Virgina




Aquella mujer cada vez que se miraba al espejo, se percataba de lo corrosivos que eran los años. Y rememoraba con nostalgia su otro yo; aquel que era joven y bello. Pensaba en esos tiempos en los que creía que era inmortal: que no existía nada que hiciera mella en su tez de nácar y cuerpo de sílfide; bello y aparentemente etéreo. Quisiera regresar a su época de locuras juveniles; a sus instantes de inocente gloria y desinhibición desenfadada. Y no podía.

Aunque lo detestara, el transcurso de los instantes era inexorable. Con cada tintineo del reloj su ente iba degradándose más: marchitándose cual pétalo de rosa en un ridículo florero. Y por ello, lo acaecido hacía unas escasas horas era inconcebible. Que aquel tipo tan joven, atractivo y dulce le hubiera dicho que la amaba se le antojó un chiste y, como consecuencia, trató de alejarse de él como lo haría un cachorrillo confundido y asustado. 

No obstante, la cosa no se quedo ahí. El chico insistió, hasta llegar a un punto en el que la mujer terminó dudando de sí misma y pensando que, tal vez, el paso del tiempo había sido un tanto benevolente con ella. Y así fue como estuvieron juntos aquella noche, y la siguiente, y la siguiente. Su autoestima fue en aumento y en consonancia con el número de complementos, maquillaje, y productos para la belleza femenina que poblaron su armarito del cuarto de baño. El chico, por su parte, dejó su cepillo de dientes junto al de la mujer, tras sonreír al pensar que estaba más cerca de conocer el número de su cuenta bancaria.





Rojo




Vengo de un sendero de cuentos;
desde un universo de sueños,
ilusiones y miedos.

Vengo de un sendero de maravillas;
desde un universo de pesadillas,
canciones y bambalinas.

Quiero arrancarte un beso;
acercarme a ti y entegarte mi amor.
Conducirte con mi pálida mano
a un paraíso en el que no exista el dolor.

Soy tu fantasía; soy tu realidad.
Soy  aquella que por los cielos
te hará volar.

Y si, acaso, pasajero
de mis palabras empiezas a dudar,
con esta rosa roja que sostengo
tus latidos me dispondré a silenciar.




Poemita de caca, lo sé. Me veía en la obligación de subir algo, dada la inactividad que últimamente está teniendo el blog. Prometo que ahora que estoy de vacaciones intentaré publicar más cosas. 

Un beso, personajillos.

Lo que me habría gustado escribir




Y, entonces, la vi. La contemplé como si su presencia en la esquina de aquel callejón fuera el hecho más maravilloso del mundo. Vislumbré extasiada a aquella diminuta mendiga, que reposaba sentada con su humilde cesta de pedigüeña. Su semblante cansado y malogrado por el paso de los años me enterneció, del mismo modo que lo hicieron sus ojos; de un verde madreselva digno de pigmentar la mismísima selva del amazonas. 

La ropa que portaba parecía ser el vestigio mismo de las desgracias de su existencia, las cuales no iban en consonancia con el deje de su mirada. Aquellas ventanas a su alma destilaban un sentimiento de alienación apabullante; me daba la sensación de que no eran de aquí. Podría considerarlas etéreas; livianas y claras.

Repentinamente, sentí una sacudida y, poco después, los pude apreciar. Pude apreciar una cantidad de sentimientos inigualable; cada cual más profundo, sincero y desconcertante. Emociones que, posiblemente, hasta aquel momento no hube experimentado en mi vida. Sensaciones que me planteé si para un humano eran posibles de percibir. Más tarde, en mi confusión, vi un hermoso castillo situado en el límite de nuestro horizonte y constituido por vapor, arena y sal. Extendí mi mano tratando de alcanzarlo pero cuanto más esfuerzo hacía para acercarme a él, más se alejaba.

En sus alrededores pude intuir el atisbo de una mujer de ojos verde madreselva y de aspecto humilde, la cual clavó su mirada en mí y sonrió. Aquel tirón de labios fue de esos que calan hondo; de esos que hacen las alegrías más dichosas y las tristezas menos pesadas. Quise acercarme a ella y preguntarle por qué me daba la sensación de haberla visto antes. Volví a intentar aproximarme y el castillo, nuevamente, se alejó de mi alcance.

Una inesperada nube de alquitrán empezó a devorar a aquel reino. La chica desconocida parecía no darse cuenta y los peatones, de cuya presencia me acababa de percatar, tampoco. Grité tratando de advertirles de su peligro; corrí con todas mis fuerzas intentando vanamente socorrerles. Pero ninguno de mis intentos surtió efecto. 

Cuando aquel misterioso lugar quedó consumido, la mujer se elevó hacia las alturas propulsada por sus dos enormes y coloridas alas brillantes. Se deslizó por los cielos cual grácil mariposa; bailando con las aves y las hojas secas del otoño. Hasta que, desafortunadamente, el resplandor de sus bellas alas se desvaneció y estas se secaron, quedándose inútiles. Y cayó al suelo. Y se hizo daño.

Sus ropas, en el mundo mortal en el que fue a parar, se hicieron monótonas y feas. Y su hermoso rostro, demasiado delicado para la realidad mundana, se marchitó por el paso de los años. Finalmente, quedó una mendiga apelando a la compasión con su cesta de mimbre, cuyos ojos aguardaban el secreto de su verdadera historia.





Elegí ser princesa



De entre todos los trabajos, de entre todas las posiciones; elegí ser princesa. Elegí ser hermosa y etérea; deslizarme por las nubes cual crisálida mariposa, y volar. Y volar. Y volar.

Y olvidarme de las penas del mundo; viendo, únicamente, lo hermoso que es el cielo. Confundirme, en él, con las nubes de olor a algodón de azúcar. Vivir en las estrellas. Ahogarme en los océanos de Marte.

De todos los trabajos, de entre todas las posiciones; elegí ser sacerdotisa. Elegí ser la emperatriz de un templo olvidado, de paredes de roca, decorado con madreselvas.

Y olvidarme del tedio de la existencia; sumergiéndome, ansiosa, en la plenitud de un campo de lirios. De rosas. De girasoles. ¡De flores!

Quisiera ser tan alta como la luna...




¿Y tú?, ¿qué elegiste ser?


Caminando por la calle... [Parte II]




Antes que nada, ojela el anterior párrafo de la  primera parte, sino no sabrás a qué se refiere el inicio de la parte II.

Ambas estarían juntas muchos años, tantos que la mendiga habrá perdido ya la cuenta. Irían todos los días a clase y se sentarían juntas en la fila del centro; en una zona que no estuviera ni muy delante ni muy detrás, para no llamar la atención. Atenderían y serían buenas alumnas, puesto tendrían la motivación de, si sacaban lo bastante buenas notas, poder encontrar un buen trabajo y hacerse ricas; y vivir juntas en un caserón de techos altos: repleto de cortinas de seda china y óleos retratando puestas de sol.


También anhelarían con todas sus fuerzas viajar por el mundo y conocer las diferentes culturas de las rodean: comer platos extraños, portar ropas extravagantes y extasiarse por la inmensa variedad de idiomas y dialectos existentes, de los que tanto les habla su profesor de geografía. A Judith, sobre todo, le gustaría aprendérselos todos y errar por el mundo como lo haría un pirata; adentrarse en las profundidades de la humanidad y hacerse uno con ella. Beber de las diversidades existentes y basarse en ellas para volverse una persona mejor. Judith no quería ser únicamente española: quería convertirse en ciudadana del mundo; ser patriota de todos los lugares y de ninguno a la vez.

Pero para cumplir aquellos sueños de adolescentes jóvenes y dichosas les quedaba mucho trabajo, así que de momento solo podían aspirar a realizarlos dentro de su cabeza; donde nadie, jamás, podría interferir en ellos y decirles que lo único que hacían era construir castillos en el aire; tener aspiraciones que dos jóvenes, en aquella época, jamás podrían realizar.

Por aquel tiempo, se iniciaron los problemas en casa de la mendiga, a la cual, finalmente, se le abrieron los ojos ante su trágica realidad familiar. Dejó de vislumbrar a su padre como a una persona circunspecta y empezó a ver en él a un tirano digno de competir con el mismísimo Lucifer. En su niñez siempre pensó que su progenitor era callado porque no le gustaba demasiado hablar y relacionarse, y que no aparecía mucho por casa porque estaba plenamente entregado a su trabajo.

La madre de la mendiga, todas las noches, lloraba desconsoladamente. Y como consecuencia de ello, la joven sentía un dolor inmenso al verla así y no poder hacer nada por remediarlo. Quería ser capaz de quitar la pena de sus ojos y dibujar en ellos el brillo prometedor de la felicidad. La pupila de su madre, la cual heredó su hija, también tenía magia. No obstante, había algo mal en ella: estaba rota. Se había abierto una brecha enorme que dejaba que se filtraran todo tipo de sentimientos negativos. De modo que, si vislumbrabas sus ojos, eras engullido hacia un océano de ponzoña y hiel.

En diversas ocasiones, la mendiga buscó a su padre para pedirle, por favor, que no regresara tan tarde de trabajar porque mamá se pasaba la noche derramando lágrimas. Su padre, en respuesta, se ponía tieso como un palo y, seguidamente, se dilataban los músculos de sus brazos morenos. Acto seguido, sonreía a su hija, de una forma un tanto forzada, y le decía que le resultaba imposible volver más pronto del trabajo; que si lo hacía no ganaría el suficiente dinero como para llegar a fin de mes. La mendiga, entonces, le sonreía y le decía que lo entendía, y, seguidamente, le agradecía todo lo que hacía por mamá.

Aquellas noches, en las que la indigente hablaba con su padre, su mamá lloraba más fuerte. Eso la hacía sentir peor; le hacía pensar que papá tenía que echarle una charla a su madre, por su culpa, para convencerla de que no era necesario llorar.

Una noche, cuando le vino la primera regla, se levantó a las tantas de la madrugada, desvelada por el dolor que sentía en sus ovarios. No podía dormir y en su casa no había medicamentos para poder combatir su dismenorrea. Acudió a la cocina con la idea de tomarse un vaso de leche caliente, con la finalidad de que fuera una improvisada cura para su mal. Fue entonces cuando lo vio.

Mi mirada se centró de nuevo en la indigente y en su herida de la muñeca; esta vez ya entendía el porqué de ella. Se la hizo su padre; fue él. Suspiré, ahora frustrada por el hilo amargo de mis pensamientos; aquella mujer no se merecía sufrir esa pena, sino lo que de verdad necesitaba era ser feliz.

En aquel mismo instante, pude vislumbrar con toda la facilidad del mundo el sufrimiento de la mendiga adolescente; el dolor en sus mágicos ojos y la brecha que se abría en ellos, del mismo modo en el que le ocurrió a su madre. Aquel individuo, al que ya no se atrevería jamás a llamarle padre, estaba blandiendo entre sus manos una botella de cristal. Tenía la intención de lanzarla contra la cabeza de su madre, la cual pasó de ser la mujer amorosa con olor a bizcocho, a una niña desorientada, indefensa y perdida.

La mendiga gritó con todas sus fuerzas y se lanzó a parar el golpe sin pensarlo dos veces. De ese modo, su muñeca fue la mártir de su ataque.

Inmediatamente, dejé de pensar en aquella imagen; me hacía daño. No quería evocar más veces aquella turbulenta escena. Finalmente, descubrí cuál era el secreto de los ojos de la indigente y, a decir verdad, no me gustaba en absoluto lo que veía.



Y ahora debería de colocar una nota de autor pero, como no sé qué poner, he decidido que es mejor aporrear el teclado. Akjlkafjlksajflkjsldfjklsdjflkjdskfjskdf.

Caminando por la calle... [Parte I]

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Me deslicé por la calle tranquilamente; estaba rodeada de peatones y gente cualquiera que se dirigía hacia un destino irrelevante. Al finalizar la calzada fue cuando vislumbré algo que, extrañamente, llamó mi atención: era una indigente. Cuando me refería a indigente, estaba hablando de una mujer de esas del montón; que se sientan en la esquina de la calle y, con su cestita de mimbre, piden limosna apelando nuestra compasión.

Llevaba puesta ropa vieja; de esa que está ya pasada de moda o tan gastada que, en muchas ocasiones, resulta hasta complicado determinar qué tipo de prenda es. Pensándolo con objetividad, tampoco era que empleara mucho tiempo en fijarme en lo que llevaba puesto; en realidad dediqué menos de un segundo de mi atención en eso. Era compresible, supongo, que no le brindara mucho interés: una indigente llevando harapos gastados era lo más normal del mundo. Destacaría más si portara algo nuevo o engalanado, pero eso, obviamente, no ocurrió.

Cavilé que era extraño que, entonces, aquella mendiga me llamara tanto la atención. Aunque claro, podría afirmar con toda la seriedad del mundo que en sus ojos había magia. Su mirada no era la de una mendiga cualquiera; tras su iris se notaba que había algo escondido, y ese algo, me hacía sospechar que era el desencadenante de toda su decadencia. Su vida, sí, era eso: su vida estaba tatuada en la profundidad angosta de su pupila; la cual parecía dilatarse cada vez que caía una moneda en su diminuta y gastada cesta de pedigüeña.

Me aproximé a ella, estando yo repleta de curiosidad, y deposité una moneda de diez céntimos en su cestita. La mujer me sonrió dulcemente, dejando entrever sus amarillentos dientes, lo cuales, a pesar de todo, parecían estar demasiado cuidados para el tipo de vida que aparentaba llevar. La dentadura tenía una forma perfecta y, aunque el color fuera amarillento, daba más la sensación de que ese tono fuera resultado de años de consumición de tabaco que de portar millones de caries o sucedáneos.

Por otro lado, no pude apartar la vista de su muñeca; en ella había una cicatriz de lo que sería en su tiempo una herida muy profunda y, posiblemente, mal sanada. Daba la sensación de había sido hecha con algo bastante afilado; ¿tal vez intentó lesionarse? Arqueé mis cejas, con amplia intriga, desechando esa idea: aquella mendiga no parecía ser el tipo de persona que tuviera como afición autolesionarse. Más bien diría yo que eso se lo hizo alguien; que se metió en una pelea y salió mal parada. Aunque, de todos modos, yo tampoco la confería como un prototipo de mujer camorrista.

Según mi manera de verlo, esta mendiga habría llevado una buena vida hasta que ocurrió algo que la destrozó. Y además, me atrevía a aseverar que posiblemente, lo que minó su felicidad transcurrió en su adolescencia. ¿Por qué? Todos los cambios de nuestra existencia, o al menos los más importantes, suelen acaecer en la adolescencia. Supongo que eso pasa porque es la época en la que maduramos y empezamos a tener conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor. Viéndolo desde ese punto, tal vez, incluso su vida se empezó a torcer antes de que le viniera la primera regla, pero ella, por su inmadurez mental, no se habría dado cuenta.

El caso es que podía imaginarla con catorce años yendo a clase; con su largo cabello recogido en una cola de caballo alta, para que no le molestaran los pelos en la cara, y con su mochila de pana en la espalda, repleta de libros de diversas asignaturas; algunas para ellas insípidas y, otras, repletas de información dinámica e interesante.

Sería una muchacha tímida e introvertida y, como consecuencia de ello, no tendría muchos amigos. La visualizaba como una joven cualquiera, de esas que no destacan entre la multitud; como una adolescente del montón. Aunque, en realidad, la cosa no debería ser así; de hecho, si la gente se molestara en vislumbrar sus ojos, nadie la catalogaría como a una joven mediocre. En esos ojos suyos había una magia que era capaz de movilizar cielo y tierra. Estaba segura de que serían capaces de, con una simple mirada, hacer sentir a alguien la persona más afortunada del mundo o la más desdichada.

Cabía añadir que, por otro lado, dudaba de que en aquel tiempo la gente se dedicara a mirar las pupilas de sus semejantes. Posiblemente, en la época de la adolescencia de la mendiga, no estuviera de moda intercambiar miradas. Sería uno de esos tiempos en los que todos miran al suelo, o al techo, o al mueble que está escondido detrás de la persona con la que hablan… Pero, ¿a los ojos? Nunca.

Para mí, eso de no mirar a los ojos debería de ser un pecado, puesto, si no los contemplamos, somos incapaces de conocer verdaderamente a la persona con la que nos relacionamos. Son la clave para descubrir secretos, virtudes y sueños.

Me gustaría creer que la mendiga sí tendría a una compañera descubridora de su pupila; una joven especial, dulce y guapa con la cual compartir inquietudes, esperanzas y deseos. Sería una chica de familia extranjera cuyo nombre fuera enigmático y refinado: Judith.

Judith tendría el cabello muy largo, hasta más de media espalda, y un color de ojos capaz de competir con el azul más profundo del océano pacífico. Su tez sería blanca como la nieve y suave como la textura de un melocotón. Aunque sin duda, lo mejor de Judith sería su olor: tendría ese aroma tan característico de la fresa; dulce, fresco y cítrico. A la mendiga, por ello, le encantaría darle abrazos y, disimuladamente, hundir la nariz su cuello e inspirar. E inspirar. E inspirar. Hasta quedarse sin aire y sin palabras, y, entonces, retroceder atontada y lanzarle una sonrisa entre avergonzada y nostálgica.




Historia que me están mandando escribir en clase. He estado un tanto limitada, dado que me han dado hasta el tema en el que la debo de escribir; el de una persona que pasa por la calle y se encuentra a una indigente y reflexiona sobre la vida que llevó.

No es que me convenza demasiado cómo me ha quedado, pero bueh... Tampoco me puedo quejar; me podría haber salido peor, ya que es la primeza vez que escribo algo parecido a esto. 

En cuanto pueda, subo la siguiente parte de la historia.

Horizonte




La Bruja del Miedo contempló el horizonte desde el acantilado. El cielo se fundía con la tierra de un modo extasiante y, a la vez, simple. Resultaba hermoso vislumbrar cómo el azul celeste, al llegar a la línea que determinaba el inicio de la tierra, variaba y se tornaba marrón; y aparecían los árboles, el mar, y la estepa. Debajo del acantilado en el que se hallaba estaban ocultas unas puntiagudas rocas; esas que tanto aparecen en las historias de amor en las que los amantes se lanzan al mar y perecen bajo las olas. Miedo pensó que le gustaría vivir una historia así: un amor tan intenso que hiciera que mereciera la pena perder la vida. Un amor que doliera tanto como hiciera feliz. Un amor tan necesario como el mismo respirar.

Entonces, sin saber por qué, pensó en Soledad; en la hermosa princesa de cabello azabache. Ella seguro que se enamoraría de algún príncipe de cuento; un joven dulce, dispuesto a dar su vida por ella. Un príncipe de cabellos dorados y ojos aguamarina; de yelmo de plata y espada forjada en adamantita. La bruja tuvo envidia —mucha envidia—; ya tenía otra cosa que añadir a su larga lista de cosas en las que la joven princesa la superaba. Su odio infundado hacia Soledad, con el paso del tiempo, fue creciendo y se hizo grande. Enorme.

Posiblemente, lo que Miedo más detestaba de sí misma eran sus ojos. En ellos se podía ver lo vieja que era y la persona tan horrible en la que se había convertido. Por culpa de sus orbes castañas, todo el mundo podía averiguar lo que ocultaba su aspecto infantil de niña de ocho años. Y es que, a pesar de que exteriormente fuera una chiquilla, en realidad tenía medio milenio de vida. Los ojos de Soledad, en contraposición, no eran así. Eran jóvenes, dulces y melancólicos. Miedo quiso arrancárselos y sustituirlos por los propios; así Soledad portaría ojos enfermos, secos y de anciana. Y Miedo, con sus nuevas pupilas rejuvenecidas, podría enamorar a su anhelado príncipe y entregarse enteramente a él.

No obstante, lo que la bruja no sabía era que no merecía la pena dar su vida por un príncipe, del mismo modo que tampoco era válido quitarle los ojos a Soledad. Y es que los príncipes de cuento en realidad eran basiliscos, y las pupilas de la princesa, a la que tanto detestaba, estaban consumidas por la amargura y la tortura diaria de vivir en su opulento castillo.





Es ella




Ella es la chica que baja la cabeza cuando llega a la estación de metro; la joven tímida y retraída que nadie recuerda. Tiene una cara común; o eso ponen los demás como excusa a la hora de no reconocerla. Quiere ser una princesa de piel de mariposa, visible para todos e inmortal para algunos. Quiere convertirse en una joven de ébano, cuyo candente corazón bombee con fuerza e hipnotice.

Todos sabemos quien es ella y lo que quiere llegar a ser, sin embargo, cuando la vemos por la calle no nos damos cuenta de que está ahí. Es invisible; demasiado mediocre como para destacar. Y por ello lo anhela tanto; con tanto ahínco que logró que supiéramos su historia. Pero, ¿de qué sirve? ¿Para qué conocer sus deseos si somos incapaces de ponerle cara? La joven se hundirá en el olvido y su historia continuará vagando.

Al fin y al cabo, eso es lo que importa, ¿no? Memorizar de la joven lo único que la diferenciaba de los demás; sus ilusiones. Aunque bueno, quizá en realidad las conozcamos porque también son las de otras chicas.





Mirar atrás



Llega un determinado momento en la vida en el que no lo puedes evitar, y miras atrás. Y evalúas todos tus errores y aciertos; todo lo positivo y lo negativo. Haces balances. Después, nostalgia. Sientes un punto amargo en tu pecho; un rayo de luz que, a la vez que irradia brillo, exhuma hiel. Por una parte, piensas que es genial haber dejado abandonados en la gasolinera esos momentos tristes y dolorosos y, por otra, quieres volver a saber de ellos. La mera certeza de no volverlos a experimentar te asusta. Y es que, francamente, da miedo pensar en que todo lo que conocíamos, tal y como era, ha desaparecido. Nada volverá a ser como antes; el dios del tiempo lo cambió. Como cuando hicimos queso de la leche; resulta imposible revertir el efecto.

Y las cosas son así. Nos guste, o no nos guste, lo que quedó atrás jamás regresará. Y no nos queda otra que asumirlo aunque, de vez en cuando, nos guste echar una ojeadita atrás. 




Haz de luz



Clara estaba destrozada; se había percatado de que su vida entera era un fracaso. Todo el tiempo que llevaba su corazón latiendo había transcurrido en vano. Desolada como se hallaba no podía parar de llorar. Sus lágrimas hicieron un reguero inmenso en la habitación de semejante manera que  llegó a pensar en lo probable que era que se inundara el cuarto. Aunque bueno, ¿importaba acaso si ella perecía bajo las saladas aguas de su pena? Tal vez, incluso sería lo mejor; dejaría de sufrir.

Se planteó también, mientras el reguero salado seguía cayendo en el suelo de azulejos, cuál era su propósito vital. Incentivos; necesitaba encontrar incentivos para abandonar sus eternos días de decadencia. Si dejara atrás la dejadez de su existencia y encontrara un propósito por el que luchar, posiblemente, dejaría de llorar y empezaría a encontrarle un sentido a su vida. Si, por lo contrario, no hiciera nada, sus ojos continuarían húmedos y terminaría con los pulmones encharcados con un agua amarga llena de sal. Para Clara, ambas situaciones eran atractivas.

El brillo de la luna hizo acto de presencia en la ventana de su habitación. Extasiada, Clara quiso contemplar el foco del hermoso haz de luz. Quería vislumbrarlo plenamente; completamente. Así que se asomó a su ventana, llorosa aún, y deslizó la vista por los alrededores hasta dar con su procedencia. Impávida, descubrió que aquel resplandor no era de la luna, sino de una princesa; de una hermosa y desdichada princesa. Su nombre era Soledad.

«Soledad mirando al cielo» realizado por David

Los ojos de Soledad eran idénticos a los de Clara; ambos llevaban la misma pesadumbre. Quizá, cuando creó a su princesa, intentaba reflejar en ella todos sus males y su dolor; todo lo perdida que estaba en el mundo. Y ahora, la princesa le hacía un llamado con su magia. Le enseñaba que no estaba sola, que la tenía a ella para acompañarla; que su amargura la llevaban a cuestas dos espaldas.

Durante unos instantes, sintió paz. Le gustó la imagen de Soledad con su vestido de fiesta azul turquesa y su cabello medianoche resplandeciente. Le gustó el brillo perdido que portaban sus ojos verde madreselva. Luego, se sintió culpable. Por su culpa Soledad no era feliz. Por su culpa era un personaje que vivía cautivo en un universo opulento y vacío. La princesa jamás sería ella misma, del mismo modo en el que Clara tampoco lo era.

Las lágrimas que caían de sus ojos cesaron. Soledad se merecía ser feliz; Clara se merecía ser feliz. Su visión de la brillante princesa se giró hacia ella y le sonrió; se veía resignación y cansancio en aquel tirón de labios. Sentimientos que a Clara le gustaría cambiar. Ojalá pudiera coger una goma y borrarlos; y dibujar sobre ellos alegría y dicha.

Clara ya no quería ahogarse en las lágrimas de su habitación. Quería coger la mano a la hermosa Soledad y susurrarle al oído «Ya queda menos para liberarte de los grilletes. Te daré alas; te convertiré en golondrina, y por los cielos podrás volar. Serás libre».





Quise tener poder. Quise tener la capacidad de impedir que sufrieras; de impedir que ocurrieran cosas malas que borraran tu sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta y que refleja el brillo de tus castaños ojos. Quise, también, ser capaz de cambiar cosas que no están a mi alcance; de variarlas a mi antojo conforme más te conviniera para que no sufrieras. Pero, ¿adivina qué? No pude.

Soy humana. Estoy limitada. 

Y por ello no dejo de vislumbrar tu pesadumbre y tu dolor. Y me estremezco por dentro, y quiero hacer lo imposible para evitarlo. Pero no. Y no. Y no. Y no. Y no.

Estoy cansada del No. Del «Es imposible». De las limitaciones. Sonríe cielo, sé feliz. Estate a mi lado. Ámame. Que lo demás no importe; que en tu mundo estemos tu y yo. Te lo imploro, te lo suplico. 

Lo necesito.




She is



Estaba cansada de la misma maldita situación y, aún así, tampoco era que hiciera algo para evitarlo. Todas las mañanas acudía a clase cabizbaja y resignada; y me disponía a afrontar las diarias pullas del instituto. Mis compañeros me asqueaban, ignoraban o ambas cosas. Muchas veces me he planteado el porqué de ello, pero tras años de vana investigación, no encontré una explicación coherente que justificara su comportamiento conmigo.

Tal vez eran así porque soy diferente y, como a todo lo diferente, me tenían miedo, aunque... no entiendo muy bien por qué deberían de sentirse así conmigo. Soy una chica bajita, delgada y bastante poquita cosa; no era como si pudiera revelarme contra ellos y hacerles pagar su merecido. Y por otro lado, el hecho de que alguien sea diferente no creo que implique que automáticamente se convierta en un enemigo en potencia; quiero decir... Ser diferente únicamente vale para hacer las cosas más difíciles. ¡Vamos! Como si para mí fuera sencillo encontrar a alguien con mis gustos; ¡¡A todos los adolescentes les agradan cosas que soy incapaz de entender!! Como por ejemplo, las series esas que ven en las que lo único productivo que hacen los personajes masculinos es quitarse la camiseta y los femeninos enseñar escote.

Me gustaría tener a alguien con quien compartir mis aficiones e intereses, pero siempre que lo he intentado; siempre que he probado a abrirme a individuos con los que pensé que podría tener cosas en común, me he dado con un canto en los dientes. De normal, cuando les hablaba de mi afición por la cultura japonesa o por mi obsesión por la literatura me miraban raro; como si no fuera de este planeta. Así que terminé hartándome, y llegué a la conclusión de que era mejor estar sola que tragarme pasar el rato con personas con las que no tenía nada que compartir; que no me pudieran aportar nada nuevo que me interesara.

Y lo peor de aquello era que me hería. Al principio me creí capaz de sobrellevar no tener amigos pero, obviamente, me equivoqué. Con el paso de los días mi estado anímico fue deteriorándose más y más, hasta llegar a un extraño punto en el que cualquier tontería que me hicieran, por nimia que fuera, me afectara de una manera descomunal e inmensurable; había llegado a mi límite. 

A día de hoy acudo todos los días a clase como lo haría un espectro. No tengo ningún tipo de interés por nada ni tampoco existe en mí motivación alguna. La soledad me consume por dentro y en mi cabeza no habita otra cosa que no sea la princesa. Sí, la princesa. La hermosa dama de cabello de fuego que lidió con sus dragones y sus batallas. Creo que, si no me falla la memoria, su nombre era Soledad.





Llamada al Pueblo




Vengo a haceros un llamado,
y a suplicaros con vehemencia,
que no me dejéis de lado.

Necesito vuestro apoyo;
necesito vuestra escucha,
para así acabar juntos
con las cosas que distan de ser justas.

Shhh...
Nos vigilan. 
Id con cuidado;
tomad precaución.







Nuestro enemigo es una madrastra
portadora de un traje con 3G,
y nosotros, cual blancanieves,
en su trampa acabamos de caer.

La manzana de la bruja nos envenena;
la manzana de la bruja nos esclaviza.
¿Debemos, acaso, dejarla vencer
con sus pesquisas?


Blanco y Negro y Azul




La princesa Soledad miró hacia todos lados, perdida entre la multitud. Su alrededor estaba repleto de hombres grises; monocromáticos, uniformes. Todos vestían la misma ropa, todos llevaban el cabello de la misma manera.


Quiso acercarse a ellos y preguntarles por qué eran así; que le explicaran la razón por la cual habían perdido el color. Cuando fue a tocar el hombro de uno de ellos, éste la ignoró y siguió hablando con su compañero en un idioma lineal y pesado. La princesa Soledad tampoco entendía qué era lo que se decían entre ellos.  Le daba la sensación de que hablaban en otro dialecto, pues aún a pesar de que entendía las palabras por separado, cuando trataba de unirlas, no le veía sentido a la frase que su cabeza hilvanaba.

Lo peor de todo aquello era, para Soledad, que esas personas eran con las que compartía el mundo, e, hiciera lo que hiciera, su vestido azul celeste siempre destacaría entre la multitud acromática. Y sus palabras elocuentes serían inentendibles, y, por ello, acabarían ahogadas en los pozos del silencio.







Really?




Sofía se sentó en el muelle, con los pies hundidos en el cristalino agua. Sus piernas se bambolearon lentamente, hasta que algo las hizo detener. Ese algo hizo que la joven se pusiera tiesa como un palo, y que su corazón se ralentizara una pulsación para, seguidamente, bombear más rápido de lo normal. En el salado mar encontró una parte de ella que era suya y a la vez no; su reflejo en las aguas. Éste le mostraba una imagen que la hacía sentir vacía; que le hacía ver la persona tan decadente que era y todo lo malo que tenía que cambiar. Cualquier individuo, a simple vista, habría sido incapaz de diferenciar entre el reflejo y la original, pero eso, obviamente, a Sofía no le pasaba.

Se podría decir que, exteriormente, ambas eran idénticas. La diferencia se hallaba en los ojos. La mirada de Sofía era hueca, opaca y cansada; estaba envenenada por la desdicha de vivir en un mundo monótono en el cual ella siempre era espectadora y nunca protagonista. Por otro lado, y en contraposición a la joven, la pupila de su reflejo en el muelle destilaba confianza, seguridad y tenacidad.

Sofía sintió miedo y pensó que, tal vez ella era un simple reflejo y lo que mostraban las aguas era su yo real.






Mi pedir disculpas. Sé que tengo un pelín abandonado el blog pero es que este verano he estado pegando muchas patadas y, ahora, con el inicio de la universidad y el estrés he estado más vaga de lo normal. Prometo hacer lo posible para actualizar con más regularidad. 

Ah, por cierto; ¡¡tengo un netbook!! Aisshh, es que estoy muy ilusionada. Me lo he comprado para tomar apuntes en la facultad ;_; Espero que me sea útil *-*

Un beso, personajillos (L)

PD: La entrada la he revisado por encima; luego la miraré más a fondo. Si veis algún error, avisadme D:

Hacía mucho tiempo...



Hacía mucho tiempo que no escribía. Si bien era cierto, de vez en cuando se sumergía en algún bosquejo que otro, pero para ella eso no era escribir. Para ella, escribir era pasarse hasta altas horas de la noche garabateando un relato que, anteriormente, mantuvo su mente encadenada. Una envolvente historia, cuya absorbente trama no paraba de danzar entre sus sesos; ávida de ser conducida a un magistral desenlace.

La joven tejedora de historias se planteó seriamente si aquel sería su final; si el tedio y la rutina veraniegos habían conseguido hacerse con ella. Sintió nostalgia. Nostalgia de sus madrugadas en vela frente a un folio en blanco y con sus miles de ideas en la cabeza. Nostalgia por los días de escuela en los que, en lugar de tomar apuntes sobre la conquista de Jaume I, estuvo navegando en un universo de tinta, papel y sueños. Nostalgia. Nostalgia. Nostalgia.

Hacía mucho tiempo que no escribía. Lo mejor sería dejar esa fase de sequía creativa atrás, coger un bolígrafo bic, y volver a hacer lo que tanto le gustaba.




Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

Érase una vez...

Eres el visitante número...