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                Llevo tanto tiempo rota, que creo que he perdido mis pedazos. Es complicado sentirse incompleta pero, sobre todo, cuesta ponerle nombre a lo poquito que me quedó. Ya no me podrán llamar María, porque me faltan partes. Tal vez podrían decirme Mara, sin la i; así tendría menos disputas con la gente que se olvidaba de poner mi acento. De todas formas Mara es un nombre bonito e interesante, opuesto al que tiene la i; con su fastidioso acento que nadie recuerda y la certeza de que al menos seiscientos mil españoles se podrían confundir conmigo si estuviéramos en la misma habitación.

                Reinventarse es algo complicado, aunque por encima de todas las adversidades estaba la de empezar. Si tomar la iniciativa en cualquier cosa presentaba dificultades, en reinventarse todavía había más. Todos los amaneceres me despierto asustada por el ritmo que ha tomado mi vida y me pregunto una y otra vez en si de verdad seré capaz de tirar para adelante. Siempre he sido bastante débil y ahora me siento más vulnerable aún. Los cambios despuntan al alba, y temo no estar a la altura.

              Me he caído y los golpes me han dejado hecha unos zorros. A la nueva Mara le faltan fuerzas para recomponerse. Los cambios despuntan al alba, Mara, confía en ti. Confa, sin i para no tener que ponerle acento.





Tengo las palabras atragantadas



Tengo las palabras atragantadas;
abro la boca, y nada.
Quiero,
pienso,
siento,
padezco.

Tengo las palabras atragantadas;
y eres tú quien no me permite sacarlas.
Esclava de los silencios
funambulista de medias verdades.

Dices tener razón
desde donde empiezan
hasta donde terminan 
mis males.

Tengo las palabras atragantadas
y no me ayudas a liberarlas.
Piensas,
sientes,
padeces.
Lo tuyo siempre.

El dolor me socava,
me hunde,
me humilla
y me rebasa. 
Lo tuyo siempre.

Es tu inmovilismo una jaula;
de grilletes gruesos 
y gruesas amenazas.

Derramo lágrimas como 
un cántaro a rebosar. 
Que cargo yo sola,
mi cántaro de agua.

Tengo las palabras atragantadas
y me olvido de mis demonios.
Lo tuyo siempre.

Somos las mujeres
quienes ni sienten,
ni padecen.






Bloqueo del escritor



           Creo que tengo el bloqueo del escritor; que las ideas, cuando tratan de salir, se topan con una puerta cerrada. Miro muchas veces a la pantalla de mi ordenador y no veo nada, y las ansias de querer contar algo y no saber el qué me queman por dentro. Yo solo quiero subiros al cielo; mostraros la constelación de Casiopea y la Osa Mayor. Pero no, al vacío eso no le gusta. Quiere meterme entre sus fauces blancas y afiladas; quiere engullirme como si fuera una gamba, algo insignificante, un pececillo en el caso de que no le gustaran los crustáceos. 

           Por eso he decidido rendirme y hablaros de esto; de mi silencio, de la escasez de palabras y la sal. La sal es una constante en la vida de muchos: la llena de olvido, reprimendas y desazón. La sal es el aderezo más frecuente en la vida de la gente perdida, de las personas tristes, que se olvidaron del azúcar. A veces también me gusta mencionar el azúcar; el edulcorante, la piruleta. Cuando tenemos al azúcar no nos preocupamos de las caries, de que el exceso de dicha termine por hacernos daño y caigamos al suelo, y nos golpeemos con el asfalto. Ningún desfase es positivo, nada es eterno. Las cosas suben y bajan e, incluso, a veces nos hacen olvidar lo que está en las alturas y en las aceras. Entonces es cuando nos preguntamos quiénes somos y cómo hemos llegado al punto en el que estamos.

           Me gusta extrapolar lo que sentimos a cosas reales, a sensaciones tangibles. Darle el olor a humedad a la tristeza y el arcoíris tras la tempestad a las sonrisas. Eso hace que las cosas se sientan más cercanas, menos letras, menos palabras. Hace que lo que os cuento os sepa al amargo café de un lunes por la mañana o a el chocolate caliente que compartimos la noche de un sábado en diciembre con nuestra pareja, mientras en la televisión titilitan las luces de una película horrible que en el fondo disfrutamos. Luego pensamos, ¿por qué he disfrutado de algo tan simple? Por la compañía, siempre es la compañía el exponente máximo.

           Yo escribo a veces porque no sé cómo me siento, ¿sabéis? Se me revuelven las emociones en el estómago y las etiquetas se desprenden. Son inquietas, y me confunden. La mayoría de veces me cuesta ponerle nombre a las emociones y siento acidez en el estómago, siempre en el estómago. Todo se vuelca en él. Cuando escribo todo es siempre más sencillo porque no soy yo, soy otra persona. Porque no son mis asuntos, son los de otra persona. Y todo sale fuera bajo un nombre o una imagen que no es la mía. Y entonces no tengo miedo de enfrentar cualquier asunto, porque da igual; porque nada va conmigo.

           Este tiempo he estado sin nada que contar porque mi cerebro no tenía ganas de abrir la boca; se había quedado sin gasolina o, mejor dicho, sin glucosa. Me estreso mucho por los exámenes, por las ganas de tener alas. Quiero volar y me siento tan pesada... Quiero estar libre de ataduras y simplemente hacer lo que quiera con mi vida, y no. Todavía no. Solo espero que llegue el momento del sí. El bloqueo del escritor son ganas de hablar y tener un parche en los labios; son ganas de gritar y carecer de cuerdas vocales. 

           Con esta entrada, en la que os estoy hablando de mí pero no, espero estar dando un paso al frente para volver a ser la de antes. Para que, cuando termine el infierno de las recuperaciones, todos los proyectos a cuestas izen sus velas y naveguen a buen puerto. 




Pequeña reflexión


             Soy consciente de que la constancia nunca ha sido una de mis virtudes; suelo empezar las cosas y cansarme. Y termino con un montón de proyectos inacabados acuestas y sintiéndome culpable porque soy incapaz de cumplir con mis propósitos. Creo que el único proyecto que aún sigue con vida es este blog. Aunque a veces mis publicaciones sean irregulares, vagas o insulsas siempre han estado ahí. ¿Por qué? No estoy muy segura, la verdad. 

             Por una parte pienso que es porque necesito desahogarme, sacar las ideas fuera para que les dé un poco el aire. Por otra parte pienso que también es porque amo escribir y es la única cosa en este mundo con la que soy... ¿Pasable? No soy una profesional, okay, pero tampoco soy un desastre. He llegado a un nivel aceptable en la escritura. Si después de llevar más de siete años escribiendo me viera haciéndolo peor la cosa sería como para hacerme el Harakiri. ¿Os imagináis?

             Este verano me he propuesto nuevos proyectos y la meta de publicar. ¿Este verano? Sí, este verano. Y de ahí no pasa. Siempre he sido muy terca con mis objetivos y espero que eso sirva para al menos poder cumplir este. Me da igual el dinero, la verdad, no quiero ser milloraria ni cosa así; solo quiero reconocimiento y poder vivir de ello. No quiero ser rica, repito, sólo aspiro a ser feliz haciendo lo que me gusta, como todo el mundo.

             Por si no lo sabéis ya tengo veintiún añazos y estoy en tercero de carrera de Filología Hispánica; al filo de graduarme. Y me da miedo. Hey, el mundo me pide que sea adulta y esas cosas, y yo no podría estar menos preparada. Sigo siendo una niña que no comprende el mundo de los mayores. Sigo siendo una pequeña inconformista que solo quiere llegar a la luna con los pies descalzos.

             A lo largo de este último año he viajado y he conocido a personas maravillosas. Pude conocer a mi amiga de Madrid y a su chico; dos de las mejores personas que he conocido en este tiempo. Estar con ellos ha sido muy divertido y me ha llenado. De alguna forma he sentido que me han aportado cosas nuevas para nutrirme y llegar a sentirme alguien más completo.




             He hecho turismo yo solita. He ido en coche yo solita, sin depender de adultos. Yo solita, sí. Acompañada de mi chico y unos amigos he descubierto la libertad de sentirse responsable de uno mismo. Ha sido divertido. Sobre todo si contamos con la parte de que vi la maravillosa ciudad de Madrid que, aunque no tenga playa, sigue siendo chachi. 


             Estoy segura de que estas nuevas experiencias me van a ayudar a enriquecerme y crecer Y, aunque siga siendo una niña, trataré de amoldarme a las leyes de este mundo cruel que nos limita. Siempre seré un poco irracional e inconformista pero trataré de no quedarme solo en eso. Trataré de pelear por la vida que siempre he querido tener, trataré de viajar y adquirir nuevas experiencias y trataré de soñar, como siempre hago, con los ojos abiertos. 

             Este verano escribiré como loca y me prepararé para un porvenir próspero porque es lo que necesito, porque he nacido para él. Y no hay más. Mi nombre es María Ahufinger y soy una princesa guerrera que desenvaina su teclado todas las tardes.

Gracias a todos por estar ahí.



For you




          Me he levantado con ganas de ti; con ansias de tocarte, de abrazarte, de besarte... Estar. Me he levantado con ganas de acariciar cada una de las hebras de tu pelo; con un ansia inmensurable de sentirte cerca. Te busco en el silencio, en la penumbra y entre la bruma de cada uno de mis recuerdos. Ojalá fuera descriptible el remolino de emociones que galopa en mi pecho hasta bajar a mi estómago para, poco después, metamorfosear. Y convertirse en mariposas que sobrevuelan lo más remoto de mí misma.

          Me he levantado con ganas de gritar a los cuatro vientos, mientras el aire alborota mi pelo, que te amo. Que eres mi todo. Que sin ti sería una niña perdida sin su osito de felpa. Que no existe en este mundo palabras suficientes para expresar que cada uno de mis latidos te pertenece.

   | Mi vida, _____
          |  mi cuerpo _______
                | y mi alma ___________
         | siempre _________
   |  fueron_______
             | tuyos. ___         AVID

Dibujo realizado por Davido Ahufinger



Reflexión de una tejedora de historias


      Mucha gente se piensa que la clave de la escritura reside en teclear y punto; que lo único necesario para ser bueno es eso. Y lamento decepcionaros, pero he de decir que no. Escribir es mucho más que eso: a la hora de hacerlo hemos de andarnos con cuidado para que la trama sea coherente y mirar muy de cerca la ortografía y gramática; sobre todo las comas. Tanto los puntos como las comas han de tener sentido: marcar pausas gramaticalmente correctas y a la par otorgarle un ritmo al relato que vaya acorde con la historia que nos esté contando.

      En un inicio, cuando empecé mi camino como tejedora de historias, no sabía nada de esto: cometía absolutamente aquellos errores hasta el aburrimiento. Cuando releía lo que escribía me percataba de que no había cosas bien pero como tampoco tenía mucha experiencia no sabía cuáles eran mis fallos y, por ende, no podía corregirlos. Con el tiempo, empecé a tomar los libros que leía como referencia y a fijarme en el método que empleaban para redactar y usar diálogo. Aprendí casi inconscientemente la forma correcta de emplear el guion largo en los parlamentos y progresivamente fui entendiendo el uso de las comas, que siempre se me ha resistido.

      Mi ortografía mejoró bastante de escribir a Word; sé que mucha gente afirma que no es del todo bueno para rectificar todas las incorrecciones que hagamos, pero esto no se acerca demasiado a la realidad: es cierto que no corrige la totalidad de los fallos, pero cuando una persona comete faltas graves, que son las más notorias, sí las marca como incorrectas en la mayoría de los casos. Tras percatarme, gracias al Word, de mi pésima ortografía empecé a fijarme en mis queridos libros sobre cómo se escriben determinadas palabras y a preguntarle al señor Google dudas sobre otras tantas.

      El proceso de mi aprendizaje a la hora de escribir culminó en la universidad: en ella decidí estudiar el Grado en estudios hispánicos, que es básicamente todo lo relacionado con la lengua y literatura española. ¿Por qué elegí esta carrera? Pues porque desde que me metí en el mundo de las palabras descubrí mi gran vocación y mi deseo de poder dedicarme a ello en un futuro. Supe que si estudiaba aquella carrera conocería mucho mejor la lengua y aprendería a usarla con mayor corrección. Y acerté. Estoy aprendiendo muchas cosas que me están siendo útiles a la hora de corregir la mayoría de errores que cometo.

      Me gustaría añadir que todos los que pensáis que lo único que se necesita para teclear es talento no estáis en la verdad; considero que yo, en un primer lugar, tuve cierto talento en el sentido en el que lo que escribía era bastante coherente, dentro de lo que cabía, y más o menos estaba redactado de forma cohesionada. Pero eso no quitaba que cometiera fallos garrafales; como lo haría cualquiera que empieza algo nuevo. Quizá tener talento ayude a mejorar más rápidamente, pero no le garantiza el éxito. El éxito se consigue amando lo que uno hace y practicando hasta aprender de sus fallos.

       Dicho esto me gustaría finalizar añadiendo que escribir es algo maravilloso y requiere mucho tiempo y empeño. Quizá es eso lo que lo haga tan maravilloso; que sea algo que no pueda hacerlo cualquiera. Para mí también es como un regalo, porque es una de las pocas cosas que nos permite transmitir una realidad nueva a la gente de tal forma que, durante unos instantes, se vuelva la auténtica para ellos. Podemos crear de la nada a personajes que sean tan auténticos que nuestros lectores hablen de ellos como si tuvieran vida y, finalmente, tenemos la posibilidad de transmitir un mensaje; nuestro mensaje.






Impasible




La princesa Soledad era impasible; parecía gélida como una roca. Daba la sensación de que nada era capaz de quebrantar su indiferencia ante el mundo. Su vestido blanco e incorpóreo ondeaba al son del viento y de la carencia de sentimientos que destilaba. No obstante, aquello no era más que una simple careta: su cuerpo era una carcasa perfecta; una carátula aparentemente inquebrantable por la que era imposible que se filtraran sus sentimientos de dolor, rabia e impotencia.

Quiso arrancarse su vestido, su cabello y su piel; que la gente viera lo que había dentro de ella. Anheló que todos sus tormentos se escaparan e hicieran mella en sus alrededores.  De este modo, la gente descubriría la verdad oculta bajo su rasgado traje de princesa etérea. De este modo, el veneno saldría fuera y se iría lejos, muy lejos. Y desaparecería por el horizonte a un lugar donde ella esperaba no verlo jamás.

La princesa Soledad sintió que en su pecho se abría una breca profunda, negra y supurante que lanzaba esputos espesos como el alquitrán. Aquellos esputos eran corrosivos; cuando tocaban algún objeto lo malograban transformándolo en cenizas. Y eso asustó a la princesa, que se arrepintió inmediatamente por haber deseado que su amargura saliera.

Intentó sellarla, juntar los extremos, pero aquello fue un intento vano. Su herida lanzaría ponzoña durante mucho tiempo y lo único que podía hacer al respecto era intentar evitar que no salpicara a los demás. Se había convertido en un monstruo. 



Elfos




              Vivo en un mundo en el que las princesas son todas rubias; con el cabello oxigenado, pajizo, y el cuerpo repleto de silicona. Llevan vestidos feos e insinuantes con los que presumen de estar muy guapas, y en sus ojos reluce un resplandor hermoso los días en los que están de rebajas. Vivo en un mundo en el que los príncipes presumen de ser muy hombres, y consumen drogas. Se pasan horas y horas en busca de conseguir lucir músculos, con su camiseta de tirantes, en el gimnasio.

              Vivo en un mundo en el que te dicen que no eres nadie si no te vuelves princesa o príncipe. Pero a mí no me gustan ellos; no tienen nada que les haga especiales. No obstante, allá donde voy me encuentro con gente que aspira a convertirse en eso, y me duele. No paran de insistir en que mi obligación es ser una princesa con escasos estudios, y con un príncipe al que le guste la cerveza y los partidos de fútbol. Pero yo siempre les respondo que quiero seguir en la universidad para convertirme en escritora y que ese deporte no me gusta; en vez de invertir tiempo en él, preferiría pasar la tarde comiendo tortitas y hablando de cosas banales.

            Vivo en un mundo en el que las personas no paran de repetir que tengo pájaros en la cabeza; que todas mis ilusiones son imposibles y que haga lo que haga terminaré convirtiéndome en ellos, o sea, poniendo los pies en la tierra. Y yo siempre les replico, aun a sabiendas de que no me harán caso, que están equivocados y no hacen más que mancillar a los príncipes y las princesas. Porque, como bien sé, las princesas son mujeres hermosas y luchadoras que no tienen miedo de ser ellas mismas, y los príncipes son hombres tenaces y justos; tolerantes y encantadores. Ellos en realidad son elfos; orgullosos y vanidosos, mentirosos y astutos. A mí no me engañan. 

             Así pues, tendré que sacar mi espada de guerrera y luchar contra ellos. Pero claro, ando a la espera de más gente que, como yo, los haya desenmascarado. Así que ya sabes... Sí, tú: ¿eres lo suficientemente valeroso para acompañarme? Yo, por mi parte, te dejo la puerta abierta.






Mirar atrás



Llega un determinado momento en la vida en el que no lo puedes evitar, y miras atrás. Y evalúas todos tus errores y aciertos; todo lo positivo y lo negativo. Haces balances. Después, nostalgia. Sientes un punto amargo en tu pecho; un rayo de luz que, a la vez que irradia brillo, exhuma hiel. Por una parte, piensas que es genial haber dejado abandonados en la gasolinera esos momentos tristes y dolorosos y, por otra, quieres volver a saber de ellos. La mera certeza de no volverlos a experimentar te asusta. Y es que, francamente, da miedo pensar en que todo lo que conocíamos, tal y como era, ha desaparecido. Nada volverá a ser como antes; el dios del tiempo lo cambió. Como cuando hicimos queso de la leche; resulta imposible revertir el efecto.

Y las cosas son así. Nos guste, o no nos guste, lo que quedó atrás jamás regresará. Y no nos queda otra que asumirlo aunque, de vez en cuando, nos guste echar una ojeadita atrás. 




Haz de luz



Clara estaba destrozada; se había percatado de que su vida entera era un fracaso. Todo el tiempo que llevaba su corazón latiendo había transcurrido en vano. Desolada como se hallaba no podía parar de llorar. Sus lágrimas hicieron un reguero inmenso en la habitación de semejante manera que  llegó a pensar en lo probable que era que se inundara el cuarto. Aunque bueno, ¿importaba acaso si ella perecía bajo las saladas aguas de su pena? Tal vez, incluso sería lo mejor; dejaría de sufrir.

Se planteó también, mientras el reguero salado seguía cayendo en el suelo de azulejos, cuál era su propósito vital. Incentivos; necesitaba encontrar incentivos para abandonar sus eternos días de decadencia. Si dejara atrás la dejadez de su existencia y encontrara un propósito por el que luchar, posiblemente, dejaría de llorar y empezaría a encontrarle un sentido a su vida. Si, por lo contrario, no hiciera nada, sus ojos continuarían húmedos y terminaría con los pulmones encharcados con un agua amarga llena de sal. Para Clara, ambas situaciones eran atractivas.

El brillo de la luna hizo acto de presencia en la ventana de su habitación. Extasiada, Clara quiso contemplar el foco del hermoso haz de luz. Quería vislumbrarlo plenamente; completamente. Así que se asomó a su ventana, llorosa aún, y deslizó la vista por los alrededores hasta dar con su procedencia. Impávida, descubrió que aquel resplandor no era de la luna, sino de una princesa; de una hermosa y desdichada princesa. Su nombre era Soledad.

«Soledad mirando al cielo» realizado por David

Los ojos de Soledad eran idénticos a los de Clara; ambos llevaban la misma pesadumbre. Quizá, cuando creó a su princesa, intentaba reflejar en ella todos sus males y su dolor; todo lo perdida que estaba en el mundo. Y ahora, la princesa le hacía un llamado con su magia. Le enseñaba que no estaba sola, que la tenía a ella para acompañarla; que su amargura la llevaban a cuestas dos espaldas.

Durante unos instantes, sintió paz. Le gustó la imagen de Soledad con su vestido de fiesta azul turquesa y su cabello medianoche resplandeciente. Le gustó el brillo perdido que portaban sus ojos verde madreselva. Luego, se sintió culpable. Por su culpa Soledad no era feliz. Por su culpa era un personaje que vivía cautivo en un universo opulento y vacío. La princesa jamás sería ella misma, del mismo modo en el que Clara tampoco lo era.

Las lágrimas que caían de sus ojos cesaron. Soledad se merecía ser feliz; Clara se merecía ser feliz. Su visión de la brillante princesa se giró hacia ella y le sonrió; se veía resignación y cansancio en aquel tirón de labios. Sentimientos que a Clara le gustaría cambiar. Ojalá pudiera coger una goma y borrarlos; y dibujar sobre ellos alegría y dicha.

Clara ya no quería ahogarse en las lágrimas de su habitación. Quería coger la mano a la hermosa Soledad y susurrarle al oído «Ya queda menos para liberarte de los grilletes. Te daré alas; te convertiré en golondrina, y por los cielos podrás volar. Serás libre».





Quise tener poder. Quise tener la capacidad de impedir que sufrieras; de impedir que ocurrieran cosas malas que borraran tu sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta y que refleja el brillo de tus castaños ojos. Quise, también, ser capaz de cambiar cosas que no están a mi alcance; de variarlas a mi antojo conforme más te conviniera para que no sufrieras. Pero, ¿adivina qué? No pude.

Soy humana. Estoy limitada. 

Y por ello no dejo de vislumbrar tu pesadumbre y tu dolor. Y me estremezco por dentro, y quiero hacer lo imposible para evitarlo. Pero no. Y no. Y no. Y no. Y no.

Estoy cansada del No. Del «Es imposible». De las limitaciones. Sonríe cielo, sé feliz. Estate a mi lado. Ámame. Que lo demás no importe; que en tu mundo estemos tu y yo. Te lo imploro, te lo suplico. 

Lo necesito.




Hacía mucho tiempo...



Hacía mucho tiempo que no escribía. Si bien era cierto, de vez en cuando se sumergía en algún bosquejo que otro, pero para ella eso no era escribir. Para ella, escribir era pasarse hasta altas horas de la noche garabateando un relato que, anteriormente, mantuvo su mente encadenada. Una envolvente historia, cuya absorbente trama no paraba de danzar entre sus sesos; ávida de ser conducida a un magistral desenlace.

La joven tejedora de historias se planteó seriamente si aquel sería su final; si el tedio y la rutina veraniegos habían conseguido hacerse con ella. Sintió nostalgia. Nostalgia de sus madrugadas en vela frente a un folio en blanco y con sus miles de ideas en la cabeza. Nostalgia por los días de escuela en los que, en lugar de tomar apuntes sobre la conquista de Jaume I, estuvo navegando en un universo de tinta, papel y sueños. Nostalgia. Nostalgia. Nostalgia.

Hacía mucho tiempo que no escribía. Lo mejor sería dejar esa fase de sequía creativa atrás, coger un bolígrafo bic, y volver a hacer lo que tanto le gustaba.




De Soledades y Creencias



La soledad es el peor de los castigos al que a veces nos someten. En ocasiones, nuestros seres queridos deciden alejarse de nosotros porque estamos haciendo algo mal. Porque no somos buenas personas; les herimos e hicimos daño y, por ello, les perdimos. 

Aunque claro, puede que aún tengamos tiempo para rectificar, ¿no? Un perdón en ocasiones es la mejor solución para este tipo de cosas. 

Actualmente, yo no estoy sola, pero conozco a personas que lo están. Así que esta entrada se la dedico a ellas, con la intención de que reflexionen y piensen en lo que se han equivocado, y en que, tal vez, no son tan perfectas como creyeron. Estoy dispuesta a aceptarlas de nuevo en mi vida si me prometen no volver a actuar como lo hacían.

No soy mala gente, y ellas tampoco. Tenemos que pensar que nunca es demasiado tarde, y que nuestra amiga la esperanza hoy está de nuestro lado.




Contemplé la puesta de sol sobre aquel monte. Bajo mis pies se extendía un basto huerto de girasoles que danzaban en armonía con los rayos del astro rey. El refrescante viento sureño acariciaba mi rostro suavemente, haciendo ondear las finas hebras de mi cabello. Mis ojos se clavaron en los de Chris, mi mejor amigo.

—¿Sabes, Sofi? Todos necesitamos creer en algo, ya sea en la religión, política... Esa creencia hace que seamos capaces de luchar y encontrar un sentido a nuestra existencia; de hallar cuál será nuestra meta. Las personas que no creen caen en la dejadez y se tornan simples pasajeros de la vida; se dejan llevar. Se dejan llevar por los vicios y los efímeros placeres, y terminan tratando de llenar su vacío con acciones autodestructivas.

Arqueé una ceja ante las palabras de mi amigo. ¿Por qué me hablaba de ese tema?, ¿qué pretendía con ello?

—¿Y tú, Sofi?, ¿en qué crees?

Sonreí de manera forzada; me temía que llegaría esa pregunta. Cerré los ojos y suspiré, antes de contestar.

—Pienso que... en un inicio mi primera fe no se centró en la religión, puesto es algo metafísico e irreal. Tampoco puedo otorgarle confianza a la demagógica política —hice una pausa—. Ah, ¡ya lo sé! En un principio creía en las personas y en mi familia; siempre pensé que era apropiado poner la mano en el fuego por aquellos que nos rodean y nos dan cariño. Ahora, ya no. Me di cuenta, con el paso del tiempo, de que la gente es cambiante y aparece y desaparece de nuestra vida como si nada. Y todo esto sin contar con el egoísmo pandémico, que nos limita en cuanto a unión y apoyo entre nosotros.

»Supongo, pues, que de lo única que puedo estar segura es del mañana. No importa lo que pase, siempre habrá un futuro con o sin mí. Así que pienso que no hay mejor cosa en la que creer que en el mañana; en el día siguiente. El tiempo. Sí, creo en el paso del tiempo y en el futuro.

Chris sonrió y me cogió de la mano. Acaricié lentamente su cabecita rubia.

—¿Y tú, Chris?, ¿en qué crees?

Sus ojos brillaron y su pupila se dilató.

—Yo creo en ti, Sofi.


Siento haber estado desaparecida durante tanto tiempo. Estuve en Gandía con unos amigos y no regresé hasta hoy. Espero que os haya gustado, tanto la primera reflexión de la entrada como el fragmento de un relato mío que he colocado después del vídeo.

Gracias por leer ;3

Pd: la traducción de la canción es de una amiga blogger. Si os ha gustado, recomiendo que os paséis por su Canal de Youtube.

 

Sin Miedo

 

Hoy es el día idóneo para luchar; para seguir adelante y no mirar atrás. Debemos enfrentarnos a nuestros temores con la cabeza bien alta, y sobre todo jamás dar la batalla como perdida. ¡¡El mundo es nuestro!! Oh, sí, baby

Puede que que transcurran un montón de hechos que sean injustos; que existan personas que se aprovechen de nosotros, y que en ocasiones aquello que nos hayamos ganado con tanto esfuerzo se haya ido a por tabaco y no haya regresado. La vida es así, ¿no? Así que toca mover el culo e ir en busca de aquello que consideramos razonable, o por lo menos, intentarlo. La perfección es imposible, pero éso no quita que no podamos intentar acercarnos a ella.

Me he propuesto luchar por mis ideales. Me he propuesto echarle ganas a la cosa y jamás rendirme; ¡quiero que me llamen cabezota! ¡¡Quiero que me concedan lo que me merezco de una puñetera vez!! Y lo voy a conseguir, ¿os ha quedado claro? 

Mi nombre es María Ahufinger; espero que no se os olvide, porque lo vais a estar escuchando durante mucho tiempo.





Volví de los exámenes con los ovarios bien puestos; antes estuve de bajón, pero ahora he recobrado el ánimo y las ganas de seguir adelante. Gracias a todos los que me leéis por estar ahí ;3

 
 
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