es marchitar, como las hojas cuando llega el otoño. Ojalá rociarme entera de matarratas para perecer junto a las agujas porque, visto lo visto, lo más complicado de la ecuación es no hacer(te)me daño.
En aquel hospital, la víspera del día del navidad, Delia clavó sus ojos en los de su madre que, tumbada en aquella raquítica cama, le costaba respirar. Tenía las mejillas y los labios pálidos. Sus pestañas, muy cortas, estaban húmedas. El iris de sus ojos, color caramelo, a penas se veía de lo contraído que estaba. Se movía, además, como si sus huesos pesaran igual que una bolsa llena de piedras. Delia tomó la mano arrugada de mamá para sentir cómo su corazón latía pesado.
Una lágrima salió de la perdida Delia, que contemplaba aquella escena como si en lugar de tener cincuenta años estuviera en su infancia. Mamá en sus treinta, acicalándose el cabello rubio para quitarse los enredos. Después se acercaría a la pequeña Delia, que la miraría con admiración «Tienes el pelo muy largo y los labios brillantes». Mamá sonreiría, con su rostro sin a penas arrugas; luego llegaría su respuesta. «Tú también tienes el pelo largo, Delia. Eres una hermosa princesa». Pero Delia ya no era una princesa, sino una mujer divorciada y con dos hijos que habían pasado la veintena. Su madre tampoco tenía los labios brillantes, sino secos y agrietados. Y su cabello de ahora era blanco como la leche.
Mamá empezó a cantar un villancico despacio. «La virgen se está peinando, entre cortina y cortina. Sus cabellos son de oro y el peine de plata fina». Su voz era desafinada y floja: parecía a punto de quebrarse. Delia pensó en otras vísperas de navidad, que estuvo celebrando junto a toda su familia. Una familia que se esfumaba como la espuma de mar. Mamá nunca volvería a ser aquella treintañera cariñosa que la llevaba al cine y a la playa. Nunca volvería a ser la heroína que sacó a toda su familia adelante trabajando y siendo ama de casa a la vez, porque el tiempo la había consumido.
Entonces, mientras mamá seguía cantando aquel villancico, supo que con independencia de lo que ocurriera aquella noche sería por siempre la persona más importante de su vida. Se inclinó hacia ella y besó despacio su frente. «Te quiero» le susurró. Mamá le sonrió como si su cariño le devolviera la vida. Detuvo su canción. «Yo también te quiero».
No suelo hacer notas de autor porque para mí es molesto a la hora de leer y, en general, no me gusta. Este relato corto es una idea de lo que será una historia más larga; por eso se ve tan incompleto y es tan insulso. Leed con precaución.
Ares atravesó su ciudad. Diez años atrás le había parecido el lugar más maravilloso del mundo, pero ya no. Nunca más. Ya no quedaban aquellas inmaculadas aceras, que limpiaban unos divertidos robots con aspersores en lugar de bocas y cepillos redondeados en lugar de piernas. Primero lanzaban un líquido azul con olor a limón y luego removían la suciedad mientras decían «Una ciudad limpia para un país limpio». Los árboles también estaban limpios y eran lo que más favorecía a la idea del cuidado de las calles. Tenían las hojas de diferentes colores: algunas rosas, otras azules, naranjas, violetas o blancas. En ocasiones especiales todos los colores se combinaban en un único árbol que formaba un cuadro o fotografía famoso. El Guernica fue el último que vio; impreso en blancos, negros y grises. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», dijeron aquella vez los robots de limpieza, y Ares no lo pudo olvidar.
Ya no quedaban robots de limpieza. Los árboles tenían hojas verdes, los troncos quebrados y las aceras estaban sucias y repletas de musgo; como si de alguna forma lo verde intentara imponerse sobre el resto de cosas. Verde que te quiero verde, pensó Ares, el verde de Lorca. No había nadie que gritara «Limpieza para la ciudad», porque la ciudad iba a estar sucia siempre. La diversión y el colorido habían pasado a un segundo plano en el que los niños no jugaban en el parque o se molestaban, siquiera, en salir de sus casas.
Continuó caminando por una calle cercana al parque al que iba a jugar de pequeño. En él pasaba las tardes jugando con Ofelia y Riley, que siempre se enfadaban porque era el más rápido al pilla-pilla. «Dile algo a tu hermano, Riley», protestaba Ofelia todos los días «Siempre viene a por mí; estoy cansada de tener que pagar». Riley se reía mucho de aquellas quejas y en sus mejillas salían unos hoyuelos que papá decía que se parecían a los de mamá. En secreto Ares lo envidiaba; él también quería tener algún parecido con mamá. Alguna que otra vez llegó a pensar que Riley era el hermano favorito por eso, pero nunca llegó a materializar aquellas ideas en voz alta.
Ofelia era su vecina más cercana y se hicieron amigos de ella porque iban al mismo colegio e instituto. Se la encontraban por el camino a clase y ella se burlaba de ellos diciéndoles que los dos llevaban la misma mochila. «Parecéis clones, siempre iguales», solía reírse. Ares era el que más se indignaba por aquellas inofensivas bromas. Solía torcer la nariz y contestarle «Al menos nuestra mochila es más bonita que la tuya». Ofelia sacaba la lengua y les explicaba que su mochila era especial; la había cosido con la ayuda de mamá y papá. Aquello desencadenó en que, durante algunas tardes, fueran a casa de Ofelia a aprender a coser junto a ella para tener una mochila así de especial y auténtica.
Era extraño aquello de coser, y un poco peligroso. Habían escuchado hablar de las agujas y el hilo pero nunca lo habían visto. Los robots costureros hacían aquellos trabajos; podían comprarse en muchas tiendas. Robots a los que les decías «Quiero que me hagas una mochila azul, con lazos y bordados de superhéroes», y listo. Solo había que esperar unas pocas horas a que trabajaran.
Los papás de Ofelia preferían hacer algunas cosas a mano y lo cierto era que estaba bien. Cuando terminaron la mochila se sintieron más orgullosos que nunca y se dieron cuenta de que, aunque fuera más costoso, aquello tenía más valor. Era algo suyo; tenía su identidad y sus huellas. Ares, incluso, llegó a arrepentirse de las burlas que le hizo a la mochila de Ofelia. Su amiga tenía toda la razón del mundo.
Llegó a la entrada de la que fue su casa y, entonces, algo llamó su atención. Escuchó pasos; había alguien allí. No era de extrañar que en aquella ciudad vivieran personas. De hecho, era lo más lógico. Desde que se inició aquella guerra civil los ciudadanos salían poco a la calle, pero seguían viviendo ocultos en sus hogares. Quizá lo que impulsó su curiosidad fue la anticipación de que tal vez pudieran estar ocultos papá, mamá, Riley u Ofelia. Se acercó a la puerta y, de un golpe seco, la abrió. Hacía tiempo que las cerraduras electrónicas dejaron de funcionar en entornos como aquellos y tampoco era fácil hacerse con las rudimentarias que se empleaban en el siglo XXI. Había una cadena de protección que actuaba de tope para que no se terminara de abrir. Introdujo el brazo y tiró hasta arrancarla.
Caminó despacio hacia el interior del edificio, sin hacer ruido. Las cosas habían cambiado mucho en aquellos diez años, y no para bien. Continuaban los mismos muebles que recordaba de joven. Estaban los mismos sofás, solo que viejos y raídos. La misma encimera de mármol blanco en la cocina, solo que amarilleada y dejada. El mismo color de pared. Las mismas mesas y sillas.
Respiró hondo y acarició con lentitud el respaldo de una de las sillas. Un golpe seco, y luego un jadeo. Con cuidado, se movió hacia el foco del sonido. Atravesó el marco de la puerta de lo que fue su habitación, y la vio. Era una chica, aovillada en una de las esquinas. Temblaba y trataba de controlar el ritmo de sus respiraciones. No se movió, como si tuviera miedo de levantar su mirada y enfrentar la tragedia. Ares escuchó el goteo de una lágrima impactar contra el gastado parqué del suelo. Otra lágrima. De nuevo, un jadeo.
—¿Quién eres? —inquirió Ares, autoritario. La aludida no respondió. Pudo escucharla tararear una canción muy suave, cuya melodía no atinó a distinguir—. Responde.
—Qué sea rápido, por favor… —murmuró ella, ausente. Otra lágrima, otro jadeo. Tembló con más fuerza.
Ares se acercó hacia ella. Se colocó a su altura, de rodillas, y la obligó a erguirse y enfrentarle. Tenía el cabello lacio, castaño claro. Sucio, como su rostro ceniciento y ropa gastada. Llevaba una camiseta y unos pantalones remendados por muchos sitios. Los zapatos tenían la suela rota. Sus ojos eran grandes y marrón oscuro, de largas pestañas. Nariz fina y larga, labios carnosos y pálidos, mejillas también pálidas. Barbilla chata y frente ancha.
—Ofelia —articuló despacio Ares, que casi se atragantó con sus palabras. La chica se cubrió con sus manos, como si estuviera esperando que la golpeara. Continuaba derramando lágrimas—. Soy Ares, ¿me recuerdas?
Ofelia se congeló. Sus ojos grandes y expresivos se hundieron en el rostro de Ares e, instantes después, arrugó la boca y la entreabrió en una mueca entre la sorpresa y el disgusto. Aquel había dejado de ser Ares desde hacía mucho tiempo. Su rostro, su cuerpo, la hacían dudar de si alguna vez existió aquel niño de trece años con el que solía jugar en el parque.
Era alto y robusto; parecía un armario. Tenía una gran cantidad de vello en sus antebrazos, hasta el codo. Sus piernas gruesas, sus pies anchos y de una talla de zapatos que probablemente no se comercializaría. El cabello largo y marrón chocolate; limpio, en una muestra de higiene que la mayoría de gente no se podía permitir. El rostro distinto, menos humano. La nariz ancha y plana, los pómulos marcados, la frente alta. Labios carnosos y rojo oscuro, barbilla gruesa y con indicios de barba. Ojos grandes, con el iris cubriendo casi completamente sus cuencas y de un tono marrón amarillento. Ofelia recordó cuando le decía que eran como la miel, pero aquello quedó atrás. La miel se había ido y solo quedaba aquel tono tan parecido al de un gato.
—¿Ares? —inquirió ella en un susurro a penas inteligible—. ¿Qué te hicieron? Pensamos que…
—¿Dónde está el resto? ¿Y Riley, papá y mamá?
Ofelia se mordió la mejilla por dentro de la boca, nerviosa. Miró con desconfianza hacia él y, cuando sus ojos se cruzaron, clavó la vista en el suelo. Se encogió sobre sí misma y retrocedió un pasó para apoyar su espalda contra la pared.
—¿Dónde están?
Tenía miedo de responder y que decidiera hacer algo contra ellos. No habló, solo le lanzó miradas esporádicas con un gesto entre curioso y asustado. Probablemente calibraría qué rasgos predominaban en él; los humanos o los de animal.
—Nuestros padres no están, fallecieron —susurró por fin—. Estoy sola. Pero no importa; algún día moriré también yo. La vida es una cuenta regresiva.
Ares la estudió de nuevo. Sucia, escuálida y débil debía de sacarse las castañas del fuego. Luchar por el mañana sin la ayuda de nadie como, cuando se lo llevaron, hizo él.
—¿Y Riley?
—El mismo día en el que murieron nuestros padres se fue. Dijo que buscaba venganza, que no podía quedarse parado mientras nos dejaban sin nada. —Ofelia se mordió el labio inferior con fuerza, tratando de reprimir sus lágrimas. No iba a llorar de nuevo. —Antes llevaban cargamentos de comida para ayudarnos. Los lanzaban unos aviones en unas cajas con paracaídas. Hubo una vez que lanzaron un cargamento que no era de comida. Aquella mañana los que fueron a recogerla fueron nuestros padres. La zona de explosión está irreconocible.
Ares no dijo nada. Apoyó su mano sobre el hombro izquierdo de Ofelia y se sorprendió por lo frágil que era; llegaba a envolverlo completamente con sus gruesos dedos. Ofelia, de nuevo, se encogió con miedo.
—¿Estás bien? —preguntó Ares. Al instante se sintió estúpido. Su mano continuaba apoyada sobre ella.
—Estoy bien —se obligó a contestar. Guardó silencio durante unos segundos, probablemente en un debate interno. Al fin, volvió a hablar—. ¿Qué te hicieron?
—Me cogieron junto a otros niños. Ya lo sabes, Ofelia, era algo que sabía todo el mundo pero nadie se atrevía a decir. Querían guerra; estábamos en guerra. Y buscaban ganar a costa de cualquiera. —Hizo una pausa. —No importó que las Naciones Unidas dijeran que estaba mal o que fuera un delito, porque nadie hizo nada al respecto. Los humanos tenían demasiado miedo y, después, solo fue demasiado tarde.
—¿Humanos? ¿Qué dices? Tú también eres humano —murmuró Ofelia tratando de ocultar, sin conseguirlo, su indignación.
—No lo soy. Soy algo diferente, y mejor —la prepotencia de sus palabras activó la alarma de auxilio de la chica.
Ofelia se alejó de él, acobardada. De nuevo derramó lágrimas hasta un punto en el que creyó que iba a quedarse seca. No, por supuesto, él no era humano ni tenía intención de reconocerse como un igual entre el resto de personas. El corazón iba a salirse por su garganta. Histérica, se frotó sus manos; repletas de un sudor frío, al igual que su nuca y sienes.
—¿A qué has venido? ¿A matarme? ¿A eliminar a todos los humanos de la ciudad? —el chillido histriónico de Ofelia hizo eco en el pasillo—. Vas a matarme. La vida es una cuenta regresiva de hambre y noches en vela.
—Relájate ¿Quieres? —Ares la tomó por los hombros y la sacudió con suavidad para que entrara en razón. Ofelia solo lloró con más fuerza mientras se cubría el rostro y el pecho con sus brazos, como si aquello pudiera protegerla de algo.
—No me lleves con ellos, por favor… —susurró ahogada en su impotencia—. Solo mátame. Mátame ya.
—No te voy a matar, Ofelia, y tampoco voy a llevarte con ellos. Vine aquí porque me enviaron a una misión en esta ciudad y aún me acordaba de vosotros. Solo he venido a ver cómo cambiaron las cosas. —Tomó aire. —No vamos a bombardear más la ciudad; sabes que ya no es necesario porque hace tiempo que lideramos la victoria.
Ares la arropó entre sus brazos y la meció como hacían con los niños pequeños, con la intención de calmarla. Ofelia reaccionó mal, pegándole patadas y golpeándole en el pecho. Al poco, se detuvo. Y solo lo rodeó con sus brazos, también, mientras lloraba y se repetía para sí misma «Todo va a estar bien».
—¿Estás mejor? —preguntó. Ofelia asintió.
Ares miró como abría uno de los armarios de la cocina. No le pasó desapercibido que solo hubiera una caja de gachas: las mismas gachas que le sirvieron a él cuando se lo llevaron hacía años. Los humanos iban a comer gachas, se dijeron todos los soldados, como comimos gachas nosotros. Necesitaban aprender lo que era el hambre y la necesidad, como lo habíamos aprendido nosotros.
Recordó aquel día en el que se lo llevaron como quien rememora el funeral de un ser querido. Muerto. Le habían matado y recompuesto como algo nuevo; regresó a la arcilla, y fue esculpido desde cero. Se fue lejos de su hogar, de sus seres queridos, y lloró esperando misericordia. Noches largas en las que soñaba que mamá y papá vendrían a por él. Tan solo. Tan perdido.
Entonces llegó el sufrimiento. Le clavaron agujas en algunas zonas y llegó el dolor. Le dolía la piel. Le dolían los ojos. Le dolía el dolor. Gritaba pidiendo un auxilio que no llegó. Solo estuvo ahí la desesperación, el rencor y el miedo. Lo destruyeron con hambruna, indiferencia y necesidad. «Nadie irá a por ti. Estás solo. Recuerda: eres solo un número. Solo nos tienes a nosotros».
Ares no podía decir con exactitud lo que le hicieron, de la misma forma que no podía negar que le gustaría que cada una de aquellas personas fuera sometida a lo que lo sometieron. Lo que le inyectaron le cambió por dentro, y luego por fuera. Era como un cáncer, que se propagaba por cada una de sus células. Mutación. Las células defectuosas, malogradas por aquellos genes, no los mataron como ocurrió con muchos antes. No. Aquello había sido perfeccionado y había alcanzado el punto exacto.
Al principio tuvo terribles jaquecas, mareos y vómitos. Pensó que iba a morir como muchos antes, y se sintió solo. A menudo acudía a su cabeza la idea de si de aquella forma iba a terminar su vida. Pensaba que no, que era demasiado triste para él. Pero luego se ponía en el lugar de los chicos que entraron en la cámara de pruebas antes que él y que ya no estaban. A ellos les ocurrió lo mismo, ¿cierto? Tampoco estarían dispuestos a perder la vida de aquel modo, y sin embargo lo hicieron. Había tantas cosas que se escapaban de su control que cuando Ares pensaba en ellas se sentía insignificante y un tanto patético.
Lo que más creció durante aquel tiempo fue la rabia. Quería devolverles la jugada. Someterles a lo mismo, y luego la muerte. En cada ocasión en la que se cruzaba con ellos, con sus batas blancas y mirada clínica, su ira lo empujaba hasta estar a punto de consumirlo. Pero ellos fueron listos y transformaron aquella destrucción que bullía en él y en el resto en algo beneficioso.
Los ningunearon, les hicieron pasar hambre y les desprendieron el diminuto resquicio de dignidad que les quedaba. Los deconstruyeron y, de sus pedazos, formaron individuos nuevos. Cultivaron estúpidas ideas bélicas y patriotas dentro de cada una de sus cabezas, y tuvieron que creerles como los niños perdidos y solos que eran. Luego no. Luego llegó el cambio.
Fue a manos de Mercurio. No era el chico más fuerte ni el más rápido; tampoco el más inteligente. Ares pensaba que su valor residía en su perspectiva de ver las cosas, que le impulsó a hacerse preguntas que el resto quería ignorar. La primera de todas ellas fue en la habitación común que compartían: «¿Por qué?» Solo articuló aquellas dos palabras, y el futuro de aquellos tipos empezó a tambalearse. Mercurio expuso muchas cosas con aquella pregunta que durante algunos segundos no obtuvo respuesta. Algunos de ellos le dijeron que era porque estaban solos. Otros afirmaron que era su deber servirles. Y otros solo miraron al suelo. Ares, en cambio, se atrevió a pronunciar lo que fue una sentencia para sus circunstancias «Somos mejores que ellos». Y, entonces, empezó la revolución.
No tenían porqué pelear como soldados en aquella estúpida guerra contra Alemania. Ellos no eran esclavos e iban a conseguir su libertad a cualquier precio. El orgullo del país español poco les importaba en la ecuación de su tesitura. Humanos débiles. Humanos que nos manipulan. Estúpidos humanos. Debemos aplastarlos como los insectos que son. La guerra contra Alemania cesó para dar paso a una trifulca nueva en la que pensaban devolverles la moneda.
—Una ciudad limpia para un país sin guerra —citó Ofelia, inexpresiva. Mentira, todo aquello fue una ridícula mentira que les había llevado a la catástrofe. Sus ojos estaban fijos en un tazón en el que humedecía las gachas en agua. Se mordió sus labios pálidos y resecos y Ares se percató de que empezó a aumentar su pulso y sus respiraciones se volvieron un tanto erráticas. Se encogió sobre sí misma, mostrando aquella respuesta instintiva de alguien acostumbrado a recibir golpes.
Ares, de nuevo, dejó caer su mano sobre el hombro de Ofelia, tratando de infundirle algún tipo de consuelo. Se compadeció al pensar que tuvo que pasar gran parte de aquello sola. Había sido alguien fuerte al haber resistido aquellas circunstancias. Una parte de él llegó a la conclusión de que aquella chica no se merecía sus circunstancias y, sin duda, tener aquel tipo de pensamientos no le iba a llevar a buen puerto. Pensar que Ofelia no era la responsable de lo ocurrido y que no debía de sufrir derivaba en deducir que habría otras tantas personas en una situación parecida.
—Te eché de menos, Ofelia —susurró Ares y, al instante, esperó que no lo hubiera escuchado. Su mano seguía sobre ella y se sintió abrumada. Intercambiaron miradas y algo entre ambos conectó. Quizá fue por la neblina del pasado, o por la nostalgia. Estuvieron mirándose durante largo rato en un silencio a gritos. ¿Podía el silencio lanzar estruendos? Porque ambos lo sentían de aquella forma. Ares se inclinó hacia ella, rompiendo la magia, y Ofelia retrocedió intimidada por sus ojos y por él entero.
—¿Qué… Qué me vas a hacer?
—No lo sé. —Aquellas últimas palabras fueron apenas un suspiro de la boca entreabierta del chico. Ares pudo oler su miedo y un leve resquicio de sudor. Sus sentidos le informaron de todo lo que ocurría con bastante efectividad y aquello le hizo recordar lo diferentes que eran; la forma en la que tras su secuestro lo habían cambiado a él y a su vida. Hacía años había visto a Ofelia como alguien especial. Le gustaba su sonrisa, la forma en la que hacía que las cosas fueran tan sencillas y el modo que tenía de rebelarse ante todo. Ofelia la reina de las causas perdidas, Ofelia la heroína del instituto.
Recordó la última protesta que hizo. «La guerra no está bien, Azucena» le dijo a una compañera del colegio. «Pero esos estúpidos alemanes se merecen que los bombardeemos. ¡Querían quedarse con España y con Europa entera! Como en la Segunda Guerra Mundial. Y perdieron. Nos guardan rencor a nosotros y a toda Europa y luego, cuando la crisis, España solo fue alemana». Ofelia le lanzó una mirada condescendiente y suspiró despacio. Luego tomó aire y solo dijo «En la guerra no hay vencedores, sino vencidos». Ares pensó en el modo en el que se rieron de ella. Ofelia la metomentodo. Ofelia la que nunca se callaba en clase y molestaba dando lecciones de moralidad. Ofelia la loca. Había tantas visiones de una única Ofelia que la chica terminó por sentir que se desconocía a sí misma.
—No eres un estorbo, Ofelia —le dijo Ares a la salida del instituto. Ofelia solo asintió, absorta. Cuando ocurría aquello Ares tenía la sensación de que la perdía. En aquellas circunstancias Ofelia no estaba con él; se había ido. Su cuerpo al lado de Ares y el resto de cosas en algún lugar que no podía alcanzar. Alguna vez pensó que terminaría encalada en la inconsciencia y que no podría tomarla nunca. No la miraría a los ojos e intercambiarían sonrisas. No bromearía con ella sobre cosas tontas e insustanciales.
Fue aquel pánico a no poder tomarla el que lo llevó a tironear de sus brazos para captar el máximo de su atención. La chica le miró entre el desinterés y el desconcierto y, entonces, Ares le susurró al oído «No te vayas, Ofelia. Te quiero». La extrañeza de aquellas palabras hizo que Ofelia volviera a anclarse a la tierra. «Yo también te quiero».
Entonces, en la que fue su casa hecha añicos, junto a una de las personas más importantes que tuvo Ares en su vida, sintió que su recuerdo había sido una revelación de que el pasado nunca se iba. Aunque una parte de él le gritara que eran distintos, que la vida los arrastraba por senderos opuestos, Ares supo que no. Ofelia siempre sería el eslabón más necesario de su cadena.
—Ven conmigo. Te llevaré a mi base y no volverás a pasar hambre o miedo. Te lo prometo, Ofelia. —Lo miró de arriba abajo, más sorprendida que otra cosa.
—¿Por qué?
—Porque siempre me has importado y solo necesito saber que estás bien. Cuando vine aquí no esperaba que hubiera nadie. Solo sentí que esa fase de mi vida había terminado. Pero no, estás aquí, y solo necesito verte bien.
—Agradezco que me ofrezcas esa opción, Ares, pero no me quiero ir. Vivo aquí y debo de pelear por mi hogar y mi vida. Tengo que estar a la altura de las circunstancias.
—¿No te das cuenta de que ser un humano aquí es peligroso? ¿Quiénes ganamos la guerra? Nosotros. Y los humanos en la mayoría de ocasiones son un estorbo.
—¿Entonces qué haces hablándome y buscándome si tan estorbo soy? Eres como ellos, Ares, y solo buscas acentuar las diferencias y destruir los lazos que podrían crearse entre todos nosotros. ¿Qué tal si nos vemos a todos como personas? Fuera ideas absurdas y diferenciaciones. —Tomó aire con los ojos húmedos y las manos temblando. —Lo que os hicieron es horrible, pero pagar el odio con más odio no es la mejor opción. Yo no pedí que te llevaran lejos de nosotros, Ares, como tampoco pedí que perdiéramos a nuestros padres. ¿Y qué piensas? ¿Acaso piensas que más gente pidió que os hicieran todo lo que os hicieron? El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias.
Ares guardó silencio mientras veía cómo una lágrima bañaba la mejilla de la que fue su amiga. Vio cómo Ofelia se perdía entre la bruma y estaba y no estaba a la vez. De nuevo la sintió inalcanzable, como le pasó hacía años, y de nuevo tuvo ganas de reclamarla de regreso. Movió sus manos callosas hacia la pálida mejilla y secó aquella solitaria lágrima en completo silencio.
—Lo siento —musitó Ares y, entonces, alguien lo empujó. Cayó al suelo sobre su espalda y se reincorporó con agilidad. Estaba tan absorto en lo que compartía con Ofelia que desapareció por completo todo su alrededor. Había cometido un error.
—¿Quién eres? ¡Apártate de Ofelia!
Clavó la vista en un muchacho que era casi tan alto como él mismo. Tenía el cabello corto y rapado a los lados. Sus ojos eran rasgados, de un tono similar al marrón miel que él mismo tuvo antes de que a aquellos tipos jugaran a ser Dios en sus laboratorios. Labios carnosos, pómulos marcados y mirada cansada y ojerosa. Delgado, aunque no tanto como Ofelia, y con el vestigio de unos hoyuelos que le recordaron a mamá.
—Riley. —Su hermano, sorprendido, retrocedió dos pasos. Se pasó la mano sobre el pelo con nerviosismo.
—¿Eres… Ares?
El primer pensamiento que tuvo fue que Ofelia le había mentido, quizá para proteger a su hermano de aquellas circunstancias o, simplemente, por desconfianza. Luego escuchó el sonido de disparos y no tuvo la capacidad para seguir prestando atención a aquellas cavilaciones.
Estaban enjaulados en una celda de paredes de cristal, con cámaras de vigilancia en cada una de las esquinas. Las cámaras eran blancas, diminutas, y con sensores de movimiento que hacían que se iluminara un molesto led rojo cada vez que se movían de un lado para otro. Ofelia contempló a Riley, que caminaba de un extremo a otro de la jaula. Era incapaz de controlar su genio, su ira, su impotencia.
Ares le dijo a Ofelia que no habría más batallas, y le mintió. Aquello era algo que no podía terminar de una forma tan sencilla. No. Y se los llevaron mientras Riley gritó con toda la rabia contenida hacia su hermano «¡A ti es a quien debo matar para vengar a nuestros padres! Fuiste su asesino». Los ojos de Ares se humedecieron y se opacaron a la vez. Ofelia se mantuvo al margen de todo aquello. Las pérdidas, la sangre, la necesidad…, ya nada importaba para ella. Quizá la solución para todo aquello era morir; morir para olvidar.
Aquella mañana entró Ares a su celda y solo les dijo «Piensan perdonaros la vida, tanto a vosotros como al resto de presos. El único precio que tendréis que pagar es vuestra condición de ser humanos». Riley le miró con desprecio, antes de contestar «¿Qué cojones significa eso?». «Os volveréis uno de los nuestros». Cuando la comprensión tocó las doce tanto en Riley como en Ofelia se hizo un silencio denso. Riley se acercó a él y lo miró con desafío. Acto seguido le escupió en el suelo.
Ares evaluó a Ofelia que, llegados a aquel punto, estaba al borde de perder la cordura. Se distanciaba de la realidad tanto que sentía que no estaba allí. Ofelia se volvía etérea, se desmaterializaba, y ya. Solo quedaba de ella un cascarón vacío sin alma; hecho añicos. Riley solía hablarle y hacerle promesas vanas de que todo estaría bien, de que la guerra terminaría y terminarían ellos también. Y Ofelia solo respondía «Una ciudad limpia para un país sin guerra». Luego sonreía sin sonreír y miraba al infinito.
—Creo que la solución es morir —articuló Riley después de descubrir lo que se iba a avecinar como su futuro.
Entonces, todo estalló en la cabeza de Ares. Terminó dándose cuenta de que nada de aquello tenía sentido. Había perdido a sus padres, su hermano lo odiaba y su amiga y amor de infancia estaba más muerta que viva. Pensó, y pensó, y pensó. Todo el odio que le instauraron en aquellas instalaciones en las que lo transformaron se había consumido. Las palabras de Ofelia resurgieron en su cabeza y se repitieron hasta que creyó que él también empezaba a perder la cordura: «El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias». Aquello nunca había tenido tanto sentido como en aquel instante.
La duda de todos sus ideales, de todo lo impuesto, se estableció dentro de Ares. Y la venganza por lo que le hicieron, la rabia que sentía hacia los humanos, se volvió difusa. Clavó sus ojos, entonces, sobre Ofelia y Riley y sintió su pérdida. Se inclinó hacia ellos, de rodillas, como quien suplica un perdón inalcanzable. Ambos lo miraron sin entender la magnitud de aquel acto. Lo único que podía hacer por ellos era liberarlos y rebelarse a su lado. Reunir aliados y liderar una batalla nueva, una protesta nueva. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», pensó. Tenía el himno, los ideales y movería cielo y tierra para ser el motor del cambio.
Te tomo por el cuello y te estampo contra los ladrillos la pared. Te retuerces sin aire. Me miras con tus ojos oscuros y me olvido entonces de quiénes somos. Pupilas dilatadas, boca reseca. Un jadeo. Buscas aire porque no respiras. Retengo el oxígeno y me quedo también sin aire. Tienes el pelo húmedo por el sudor; estás horrible, cariño, pero sigo viéndote perfecta. Me miras con tus ojos oscuros y fuerzas una sonrisa muerta. Muerta, como mis augurios de futuro.
Acerco mi rostro hacia tu garganta, donde te estrangulo con mi mano derecha. Pum-pum. Pum-pum. Te miro con mis ojos oscuros, también, y siento cómo tragas saliva con dificultad. La sonrisa se ha borrado de tus labios. Quiero probarlos, pero no lo hago. Intentaste matarme, cariño, y ahora estás horrible. Aún sigo viéndote perfecta. Me suplicas por tu vida con aquella pose. Inocente, lo que nunca fuiste, lo que nunca seremos. Pum-pum. Sigue latiendo pero dejará de hacerlo. Siempre te amaré, ¿lo sabes?
Ese nosotros se marchitó cuando blandiste aquella navaja. Tan perfecta cicatriz me dejaste en el pecho que no puedo hacer otra cosa que atesorarla. Llegó la hora, cariño. Te inclinas hacia mí y algo muerde mis entrañas. Tu navaja me saluda, de nuevo, y caigo al suelo. Jadeo. Pum-pum. Pum-pum. Nuestros latidos se revolucionan, se acompasan. Los escucho como música mientras siento un intenso mareo.Te incorporas con dificultad mientras sacas la lengua para lamer el filo de tu navaja. ¿Es dulce, cariño? Quiero preguntarte, pero colapso en la acera. Bésame, lo necesito. Te pierdo, me pierdo, y no quiero.
«Muerto, Cristal, está muerto». Las palabras de Paula resonaron en mi cabeza como si de un mantra se trataran y me dolían tanto como si me estuvieran golpeando. Los ojos miel de mi amiga se fijaron en mí; en cómo descansaba sobre el taburete del piano de Diego, como si estuviera a la espera de que algún día volviera a parecer. Vendría a por mí y tocaría una de sus tantas canciones y, entonces, todo volvería a estar bien.
—Ya sé que no está —musité en tono seco. Mis dedos acariciaron las teclas del piano con delicadeza, con miedo a romperlo. Estaría bien que aprendiera a tocar. Probablemente me ayudaría a rememorar alguna de las tantas melodías que compartimos en su día Diego y yo.
—Van dos años, Cristal. —Hizo una pausa. —Sé que lo quisiste mucho pero creo que ya ha llegado el momento de pasar página.
—Lo sé. Mi cabeza lo sabe, Paula, pero no es sencillo, ¿vale? ¿Cómo voy a sacar de mi cabeza a la primera persona que se preocupó alguna vez por mí? Y encima, mira, aquí tengo su piano, como si se tomara el trabajo de recordarme todos los días que Diego alguna vez estuvo a mi lado.
—¿Quieres que hable con tu madre para que se lo lleve?
—No. —Suspiré. —O sí. Tal vez. —Paula me regaló una mirada escéptica y tomó aire muy despacio. Sus ojos, de un tono que oscilaba entre el marrón y el amarillo, en aquellas circunstancias me recordaron al caramelo fundido. De algún modo me reconfortaron. Paula siempre me miró con cariño.
Se hizo un hueco y se sentó en el otro extremo del taburete del piano, a mi lado. Sus manos oscilaron sobre las teclas con una pizca de indecisión y, después, empezó a tocar. Era una canción simple y tal vez un poco ñoña. Me hizo pensar en una nana para un bebé o algo por aquel estilo. Las notas salieron tambaleantes y perezosas, con miedo. Aquello hizo que el efecto que producía de estar tocada para un niño se hiciera más intenso.
—Las teclas están sin afinar —repuso despacio, y luego empezó a hacer la escala como si tratara de calibrar la gravedad del asunto.
—Ojalá supiera tocar —susurré bajito, más para mí misma que para ella. Paula se encogió de hombros con indiferencia.
—Tampoco es gran cosa. —Sonrió con timidez y se recolocó un mechón de su cabello café detrás de la oreja. —Yo aprendí a los seis años y mira, sigue dándoseme bastante mal. Creo que la música no es para cualquier persona; o tienes talento o no lo tienes.
—Me gustaría que me enseñaras a tocar.
—No sé si estoy capacitada para hacerlo. Ya sabes, soy medio inútil en estas cosas.
Mi mente estaba rota, me lo decían mucho. Y si la gente lo decía por algo debía de ser. Una vez Amparo, la chica más popular del instituto, me dijo que usaba un dial de radio roto. Ni AM ni FM, se burló, y yo no terminé de entender aquello. Cuando Amparo iba al cole la llevaban en coche, así que escucharía mucho la radio y sabría lo que estaba diciendo. Por mi parte yo solo me quedé mirándola sin terminar de comprendela. A los pocos días le expliqué a Paula las palabras de Amparo y su respuesta fue arquear la ceja derecha con escepticismo. Después me dijo «Tal vez se refiera a las ondas, pero sigue siendo una burla tonta y rebuscada. Qué tus ondas viajen en un canal distinto no significa que no estén. Hay cosas que no podemos ver pero que sabemos que están». Yo miré hacia el suelo, evitando la miel de sus ojos. «¿Entonces Amparo tiene razón y mi cabeza funciona raro?» Paula se encogió de hombros y me regaló una sonrisa tímida. «Quizá».
Aquel día debería de estar contenta porque era mi cumpleaños, pero más bien me sentía indiferente. Paula se había puesto muy guapa para la ocasión: llevaba un vestido azul zafiro de volantes, que contrastaba mucho con el negro de su pelo. Lo tenía largo y liso; le llegaba hasta la cintura y era muy suave. Envidiaba lo bien que se veía y la forma en la que hacía que se encogiera mi pecho cuando sonreía. Se arrugaban las esquinas de su boca y la zona del arco de su nariz que estaba entre ceja y ceja. Se acercó a mí y se sentó a mi lado, en el sofá del comedor.
—¿Has preparado ya la fiesta? —inquirió animada, y me regaló un abrazo.
—Qué bien hueles —afirmé, un poco sorprendida. Era champú y algo más. Inhalé de nuevo y la sentí temblar.
—Es solo colonia.
En aquel momento me habría gustado ser capaz de continuar con el ritmo de nuestra conversación, pero no dije nada. Dejé caer mi cabeza en el hueco de su pecho y cerré los ojos. No tenía ganas de preparar la fiesta, socializar, o hacer cosas. Mi amiga pareció entenderme y suspiró. Sus manos se movieron hacia mis hombros y los masajeó despacio, antes de decir bajito «Relájate, Cristal. Cada vez te dolerá menos pensar en Diego, lo sé. Tres años ya es mucho tiempo».
—Creo que voy a vender el piano, o a donarlo, o algo —musité pensativa, mientras Paula terminaba de enseñarme los acordes. Estábamos sentadas sobre el taburete y me dolían las partes traseras de estar tanto ahí.
—¿Te rindes? Pues sí que soy mala profesora —espetó mi amiga, más enfadada consigo misma que conmigo.
—No es tu culpa, ¿sabes? Solo creo que la música no es lo mío. Una vez dijiste que había que tener talento y creo que es lo que me falta.
Paula empezó a tocar una canción que no reconocí, un tanto ajena a mis palabras. La melodía era dulce, lenta y se sentía cercana. Me mantuve en silencio, contemplando cómo sus manos acariciaban las teclas en una reverencia. Tenía los dedos largos, delgados y las uñas pintadas. Siempre llevaba las uñas pintadas, el pelo desenredado y suave y algo de maquillaje en los ojos, colorete y brillo de labios. Era muy coqueta, y me daba algo de envidia. A veces venía a mi casa y me ayudaba a ponerme guapa: pasaba horas y horas haciéndome el pelo y escogiendo el mejor color de sombra de ojos para el conjunto que me había elegido.
—Has mejorado mucho. —Aprecié con una pizca de envidia; quisiera ser como ella.
—Solo es práctica, Cristal. Si estuvieras más atenta a mis clases podrías hacerlo mejor que yo. —Le regalé una mirada escéptica mientras ella me sonreía de aquel modo tan especial. Se inclinó hacia mí y la sentí tan cerca que me puse nerviosa. De nuevo olía bien y yo desde fuera me vi torpe. Sus labios eran gruesos y llevaban gloss con olor a coco. Me gustaba el coco. Miré hacia el suelo. Paula suspiró y sentí su aliento caliente; después la sentí a ella entera. Inclinó su cuerpo hacia mí e, inesperadamente, me besó.
Aquello se sintió extraño. No era como si me hubiera besado demasiadas veces con demasiadas personas como para comparar, pero lo sentí raro. Estábamos rígidas las dos, sin saber demasiado bien cómo continuar. Nuestras bocas seguían unidas, en un roce, y podía sentir el calor de su aliento colarse a través de mi garganta. Inhalé despacio, tratando de calibrar si aquello era de mi agrado o no. Las manos de Paula se pasearon, temblando, sobre mi nuca y después bajaron hacia mi espalda, y subieron, y volvieron a bajar.
No sé en qué momento el beso cambió ni tampoco quién fue la que llevó la iniciativa. De un instante a otro estaba sentada sobre el regazo de mi amiga y sus manos se movían con avaricia sobre mi cintura, mis brazos, la zona de mis caderas y exterior de mis pechos. Suspiré y la sentí removerse debajo de mí y tomar aire. Después, la magia se rompió. Nuestros ojos estaban fijos: yo solo miraba sus pupilas dilatadas color miel y el leve sonrojo de sus mejillas. La miré y no supe que decirle.
—¿Por qué...? —logré articular tras mucho esfuerzo. Paula sonrió con pesar, y deslizó su mano con lentitud sobre mi mejilla para retirarme algunos mechones de la cara.
—Te quiero, Cristal.
—Pero, yo...
—Escúchame, Cristal. Entiendo que quieras a Diego y que haya sido una persona tan importante para ti pero creo que ya ha llegado el momento de que empieces a intentar recomponer tus pedazos. —Hizo una pausa. —Por favor, Cristal... Son tres años ya. Estoy segura de que Diego querría verte feliz.
Tenía el corazón desbocado; solo podía escuchar sus irregulares latidos. Bombeaba con tantas fuerzas que dolía que tenía la sensación de que en cualquier momento perdería el sentido. Me incorporé tambaleante y dirigí una mirada perdida a la que desde hacía años había sido mi mejor amiga.
—¿Desde cuándo? —atiné a preguntar, sofocada.
—¿Desde cuándo qué, Cristal?
—¿Desde cuándo andas detrás de mí?
—Desde el primer instante que te vi, lo supe. Supe que no podía estar sin ti. Pero tú estabas con Diego, y yo era el estorbo. La mejor amiga, ¿cierto? Siempre fui tu mejor amiga y yo solo quería que me vieras de forma distinta. Compréndeme, Cristal, por favor.
Cristal era mi nombre y hasta cierto punto se acercaba bastante a quien era yo. Estaba rota en muchos de los sentidos que implicaban aquella palabra. Tenía la mente rota, los recuerdos rotos y el corazón hecho trizas. ¿Podría alguien destrozado volver a querer? ¿Podría recomponer sus pedazos y convertirlos en algo distinto? La melodía que tocó Paula aquella última tarde resonó en mi cabeza, como si estuviera acompañando mi desgracia. Cansada, me levanté de mi habitación y fui hacia el piano.
Sobre él, lo vi. Quizá fue un espejismo, pero ahí estaba. Podía ver a Diego sentado sobre aquel pequeño taburete jugando con las notas de una canción que en realidad no era suya. Seguía resonando aquella melodía, que desde la confesión de mi amiga me había dejado tan perdida y sola. Me acerqué titubeante hacia él y le tendí la mano.
—No estás, ¿cierto? —espeté con la voz temblorosa. Mis palabras salieron como un jadeo ahogado; como una señal de auxilio. Diego clavó sus ojos en los míos y solo sonrió. —No estás, y sin embargo te veo. Tres años, no estás.
Entonces vino a mi cabeza la imagen de su entierro. Paula y yo íbamos vestidas de negro y mirábamos con desdicha cómo se hundía su ataúd en el nicho. No estaba, se había ido. Y yo lloraba tanto... Paula estaba pálida, quieta, y no articuló ninguna palabra. Todo se había vuelto tan distinto que dolía pensar en ello. Dolían los días, dolían las horas, y dolía yo.
Quizá la mejor decisión que podría tomar era vender el piano. De alguna forma había empezado a representar mis recuerdos por Diego y el afán por cambiar las cosas de Paula. Tal vez lo mejor sería simplemente olvidarlo todo, sacarlo de mi vida y hacer como si nada hubiera ocurrido. El olvido me llevaría al estoicismo y, entonces, todo estaría bien. Olvidar y punto. Dejar la tristeza y los recuerdos a un lado.
Fui hacia el comedor y me quedé mirando el piano. Era enorme y pesado; de cola, como se dice. Las teclas claras tenían una tonalidad más cercana al marfil o amarillo que al blanco. Y las oscuras, de un negro intenso y brillante, me recordaban a los zapatos de charol que llevaba cuando era niña los domingos para las comidas familiares. La madera lacada era negra, también, y brillaba. En algunas zonas, sobre todo en las esquinas, se podía ver el desgaste de los años sobre la superficie., y eso estaba bien. Me gustaba ver cómo el tiempo consumía las cosas; era una prueba de que llevaban mucho tiempo a mi lado.
El tiempo también había consumido a Diego, pero aquello nunca me agradó pensarlo. Él sabía que se moría, que perdía fuerzas, pero no actuaba en consonancia a aquello. Era como si su espíritu estuviera por encima de su cuerpo y le diera igual los estragos que sufría. Por eso solía sonreírme y decir «Todo está bien, Cristal. La vida sigue». Alguna que otra vez le quise contestar que aquello era muy grosero. Yo no quería que la vida continuara de aquel modo; sin pedirme permiso. Yo quería un pause; un punto y seguido. Y no estaba. Nunca estuvo.
Por eso después de su muerte me aislé durante un tiempo. Quizá no ver la vida de los demás me daba la falsa sensación de estatismo que tanto anhelaba. Pero todo era una sensación y, como sensación, nada era real. La vida seguía adelante; el tren se largaba de la estación sin esperar a que atravesara las puertas de entrada. Debía de asumirlo. Ir al psicólogo y hablar de mis problemas. Pero no. Me libraría del piano.
—Cristal… ¿Estás bien? —inquirió Paula, que acababa de atravesar la puerta de entrada al comedor. Me quedé mirándola en silencio. Su cabello brillante y negro, sus ojos entreabiertos y expresivos, su impoluto maquillaje. Me sentí abrumada y solo guardé silencio. Tan femenina, tan dulce, y me miraba. Tan mi amiga, tan Paula. Tan… Me había besado. Me besó hacía unos días como si su vida pendiera de ello; primero insegura, luego ansiosa. Luego me dijo que me quería.
Cielo santo. Me iba a explotar la cabeza. Caí al suelo y solo lloré. Paula corrió hacia mí y se puso de rodillas, a mi lado. Su olor a colonia y el brillante gloss reluciendo en sus labios. Sus ojos miel, la arruga de preocupación en el espacio entre ambas cejas. Cejas depiladas. Pestañas con rímel. Raya de ojos.
—¿Por qué vas tan arreglada? —le pregunté sorprendida entre lágrimas. Una pregunta incoherente, dadas las circunstancias.
—Siempre me arreglo, Cristal. Me gusta que me veas guapa —repuso con naturalidad, antes de apoyar su mano en mi espalda, dándome golpecitos tranquilizadores —. ¿Por qué estás así? ¿Ha pasado algo?
—Voy a vender el piano.
—¿Por qué? Dijiste que querías que te enseñara a tocar.
—Tenerlo en casa no me hace bien. Me siento mal y… No sé. Si lo saco de mi vida creo que estaré mejor. —Paula me miró primero incrédula, después rabiosa.
—Eres una cobarde, Cristal, y una insensible. No paras de huir de tus recuerdos; de las cosas que te hacen sentir mal. Diego ha muerto, joder. Entiendo que duela, ¿vale? Pero es un hecho y no tienes por qué estar fingiendo que no ha ocurrido nada y mirar a otro lado. Estás estática, evoluciona. Cambia. Asimila las cosas y supéralas. —Me zarandeó como si de aquella forma consiguiera hacerme entrar en razón. —Estoy segura que Diego no querría verte así. Él quería que fueras feliz y tú no haces absolutamente nada al respecto.
Tomé aire con dificultad; me ahogaba. Paula me envolvió entre sus brazos y tarareó despacio aquella canción tan cursi que desde la última vez que hablamos me atormentaba.
—¿De dónde es esa canción?
—La compuse yo mientras pensaba la mejor forma para enseñarte música. Es para ti, tu canción. Creí que, quizá, el piano podría ser nuestro nexo de unión como lo fue contigo y Diego. Solo me equivoqué. Véndelo si quieres, qué importa.
Con los ojos húmedos por las lágrimas y falta de oxígeno por el llanto, miré hacia Paula y reflexioné qué tanto daño le estaba haciendo. Me sentí desdichada, rota y perdida. Paula solo acarició mi mejilla mojada y retiró el pelo de mi cara.
—Hagas lo que hagas está bien, Cristal. Siento haber sido tan brusca contigo antes. —Acerqué mis manos a su rostro y toqué con uno de mis dedos sus labios brillantes por el gloss. Tan hermosa y triste. Tan perdida como yo.
—Enséñame a tocar —musité, antes de acercar titubeante nuestras bocas.
Ellos son débiles, y lo saben. Por eso huyen de nosotros con los ojos entreabiertos y con una mueca de pánico en sus rasgos. La boca crispada en forma de O, las mejillas pálidas y la frente arrugada. Ellos solo huyen mientras los hacemos pedazos, y nos divierte. Nos gusta ejercer la fuerza y el control sobre su estirpe. Porque son solo humanos. Inútiles humanos.
Tomamos lo que queremos, aullamos como los animales que somos y nos regocijamos al romperlos. Solo humanos, repito en un gruñido de fiera. Y entonces la veo. Solo una humana de cabello canela y rostro alargado. Su boca crispada en forma de O, sus mejillas pálidas y su frente arrugada. Una de tantas, y no. Mi corazón se encoge, mi sangre hierve y siento que el que acaba roto he sido yo. Ella solo me mira con el alma hecha trizas, con el terror espeso de quien ruega piedad. Tengo ganas de decirle que conmigo será distinto, que nunca le haría daño, pero las palabras mueren en mis labios.
La luna, ella es la luna. Nuestro destino es estar juntos y, en cambio, me mira como si fuera el ser más desagradable del mundo. La tierra enlazó nuestras almas al nacer y estaremos incompletos si nos alejamos. Ella llora, me teme, y tengo la incertidumbre de si alguna vez me podrá perdonar. Contemplo el reguero de cadáveres expuestos y me doy cuenta de que estoy en un punto de no retorno. Soy una bestia y estoy seguro de que jamás podrá aceptar esta parte de mi naturaleza. No después de lo que ha presenciado. La he hecho añicos; no hay vuelta atrás.
Aquel día era el primero de universidad. Shane había insistido en llevar a Álex en coche, a pesar de decirle que no hacía falta que lo hiciera. Cuando Álex entró no le pasó desapercibida la forma en la que el pecho de su amigo se dilataba y contraía, marcando sus prominentes músculos, que se notaban a través de aquella camiseta de manga corta que llevaba.
—¿Cuántas horas de gimnasio inviertes a la semana para conseguir eso? —le preguntó mientras enarcaba una ceja, como si tratara de burlarse de su trabajo. Shane se giró hacia ella y, entonces, sus ojos azules le lanzaron un fogonazo risueño. Dolía demasiado mirarle directamente a la cara; sus rasgos eran tan agraciados que cuando se fijaba en ellos tenía un cortocircuito. Demasiada luz.
—Las justas y necesarias —repuso, antes de reírse con candidez. Álex trató de ocultar su estremecimiento y el vello de punta de su nuca. Esperaba que algún día aquel efecto que le producía se terminara; que dejara de tener tanto control sobre ella.
—Debiste de haberte puesto el vestido blanco que te trajo tu madre. No sé qué tienes en contra de las faldas.
—Solo creo que no es mi estilo —. Esperaba que con aquello se diera por concluido el tema de conversación. No le gustaba hablar sobre esas cosas. Se sentía torpe y un poco estúpida. ¿Ella llevando falda? Absurdo. No era como si tuviera unas piernas quilométricas que lucir, una cintura de avispa o un escote digno de envidia. No, no tenía nada de aquello. Era una niña metida en el cuerpo de una chica de veinte años. Patético, desde luego que era patético, y no estaba dispuesta a caer más bajo y ponerse una prenda que no estaba hecha para alguien como ella.
—A mí me gustó mucho cómo te quedaba puesto —musitó Shane y, acto seguido, apartó sus ojos de la carretera para regalarle una mirada de arriba abajo. Cuando hacía aquello Álex se sentía avergonzada y no sabía cómo encararlo. Aquella mirada, aquel deje que adquirían sus ojos azules durante un breve instante, la hacía sentir como alguien deseada. Pero sabía que aquello era mentira: su cabeza le recordaba que un chico como Shane nunca podría encontrar a alguien como ella atractiva.
Se produjo un silencio incómodo. Shane había vuelto la vista adelante. Su rostro se había recompuesto en una mueca inexpresiva con sus labios carnosos apretados en una fina línea. La luz rojiza de la mañana proyectó la sombra de sus pestañas sobre sus prominentes pómulos. Álex pensó que en su vida había visto algo tan hermoso y aquello le produjo una punzada amarga en el pecho.
De repente, el coche se bamboleó. Sonó el chirrido de las ruedas arañando el asfalto y un grito murió en su boca. Álex sintió que su alrededor daba vueltas, mientras Shane meneaba el volante tratando de recobrar el control del vehículo. El sonido de una explosión fue acompañado junto al olor de gasolina y humo. No hubo dolor.
En el primer día de escuela de Shane nadie quería hablar con él o hacerle caso. Aquello no lo sorprendió en absoluto; en su otro colegio tampoco había tenido demasiados amigos. Por alguna extraña razón a las personas no les gustaba estar a su lado. Raro, lo llamaban raro, y muchas veces se reían de él. No entendía muy bien las razones por las que era raro. Su anterior maestra le dijo que era porque hablaba demasiado y por su obsesión por los dinosaurios. Sí, le gustaban los dinosaurios y estaba seguro de que en un futuro volverían a la tierra y tendría a uno de ellos de mascota. La gente le daría la razón y dejarían de tratarlo como el niño loco que nunca fue.
Intentó hablar con algunos chicos, pero todos se alejaron de su lado. Le dijeron que su camisa de Mickey Mouse era tonta; que Mickey Mouse era de niños. Y no entendió bien aquello. Eran niños, ¿no? Los niños iban al colegio y ellos estaban en el colegio. Entonces Mickey Mouse estaba bien y lo que le dijeron era tonto. Sí, los niños eran tontos y Shane no sabía explicarles por qué. Por eso les sacó la lengua y se fue a comer solo al patio. No le gustaban los tontos y no iba a juntarse con personas así.
Entonces fue cuando, a su lado, se sentó una chica delgada y bastante desgarbada. Parecía que estaba sola, como él, y eso le hizo sentir mejor. Los dos estaban solos y por eso habían acudido ahí. Aquella zona del patio estaba bastante alejada, de modo que nadie podía verles y meterse con que no estuvieran acompañados por otros niños. Por eso los dos escogieron ese sitio; no les gustaba llamar la atención.
Shane se fijó en la chica y pensó que quizá estaría bien que hablaran. Podría explicarle su problema con Mickey Mouse y tal vez ella lo entendería. Abrió la boca, y se quedó sin palabras. La chica tenía el cabello más corto que el resto de chicas de normal; le llegaba casi rozando los hombros y era de un marrón oscuro especial. Brillaba en tonos rojos a veces y a veces rubios; era como si tuviera muchos colores escondidos, tímidos, y solo la luz los animara a sacar el morro. Sus ojos eran marrón oscuro y Shane supo que escondían cosas, también. Eran muy grandes y contrastaban mucho con su diminuta nariz y sus labios rosa claro.
Sus mejillas estaban machadas de barro y sus manos también. Tenía los dedos sucios y finos. Muy bonitos. A Shane le gustaron sus manos y la forma en la que se sonrojaron sus mejillas por la vergüenza. La chica tenía algo único, algo distinto. Shane lo supo por sus ojos y por su pelo. Nadie con el pelo así podría ser mediocre, y por eso se quedó sin palabras. Durante unos instantes pensó que era tonto hablar con alguien tan genial como ella.
—¿Qué haces aquí? —inquirió la chica, removiendo la tierra de sus manos.
—Me llamo Shane y he venido aquí por Mickey Mouse —musitó en tono bajo y suave.
—Yo me llamo Álex y he venido aquí porque no les gusta el barro. Dicen que el barro no es de niñas, que soy un niño. Y que Álex es nombre de niño. Pero yo soy niña y me gusta el barro. También me gusta Mickey Mouse, tu camiseta es bonita—. Shane le sonrió.
—Yo creo que eres una niña, llevas puesto un vestido y pendientes. Además, tienes cara de niña —observó Shane, tratando de ser amable—. A ellos no les gusta Mickey Mouse y me gusta que a ti te guste. ¿Te gustan los dinosaurios? Yo creo que los dinosaurios volverán y los podremos tener de mascota.
Recuperaron el sentido en una habitación blanca, sin puertas ni ventanas. El único mobiliario que tenía era una cama de sábanas blancas y una mesita de noche blanca, también. No había ninguna decoración en las paredes y los azulejos del suelo relucían por el brillo del foco del techo. Podían verse reflejados en ellos.
—¿Dónde estamos? —quiso saber Álex, más asustada que otra cosa.
Shane no respondió. Se acercó hacia ella y le tocó los hombros; luego bajó hacia sus brazos y, poco después, hacia sus manos. Álex lo miró extrañada, sin entender muy bien la razón de aquello. Era como si tratara de comprobar que seguía viva; que nada de lo que había ocurrido era real.
—El coche se descontroló y luego todo fue confuso —musitó Shane en tono bajo—. No sé dónde estamos y no entiendo todo esto. Pero con lo que ha pasado deberíamos de estar muertos—. Álex hizo una mueca en la que exteriorizó todo su pánico.
—¿Y si lo estamos?, ¿y si estamos muertos y simplemente no cruzamos al otro lado? —El terror empañaba el tono de voz de Álex. —No quiero morir, yo… Shane, no quiero morir.
Miles de suposiciones surgieron en su cabeza. Quizá estaban soñando y nada de lo ocurrido era real; quizá aquello era una broma estúpida que les habían gastado. Dolía tanto. La idea de pensar que el accidente había ocurrido, que habían perdido la vida, dolía tanto que era imposible considerarla real. No, aquello no podía haber pasado; su vida no se iba a desvanecer de una forma tan estúpida.
—De lo que estoy segura es que esto no es el cielo. No hay ángeles ni nada así. Esta habitación me recuerda más a una sala de espera que otra cosa —dictaminó Álex, tratando de buscarle la coherencia a algo que en realidad no la tenía.
—¿Una sala de espera de qué? —inquirió Shane con escepticismo. Se acercó a las paredes y empezó a palparlas, como si estuviera buscando una puerta o una salida secreta. Cielo santo; aquella locura era demasiado para su propio sentido común.
Le encantaba que Shane fuera su amigo. Desde que se conocieron en el recreo se habían vuelto inseparables. De alguna forma existía aquella reconfortante sensación de entenderse. Tras sentirse solos e incomprendidos, habían sido capaces de compartir esa soledad y redescubrirla en algo nuevo que les hiciera sentir mejor. Se volvieron cercanos, mejores amigos, y actuaron de apoyo el uno del otro.
A Shane le sorprendió que Álex estuviera tanto tiempo sin nadie, que tan pocas personas le dirigieran la palabra. Cuando hablaban con ella lo hacían con la intención de reírse u obtener algo a cambio. Álex parecía saber llevar aquella situación con diplomacia, como si de alguna forma aquellos años la hubieran enseñado a resignarse y asumir que no podía conseguir algo mejor. Y aquello, la certeza de pensar en aquello, hacía que Shane se sintiera mal; que tratara de buscar alguna solución al conformismo de su amiga.
Era por ello que Álex nunca se arreglaba; que nunca se molestaba en ponerse ropa que la ayudara a sentirse mejor consigo misma. Creía que no merecía la pena modificar su aspecto para sentirse a gusto con su estética. Cuando el resto de la clase empezó a generar un estilo, a volverse coquetos, Álex continuó llevando la misma ropa y el mismo pelo: como si le diera miedo cambiar las cosas.
Fue entonces cuando, tras el paso de los años, las cosas con Shane empezaron a cambiar. La primera que se dio cuenta fue Álex. Empezó a hacer deporte, a ir al gimnasio, y a ponerse prendas de vestir que estuvieran a la moda. También cambió su corte de pelo, que pasó de ser el típico rapado de peluquería a un gracioso escalonado de sus hebras, donde detrás las llevaba más cortas y delante más largas. El marrón claro se había vuelto algo divertido, estético, y eso de alguna forma hizo sentir a Álex peor.
Si antes despuntaban el uno al lado del otro, en aquellos instantes no podía quitarse la sensación de estar haciendo el ridículo. ¿En qué momento habían cambiado tanto las cosas?, ¿no podía simplemente actuar como cuando eran pequeños y llevar puesta una camiseta de Mickey Mouse mientras se comían un helado de vainilla en el cajón de arena? No, por supuesto que no, tenían diecisiete años y había llegado el momento de hacer cosas de adolescentes. Cosas a las que Álex le daba miedo pensar.
—¿Vendrás hoy a mi casa a jugar a la play? —inquirió Shane a su espalda.
—Supongo, no tengo nada mejor que hacer —sonrió Álex, tratando de borrar una punzante sensación en su pecho. Cada vez que hablaba con él surgía y la hacía sentir estúpida. Una parte de sí misma le gritaba que llegaría el momento en el que él se cansaría de ser el amigo de la chica tonta.
Cuando encendieron la consola Álex tomó uno de los mandos y sin pensar demasiado inició partida. Como costumbre lo ganó; era pésimo en los videojuegos, sobre todo en los de peleas. Le faltaban reflejos y se ponía nervioso cuando le quedaba poca vida. Solía mover los brazos hacia los lados y hacia delante y atrás; como si de aquella forma los combos fueran más efectivos. Su pelo castaño se bamboleaba al ritmo de las sacudidas y la forma en la que apretaba el mando con el grosor de sus brazos se le hizo un tanto divertida. Le gustaba aquella escena y supo que sería algo que atesoraría con el paso de los años.
—Gané —proclamó Álex—, ¿cuál es mi recompensa?
Shane le regaló una sonrisa divertida, antes de acercarse hacia ella y apartar suavemente un mechón de pelo que cubría su frente. Álex se sonrojó y se puso nerviosa; se sentía extraña cada vez que la tocaba. Su pecho latía muy fuerte y un calor se formaba en la parte baja de su estómago. Mariposas, también tenía mariposas.
—Traje helado para los dos, ¿te parece una recompensa lo bastante buena? —Álex hizo como que se lo pensaba, antes de asentir con efusividad.
—Lo bastante, siempre y cuando no tengas que romper tu gloriosa dieta de deportista —le increpó, sin entender bien por qué le molestaba tanto que cuidara su cuerpo. Quizá porque a su lado se sentía más fea, más pequeña.
Shane arrugó la nariz y se cuestionó por qué siempre le decía aquellas cosas. Una de las razones principales por las que había decidido hacer aquello, obviando a su autoestima, fue Álex. A las chicas les gustaban los chicos así y ella era una chica, por mucho que se molestaran en negarlo sus compañeros de clase. Él sabía que era una chica porque aunque no llevara vestidos, tuviera el pelo corto o no le gustara el maquillaje seguía sintiéndola como una mujer. Tenía la piel suave y cuando la tocaba le daban ganas de mover las manos hacia más sitios; hacia sitios que no se atrevería a decir en voz alta. Luego estaban su cintura y sus caderas, que se acentuaban cada vez que llevaba vaqueros ajustados, y le hacían querer saber cómo se vería sin ellos. Y volvía a su cabeza la idea de que su piel era demasiado suave. También estaban sus pechos, que se escondían entre sus camisetas sueltas como si tuvieran miedo de decirle que estaban ahí.
¿Qué estaba mal en todo aquello? Él solo quería gustarle a ella. Además de arreglarse para sentirse cómodo consigo mismo quería verse bien para ella. Y Álex no lo notaba, o si lo hacía era muy buena actriz. El resto del mundo sí se dio cuenta; hubo chicas que le hablaron en el instituto e, incluso, llegó a sentirse verdaderamente integrado en el grupo de chicos, también. Había conseguido verse normal, agradar a sus compañeros, pero para él aquello no merecía la pena. Quería gustar a Álex, solo a Álex.
—De todas formas al menos no estamos solos —trató de consolarla Shane—. Piensa que nos tenemos el uno al otro para hacernos sentir mejor.
Álex asintió y se acurrucó en el pecho del chico. Estaban reclinados en la cama desde hacía mucho rato. Hacía bastante tiempo que no compartían aquel tipo de intimidad pero, aun así, se sintió bien; como si aquello fuera correcto.
—He estado pensando que, quizá, estamos en un purgatorio o algo así. Cada vez estoy más segura de que esto es una sala de espera —dijo Álex en voz baja.
Shane no contestó. Movió su mano hacia el cabello corto de la chica y se dedicó a acariciarlo con lentitud. Suave, Álex siempre fue muy suave, y se sentía como seda entre sus manos. En aquella situación solo estaban los dos. Alejados de cualquier cosa que hubieran conocido antes, fueron más ellos mismos que nunca. No estaban en un mundo real; en un planeta tierra en el que tuvieran que llevar una máscara, que interpretar un papel. No. Estaban en un sitio que no sabían si era real o no; lejos de los ojos de los demás, de los prejuicios del resto. Alejados de la realidad, actuaron como siempre quisieron hacerlo.
—Álex, quiero que sepas que siempre has sido alguien muy importante para mí y que, bueno, quiero que lo tengas en cuenta. No sé lo que nos va a pasar en este sitio y si las cosas terminan mal, pues… Bueno, te quiero mucho.
Álex se aferró con fuerza al pecho de Shane y sintió que su corazón latía muy rápido, a juego con el de ella misma. Inhaló profundamente su olor y esperó guardarlo siempre en su memoria, junto con la sensación que estaba experimentando ahora mismo de sentirse completa.
—Yo también te quiero mucho, Shane. No quiero que nos pase nada malo; me da miedo. Eres alguien muy importante para mí.
Álex supo que cuando llegaran a la universidad las cosas cambiarían entre ellos; Shane se iría por ahí con sus nuevos amigos, los deportistas perfectos y las chicas modelos, y entonces se olvidaría de ella, de sus partidas a la play y las tardes de películas malas de acción acompañadas con nachos y salsa de queso picante.
A Shane le gustaban las mismas cosas que a ella; también quería dedicarse a las ciencias. Quizá eso fue por su afición a los dinosaurios o por su obsesión por conocer el porqué de cada cosa. Cuando ella se inscribió a la carrera de biología, Shane también lo hizo sin vacilar. Iban a ir juntos; estarían toda la vida juntos, desde su infancia hasta su juventud. Y eso en parte le gustaba.
Pero seguía el miedo. Se iría por ahí con sus nuevos amigos de fiesta, conocería a chicas maravillosas y la olvidaría. No sabía si sería capaz de superar aquello; él era tan importante para ella…, pero le daba miedo decirlo en voz alta y que cambiaran las cosas y decidiera dejar de ser su amigo.
Había escuchado que muchas chicas se le habían confesado y sabía que parte del resentimiento de la mayoría de la clase hacia ella era porque por su culpa Shane no era tan cercano a ellos. De alguna forma la veían como un estorbo, como alguien que lo manipulaba para mantenerlo en su burbuja. Pero aquello no era cierto; Álex no lo manipulaba en absoluto. Era más, fue Shane quien le dijo que no estaba del todo cómodo con aquellas personas. No, no podía estar a gusto con personas que le habían juzgado en un inicio por sus gustos y tras su nueva estética, más socialmente aceptada, habían pensado que estaría bien que fuera su amigo.
Actuar de aquella forma era ser alguien hipócrita. Aunque claro, si la cosa se analizaba con objetividad la mayoría de personas eran hipócritas. El mundo se regía por eso y, conforme fue creciendo Álex, más consciente se hizo de aquello. La gente parecía solo centrarse en las apariencias, en el qué dirán, y olvidarse del resto de cosas. Contra más se acercaba al mundo adulto, más terminaba herida por la idea de que tenía que terminar la universidad, buscar un trabajo y ser un borrego productivo para el resto.
¿Shane se sentiría como ella?, ¿habría pensado algo parecido? Sí, le gustaría creer que sí. Porque de ser así demostraría que es un chico inteligente y que, de algún modo, no se iba a alejar de ella solo para ser aceptado. No, Shane era listo, ¿cierto? Y ser listo implicaba no ser como los demás, ser alguien diferente. Y la gente diferente podía ser crítica y darse cuenta lo negativo del mundo adulto.
Conforme más tiempo pasaba más cuenta se daba Álex de que no quería crecer. Crecer acarreaba que las cosas cambiaran; llevar un estilo de vida diferente. Ojalá pudiera echarle los frenos a la vida, que las cosas se quedaran en el momento en el que de pequeña se cruzó con un Shane amante de los dinosaurios y con una camiseta de Mickey Mouse. Si el tiempo parara ella sería tan feliz. Pero no. El mundo la odiaba y, por ello, los engranajes del reloj siguieron girando y la llevaron al punto de tener que acudir a la universidad y asumir que se había convertido en alguien responsable.
Su madre le compró un bonito vestido blanco para el primer día en el campus. A Álex siempre le gustaron los vestidos pero le daba miedo llevarlos puestos porque todo el mundo le recordaba continuamente que era un chico y los chicos no llevaban vestidos. Aunque, de todas formas, Álex sabía que aquello no era cierto. Cualquier persona podía llevar la ropa que quisiera y nadie debía de ser juzgado por ello. Sin embargo era cobarde e incapaz de ser firme a esa filosofía que siempre tuvo. Y siguió sin ponerse el vestido.
Quizá lo que más miedo le dio fue la forma en la que Shane la miro; como si fuera alguien precioso que nunca creyó ser. Shane muchas veces la miraba así y eso removía algo en su pecho. En el fondo quería que la viera guapa, que se fijara solo en ella, pero sabía que era imposible. Y aun así, en su cabeza resonó las palabras que le dijo Shane cuando la vio con su vestido «Eres preciosa».
—Si vamos a morir aquí, me gustaría hacer algo —musitó Shane.
Sus rostros estaban a penas a unos centímetros de distancia y se sintieron tan libres, tan completos, que les dio miedo. Estaban compartiendo el aliento, las ansias de más cosas. Shane se inclinó y esperó unos segundos a que Álex correspondiera. El labio inferior de la chica tembló levemente, antes de que se inclinara hacia delante y terminara rozándose con el suyo.
Aquel fue un beso lento que, en el fondo, entrañaba muchas promesas. Promesas de amaneceres juntos, de sonrisas cómplices y caricias pasadas las doce. Las bocas se reconocieron y las manos corrieron al cuerpo ajeno como si se propusieran conquistarlo. Shane trató de ir despacio; con miedo a asustarla, a que se arrepintiera. Pero luego las cosas avanzaron y sus promesas terminaron afianzándose.
Fue Álex quien enterró sus manos entre las hebras castañas del chico y le regaló un suspiro lento, ahogado, que supo dulce y caliente. Aquella fue, quizá, la resolución para que llegaran más lejos. Shane movió sus manos hacia el vientre de la chica y se atrevió a tocarlo sin las barreras de la ropa. Acarició su piel como si no hubiera nada mejor en el mundo. Se propuso adorar cada parte de ella para hacerla sentir la chica más guapa del mundo, de su mundo.
Llegados al siguiente punto las prendas de ropa desaparecieron y solo quedaron los rostros sonrojados, la vergüenza de ambos. Álex se atrevió a jugar con la piel del chico, a pasar sus dedos sobre ella, y se sintió increíble al ver cómo se le erizaba el vello solo por ella. Por nadie más.
Shane besó cada parte de Álex de una forma que no hacía más que darle vergüenza. La besó por el cuello, por el escote y por otros sitios que no se atrevería a decir en voz alta, con un descaro que la hizo darse cuenta que era algo que había pensado o anhelado muchas veces.
Aquel fue el momento más prometedor, más feliz, de la existencia de ambos. En él se dieron cuenta de que en realidad lo que siempre quisieron fue aquello; reconocerse como las dos mitades de lo mismo. Por ello, cuando culminaron, ambos descansaron en aquella cama blanca de aquella habitación blanca con aquellos azulejos blancos con una sonrisa que hizo que todo fuera más colorido, menos triste.
El amanecer llegó en una habitación de hospital. Los cuerpos de Álex y Shane descansaron en el mismo cuarto con un gotero resguardando sus heridas. Estaban maltrechos, pero vivos. Y dentro de la gravedad del accidente en una semana tendrían el alta.
—Morimos —musitó Shane en voz baja, sin estar seguro de querer que Álex lo escuchara.
—¿Lo viste?, ¿aquella habitación no fue un sueño? —inquirió Álex, que también estaba despierta. La mirada de ambos se entrelazó y sintieron un poco de vergüenza.
—Sí, recuerdo muy bien todo lo que pasó en aquella habitación tan rara —musitó Shane en tono lento. Álex sintió vergüenza y en parte algo de miedo por las consecuencias de aquello. La principal razón por la que se había dejado llevar fue el hecho de creer que todo había terminado —. Te quiero y no me arrepiento de nada de lo que pasó allí.
Álex rompió a llorar y se sacudió movida por un sentimiento que no supo identificar. Se hizo daño con el gotero y se sintió un poco tonta.
—Yo también te quiero, Shane —susurró muy despacio—. Me alegro de que todo haya salido bien.
—Me parece alucinante que hayamos terminado juntos de esa forma. Ha sido como…, como si el hecho de saber que íbamos a morir nos hubiera convertido en alguien más valiente. Quizá por eso seguimos viviendo, porque fuimos valientes de actuar según lo que estábamos sintiendo.
—¿Por eso nos dieron otra oportunidad? —inquirió Álex, perdida en sus pensamientos.
—No lo sé, es lo único que se me ocurre.
—Yo tengo otra teoría, pero me vas a llamar loca —musitó Álex, un tanto insegura.
—¿Cuál?
—¿Y si simplemente la muerte es el cielo y el infierno la tierra? Cuando estábamos ahí, que ha sido lo más cercano que hemos estado del cielo nunca, las cosas se sintieron mejor. En esa habitación tan rara fui más yo misma que nunca; estaba tan lejos de los prejuicios, de las cosas malas del mundo real, que podía actuar como siempre quise sin miedo a ser juzgada. ¿Qué tal está pensar que la tierra sea el infierno, el lugar donde somos juzgados y sufrimos dolor y pérdida?
—Como en la tierra sufrimos y tenemos que luchar contra el dolor, el miedo y las inseguridades dices que… ¿Es el infierno? —espetó Shane, incrédulo.
—Sí, míralo con lógica. Yo me sentí mejor en aquella habitación blanca y aburrida que aquí. Todo era más seguro contigo, no sé. Quizá también por eso me dejé llevar —. Shane le dedicó una sonrisa de gato.
—Yo solo espero que aunque estemos en la tierra te dejes llevar más veces.
—¡Tonto! —gritó un tanto avergonzada, antes de volver al tema importante—. Estaban decidiendo si llevarnos al cielo o no, y al final nos dejaron en la tierra.
—Para sufrir por ser unos pecadores en aquella habitación, ¿cierto? —se mofó Shane.
—No. Creo que más bien pensaron que vivir un amor tan intenso merece una pizquita de dolor y sufrimiento.