Vengo a deciros
El príncipe del dibujo
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| Dibujo realizado por David Ahufinger |
Elegí ser princesa
Blanco y Negro y Azul
Really?
This is how a DISAPPEAR
Me gusta. Adoro pensar que sólo existes tú; éso le da sentido a mi vida. La idea de estar aquí por ti es tan romántica. Ojalá sea cierta, ¿no crees?Tú..., tienes alma, ¿verdad? Espero que sí; porque los protagonistas de los relatos no la tienen. Ay, conforme más te contemplo me encuentro con una mirada más vacía. Tengo miedo, ¿sabes? Mucho miedo.
Nemo me
El traje de chaqueta que portaba con aire rígido, como si fuera una escultura hierática griega, era completamente gris; desde la camisa hasta su corbata de nudo windsor.
—¿Qué quieres? —inquirió ella incómoda. El hecho de que aquel títere se hallara en frente suya no le complacía en absoluto, sino le provocaba desconfianza y miedo.
El tipo se mantuvo callado durante unos segundos que a la chica se le hicieron eternos. Finalmente abrió la boca y pronunció en tono plano:
—Soy tú.
Confundida, la chica arqueó una ceja. ¿De qué le estaba hablando? Había algo en todo ello que no cuadraba. Molesta, pensó que tal vez se burlaba de ella.
—Imposible —anunció tajante entrecerrando los ojos.
El tipo sonrió, pero el tirón de labios no le llegó a sus ojos opacos, los cuales a la chica en aquellos instantes le parecieron increíblemente siniestros. ¿Acaso habría algo bajo aquellas ventanas con las que le miraba? El desconocido se aproximó a ella. La mujer retrocedió. Él se recolocó su corbata aún con su falsa sonrisa de pelele en la boca.
—Me llamo Nemo y soy el reflejo de todos tus miedos; tus terrores, pesadillas e inseguridades. De tus mentiras y traiciones. Soy tu presente y tu pasado, y también tu futuro. Soy aquel en el que te convertirás y en el que te has convertido. Me alimento de ti.
La mujer, aterrorizada, únicamente atinó a tomar aire. No entendía lo que le decía; nada tenía sentido. ¿Por qué? ¿Por qué aquel hombre gris, aquel pedazo de masilla, afirmaba ser todo lo que era ella? Suspiró tratando de normalizar la velocidad de sus pulsaciones, y forzosamente inspiró, a la par que se mentalizaba para preguntar algo que no estaba segura querer saber.
—¿Por qué?
El tipo clavó sus apáticos ojos en ella. La mujer se sobrecogió; al contemplar con fijeza su dilatada pupila temía hundirse en el pozo de aquel agujero con el que supuestamente él la estaba mirando.
—Porque tu respuesta ante el dolor fue dejar de sentir.
Gira y da vueltas
~%@#º+·
Memento Mori
El anciano mantuvo su mirada clavada en el gotelé del techo de su habitación. Exhausto e incrédulo no era capaz de asumir lo que le estaba ocurriendo. En su mente aún estaba la imagen de cuando era joven e iba a jugar con sus amigos al parque de enfrente al kiosco, o la del día en que conoció a Laura; ella llevaba un vestido azul marino largo y vaporoso que hacía juego con el tono de sus ojos.
Su vida había transcurrido en a penas un parpadeo. El hombre joven y robusto había marchitado en una persona esmirriada y arrugada.
Mañana haría dos años que su Laura falleció por un soplo en el corazón, y el parque en el que jugó de niño se había demolido dando paso a un conjunto de centros comerciales.
¿Tanto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible que su vida se le escapara de semejante manera? El anciano trataba de atrapar los segundos de su existencia con avidez, y éstos se escurrían entre sus dedos como si estuvieran repletos de jabón.
Para el anciano, toda su existencia había acontecido en un segundo. Su niñez y juventud en unos instantes se hicieron ceniza; se consumieron inexorablemente. Anhelaba volver atrás y saborearlos, pero sabía que aquel deseo jamás le será concedido.
Sólo le quedaba el descanso. Cerrar los ojos y contabilizar sus instantes restantes de vida.
Estoy medio sobada, gomen por los fallos ._. Cuando esté más despejada los corrijo; no debería de haber escrito estando tan cansada pero si no explotaba esta idea después se me iría de la cabeza -.-
Oportunidad
Lo que la Niña quiso ser de mayor
La Niña no estaba muy segura de quién quería ser. Dudaba sobre en qué tipo de persona debía convertirse cuando fuera adulta.
La Niña tenía la sensación de que ningún prototipo merecía la pena, pues los mismos estaban malogrados; se habían echado a perder al dejarse llevar por la corrupción de su mundo.
La Niña contempló con éxtasis el polvo que yacía en el suelo; estaba muerto. Era vacío.
A la Niña le gustaba aquello, ya que le transmitía paz. Le parecía increíble pensar que toda una vida concluyera en algo tan ínfimo; todos los miedos, las luchas, los llantos, las mentiras... Se quedaban en nada.
La Niña sonrió con amargura agridulce. ¿Vivimos únicamente para eso?, ¿para que el telón se cierre y todo lo que hayamos sufrido o disfrutado desaparezca?
La Niña cerró los ojos, ahora con paz. Poco importaba lo que quisiera ser de mayor puesto que hiciera lo que hiciera el río de su existencia iba a desembocar en el mismo lugar.
ewê
...
Sofía llegaba tarde para comprar la cena; eran las ocho y el supermercado cerraba a y media. Se había entretenido demasiado en la biblioteca estudiando para los finales.
Su móvil sonó; era Emilio, su actual pareja.
Agotada, suspiró. Seguro que la llamaba para recordarle que comprara cervezas.
Parpadeó atónita cuando una lágrima emanó de su ojo derecho. ¿Qué le ocurría?
Quizá lo que le pasaba era que una parte suya estaba triste, nostálgica a lo mejor ya que últimamente su subconsciente le obligaba a rememorar tiempos mejores; momentos en los que era niña; dulces; sin complicaciones.
Pero todo había cambiado desde la muerte de sus padres.
Ahora se tenía que centrar únicamente en encontrar un buen trabajo tras concluir con sus estudios.
Sí; ese tenía que ser su único objetivo. Y para ello debía dejar de soñar y centrarse en llevar una vida responsable.
Suspiró de manera cansada.
Alzó su mano izquierda para enjugarse la gota salada cuando un Seat Panda se cruzó en su camino; la había adelantado por la derecha.
Sofía pisó el freno, pero fue demasiado tarde; impactó contra la parte trasera del vehículo.
Los airbags saltaron.
Negro, todo a mi alrededor era de aquel insufrible color. Pero no obstante aquella tonalidad no era consecuencia de la noche o de la ausencia de luz, sino que era el resultado de la nada.
Podía verme a mí misma con nitidez, mis brazos y mis piernas, lo cual indicaba que mi hipótesis no iba desencaminada.
Me encontraba suspendida en el aire, levitando.
De algún modo incapaz de ser descrito con vocablos mi cuerpo pisó un suelo que no sentí, mas únicamente me había dado cuenta de ello porque había dejado de flotar.
La sensación era extraña; como si no apreciara mi peso; como si mi entidad fuera una pluma.
Frente a mí se mostró un espejo de pie, grande y ovalado; semejante al de mi habitación de cuando era una chiquilla.
Observé mi reflejo.
Aquella joven a la cual veía a través de el cristal no era yo o al menos no mi «yo» actual. Sino que resultaba ser mi aspecto de cuando era pequeña.
Tenía el cabello castaño, despeinado y revuelto de haber jugado en el parque. Una sonrisa traviesa desdentada adornaba mi rostro, creando unas arrugas en los extremos de mis ojos madreselva.
Llevaba puesto un vestido azul marino lleno de manchas de barro y arrugado. Mis piernas estaban repletas de tierra y moretones, como resultado de jugar con los chicos, y apenas se podía distinguir la tonalidad de mis zapatos de charol dado la suciedad que portaban.
Me veía feliz en aquella imagen.
Con añoranza traté de alcanzarla; mi brazo se extendió. Como respuesta el espejo se quebró y el reflejo se hizo añicos.
—Fragmento de Con los ojos Cerrados—
.
Aquello en lo que creemos
[...]
—¿Sabéis qué, clase? Somos inmortales— canturreó orgullosa.
Viola puso los ojos en blanco; ese día se encontraba tan aburrida que no le hacían gracia los desvaríos de la profesora.
—¿Cómo que inmortales?— inquirió Ian con curiosidad.
La señorita Laeta dio dos saltitos complacida por la pregunta del joven.
—En mecánica cuántica, hablan de una hipótesis; la teoría del suicidio cuántico.
Viola pegó un codazo a su amigo, enfadada porque le diera conversación a aquella chiflada.
—¿Mecánica cuántica? Creía que estábamos en clase de filosofía— la contradijo Viola jugando con su chicle.
La señorita Laeta frunció el ceño.
—No sé si lo sabes, Viola, pero es bueno saber de todo, ¿quién te dice que en tu futuro no necesitarás esa información?— empezó Athan defendiendo a la profesora—. Además de lo que nos está hablando la señorita Laeta es de una paradoja; algo que sí tiene que ver con filosofía. [...]
—Sinceramente, no pienso que para ser actor necesite estudiar mecánica cuántica— contestó Ian en tono brusco defendiendo el comentario de su amiga; aunque Viola fuera una borde, a su amigo no le gustaba que se metieran con ella, pues una parte de él se echaba la culpa de ello por la confesión de su homosexualidad.
Athan clavó su penetrante mirada en el chico; taladrándolo, estudiándolo…
Ian se estremeció, evitando sus ojos. A pesar de ello, aún podía sentir como Athan le seguía mirando.
—Y… entonces— habló Viola casi sin querer—. ¿De qué trata esa teoría? [...]
—Trata de un experimento imaginario, que guarda relación con la teoría de los universos múltiples de Hugh Everett. Es… como una variación del experimento del gato de Schödinger, sólo que dicho experimento se realiza desde el punto de vista del gato— dijo la señorita Laeta.
Viola no entendió ni papa de lo que les dijo la profesora. Hizo una pompa con su chicle dándose cuenta de que aquello no le daría ninguna pista sobre algo relevante de Athan. Miró al reloj de su muñeca, desesperada porque sonara el timbre.
—¿El gato del que hablas no era el que estaba dentro de una caja? Ése del que si la abrías te la podías jugar, porque a lo mejor estaba vivo, o a lo mejor estaba muerto— dijo un alumno al cual Viola no prestó la más mínima atención.
Los ojos de Athan brillaron con interés, lo que hizo que, nuevamente la atención de Viola volviera a la clase.
—Sí, pero no es eso lo que os quiero contar— repuso la señorita Laeta en tono paciente.
—No, de lo que usted nos quiere hablar es del experimento imaginario en el que se encuentra un hombre con un arma apuntando a su cabeza— dijo Athan.
Dado que nadie de clase tenía ni idea de lo que les quería explicar la señorita Laeta, la respuesta de Athan se hizo más rara aún.
La profesora tenía una horrenda manía; hablaba de las cosas como si todos los que la rodeaban las conocieran y eso hacía sus clases aún más infumables [...]
La señorita Laeta sonrió, mirando a través de sus gafas. Viola se estremeció; odiaba cuando hacía eso.
Athan tomó aire, ordenando sus ideas para continuar explicando:
—Dicha pistola está manipulada por una máquina que mide la rotación de las partículas subatómicas. Cada vez que el hombre apriete el gatillo, el arma se disparará. Dependiendo del sentido en que rote la partícula el hombre vivirá o morirá— recitó de tirereta. [...]
—¡¡Muy bien, Athan!!— le felicitó—. Pero no es esa la parte del experimento a la que me refiero.
El joven asintió con entendimiento, antes de volver a despegar los labios.
—Usted nos quiere hablar de la división de los universos, ¿me equivoco?
La profesota soltó una risita chillona de aprobación, incitándole a que continuara.
Entre los dos había tan buen rollo que a Viola le entraron arcadas.
—Si empleáramos la teoría de los universos múltiples a dicho experimento, ocurriría algo; cada disparo dividiría el universo en el que se encontrara la persona en dos; uno en el que el sujeto estaría muerto y otro en el que seguiría con vida. Si el sujeto volviera a disparar desde el universo en el que está con vida ocurriría lo mismo, nuevamente dicho universo se dividiría en dos; uno en el que el ser seguiría con vida, y otro en el que estaría muerto. Y así, sucesivamente… [...]
***
—¿Qué piensas?— le preguntó Viola a Ian—. Te encuentro muy absorto.
El chico se encogió de hombros antes de contestar.
—Lo que dijo la señorita Laeta me dio qué pensar.
Viola suspiró exasperada.
—¿Te has pasado las dos horas siguientes pensando en aquella gilipollez?— quiso saber la chica.
El joven no dijo nada. Clavó su mirada en el vacío.
—Oh, venga…— empezó Viola—. Aquello no tenía sentido.
Los ojos verdes de Ian destellaron al clavase en los de su amiga.
—Sí que tiene sentido— la contradijo—. De ser así nuestra vida no terminaría nunca y por lo tanto no tendríamos que preocuparnos de si hubiera algo más al otro lado. Es más, incluso resultaría más sencillo encontrarle el porqué a nuestra existencia.
Viola le miró escéptica.
—¿Ah, sí? ¿Cuál sería entonces el porqué?— pronunció la chica.
—No habría ningún porqué, Viola— dijo Ian, lo que consiguió desorientar a la joven.
—¿Qué…?— logró preguntar Viola confusa.
—Nosotros buscamos nuestra razón de existir en éste mundo como excusa ante el hecho de fallecer. Queremos creer que estamos aquí y que nuestras vidas tienen importancia para creer en el destino, lo que nos lleva a la religión y, con ello, a la vida después de la muerte; queremos creer que hay un cielo y un infierno por el temor a desaparecer y ser olvidados. Si no hay muerte, no hay dudas existenciales porque no nos tenemos que preocupar por un más allá.
Viola le miró, asombrada.
—¿No te parece eso muy rebuscado?— inquirió la joven asombrada ante la reflexión de su amigo.
—Quizá…— le concedió Ian—. Estoy seguro de que lo que me ocurre es lo que a todos; tengo miedo a pasar por este mundo como si nada. Y la teoría que me ha mostrado la señorita Laeta es una manera de auto-engañarme y de pensar en que como no voy a morir nunca no tengo nada de lo que preocuparme.
Su amiga le miró sin saber qué decirle. Ella hasta hace poco tampoco se había planteado aquello, pero el otro día en su diario le surgió una duda existencial, como a su amigo.
La joven nunca había creído en el más allá, o en la vida después de la defunción; su manera de ver las cosas se lo impedía, por eso llevaba tiempo obsesionada con la muerte. A ella le estaba ocurriendo lo mismo que a Ian; miedo a ser insignificante; pánico a ahogarse en el olvido.
—Si te hace bien creerte eso, hazlo— le aconsejó Viola—. Auto-engáñate como hacemos todos.


