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Relinquere




          Si tú me abandonas los pastos dejan de ser verdes y las manzanas se vuelven amargas. Si tú me abandonas la luz se olvida de dónde se encuentra su propio brillo y sucumbe al estallido de las sombras. Si tú me abandonas me abandono también yo a mí mismo. Me convierto en un espectro intangible y liviano sin razón de ser o estar. 

          Mi voz siempre fue el eco de tus labios; mi mirada la pupila de tu iris; mi sonrisa un suspiro lento de tu boca. ¿Qué hacer cuando fuiste tú la que me dio la vida?, ¿qué hacer cuando el altar en el que te sostengo amenaza con quebrarte? No me dejes, nunca. Eres mi ángel, mi patria, la aurora de mis amaneceres y el crepúsculo de mis noches. Quiero que por siempre bailemos el vals de la vida con nuestras manos entrelazadas.

Si tuus relinquis me, non sum.




Annie la guerrera




           La pequeña Annie tuvo miedo del malvado universo al que había ido a parar. Aquel lugar era como una macabra escenificación de su cuarto, que pretendía arrebatarle cualquier ápice de valor que se había infundado. Su cama se convirtió en un océano de sábanas y pirañas con cuerpo de almohada; su estantería de cuentos desplegables metamorfoseó hasta ser una inmensa y espesa selva, poblada por personajes de tinta y liderada por la Reina de Corazones; su armario cambió hasta ser una amedrentadora cueva oscura en la que se ocultaban polillas gigantescas y otros seres temerosos; y, finalmente, su escritorio se llenó de aterrorizadores monstruos armados con lápices Alpino.

           Annie pensó que era imposible salir ilesa de aquel lugar: que obviamente, su diminuto cuerpecito no era capaz de competir en fuerza y tenacidad con el de aquellos terroríficos seres. Así que se puso a llorar. De sus ojos salieron millones y millones de lágrimas: su llanto hizo eco en la zona hostil y continuó hasta que fue escuchado en Marte y Venus. Deseó, con aquellas lágrimas de niña indefensa, tener suficiente valor como para luchar. Quiso ser una guerrera; una heroína como Mulán o Pocahontas, sus princesas Disney favoritas.

           Repentinamente, Annie sintió calor; una fuente relajante y reconfortante de calor. Y se sintió fuerte. Y supo que estaba lista para enfrentarse contra todo aquello que le plantaran en su camino. Aquella ola de calor la convirtió en una poderosa luchadora capaz de enfrentarse contra la furia de un Titán sin despeinarse. La pequeña entornó sus ojos y, con toda la determinación con la que pudo hacer acopio, se preparó para su batalla. 

           Lejos, muy lejos; en algún lugar imposible de
 localizar por nuestra protagonista,
 estaba el invencible Señor Oso
 preocupado por no haber cumplido
 su promesa de estar siempre a su lado.




La habitación de la niña



                 La niña se mantuvo sentada sobre su cama con sus diminutos ojos viajando a lo largo de toda su habitación. Se sentía enana rodeada por aquel inmenso mobiliario que le había puesto mamá para decorar su cuarto. Tenía un armario enorme que cubría casi toda su pared derecha, el cual no estaba lleno ni a la mitad de su capacidad con prendas de la chiquilla: la mayoría de la ropa que se podía hallar en él eran trapos de su madre que dejaba ahí olvidados porque no le cabían en su dormitorio. Por otro lado estaba su escritorio que se comía el espacio restante que quedaba de su pared derecha. Sobre él tenía su preciado ordenador, un tanto viejo, y montones de papeles repletos de dibujos y fragmentos de historias que a su corta edad construía. Y, finalmente, estaba su cama; su amedrentadora cama. Su cuerpo descansaba sobre ella de manera incómoda, como si a pesar de las noches que hubiera pasado durmiendo sobre su estructura siguiera siendo un colchón y una colcha desconocidos para la pequeña.

                 La niña consideró que era extraño que cuando estuviera en aquellas cuatro paredes se sintiera tan indefensa y ajena a ellas. ¿Por qué le ocurría aquello?, ¿acaso no era merecedora de encajar en su propia habitación? Era como... Como si estuviera maldita. Le daba la sensación de que aquellos muebles, fríos y distantes, pretendían absorber su alma cuando dormía y, con ello, dejar de ser objetos inanimados sin valor. Como consecuencia de aquellas ideas, a la chiquilla le costaba sobremanera pasar las noches. Cada crujido que escuchaba o sombra que veía agazapada en la penumbra era motivo de su desconfianza y terror.

                 El resultado de aquello fue el de una preadolescente de catorce años durmiendo en el cuarto de su madre. Reconfortada por saber que nada ni nadie podría hacerle daño siempre y cuando no estuviera sola.




El cuento del señor Oso






La pequeña Annie, abrazada al señor Oso, miró las cortinas de la ventana de su habitación, que ondeaban como las sabanas de su cama; seguramente harían competiciones para ver cuál de las dos era capaz de imitar mejor las olas marinas. A través de su ventana se colaba la amarillenta luz de una farola de la calle: su halo tenía un tono enfermizo y estremecedor. 

Annie, como era ya costumbre, tuvo miedo de las sombras y del halo de la farola, que parecía transformar todo lo que alumbraba en algo grotesco y amedrentador. Apretó al señor Oso con fuerza contra su pecho y le susurró suavemente «Nada de esto es real: es la oscuridad, que intenta absorbernos con su mano negra». Acto seguido, sintió el leve asentimiento de su peluche y, ante ello, no pudo hacer otra cosa que no fuera sonreír incómodamente. 

—Voy a contarte un cuento —articuló Annie muy bajito al oído del señor Oso—. Me lo he aprendido hoy en clase, es muy bonito. 

Sus ojos se clavaron sobre la luz cancerígena que entraba de la farola; una luz que emitía parpadeos irregulares y desagradables. Ojalá se apagara y hubiera únicamente oscuridad. Sí, la oscuridad era mejor que aquello. Cerró los ojos y se sintió segura tras sus párpados. 

La cama era cómoda pero insegura: a Annie le daba la sensación de que si caía dormida sería engullida por su almohada y despertaría en algún extraño lugar en el que no existieran los helados y hubiera todos los días espinacas para comer y brécol para cenar. 

—Érase una vez una niña pequeña que tenía miedo de todo: de la luz, del frío, del calor… Incluso le aterrorizaba el envase en el que se guardaban los ositos de gominola. Esa niña terminó dejándose llevar por sus terrores y decidió no salir de casa. Se encerró en su cuarto, lugar en el que se sentía más segura, junto a su peluche. Pero lo que la pequeña no sabía era que debajo de su cama se escondía un monstruo horrible—Hizo una pausa y colocó la boca del señor Oso sobre su oído. —¿Por qué se escondía allí? Es evidente, porque todo lo que deseamos quitarnos de encima va a parar debajo de la cama. ¿Cuándo tú ordenas el cuarto y ves trastos no los metes ahí? Pues los monstruos se alimentan de eso; de lo que ignoramos y dejamos ahí abajo. 

»Una noche, el malvado monstruo salió de su escondrijo y capturó a la niña cobarde. Y, y, y ¡¡Se la llevó al mundo de los monstruos!! 

Annie sonrió al creer ver el terror en los ojos de botones del señor Oso. 

—Pero entonces, la niña recordó que traía consigo a su peluche y que con él podría lograr salir de allí. Así que se armó de todo el valor que nunca creyó tener y enfrentó al monstruo. ¡¡Y lo venció!! ¡Y aquel día tuvo natillas caseras de merienda! 

El señor Oso ahora estaba orgulloso; gracias a él Annie estaría siempre protegida. Sería su caballero andante, su salvavidas, su escudo y espada. Mientras estuviera junto a ella estaría a salvo. Mientras estuviera junto a ella ningún ser malvado podría hacerle daño.







._.




Entre la penumbra distinguí a aquellos jóvenes. Eran tres. Una de ellos, la chica con cabellos de sangre, murmuraba en voz baja un cántico en un idioma extraño que debía estar en desuso. Los otros dos tenían sus ojos cerrados y el rostro contraído en lo que identifiqué como mueca de concentración. Los tres estaban sentados alrededor de un círculo dibujado que tenía en su interior una estrella de cinco puntas. En cada extremo de la misma reposaban unos cuencos; cada uno repleto de sustancias indescriptibles y desconocidas para mí.

Aquellos chicos tenían a su espalda, un bosque de cruces, árboles marchitos y lápidas erosionadas por el paso de los años. La luna, increíblemente blanca, lucía amedrentadora sobre aquel cielo oscuro, solitario y opaco.

La chica de cabellos sangrientos chilló; no supe identificar si de pánico o dolor; tal vez fue una combinación de ambos. Sus compañeros, en cambio no se inmutaron; se mantuvieron estáticos; en trance. Y entonces fue cuando ocurrió. Cuando del interior de aquel círculo perfecto delineado a tiza al que parecían alabar, salieron los seres más repugnantes y terroríficos que jamás creí ver. Los monstruos de las películas de terror que acostumbraba observar eran inofensivos y adorables en su comparación.

Mi boca evocó un chillido agudo, teñido crudamente por mi desnudo pánico. Aquellos jóvenes no tenían nada que hacer; iban a morir.


Tártaro

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Sólo quiero que en mi mundo haya silencio.
Sólo anhelo que en mi mundo no exista el Fuego.
Sólo...

Le imploro al viento una respuesta
absuelta del malogro de la vida;
él no me la entrega
y yo permanezco sumida en la Oscuridad.

En ocasiones le grito a la Nada,
tratando de que ella me replique algún vocablo
acompañado por el vaivén de las hojas de un ciprés.

Cada sonido emitido por las gentes de mi mundo
lleva consigo un arañazo que desgarra
profundamente mi tierna carne.

Mi mundo es carbón,
terror y pecado.

Mi mundo es dolor.

Quisiera arrancarme los ojos para no poder verlo.
Quisiera poder cortarme los oídos para no escucharlo.

Pero no puedo,
porque estoy muerta.

Alois

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El cuerpo ensangrentado Alois se arrastraba lentamente sobre el frío bosque repleto de nieve, evidenciando con aquel avance su escasez de fuerzas; augurando su solitario final.

Nadie escuchó su llanto.
Nadie prestó atención a sus desgarradores sollozos absueltos de cariño.
Nadie se cuestionó si él, como persona, podía realmente llegar a valer la pena.

Aquel niño de trece años, cansado del peso de la vida que había tenido que cargar a tan corta edad cerró los ojos lentamente, apreciando cómo la sangre se escurría de su piel junto a la oportunidad de un nuevo amanecer.

Con un último esfuerzo se empujó hasta recostar su espalda contra la corteza rasposa de un árbol enfermo.

El cinematic record* empezó. La película de su vida transcurrió en unos breves cinco segundos; aquel resumen que marcaba cualquier hecho relevante en su corta existencia.

Alois sonrió amargamente; en el film sólo se podía apreciar su dolor, su odio, sus inseguridades, su desesperación y miedo, su soledad...

Yami*...

Y así, del mismo modo en el que se encontró su ser —en tinieblas— la noche se instauró en él.

La gelidez de la nieve se llevó lo cálido de aquel líquido escarlata que supuraba de su herida, y ya... no quedó nada; sólo la soledad que siempre estuvo presente en él.
_________________

*Cinematic Record: película que contiene los hechos fundamentales ocurridos en la vida de un ser que sólo se le es mostrado al morirse, gracias a ella, dicha persona puede ser juzgada en su otra vida.

*[N.T.]Yami: Oscuridad, tinieblas...

Bien, esta entrada está dedicada a mi personaje favorito de un anime Kuroshitsuji que bueno... tiene un final horrendo; por eso me he permitido hoy ser un poco friki XDD. A mucha gente le cae mal y les parece cruel, pero yo únicamente le veo como a un niño pequeño, solitario y asustado que no ha tenido la vida fácil y que nunca ha recibido alguna señal de cariño >.<

Bueno, os dejo que que me entretengo demasiado XDD.

...


Unas verjas antiguas y oxidadas nos vetaban el paso a lo que parecía ser un cementerio.

—¿Dónde estamos? —quise saber sorprendida.

Chris puso los ojos en blanco.

—Te lo he dicho un montón de veces, Sofi. Esta es mi casa.

Chris empujó la reja de entrada; las bisagras chirriaron de manera estridente, provocando que se me pusieran los pelos de punta.

Podía escuchar de fondo el crujir de las hojas secas a nuestro caminar y el casi imperceptible sonido de los cuervos graznando en busca de algo con lo que alimentarse.

Conforme más nos introducíamos en aquel ambiente, más frío hacía.

La espesa niebla dificultaba mi visión. Mis ojos se clavaron en la piedra gastada, y repleta de moho de las lápidas.

—¿Vives aquí? —le pregunté, atónita—. ¿Por qué?

El chiquillo se encogió de hombros con suavidad.

—Dejaste de pensar en mí, así que yo dejé de existir. Formaba parte de tus recuerdos vagos, de tus fragmentos olvidados…

Asombrada, le abracé.

Chris suspiró, mostrándome su epitafio:

Chris

«Olvidado cuando Wendy creció»

—Pero no pasa nada, Sofi —afirmó con una sonrisa en sus labios—. Ahora estoy contigo y, mientras de vez en cuando me dediques algún pensamiento, no volveré aquí.

Le miré con culpabilidad.

—Pero yo… No te recordé; tú apareciste porque sí.

Chris negó; había perdido el deje infantil e inocente de su mirada; parecía un adulto en el cuerpo de un niño.

—Eso es lo que piensas —hizo una breve pausa tomando aire a la par que organizaba las ideas en su cabeza—. Cuando se produjo el choque tú estabas llorando y recordando con melancolía lo feliz que eras de pequeña. Yo fui aquel pensamiento; yo soy la infancia; tu infancia.

Asombrada, parpadeé.

—¡¡Ahora lo entiendo!! Por eso estabas aquí; hacía milenios que no pensaba en ti.

Chris me lanzó una sonrisa amarga y cansada; algo impropia para un chiquillo de su corta edad.

Dejé que mi mirada se deslizara por los sepulcros gastados, asombrada de que algunos ni tuvieran nombre.

—Eso es porque ya no recuerdas ni quiénes son. No tardarán demasiado en hacerse polvo y fundirse con el viento —me dijo Chris adivinando mi duda.

Me sentí mal por ello.

Al fondo, pude observar lo que parecía ser un mausoleo.

—¿Quién está enterrado allí? —quise saber. Para que tuviera aquel lugar tan especial tenía que ser alguien muy importante.

—Tus padres —me contestó Chris en tono seco.

Asombrada, corrí esquivando las lápidas.

—¡¡Mamá!! ¡¡Papá!! —les llamé desesperada—. ¡¡Soy Sofía, vuestra hija!! ¡¡Salid de allí!!

Chris se acercó a mí y tiró de mi brazo para llamar mi atención.

—Están muertos.

Las lágrimas corrieron libremente por mis ojos una vez terminó de pronunciar aquella frase; tenía la esperanza de que en aquel lugar extraño donde me encontraba pudiera ver a mis progenitores, pero por lo visto nada era capaz de combatir contra la muerte.

—Es cierto —. Sollocé tratando controlarme—. Hace años que perdieron la vida.

Chris negó.

—Te equivocas, Sofi —bajó su mirada clara—. Hace años que les olvidaste.

Aquellas palabras me hirieron de una manera inimaginable.

—¡Noooooooooooo!! —grité de manera desgarradora, haciéndome daño en la garganta por el esfuerzo—. ¡¡El tormento empezó por su muerte!! ¡¡Yo soy así por lo que les ocurrió!!

Chris colocó una rosa roja salida de ningún sitio en la puerta de donde yacían mis padres.

—Es cierto que cambiaste tras su muerte, pero la misma no fue la consecuencia de que tú dejaras de ser quien eras. Jamás les recordaste o trataste de asumir lo que les ocurrió; simplemente dejaste de pensar en ellos como escudo ante tu dolor.

»No te olvides de que el pasado siempre golpea dos veces. Dejaste de ser la misma en el momento en el que escuchaste la conversación que tuvo tita Carla con yaya Luz. Aquel fue también el último día en el que yo aparecí en tu vida.

»La prueba de que ya no piensas en ellos está aquí; tu subconsciente tiene ganas de verlos, pero tú te niegas a aceptarlo. Por ello no han recobrado la vida cuando tienes tantas ganas de estar a su lado.

Atónita por sus palabras no supe qué pensar.


~



La chica sonrió, antes de llevarse la mano impregnada de la sangre de su víctima a la boca; lamió el líquido escarlata con lentitud. Su mirada desafiante se clavó en la del hombre que había contemplado el asesinato.

Repentinamente su expresión cambió, se tornó aniñada e inocente.

—¡¡Ohhh!! ¿Podemos ir a la heladería? ¡¡Hace muchísimo tiempo que no tomo un polo de chocolate, y ahora que es verano tengo unas tremendas ganas de comerlo!!

El hombre le sonrió con suavidad, sacando un pañuelo de su bolsillo derecho.

—Vale, pero antes te tienes que cambiar la camiseta. ¡¡Mira cómo te has ensuciado!! —le reconvino suavemente haciendo referencia a las manchas carmesíes de su traje.

Nuevamente, los rasgos de la chica variaron; su gesto se volvió amenazador.

—¡¡Esa zorra hasta muerta tiene que joderme!!

Pasó su mano derecha —ahora limpia de la prueba de su delito— por su cabello castaño claro con suavidad; bajó la mirada al suelo con un deje de timidez que estaba lejos de sentir.

—Entonces... ¿Comeremos helado después de que me quite la sangre de la perra? —preguntó ella antes de empezar a dar saltitos expectante, de manera infantil.

—Claro que sí, cielo —contestó él. La chica se puso de puntillas y dio un beso a la mejilla del hombre.

—¡¡Te amo!! —gritó alegremente antes de agarrar al tipo del brazo.

Ambos se fueron de la escena del crimen sin mirar atrás.

La sangre del cadáver de la mujer se derramaba por la acera, fundiéndose con la basura del callejón donde se hallaba.

—¿Aún tienes los boletos que te dieron en el cine para un dos por uno en helados?
_________________________________________________________

O.o Muuuy macabro XDD. ¡¡Me encantó!! Aunque escribir sobre este tipo de cosas como os habréis dado cuenta no es mi fuerte -.-

Amo leer este tipo de relatos, ojalá los supiera escribir como es debido... T__T

En fin... He estado unos días con problemas de PC; menos mal que hoy se solucionó todo. ¡¡Casi muero al ver que la pantalla de mi ordenador no funcionaba!!

.




Era de noche;
estaba oscuro;
muy oscuro.

Sin luz.

No habían estrellas,
y la luna se había ido.

Del interior de la penumbra,
salió una sombra
con los ojos rojos;
brillantes,
siniestros...

Su piel parecía pálida;
cadavérica;
como la de los muertos.

Yo tenía miedo,
recule.

El monstruo me miró;
con inteligencia;
con lucidez.

El aire no llenaba mis pulmones;
me costaba respirar.


—¡¡Luuuuuuuuuna!! —escuché como gruñía la bestia—. ¡¡Estás herida; aguanta!! ¡¡No cierres los ojos!!

Tenía frío,
y estaba tan cansada...

—¡¡Hey!! ¿Me escuchas? ¡¡No te rindas!! ¡¡Resiste!!

Quise hacerle caso,
pero era tan difícil...

Él se aproximó a mí y me cubrió con su chaqueta.

—Siiieempre... F-Fu...Fuiste... así, ¿verdad? — balbuceé de manera casi inentendible.

—Sí, y por culpa de ello tus latidos se detienen.

Soledad

Frente a mí se extiende el vacío.
Todo lo que me rodea es una gran extensión de tierra infértil;
no hay ni casas, mi plantas.
Ni árboles o personas.

Asustada, empiezo a correr;
en busca de algo muy importante,
pero el caso es,
que no sé qué es.

Aquel algo es lo que me permitirá huir de aquella pesadilla;
la llave que abrirá la puerta de salida
de aquel terreno olvidado.
Pero sigo sin saber qué es.

Empiezo a caminar en círculos;
puesto que todo el terreno es igual,
no tengo ni la más remota idea,
de si avanzo.

Sollozo llena de impotencia,
de pánico,
de terror, de ira...

Pero ninguna palabra sale de mi boca.

Yo...
El desgarrador silencio que me rodea,
juega con mi estado de cordura;
riéndose de mí.

¿Dónde estoy?
No lo sé.
Para salir de aquí;

debo de averiguar el sonido del silencio.

Porque algo, es aquello
que nos permite hablar.
 
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