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Lo sublime


Palabras: Depresión, despersonalización, idealización, cuchilla, pastillas.

                 Sobre la mesa estaba tirada la coca. Cojo una cuchilla para cortarla y alinearla; quiero que quede perfecta —con las líneas igual de largas—, después tomo el canuto e inhalo. Estás tirada sobre la cama, desnuda, brillante. Me sonríes porque eres un ángel pero no lo sabes; por eso te digo «Parece que has caído del cielo» y, como no sueles recibir piropos, te incomoda. Que solo escuches mis alagos me parece una idealización: quiero ser la persona más importante de tu vida.

                 Me acerco para acariciarte: tienes los pechos pequeños, el estómago hendido y los huesos de las costillas muy marcados. A veces pienso que desean desgarrarte la piel para convertirte en un xilófono. Paso mi mano sobre tu rodilla, te tensas: los vellos de tus piernas se erizan, así que sigo subiendo. Entonces llego hasta la cara interna de tus muslos, donde unas cuantas estrías relucen rojas y suaves: me gustaría prolongar su halo, hacer dibujos con ellas. Cogería la cuchilla y delinearía un patrón intrincado desde donde nacen hasta tu vientre.

                 Subo más la mano para acariciar tu centro; estás tan mojada que me mojo también yo. Te toco despacio, como sé que te gusta, hasta hacerte gemir. Miro hacia el techo porque me mareo. No soy yo; no sé quién soy. Mi alma ha salido del cuerpo para juzgarme desde arriba, así que incremento las caricias que recibes: quiero que llegues, que me quieras un poco. Tengo los dedos llenos de tus fluidos, busco lamerlos porque temo perderme algo de ti. Desnuda también yo, me tumbo bocarriba.

                 «¿Al final vendiste las pastillas de Concerta?» me preguntas casi en un suspiro. Niego. «Todavía no». Y asientes, o eso creo porque sigo mirando al techo. Cada vez estoy más convencida de que es mi alma la que anhela vernos desde fuera, sobre el colchón deshecho como dos pedazos de carne y piel. «Parece que has caído del cielo», te repito lo que estoy pensando, luego añado: «La más bonita del mundo, Leonor, eres la más bonita del mundo». «Algún día, cuando la depresión me abandone, empezaré a creerme tus palabras», musitas. No sé si es por la coca, pero me gusta cuando la despersonalización me da esta perspectiva de nosotras: somos las protagonistas de un cuadro costumbrista. Desde la miseria hasta lo sublime.





Tocado fondo



              Fue la primera vez que lo vio en el hospital. No podría olvidar la manera que tenía de moverse a través de los pasillos; como si no temiera a las expectativas que prometían el quirófano, la sala de espera o los diagnósticos diferenciales. Ares era alto, llevaba unos pantalones vaqueros negros, muy ajustados. Su cinturón, plateado y brillante, lucía lleno de cadenas. Olivia pudo reconocer al grupo de su camiseta: era Guns N’Roses, aunque no estaba completamente segura de haber escuchado alguna de sus canciones, dada su escasa cultura musical.

              Lo volvió a mirar, solo para asegurarse de que no se hubiera percatado de su presencia. Se quedó cautiva en la forma que tenía de mover los brazos, anchos y tatuados; en la caída de su pelo largo, castaño y ondulado; y en el atisbo de la salida de su barba. La miró directamente a los ojos; sus dos marrones se confrontaron. Ares se había detenido en medio del pasillo solo para juzgarla. Frunció el ceño, en un interrogante que guardó solo para sí mismo. Olivia no pudo evitar preguntarse si la reconocería como a su compañera de bachillerato. La pupila de Ares bailó sobre su vestido amarillo; desde los tirantes hasta la caída de la falda a medio muslo. Luego fue hacia sus manoletinas negras, sin encanto. Toda ella se sintió humilde, pero no se achantó; lo desafió con sus ojos. Ares se giró en dirección al lavabo.

              Olivia se quedó sobre uno de los asientos de la sala de espera, de plástico blanco: igual que la pared, el puesto de atención para el llamado de enfermos y la puerta de entrada de enfermería. Olía a lejía: era tan aséptico que le ponía los pelos de punta. Con nerviosismo desenredó su cabello castaño: lacio, sin gracia. Por fortuna no tuvo que soportar aquella habitación mucho tiempo, puesto que salió una enfermera a atenderla. Era rubia y tenía la frente arrugada, como si todas las ideas se la hubieran estrujado. Le dedicó un gesto cálido, después dijo «¿Es usted Olivia?», a lo que Olivia asintió. Fueron hacia el despacho del médico.

              Se colocó frente a él, con el escritorio enfrentándolos. El doctor Ordóñez tendría unos cuarenta años, canas incipientes sobre sus sienes y el azul de un lago en forma de iris. Arrugas en las esquinas de unos labios resecos, y las cejas pobladas. «Consideramos que te encuentras en condiciones de que te dé el alta», y aquello supo a victoria. No era que estuviera enferma terminal, desde luego, pero tampoco podía evitar alegrarse de haber finalizado con su tratamiento contra el asma. «Aún así debes de pasar revisión cada año, para asegurarnos de que todo continúa marchando como debe». Olivia asintió. Sus ojos vagaron a través de la titulación universitaria del médico, enmarcada en la pared, y las fotografías de diversos grupos de adolescentes de acampada. «Campamento contra el asma», había escrito. Aquellos eran los triunfos profesionales del doctor, que tenía expuestos sobre la pared como medallas para que vieran lo solidario que era; lo mucho que se preocupaba por los demás. Olivia se incorporó, después tironeó de su falda. «Gracias por todo» murmuró, antes de salir. Espero no tener que volverlo a ver, pensó en decírselo, pero se le quedó en la garganta.

              Se deslizó por el mismo pasillo en el que se había cruzado con Ares. Se detuvo, justo delante de la puerta de los baños. En ella había un cartel que indicaba que era el específico para minusválidos; el más amplio por dentro, con lavabo incorporado y una estructura que permitiera a las personas sostenerse frente al váter. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Llamó, no contestaron. «¿Está ocupado?», de nuevo no respondieron. Alguien tosió. «¿Se encuentra bien?, ¿quiere que avise a un médico?», de nuevo silencio. «Voy a ir a avisar a alguna enfermera». «¡No!», espetó una voz bastante ronca. Olivia se sobresaltó. Escuchó cómo cedía el pestillo, después las bisagras.

              —Lárgate de aquí —musitó Ares, a través de la pequeña ranura de la puerta. Se le veía pálido, con la frente brillante por el sudor. ¿Estaba ahí desde que lo había visto entrar?

              —¿Le piensas decir lo mismo al siguiente desconocido que quiera entrar? ¿Crees que sería tan bueno como para dialogar contigo antes de avisar a alguna enfermera? —Ares guardó silencio, molesto en su derrota. Hacía mucho tiempo que alguien no lo increpaba y, a pesar de que se encontrara como la mierda, se sintió bien.

              —¿Quieres saber lo que me pasa? No sé si alguien como tú podría asimilarlo.

              —¿Alguien como yo? ¿Estás asumiendo cosas sobre mí?

              Ares se tambaleó, todavía asomado por el hueco de la puerta. Olivia no hablaba con gente como él, pero le intrigaba. El desapego que enarbolaba como su mejor bandera, la carencia de inhibición y objetivos, o simplemente verle sin miedo a que las expectativas que tenían los demás sobre él se rompieran. Nunca había sabido que ella existía, pero ahora sí. Ahora estaban en el lavabo de un hospital. Olivia cerró la puerta con pestillo. Se fijó en el espejo, que estaba manchado por chorretones de agua. El lavamanos estaba también chorreando. «¿Qué has hecho?» inquirió, desorientada. «Si quieres que te ayude tienes que decírmelo». «Está bien, me he colocado. Se me pasará en media hora o así, no te preocupes» la voz le temblaba.

              Lo cierto era que aquella no era la primera vez que lo había visto en aquella guisa. El primer encuentro que tuvieron fue en septiembre, sobre inicios de curso, cuando las madrugadas empezaban a refrescar pero el sol continuaba en su hegemonía al llegar el medio día. Olivia llevaba una chaqueta vaquera, una camiseta de tirantes blanca y su falda favorita rosa pastel. Se lo encontró en el lavabo de mujeres de su instituto, encorvado y con el rostro ido. Sus ojos marrones la miraban sin hacerlo, en realidad. Buscaban algo en el rostro de Olivia que ella no tenía, porque no era la destinataria ni de sus promesas ni de su desdicha. La abrazó, como deseando un ancla que le impidiera terminar de perder la cordura.

              —Te prometo que no voy a volver a colocarme, pero es que me obligas. —Respiraba con dificultad y le costaba encontrar la combinación de palabras adecuadas. —Nunca estás ahí.

              Olivia no era una genio de las relaciones afectivas, pero en aquella ocasión se le hizo bastante sencillo desenvolverse. Le devolvió el abrazo, con una lenta caricia de consuelo.

              —Pero ahora sí lo estoy.

              De aquel recuerdo había pasado ya un año. Terminó el verano, llegó el invierno e, inexorablemente, el verano regresó. Así que Olivia se había vuelto a poner falda camino al hospital. Y ahí estaba Ares, repitiendo el mismo patrón, pero en un lugar distinto. Solo cambiaba que en aquella ocasión parecía tener claras las nociones de su entorno. Tambaleante, se aproximó al inodoro. De rodillas, vomitó. Las arcadas le dieron unos tirones desagradables en la garganta, que parecía arder por su bilis. Olivia colocó su mano derecha sobre la espalda del chico «Esta es la peor parte, pero no olvides que termina» le susurró.

              Sobre el lavabo quedaban aún restos de cocaína. Se acercó a ellos y los miró con curiosidad; parecía harina. Se le hacía casi imposible asimilar que algo con apariencia tan inofensiva pudiera hacer tanto daño.

              —Deberías de largarte, en un rato se me pasará —articulaba las palabras con dificultad, como si tuviera un nudo en la garganta.

              —Ah, ni hablar. No quiero ser la responsable de que te pase cualquier cosa más. —Suspiró. —Si no quieres llamar a las enfermeras, dime al menos lo que necesites.

              El gesto de sorpresa de Ares no pasó desapercibido a Olivia. Tardó en responderle porque estaba demasiado ocupado con sus náuseas. Olivia, por su parte, fue paciente. Acarició de nuevo su espalda en movimientos circulares, que lo reconfortaban y a la vez le parecían familiares. Apartó su cabello del rostro y le secó con papel el sudor de la frente.

              Aproximadamente diez minutos después, Ares tuvo la fuerza suficiente como para incorporarse. Se lavó el rostro, en busca de que el frescor del agua lo reconfortara. Hizo gárgaras, también, para quitarse el mal sabor de sus vómitos.

              —Te veo mejor —suspiró Olivia, a lo que Ares quiso responder «Yo a ti te empiezo a ver ahora», pero reprimió sus impulsos.



¿Continuará?






[Retomando la escritura después de muchísimo tiempo]


           Ofelia tenía tan solo catorce años la primera vez que vio a Daria. Fue en uno de sus discursos, con sus característicos labios pintados de rojo y aquella confianza en sí misma de la que Ofelia tanto carecía. Daria era menuda, delgada —como la mayoría de gente en aquella época de hambruna— y llena de esperanza. Tenía el cabello castaño claro sobre sus orejas, recogido con una coleta en la que no atinaban a entrar todos los mechones. Algunos se escapaban, demasiado cortos y rebeldes para alcanzar la goma del pelo. Sus ojos eran almendrados, algo pequeños, y del azul del mar. Sus pantalones vaqueros estaban gastados, igual que su camiseta raída de tirantes. Pero, aun así, Daria era feliz porque cargaba a cuestas una esperanza que siempre la empujaba a sonreír.

           —Las Damas de rojo estamos hoy aquí para vosotras, no para ellos. Aparecimos como la ilusión que despunta una noche sin luna. Y os vamos a liberar. —Hizo una pausa, solemne. —Qué el Partido no os engañe, mujeres, porque no somos libres. Qué no os engañen los hombres, mujeres, porque estamos doblemente cautivas. Tenemos dos grilletes: el de esta dictadura y el de nuestro sexo.

           Había gente entre el público que la abucheaba, otra que se mantenía en silencio con escepticismo y luego estaba Ofelia, que la miraba con admiración.

           —Es a nosotras a las que nos humillan y violan. Es a nosotras a quienes nos controlan mediante nuestra descendencia; cómo, cuándo y con quién la tenemos. Es a nosotras a quienes siempre nos han impedido ir a la guerra cuando, ignorantes ellos, no veían que la guerra la teníamos en el día a día: en nuestras casas. A veces el peor enemigo era nuestro marido y otras veces lo era nuestra impotencia al ver que no podíamos despegar las alas para volar.

           »Luego…, luego nos dijeron que éramos igual que el resto; o sea, igual que los hombres. Luego nos dijeron que habíamos alcanzado la igualdad. Pero no, compañeras, seguimos en guerra. En guerra para derrocar una dictadura que está dinamitando nuestro ideal de sociedad inclusiva. En guerra contra quienes se aprovechan del yugo de su masculinidad para convertirnos en esclavas. Y yo digo qué no: no quiero.

           »Nos convertimos en las Damas de rojo para recordar a nuestras compañeras, las sufragistas. Ellas se pintaron los labios de rojo aun a riesgo de que las tildaran de rameras o las lapidaran. Ellas se aliaron como compañeras en pos de un mundo mejor. Uníos a nosotras, mujeres.

           Ofelia aplaudió con ganas y, aquella misma tarde, robó el pintalabios rojo de su madre. Tomó entonces la tradición de llevar siempre los labios de aquel color en honor a las Damas de rojo, mientras se imaginaba con la edad necesaria para militar en ellas.   


           Ofelia, agazapada, observó a Ares. Estaba frente a ella con una sonrisa burlona bailando entre sus labios. Era muy alto, mediría por lo menos uno noventa, de piel canela. Tenía pecas en la nariz y en parte de los pómulos, igual que en la zona de los hombros, el centro del pecho y la espalda. Lo había visto sin camiseta cuando iban a nadar a la playa y se había quedado intimidada por la forma en la que se forjaron aquellos músculos. Tenía los pectorales muy marcados, en conjunto con gran parte de sus abdominales. La columna delimitada, también, por sus oblicuos.

           Sus ojos eran grises, como los que tenía su hermano Mercurio. Aunque los de Ares quizá fueran más distantes o fríos; cosa que iba a juego con su carácter huraño. Hacía poco que se había animado a entrenar con él, aunque tampoco estaba segura de estar haciendo lo correcto.

           Todo fue dado por la muerte de Daria. Las Damas de rojo, decían, habían muerto junto a su fundadora. Ofelia, por desgracia, no se había podido despedir de ella. Nunca más se iban a escuchar aquel eco de equidad que tanto aspiraba a representar a la mayoría silenciosa femenina. Una bomba, venida a manos del Estado, había fulminado a gran parte de las integrantes. Drusilda, su amiga, lo auguró en su baraja. Lo triste fue que, como era bruja, la tomaron como loca. Sus palabras, como siempre, caían en saco roto.

           Drusi estaba fumando algo envuelto en papel púrpura: ella lo llamaba Alicia, porque la ayudaba a descubrir la verdad de las cosas. Tenía muchos libros de conocimientos arcanos que la llevaban a memorizar y averiguar sus hechizos; en uno de ellos encontró el origen de la palabra «Verdad», que era considerada antónima de «Olvido». En castellano evolucionó a Alicia, así que tomó a aquel canuto púrpura como si fuera su hija. Exhaló el humo blanco y denso, luego habló: «Acaba de aparecer la carta de El juicio sobre la mesa. —Hizo una pausa. —Acaba de aparecer la carta de La muerte sobre la mesa. Esta semana, habrá una quema de brujas».

           Ofelia no la quiso creer porque, para ser sinceros, a nadie le gustaba asimilar ningún vaticinio negativo. Así que se mantuvo callada, contemplando el humo que inundaba la instancia mientras se preguntaba por qué el Estado castigaba tanto que la gente fumaba, cuando el humo de Alicia tenía un olor tan agradable a lavanda. También se preguntó si siquiera aquello tenía nicotina.

           —La quema de brujas tendrá una gran repercusión en el mundo—la increpó Drusilda, que tomó una nueva bocanada de Alicia. —El colgado sale al derecho, así que sus almas descansan en paz. Las brujas quemadas serán un sacrificio, como en el cristianismo lo fue la crucifixión de Jesús.

           Ofelia parpadeó y volvió a centrarse en Ares, que la acababa de dejar tendida en el suelo. A poca distancia de su rostro tenía el de su amigo; una palabra que siempre le amargaba en el paladar. Ares se quedó mirando los rasgados ojos de Ofelia, el largo y delicado tabique de su nariz y sus labios gruesos y rosados. Bajó entonces la vista hacia su pequeño, aunque insinuante escote. Tuvo el impulso de inclinarse para hundir su nariz en él. Sentir la piel pálida y suave hasta emborracharse y olvidar. Después salió de su ensoñación y se obligó a clavar su iris gris en el castaño de Ofelia.

           —No estás en lo que deberías estar —farfulló, más molesto consigo mismo que con ella—. Creía que desde la muerte de Daria deseabas resucitar a las Damas de rojo; por eso te dije de entrenar.

           Ofelia movió sus manos con lentitud sobre los bíceps de Ares, todavía en tensión por la postura en la que la cubría. Conmocionado, Ares se retiró.

           —Tu cuerpo ha cambiado mucho estos tres últimos años —musitó, sin querer admitir lo amedrentada que estaba por aquella masa de músculos—, probablemente a ti te cojan para la Resistencia; todo el mundo te admira. —Para Ares aquella admiración era agria: estaba aderezada con miradas de lástima por la muerte de sus padres o de preguntas sobre si aquella fue la razón por la que decidió formar parte de la revuelta. En ocasiones tenía la sensación de que el respeto era lo mismo que el miedo, solo que sosteniendo una careta.

           —Hemos cambiado todos, en general —musitó, incómodo—. Cada pérdida se lleva un pedazo de nosotros, hasta que de acumular tantas solo nos quedan jirones. Entonces nos vemos obligados a construirnos de nuevo sin alguna de las piezas más importante de nuestro rompecabezas.

           —Me siento perdida, ¿sabes? 







Kaos



           Me destruiste. Creaste unas expectativas que me hicieron añicos. Mis ideales, que se deconstruyeron. Perdieron su forma; se desmadejaron. Quedaron como pedazos, en el suelo. Añicos hechos de cristal, porque nunca supe quién soy. Traspaso lo que veo, como un fantasma. Sin voz, vagué por una mansión abandonada disfrazada de mi vida. Mi vida, que destruiste. Tú y todos me rompisteis y ahora pretendéis hacer como si nada. Diciéndome que todo está bien, no solucionáis nada. 

           No. La mierda no es mi puta responsabilidad; yo no escogí mi vida, ¿sabes? Así que reclamo mi derecho a estar triste. Reclamo seguir reventándola y echándola a perder, si me apetece. Porque es mía. Porque aunque no hayan a penas cosas que dependan de mí, es mi vida. Qué me han vendido el «Si quieres puedes», para luego encontrarme con el cartel de un NO enorme en cada puerta que he tratado de abrir. Las voces recordándome que no soy la más lista, ni la más trabajadora, ni la más guapa o joven. Qué soy adulta y debo de saber tomar las riendas de algo que nadie se ha molestado en explicarme.

           Caí de lleno en el pozo, y vosotros sin advertirme. Me lanzasteis al pantano sin enseñarme antes a nadar. Destruida y ahogada, no me voy a recomponer. No me valen los trocitos que me quedaron y tampoco me gustan las cicatrices. De cero. Reclamo mi derecho a empezar de cero.






Me llamo Violeta


 
               Estabas en el lugar más apartado de clase, con tu cabello oscuro, largo y despeinado. De vez en cuando pasabas las manos sobre sus hebras, como si trataras de ponerlas en su lugar con una pizca de desgana. Siempre llevabas puestas camisetas negras con dibujos de calaveras y logos de grupos de música para mí desconocidos. «Metallica» ponía en alguna de ellas y en otra me pareció leer «Guns N' Roses», pero tampoco podía estar del todo segura de que se escribiera así. Tus ojos eran de un marrón claro que con la luz parecía caramelo tostado. Tenías pecas sobre el puente de la nariz y encima de los pómulos. Tu piel era pálida; te veías delgado y desgarbado.

           En ocasiones me preguntaba por qué siempre te ponías los mismos pantalones vaqueros anchos y llenos de cadenas. Mirabas desde el aula con un cansancio que era para mí indescifrable. Me intrigaba cómo te debías de sentir para hacer aquellas muecas. A veces también me daba la sensación de que tenías ganas de ponerte a llorar porque tenías los ojos enrojecidos, pero tampoco podía fiarme de mi criterio. No te conocía, aunque me tenías trastornada.

               La gente hablaba de ti. Tu nombre era Ulises, y me parecía muy bonito. Había gente que te decía «Hey, Ulises» de una forma despectiva; como si quisieran reírse de ti al pronunciarlo porque les parecía estúpido. A lo mejor en alguna ocasión has pensado que estaría mejor que te hubieran puesto «Emilio» o «Ricardo», para sentirte alguien normal. A mí me gustaba mucho Ulises porque no lo había escuchado nunca, solo en La Odisea y se veía épico. Como un héroe clásico, o algo así.

               Una vez escuché que te ibas al baño a hacerte rayas. Por aquella época no tenía muy claro lo que eran, así que tuve que preguntar a la gente, que se rio de mí. Esnifabas una cosa blanca por la nariz, ¿cierto? Llegué a verlo, en realidad, pero lo sabes porque también me viste a mí. Había unos baños, que eran para minusválidos, en el instituto. Eran mixtos, por eso la gente los usaba de picadero. Los profesores probablemente lo sabían, pero les resultaba más sencillo no pasearse por ahí. Una vez fui cuando terminó lengua porque como te vi en la anterior hora, sabía que habías acudido al instituto. 

               Tengo grabado en mi cabeza cuando abrí la puerta y te vi. Tú al principio no me miraste porque estabas colocado o porque tampoco hice nada para que te dieras cuenta de mi presencia. Estabas encorvado sobre la pila, donde descansaban las rayas de... ¿Coca? Se llamaba así, ¿cierto? Sujetabas un billete entre tus dedos, que estaba apoyado sobre uno de los orificios de tu nariz. Inhalaste. Inalaste por la nariz con tanta fuerza que sentí que cortaste el aire como cuando ocurre algo que impacta mucho. Luego te frotaste la nariz y lo volviste a hacer. Mientras tanto yo seguía callada mirándote, sin saber muy bien lo que hacía. Entonces te giraste hacia mí sobresaltado. Me pareció gracioso, así que sonreí nerviosa. 

               —¿Qué haces aquí? ¿No ves que está ocupado?

               —No deberías de hacer eso.

               —¿A ti qué te importa lo que haga? Lárgate.

               —Me llamo Violeta, encantada de conocerte. —Tú solo encaraste una ceja con desconcierto. Sonreí de nuevo, antes de salir de ahí.





Viejo borracho


        Estaba ahí, tirado en una acera, con una botella de bebida en su mano derecha. Pupilas dilatadas, labios entreabiertos, respiración lenta. Espalda arqueada, gesto inocente, rostro humilde. Bebía y bebía: era su Leteo. El olvido le quemaba la garganta y le humedecía la boca; lo llevaba de la mano hacia un lugar mejor. Entonces me pregunté lo que vería en su estado de éxtasis.

       Lo concebí sobrio en una cena familiar. Llevaba puesto un traje de corbata azul marino, que contrastaba con sus actuales harapos. Sus zapatos de piel eran también una burla a sus deportivas desgastadas por el uso. Y su cabello, peinado con una raya al lado, daba una réplica silenciosa a las greñas despeinadas que se escondían debajo de su boina escocesa.

       Estaba ahí, tirado en una acera, con una botella de bebida en su mano derecha. Estaba ahí yo, tan solo un muerto de hambre cualquiera. 




Mamá



            En aquel hospital, la víspera del día del navidad, Delia clavó sus ojos en los de su madre que, tumbada en aquella raquítica cama, le costaba respirar. Tenía las mejillas y los labios pálidos. Sus pestañas, muy cortas, estaban húmedas. El iris de sus ojos, color caramelo, a penas se veía de lo contraído que estaba. Se movía, además, como si sus huesos pesaran igual que una bolsa llena de piedras. Delia tomó la mano arrugada de mamá para sentir cómo su corazón latía pesado. 

         Una lágrima salió de la perdida Delia, que contemplaba aquella escena como si en lugar de tener cincuenta años estuviera en su infancia. Mamá en sus treinta, acicalándose el cabello rubio para quitarse los enredos. Después se acercaría a la pequeña Delia, que la miraría con admiración «Tienes el pelo muy largo y los labios brillantes». Mamá sonreiría, con su rostro sin a penas arrugas; luego llegaría su respuesta. «Tú también tienes el pelo largo, Delia. Eres una hermosa princesa». Pero Delia ya no era una princesa, sino una mujer divorciada y con dos hijos que habían pasado la veintena. Su madre tampoco tenía los labios brillantes, sino secos y agrietados. Y su cabello de ahora era blanco como la leche. 

          Mamá empezó a cantar un villancico despacio. «La virgen se está peinando, entre cortina y cortina. Sus cabellos son de oro y el peine de plata fina». Su voz era desafinada y floja: parecía a punto de quebrarse. Delia pensó en otras vísperas de navidad, que estuvo celebrando junto a toda su familia. Una familia que se esfumaba como la espuma de mar. Mamá nunca volvería a ser aquella treintañera cariñosa que la llevaba al cine y a la playa. Nunca volvería a ser la heroína que sacó a toda su familia adelante trabajando y siendo ama de casa a la vez, porque el tiempo la había consumido.

           Entonces, mientras mamá seguía cantando aquel villancico, supo que con independencia de lo que ocurriera aquella noche sería por siempre la persona más importante de su vida. Se inclinó hacia ella y besó despacio su frente. «Te quiero» le susurró. Mamá le sonrió como si su cariño le devolviera la vida. Detuvo su canción. «Yo también te quiero».




La melodía de Cristal (Remake)


       Ondeaba en el aire mi recuerdo de Diego. «Muerto, Cristal, está muerto» me parecía escuchar mientras era incapaz de despegar la mirada de su piano.

       —¿Quieres que hable con tu madre para que se lo lleve?

       —No. —Suspiré. —O sí. Tal vez. —Paula me regaló una mirada escéptica y tomó aire muy despacio. Sus ojos, de un tono que oscilaba entre el marrón y el amarillo, en aquellas circunstancias me recordaron al caramelo fundido. Aquello me reconfortó.

       Se hizo un hueco y se sentó en el otro extremo del taburete del piano, a mi lado. Sus manos oscilaron sobre las teclas con una pizca de indecisión y, después, empezó a tocar. Era una canción simple y tal vez un poco ñoña. Me hizo pensar en una nana para un bebé o algo por aquel estilo.

       —Las teclas están sin afinar —repuso despacio, y luego empezó a hacer la escala como si tratara de calibrar la gravedad del asunto.

       —Me gustaría que me enseñaras a tocar.

       Me quedé mirando el piano. Era enorme y pesado; de cola, como se dice. Las teclas claras tenían una tonalidad más cercana al marfil o amarillo que al blanco. Y las oscuras, de un negro intenso y vibrante, me recordaban a los zapatos de charol que llevaba los domingos cuando era niña. La madera lacada era negra, también, y brillaba. En algunas zonas, sobre todo en las esquinas, se podía ver el desgaste de los años sobre la superficie, y aquello estaba bien. Me gustaba ver cómo el tiempo consumía las cosas; era una prueba de que llevaban mucho a mi lado.

       El tiempo también había consumido a Diego, pero aquello nunca me agradó pensarlo. Él sabía que se moría, que perdía fuerzas, pero no actuaba en consonancia. Era como si su espíritu estuviera por encima de su cuerpo y le diera igual los estragos que sufriera. Por eso solía sonreírme y decir «Todo está bien, Cristal. La vida sigue». Alguna que otra vez le quise contestar que aquello era muy grosero. Yo no quería que la vida continuara de aquel modo; sin pedirme permiso. Yo quería un pause; un punto y seguido. Y no estaba.

       Por eso después de su muerte me aislé durante un tiempo. Quizá no ver la vida de los demás me daba la falsa sensación de estatismo que tanto anhelaba. Pero todo era una sensación y, como sensación, nada real. La vida seguía adelante; el tren se largaba de la estación sin mirar atrás.

       —Cristal... ¿Estás bien? —inquirió Paula. Me quedé mirándola en silencio. Su cabello brillante y negro, sus ojos entreabiertos y expresivos, su impoluto maquillaje. Me sentí abrumada y solo guardé silencio. Tan femenina, tan dulce, y me miraba. Caí al suelo y solo lloré. Paula se puso de rodillas, a mi lado. Su olor a colonia y el brillante gloss reluciendo en sus labios. Sus ojos miel, la arruga de preocupación en el espacio entre ambas cejas. Cejas depiladas. Pestañas con rímel. Raya de ojos.

       —Voy a vender el piano.

       —¿Por qué? Dijiste que querías que te enseñara a tocar.

      —Tenerlo en casa no me hace bien. Me siento mal y... No sé. —Paula me miró primero incrédula, después rabiosa.

   —Estoy segura que Diego no querría verte así. Él quería que fueras feliz y tú no haces absolutamente nada al respecto.

      Tomé aire con dificultad; herida por sus palabras. Me ahogaba. Paula me envolvió entre sus brazos y tarareó despacio aquella nana que había estado interpretando antes. Entonces la evoqué dejándose llevar por la melodía. Sus manos acariciaban las teclas en una reverencia. Tenía los dedos largos, delgados y las uñas pintadas. Era muy coqueta, y me daba algo de envidia. Intercambiamos miradas y se inclinó hacia mí. La sentí tan cerca que me puse nerviosa. Olía muy bien y yo desde fuera me vi torpe. Sus labios eran gruesos y su gloss olía a coco. Me gustaba el coco. Miré hacia el suelo. Paula suspiró y sentí su aliento caliente; después la sentí a ella entera. Inclinó su cuerpo hacia mí e, inesperadamente, me besó.

       —Hagas lo que hagas está bien, Cristal; puedes vender el piano. Quizá te ayude a olvidar. —Como respuesta acerqué mis manos a su rostro y toqué con uno de mis dedos sus labios brillantes. Tan hermosa y triste. Tan perdida como yo.

       —Está bien. —Susurré, sintiendo un peso en mi garganta. Luego, sonreí sin que me llegara a los ojos. —Enséñame a tocar.





Elise


      Caminas despacio sobre la acera. Tu mirada está fija en el suelo, en la forma en la que tus manoletinas de charol brillan reflejando las farolas de la ciudad. Tus pasos son vacilantes e inseguros. Sacudes la cabeza y la maraña de cabello castaño claro se agita sobre los ojos. Te recolocas las gafas azul cielo y me miras con tus ojos oscuros. Mi oscuridad en tus pupilas y mi reflejo sobre el iris. Me acerco hacia ti y sonrío. Soy atractivo y pareces ser consciente de ello. Miras nuestra diferencia de altura, te saco dos cabezas, y te deleitas con mis rasgos cincelados. Nariz afilada, labios carnosos, pómulos marcados. Mis pupilas son azul claro y me contraponen. Mirada pálida, interior amargo.


      Te sonrío haciendo alarde de mi perfecta dentadura y terminas con un sonrojo. «¿Quieres que te acompañe a casa?» pregunto. «Sería peligroso que una jovencita tan delicada se viera en riesgo. Esta ciudad es peligrosa». Asientes porque sabes a lo que me refiero. Al asesino que mata a chicas jóvenes y tiernas. Me sonríes con la reticencia de quien nunca fue el foco de interés de hombre alguno. Te tomo de la mano; es pequeña, de finos dedos. Tiemblas.


      Entonces, cuando nos acercamos a un callejón alejado, pienso en el cuchillo oculto en el interior de mi gabardina. Un cuchillo que no saco porque me quedo como tonto mirando los cristales sucios de tus gafas. «¿Cómo puedes ver con esos cristales?» Te recrimino, y tú te avergüenzas y miras a tierra. Emites un gemido infantil que encuentro tierno. Te recoloco las gafas y te siento como una niña perdida. Coges mi mano y dejas que te lleve donde quiera. Buscas un guía, alguien que te cuide, y creo que esperas eso de mí.


      El vestido que llevas está arrugado y puesto con abandono. Tu cabello necesita ser peinado y tus ojos parece que me lo están pidiendo a gritos. Entro en tu casa y me ofreces quedarme a pasar la noche contigo. Te ves temerosa y dulce. Yo solo te toco la punta de la nariz, llena de pecas, y luego las mejillas. Entreabres esos labios rosa claro, inocentes, con sabor a piruleta. Te beso, perdido, y te acaricio despacio. Eres suave, con la espalda pecosa, los hombros y dos lunares en la tripa. Dejas que te lleve donde yo quiera, de nuevo.


      Al amanecer buscas prepararme el desayuno, pero eres un desastre. No sabes hacer las cosas, como una niña grande que busca a un adulto. Termino preparando yo el desayuno, desenredando tu pelo y regañándote, otra vez, por los cristales sucios de tus gafas azul cielo. Pasan los días y termino descubriendo que me gusta hacer de padre; atesorar esa inocencia tuya que espero que no se consuma nunca. El cuchillo de mi gabardina nunca fue para ti, pequeña Elise, pero sí que estuvo destinado a otras.


      Otras que mueren pidiendo una ayuda que no les alcanza. Sus labios carnosos, rojo oscuro, y grotescos. Labios pecadores e indignos. Cuando pienso en ellas, en el resto de mujeres, me siento sucio por haberlas tomado. Ellas trataron de malograrme, Elise, pero luego llegaste tú para expurgar mis pecados. Me enseñaste la razón por la que necesito matarlas. Busco consumirlas porque están sucias. Con sus ojos entreabiertos y sus humillantes súplicas. Miradas de quienes saben demasiado del mundo; miradas contrarias a ti. Por eso sigues con vida y te necesito tanto.


      Elise, no, ahora no necesito el marrón de tus ojos oscuros. Me ves frente a aquel cadáver del callejón y me veo yo reflejado en el centro de tu pupila. Pupila que brilla. Estoy manchado de sangre espesa y el cuchillo lo está también conmigo. Ha muerto pidiendo clemencia, y la has escuchado gemir mientras perdía la vida. Tus cejas se arquean con comprensión y dices «Pensaba que me ibas a dejar por ella», a lo que niego yo con vehemencia. Lanzo el cuchillo al suelo y me acerco a ti en busca de un abrazo. Estática, me recibes. Acaricio tu espalda despacio mientras pienso en cada una de tus pecas. No me dejes, Elise, están sucias y tienes que entenderlo.


      —Te quiero —murmuro en tu oído, como si fuera nuestro secreto.


      —Yo también te quiero, príncipe. —Suspiras despacio. —Gracias por matarlas a todas.






 
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