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Shit



La princesa Soledad se dio cuenta de que la mayoría de su dolor no era consecuencia de sus actos; ella sufría los golpes de los demás. Era el saco de boxeo de todos los errores de sus amigos y familiares; de las personas que la rodeaban, que actuaban sin pensar en que sus manejes podían repercutir en los demás.

La princesa Soledad se dio cuenta de que la amargura que cargaba a sus espaldas, a medida que acontecían los días, era más pesada. No tardaría en llegar el momento en el que la princesa cayera al suelo, incapaz de llevar encima tantas toneladas de angustia. Y entonces moriría por el peso de éstas. Y entonces podría descansar.

La princesa Soledad anhelaba encontrar amigos que la ayudaran con la carga de todos los malos momentos de su existencia; que le enseñaran a hacerlos pedazos y ser feliz. Pero la vida de Soledad no era sencilla, pues toda la gente de su alrededor se quitaba el peso de su espalda para endosárselo a ella frívolamente.








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Nota: fragmento de un relato de acoso escolar escrito hace dos años. Sé que es muy melodrámatico y que no está narrado de una manera excelente, pero es que no me apetecía actualizar así que he hecho copia y pega

—Dicen que su madre le mató— espetó una chica de cabello castaño de cuyo nombre no me acuerdo.

Afiné mi oído, estando plenamente segura de saber de quién murmuraban.

—Es muy rara… nunca está con nadie— continuó otra.

Hablaban de mí.

Puede que a la mayoría de gente les resulte raro siempre pensar lo peor, pero en mi caso, desgraciadamente, era lo correcto, yo, a menudo solía ser el punto de todas las criticas estudiantiles.

Clara la “Bicho raro”.

Todos mencionaban la muerte de mi padre como si mamá y yo fuéramos las responsables, a sabiendas de que aquello era imposible.

Estaba segura de que hacían ese tipo de cosas, únicamente para hacernos daño, porque eso era lo poco que podían sacar de nosotras, dolor.

El peso de mi garganta volvió al ataque, desgarrándome las entrañas, quemándome por dentro.

Resultaba bastante difícil tratar de aplacarlo mientras escuchaba cómo despotricaban sobre mi persona delante de la nueva estudiante.

La chica nueva me lanzó una mirada aborrecida, de consternación; evité sus ojos, visiblemente avergonzada de ser quién soy, y de no poder hacer nada para cambiarlo.

Suspiré cansinamente.

Entramos en el aula.

—¡¡¡Ella le mató!!!— afirmó uno señalándome descaradamente; un coro de risotadas le secundaron, crueles, avasalladoras.

Me sentía indefensa bajo esas miradas clínicas de muecas soeces, y destellos de superioridad.

Hacía tiempo que el peso de mi garganta no influía tanto sobre mí, normalmente no me preocupaba que me ridiculizaran públicamente, pero en aquel momento, bajo la intimidante y curiosa mirada de la alumna nueva, no pude evitar sentirme más débil y torpe de lo normal.

Huí cobardemente del aula, y me refugié en el lavabo.

Me dolía que me criticaran de semejante manera ¿Acaso me conocían?, ¿alguien se había molestado alguna vez en dirigirme la palabra?

No, pero, ¿qué más da?

Era diferente, ¿verdad?

Esa era la única razón por la que me insultaban, porque gracias a dios, no era como ellos.

Me trastabillé contra la puerta del lavabo, ansiosa por poder entrar

“Clara, la asesina” aquel pensamiento resonó en mi cabeza, grabándose despiadadamente en mi memoria.

Una fuerte sacudida me revolvió, tirando firmemente del peso de mi garganta, desgarrándome, nuevamente, sin piedad, las entrañas.

Temblé, mi cuerpo se convulsionó. Asustada por mi reacción me apoltroné contra la puerta de entrada, luchando por aplacar la crisis histérica de la que pronto sería portadora.

Inhala.

Exhala.

Inhala.

Exhala.

Pero el dolor era demasiado intenso, no lo podía soportar…

Perdí la batalla estrepitosamente.

Finalmente, la oscuridad me ahogó; como a un náufrago agonizando, impune, en el mar.

Tenía calor, mucho calor; el soponcio me afectaba más de lo que yo deseaba, y estaba demasiado débil, tanto mental, como psicológicamente, para poder luchar contra él.

Furiosa, como me encontraba, me incorporé dificultosamente.

Una vez estuve de pie, histérica, pegué una patada contra la puerta de uno de los WC's, las bisagras cedieron, y la misma, cayó al suelo.

Mi pie me dolía, ardía, recibiendo un lote de aguijonazos desde el dedo gordo, hasta el pequeño; por un segundo estuve segura de habérmelo roto.

Nuevamente, me convulsioné, dejando a un lado el dolor físico, transformándolo en una nimiedad…

Caí al suelo, acurrucándome en una esquina.

Inútilmente, me mecí hacia delante y hacia atrás, en un vano intento de recobrar la compostura.

“Clara, la asesina” repitió de nuevo esa vocecilla interna con un deje indiferente y a la vez intimidante.

Un agonizante grito, emanó de mis cuerdas vocales, raspándome la garganta; como si un rastrillo de metal cepillara en ella.

Lo peor, había pasado; aunque ni mucho menos, podría recuperar el control de mi persona… aún.

Volví a mecerme, tarareando la nana que mamá y papá me cantaban de pequeña, plenamente consciente, de que visto desde otros ojos, parecería una persona psicótica y desquiciada.

Pero eso no me importaba… Tal vez lo era.

Mi visión se hizo borrosa, a consecuencia de las lágrimas que se acumulaban en las cuencas de mis ojos.

Noté una leve sacudida, de la que yo, no fui responsable.

—Clara, ¿estás bien?

No contesté, nunca lo hacía.

Ese alguien me sacudió, otra vez.

—Clara— su tono era verdaderamente alarmado.

Quise sonreír ante la ironía de pensar que alguien era capaz de preocuparse por mí, pero no pude, mis labios pesaban demasiado.

Alcé la vista para ver el rostro de la persona capaz de querer malgastar el tiempo conmigo.

Me pasé la mano por los ojos, enjugándome las lágrimas, aunque estas, eran sustituidas por otras.

Cuando pude mantenerlas a raya, la observé: era una chica, si mal no recuerdo, era a ella a quién le contaban la historia de mi familia ¿Qué hacía aquí? ¿Buscaba burlarse como los demás de mí? Dejé a un lado las preguntas, no queriendo conocer sus pertinentes respuestas.

Su cabello era rubio natural, precioso, e increíblemente sedoso comparado con el mío, castaño rojizo. Tenía unos ojos asombrosos, de un intenso tono gris perla, muy intensos, enmarcados por unas espesas pestañas negras; no pude evitar sentirme intimidada ante su aspecto, mis ojos eran pequeños, rasgados, y marrones, con unas pestañas cortas, y escasas. Mi boca formaba un llamativo desequilibrio, pues era muy carnosa, formando un extraño contraste con mis globos oculares.

Me abrazó.

No pude evitar sentirme sorprendida e increíblemente tensa, habitualmente la gente repudia mi contacto físico, porque según ellos, les doy asco y podría contagiarles alguna enfermedad.

Sorprendida y vacilante, le devolví el mismo, rezando porque no me rechazara.

Hacía mucho tiempo que no tenía contacto físico con alguien, y justo en ese instante, fue cuando me di cuenta, de que me moría por un abrazo.

Mi respiración, poco a poco, se fue normalizando.

— ¿Estás mejor?— inquirió mi compañera.

Asentí no muy segura de mi respuesta.

Me incorporé, no la quería molestar, seguro que necesita su tiempo para comentar con mis compañeros mi nueva locura; podía ver las muecas crueles de los de mi clase, riéndose de lo patética que soy acurrucada en un rincón del lavabo.

— ¡Espera!— me agarró del brazo.

¿Qué le pasaba?

Ah, sí; aún no me había podido insultar.

Esperé pacientemente a que despotricara.

—No deberías volver a clase… Todos los de allí son un poco… crueles— bingo. ¿Se pensaba que no lo sabía? Además, no tenía pensado regresar al aula, al menos no hoy.

Asentí, me solté de su agarré y continué con mi camino.

Me volvió a coger.

Le miré a la defensiva.

Parecía que iba a decir algo, pero se calló.

Salí del lavabo.

—No quiero ir a clase— murmuró por fin.

Pues bien por ella.

Seguí con mi camino.

— ¡Detente!— afirmó.

Molesta, le miré.

—No quiero ir a clase… por eso… me preguntaba… ¿Puedo ir contigo?— soltó.

Durante un segundo me quedé en estado de shock.

Esto era parte de una broma pesada seguro.

Negué.

—Por favor…— suplicó.


...



No me pidas que llore.
No me pidas que ría.
No me pidas que viva.




Y me pregunto una y mil veces
si el vacío que yace en mi pecho
podrá llenarse.


Pero luego llego a la conclusión de que da igual;
de que para los demás carece de importancia;
nadie pregunta por mí o se preocupa.

¿Estoy... sola?

Tengo amigos, pero en ocasiones siento
que no lo son; que se acercan a mí por
interés.


Supongo que con el tiempo uno se
acostumbra a todo; aunque llevo años así
y día a día la carga se torna más pesada.














¿Hasta cuando la podré aguantar?


Pasado

Melancólicamente, me dirigí al antiguo caserón abandonado de los De Una Noche. La polvorienta habitación de Diego, era con diferencia mi lugar favorito de la ahora siniestra casa.

Me senté en su cama, aferrándome a las sábanas raídas, que, a pesar del transcurso de los años aún atesoraban su aroma.

Me abracé a ellas, imaginándome su cálido cuerpo junto al mío.

Otro de mis lugares preferidos era el comedor, donde antes había un piano de cola, en el que Diego tocaba y componía sus canciones.

En alguna parte del espeso silencio pude apreciar en los difusos retazos de mis recuerdos una compleja melodía, escrita por él, que engrandeció el universo pues cada vez que cerraba los ojos tenía la sensación de escuchar su música acariciando mis tímpanos.

La gastada madera crujió, anunciando la llegada de una persona que ni mucho menos tenía que ver con las ratas, cucarachas o arañas que desde hacía diez años residían aquel domicilio, aparentemente maldito.

—Cristal ¿estás ahí?

No contesté.

—¿Cristal?

Las bisagras chirriaron, y la puerta se abrió.

Bajé la mirada cambiando de dirección.

—No deberías de estar aquí.

—Ni tú tampoco— mi voz sonó más gélida de lo habitual.

Paula sonrió, tendiéndose a mi lado sobre la cama.

—¿Te encuentras bien?— menuda pregunta más absurda, ¿cómo iba a estar bien? En mi vida nunca nada se había encontrado en condiciones.

Una parte de mi se ablandó ante su comportamiento; era una buena amiga, y yo no me merecía ni la mitad de la atención de la que me dotaba.

El silencio se instauró durante unos instantes entre nosotras.

—Han pasado diez años— concluyó Paula—, y aún sigues igual.

Me dolía admitirlo, pero era cierto.

—¿Qué quieres que haga?— mi voz sonó cansada, débil, sin ánimos.

—Superarlo.

—Resulta más fácil decirlo que hacerlo.

—Pues al menos deja de vivir en el pasado; el tiempo transcurre, la vida sigue y por mucho que nos duela hace que las cosas cambien, tanto para bien como para mal.

Tenía razón, pero eso no quitaba el hecho de que yo siguiera sintiendo dolor.

Justo en ese instante, la paciencia de mi única amiga explotó:

—Eres una cobarde; te encierras en tu universo centrándote sólo en tu agonía sin tan siquiera pensar en la que generas a las demás personas; a tu madre y a mí… ¿has pensado alguna vez la cantidad de noches que me pasado en vela sufriendo por tu tristeza?, ¿la cantidad de veces que me rompí la cabeza con ideas o gracias que consiguieran sacarte las más mínima sonrisa de cortesía? No, tú no eres consciente de nada.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Ignorar aquello que viví? Sabes perfectamente lo que ocurriría si lo hiciera.

—"Si olvidas lo tu pasado estarás siempre predestinado a revivir tus mismos errores"— citó Paula en tono burlón, mas aquella era la escusa que yo utilizaba siempre que mi mente miraba atrás.

—Exactamente— afirmé ignorando su entonación.

—¡¡Esto es absurdo!! Es cierto que si olvidamos nuestro pasado no existimos, pero también es verdad que no podemos vivir en el.

—¡¡Cállate Paula!!— le atajé tapándome los oídos.



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NOTA: Los exámenes raptaron mi inspiración por eso sólo subo fragmentos de mis relatos.

Por cierto, está escrito en primera persona y la protagonista (Luna) es una escritora novel a la cual en su relato sus personajes cobraron vida. Hará un año que concluí esta historia y ahora que la releo le encuentro fallos. Y eso me gusta, porque significa que he mejorado ^^.

Silenciosamente corrimos por los pasillos buscando la salida más cercana.

Algo gélido tocó mi hombro.

Chillé, como nunca antes lo había hecho.

Paula también empezó a gritar cuando su linterna enfocó a una silueta oscura. Tenía el cabello castaño brillante y los ojos negros, tan oscuros que se me hizo imposible precisar la separación del iris y la pupila.

Era Stefan, no me cabía la más mínima duda de ello.

— ¿Adónde vais tan rápido?— ronroneó.

Paula no habló, su mirada se encontraba clavada en el inhumanamente bello rostro de Stefan.

La mirada de Stefan se centró en mí.

—Luna, Lunita…— canturreó Stefan divertido ante mi silencio—. ¿Conoces tú acaso la historia de Endimión? Es una antigua leyenda griega— se dirigió hacia mí directo al grano, centrado en aquello que él consideraba de interés.

Quise rodar los ojos ante su comentario, Stefan era tal y como imaginé; le encantaba marear la perdiz demasiado.

No obstante… ¿Qué pretendía hacer con eso? ¿Entretenernos?

Tragué saliva con anticipación, intentando mantener el ritmo de mis pulsaciones constante.

El vampiro ignoró mi expresión, y empezó a narrar la historia:

—Endimión era un hermoso pastor que estaba enamorado de la Diosa Selene— soltó una risotada conspiradora.

Tragué, ¿Selene?

Algo aquí no pintaba bien, ¿qué idea rondaba por su cabeza?

Era humillante no saberlo, puesto que yo era la autora del relato y tendría que tener el privilegio de conocer lo que pensaba.

— ¿Y… quién era la Diosa Selene?— le pregunté casi sin querer, atragantándome con mis palabras.

Stefan me lanzó una mirada elocuente antes de hablar.

—La Diosa griega de la luna.

Estupefacta, le miré.

Resultaba imposible que conociera la verdad sobre su existencia, que supiera que era un personaje de mi relato; era una mera coincidencia, estaba completamente segura de ello, aunque resultaba extraño que los nombres de Luna —aunque sólo fuera como astro—, y Selene se encontraran entrelazados, era como una absurda ironía, ya que Selene, era la auténtica protagonista de "Encadenada a lo imposible".

Stefan siempre contaba alguna historia o leyenda antigua a la persona que iba a matar, solía decir que no le parecía justo que abandonáramos este mundo sin aprender algo nuevo, sobre todo si ese "algo" nos otorgaba una pizca de cultura, ya que, según el vampiro, eso era lo que más nos faltaba a las generaciones de hoy en día.

Stefan fue uno de los personajes más complicados de este relato, pues tuve que indagar bastante para buscar información sobre curiosidades y viejos relatos.

Stefan pasó una mano por su sedoso cabello.

—Endimión y Selene eran amantes— habló sacándome de mi abstracción—. Un mortal, y una inmortal; normalmente estas relaciones no terminan bien, más que nada porque uno termina muriendo— afirmó el vampiro en tono burlón.

Hice un esfuerzo para no bajar la guardia, ya que, a él le encantaba comportarse con naturalidad con sus presas, intentar eliminar la tensión del momento y que la persona cogiera confianza, así el humano en cuestión se dejaría llevar, pensando que no lo iba a eliminar y él se deleitaría de ello y de lo inocentes que somos los de nuestra especie.

Sin saber qué hacer opté por seguirle el juego, no tenía otra opción.

— ¿Y esta historia acaba bien?— le pregunté en tono especulativo.

Los oscuros ojos de Stefan me escasearon, buscando un algo que no supe identificar.

Me lanzó una sonrisa suficiente.

—Eso lo deberás de juzgar tú— afirmó. Hizo una pausa—. Selene sólo podía estar con Endimión obviamente por las noches, así que imploró a Zeus que hiciera al pastor inmortal, Zeus le cedió el privilegio, provocándole a Endimión un sueño perpetuo, en el que cada noche espera a que su Selene lo visite.

Le miré asombrada, la historia era verdaderamente bonita, y lo más asombroso era que no la conocía, así que por lo tanto mis personajes cada vez se están volviendo más independientes, pueden tomar sus decisiones, ya no son títeres a merced de mi mente; no supe si reírme o llorar.

Stefan había cobrado vida, en todos sus sentidos.



...


Sofía llegaba tarde para comprar la cena; eran las ocho y el supermercado cerraba a y media. Se había entretenido demasiado en la biblioteca estudiando para los finales.

Su móvil sonó; era Emilio, su actual pareja.

Agotada, suspiró. Seguro que la llamaba para recordarle que comprara cervezas.

Parpadeó atónita cuando una lágrima emanó de su ojo derecho. ¿Qué le ocurría?

Quizá lo que le pasaba era que una parte suya estaba triste, nostálgica a lo mejor ya que últimamente su subconsciente le obligaba a rememorar tiempos mejores; momentos en los que era niña; dulces; sin complicaciones.

Pero todo había cambiado desde la muerte de sus padres.

Ahora se tenía que centrar únicamente en encontrar un buen trabajo tras concluir con sus estudios.

Sí; ese tenía que ser su único objetivo. Y para ello debía dejar de soñar y centrarse en llevar una vida responsable.

Suspiró de manera cansada.

Alzó su mano izquierda para enjugarse la gota salada cuando un Seat Panda se cruzó en su camino; la había adelantado por la derecha.

Sofía pisó el freno, pero fue demasiado tarde; impactó contra la parte trasera del vehículo.

Los airbags saltaron.

_____________________________________________________

Negro, todo a mi alrededor era de aquel insufrible color. Pero no obstante aquella tonalidad no era consecuencia de la noche o de la ausencia de luz, sino que era el resultado de la nada.

Podía verme a mí misma con nitidez, mis brazos y mis piernas, lo cual indicaba que mi hipótesis no iba desencaminada.

Me encontraba suspendida en el aire, levitando.

De algún modo incapaz de ser descrito con vocablos mi cuerpo pisó un suelo que no sentí, mas únicamente me había dado cuenta de ello porque había dejado de flotar.

La sensación era extraña; como si no apreciara mi peso; como si mi entidad fuera una pluma.

Frente a mí se mostró un espejo de pie, grande y ovalado; semejante al de mi habitación de cuando era una chiquilla.

Observé mi reflejo.

Aquella joven a la cual veía a través de el cristal no era yo o al menos no mi «yo» actual. Sino que resultaba ser mi aspecto de cuando era pequeña.

Tenía el cabello castaño, despeinado y revuelto de haber jugado en el parque. Una sonrisa traviesa desdentada adornaba mi rostro, creando unas arrugas en los extremos de mis ojos madreselva.

Llevaba puesto un vestido azul marino lleno de manchas de barro y arrugado. Mis piernas estaban repletas de tierra y moretones, como resultado de jugar con los chicos, y apenas se podía distinguir la tonalidad de mis zapatos de charol dado la suciedad que portaban.

Me veía feliz en aquella imagen.

Con añoranza traté de alcanzarla; mi brazo se extendió. Como respuesta el espejo se quebró y el reflejo se hizo añicos.

Fragmento de Con los ojos Cerrados—


La princesa Soledad

[NOTA: el personaje de Clara no habla; se comunica con notas.]







—¿Ese dibujo lo has hecho tú? —quiso saber Violeta en tono amistoso observando su obra.


Clara, sorprendida por aquel comentario tapó la hoja; nunca nadie había mirado nada de lo que había esbozado. Bueno… existía la excepción de Leo, pero aquello era otra historia.

—Es muy bonito. Tienes talento; de mayor podrías ser dibujante o… algo así —el tono de Violeta parecía sincero, pero Clara no podía estar completamente segura de aquello; le habían tomado el pelo demasiadas veces como para fiarse—. Aunque… hay una cosa que no entiendo; ¿por qué la niña llora? Ella está sola en aquella calle, acurrucada en una esquina. Debería de irse a casa, ¿no crees?

Clara quiso contestar a la pregunta; le había agradado que intentara interpretar su arte. Aquello había demostrado que verdaderamente le había gustado su dibujo, y… aun así, no podía quitarse su desconfianza de encima. Por no hablar de la certeza que tenía de que el acercamiento de Violeta sólo iba a durar unos días; los que tardara en enterarse de que era una paria, y que la mejor opción de todo el instituto era acercarse a Patricia y hacerle la pelota.

Y aún sí, se permitió el privilegio de poder contestar. Tomó una hoja de su libreta grande de cuadros de tapa dura y escribió:

Su nombre es Soledad, y es la princesa del mundo del Olvido.

Los ojos de Violeta brillaron de emoción en cuanto se percató que aquella chiquilla tímida le iba a hacer caso en vez de ignorarla como empezaba a temer.

—¿Y por qué no se va a casa?

Soledad no tiene casa, aunque una vez la tuvo. Pero perdió su memoria y no sabe de dónde es y su función en su mundo; el reino de la Esperanza.

Le echó una maldición la bruja del Miedo e hizo que todos sus temores embotaran su cabeza hasta dejarla sin ningún recuerdo excepto el horror de sus peores pesadillas.

Clara dejó de escribir y le entregó avergonzada la página de su libreta con la respuesta, pensando que le aburriría su historia.

—Pobre princesa Soledad, ¿y no tiene a ningún príncipe que la ayude?

Ella odia los príncipes. Tenía un matrimonio arreglado con uno, pero no quiso casarse con él porque no lo amaba.

Los príncipes son unos asesinos que saquean e intimidan con su poder y dinero a los campesinos de los reinos que gobiernan sus padres obligándoles a pagar impuestos descomunales.

—No todos los príncipes tienen que ser malos. Aunque me gusta que Soledad se tenga que sacar las castañas del fuego. ¡¡Women power!!

El último comentario que dijo Violeta provocó que «Algo» se removiera en el interior de Clara. Era extraño y desconcertante, pero a la vez tenía un deje cálido y atrayente.

—¿Y la historia no tiene final?

Clara negó, antes de contestar:

La historia está en un punto muerto porque la princesa Soledad se ha olvidado de quién es, y los fantasmas de sus terrores la acechan. Ya no existe ninguna otra batalla salvo la que tiene ella consigo misma.

—¿Y… la ganará?

Clara suspiró.

Nadie lo sabe.

La princesa Soledad lleva ya cien años tratando de vencer a sus espectros y acordarse de quién es para tratar de ganar a la bruja del Miedo.

Ahora el reino de la Esperanza que dirigían sus padres muertos por el paso de los años se llama reino de la Soledad, en honor a la princesa desaparecida y también en parte porque aquel lugar es un barco sin capitán; ya no existe un rey o una reina que lo gobierne y la llama del Olvido amenaza con consumir lo que queda de aquel reino.

Violeta reflexionó sobre aquella historia tan triste, tratando de encontrar alguna manera de poder ayudar a aquella protagonista desdichada.

—Confío en Soledad, así que pienso que ella será capaz de aliarse con sus peores temores y recuperar la memoria y su reino para poderlo reinar puesto que sus padres no pueden porque ya murieron aguardándola. Ya que dejarse llevar por el pánico y el dolor es demasiado sencillo, la verdadera dificultad reside en enfrentar nuestros temores y superarlos sin vacilar.

No todos los finales tienen por qué ser felices. Soledad vagará por aquel callejón desvalida, siempre, porque no tiene a nadie que la ame por algo más que su título de princesa, o mejor dicho, de reina.

—Yo la amo —afirmó Violeta—, me parece muy valiente y fuerte, y de verdad espero que esa historia que dibujas no tenga aquel final.



[Fragmento de mi relato El sonido del Silencio]


 
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