Cuaderno de anotaciones de Ofelia



                    Recuerdo que el día que descubrí quién era mi padre, decidí que habría sido mejor no haber nacido. Era un soldado, cómo no. Un héroe que no era un héroe. Un monstruo disfrazado de galán. Se llamaba Saúl y vestía con el uniforme canela de su división. No era ni alto ni bajo; ni gordo ni delgado. Tenía la barba sin cuidar, algo de entrecejo y la nariz un poco doblada porque probablemente se la rompió alguna vez. Lo veía algunas veces en Karolina, mi ciudad. Todas las tropas estaban en el foco más alejado del conflicto armado, Salamina, mientras que el resto estábamos en la capital.

                    La cosa había desembocado en un cerco, que dividía el centro en el que estábamos nosotros de la periferia donde ellos se resguardaban. Si querías salir, no podías; tenías que llevar un permiso especial. Ya que por supuesto, ellos no tenían cómo saber si eras un rebelde y querías bombardear o asesinar civiles en sus dominios. Porque sus dominios valían más que los nuestros y sus civiles eran, también, más importantes que nosotros.

                    Sabía yo que Saúl acudía a la plaza de la iglesia de Karolina todos los sábados por la mañana. Era el día en el que la periferia hacía alarde de su caridad y nos traía comida. Normalmente eran legumbres, arroz y alguna que otra conserva. Aunque a veces teníamos suerte y había pan blanco; otras nos daban unas tortas oscuras y duras que distaban mucho de estar hechas con trigo. Ahí iba mamá junto con otras mujeres a hacer cola para conseguir abastecerse. Y ahí fue, obvio, donde conoció a aquel señor.

                    Me imaginaba a mamá más joven y menos cansada. Con su melena negra, larga y lacia, como una cortina a través de sus hombros descubiertos; solo provistos por una camiseta de tirantes algo gastada. Sus ojos avellana serían expresivos, acentuados por sus pestañas largas. No tendría tantas bolsas ni ojeras y su piel olivácea no se vería tan amarillenta como en sus últimos años. Había descubierto que las arrugas, en muchas ocasiones, además de delatar la edad iban a juego con el cansancio de la vida. Las arrugas eran testigos de cómo nos quisimos comer el mundo y, al final, él nos engulló a nosotros.

                    Saúl seguro que la vio con su pelo carbón y millares de ilusiones intactas. Fue él quien quiso alimentarse de la felicidad de mi madre, y desde luego que lo hizo. ¿Cómo no iba a conseguirlo en un mundo donde el hombre blanco ejercía su hegemonía? Héroes, los llaman, y yo solo rompo a reír con ironía, porque las lágrimas se me han gastado del todo. Mamá no me dijo que la violó y, probablemente, dentro de los estándares de muchos tampoco lo hiciera. Para la mayoría violar es que te aten a una cama y hagan lo que quieran contigo. Qué te metan una paliza mientras suplicas clemencia e imploras que no te introduzcan un pene dentro de tu vagina.

                    Pero siempre existieron otro tipo de violaciones; más silenciosas pero igual de horripilantes. Violaciones encubiertas; donde no puedes optar a otra cosa que no sea cerrar los ojos y asentir mientras hacen lo que quieran contigo. Violaciones donde te ves intimidada por un señor a rebosar de billetes con los que alardea de un prestigio inmerecido. Lo odias, pero te engañas; como pensando que te está ayudando dándote algo de dinero. Que eres su juguete más valioso. Que tuviste suerte de que estuviera contigo en lugar de con otra. «En realidad, Ofelia, fui afortunada por que apareciera en mi vida. A veces me traía pan blanco o telas para que me cosiera vestidos»; me confesó mamá. Y yo quise, solo quise... Quise muchas cosas pero no sabía designarlas. La rabia me comió la lengua.

                    Ella parecía muy convencida de engañarse con que quería compartir intimidad con ese señor. Y para mí explicarle la complejidad que veía en el consentimiento; decirle todo aquello de la luz de gas o de la coacción se me hacía un mundo. Creo que había roto tanto a mi madre que hacerle juzgar su pasado, terminaría de quebrarla. Prefería hacer como que no pasaba nada. Enfocaba su felicidad en sus aficiones; como sus brebajes de bruja.

                    Cambió de tema y empezó a explicarme por qué me puso Ofelia. Me confesó que antes de que apareciera Saúl en su vida ella iba a la escuela. La formación obligatoria era hasta los dieciséis años y ella, por supuesto, se consideraba una alumna aventajada. Mi madre era muy curiosa y le encantaba investigar las cosas que aprendía en clase por su cuenta. Acudía mucho a la biblioteca para alquilar libros que luego tener que leer en casa. Aquel era su mayor entretenimiento dado que su familia, de etnia gitana, le había declarado la guerra a cualquier ápice de tecnología. No era que la gente de a pie tuviera muchos avances: solo constábamos de un móvil que nos daba el Estado y una Tablet con teclado, que se podía poner o quitar, de muy baja potencia. Ambas eran de la misma marca, BQ, defendida como producto nacional.

                    Fuera de Karolina, donde estábamos nosotros, se podía adquirir más variedad de productos. En Salamina había bastantes tiendas donde grandes marcas ejercían su competencia. Y, además, estaba también la opción de adquirir productos a través de internet; en un mercado menos restrictivo y menos limitado de lo que estaba aquí. Mi madre, como sus padres, tenía sus dispositivos electrónicos pero no les hacía demasiado caso. Las horas de uso que tenía mamá estaban, por supuesto, restringidas por sus progenitores.

                    La abuela Zita a veces le leía la mano. Desde que le llegaba la memoria tenía en la cabeza el presagio de Zita «Naciste con las tristeza bajo el brazo, Ciara. Aléjate de la tecnología porque solo la naturaleza te podrá dar la luz». Entonces mamá Ciara se imaginó a toda ella como un remolino de oscuridad. Le afectó tanto que ni siquiera cuestionó las restricciones irracionales de Zita y yayo Lucas. Así que solo se pasaba las tardes leyendo para matar el tiempo.

                    Confesó, entonces, que el primer libro que le hizo un agujero en el corazón fue Hamlet. Lo cierto era que la mayoría de novelas que leía estaban limitadas; había algunas restricciones en cuanto a la ideología de lo que podríamos leer. La idea era no introducir pensamientos rebeldes dentro de Karolina. Porque, para la periferia, toda Karolina estaba llena de asesinos sin corazón. Hamlet se publicó como excepción: a los patriotas de Salamina les encantaba el ideal de justicia y venganza que imponía aquella obra de teatro. Vengarse del asesinato de tu padre. Qué heroico. Qué patriótico. Qué lícita era la crueldad del honor para defender tu familia y tus tierras. Hamlet, como protagonista, dudó. Dudó sobre si estaba haciendo bien, pero al final nada importaba. El ideal tóxico del héroe, que tanto le gustaba a mamá, seguía estando ahí. Ciara me repetía una y otra vez el monólogo.

Pero silencio. ¡La gentil Ofelia!

¡Ah, ninfa! En tus plegarias

que todos mis pecados se recuerden.

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,

o levantarse en armas contra el océano del mal,

y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...


                    Así que me dijo que yo iba a ser como Ofelia. Mi primera reacción fue el horror. No quería parecerme a una mujer que caía en la locura por los desaires de un hombre. Al principio la odié. Odié tanto a Ofelia, como a Eco, como a Dafne, como a Penélope y como a una larga lista más de damas cuya existencia solo había sido una premisa para destruirlas a ellas y enriquecer a algún hombre. Luego pensé. Pensaba mucho en si tenían algo que decir. Y quise darles voz. Ojalá ellas tuvieran el poder de hablar. Ojalá no las hubieran creado mudas.

                    Fue en aquel momento cuando redescubrí mi nombre. Le dije a mamá que iba a ser una Ofelia mejor. Que iba a hacer justicia por todas las que jamás tuvimos la oportunidad de hablar. Ciara me sonrió, creo que sin entender las convicciones desde las que hablaba o sin analizar lo horrible que era el ideal romántico de venganza. Mi deber era matar a Hamlet para que, por fin, dejaran de pintarme en cuadros barrocos ahogada en un lago. 
 

Alexandre Cabanel (1823-1889), Ofelia; 1883. Óleo sobre lienzo, 77 × 117,5 cm.


Buu



             Annie aguardaba al monstruo bajo las mantas; hacía frío fuera de la cama. El monstruo estaba además fuera de la cama, donde las sábanas no lo podían guarecer. Escuchó pasos y el graznido de bisagras, que acompañó al de una velada respiración. La noche era oscura, aunque más lo era aquel cuarto. Brillaba solo el gusiluz de Annie, haciéndo musica a ratos. Un gusiluz que resplandecía, impávido, cuando la pequeña empezaba a llorar.

             Annie quería ser sirena porque le encantaría tener cola de pez: se imaginaba con escamas en lugar de piernas y branquias en lugar de orejas. Alguna que otra vez se las había dibujado en el cuello con la ayuda de mamá. De hecho, era a mamá a quien quería confesarle que el monstruo la iba a buscar de madrugada y era el mismo monstruo quien se lo impedía. «Nadie te va a creer —le dijo cuando iba a comérsela—.Mamá se va a enfadar si te chivas». Así que Annie guardó silencio. 

           Con sus pasos, el graznido de visagras y su velada respiración, el monstruo entró. Removió las mantas mientras Annie miraba a su gusiluz sonreír, de nuevo, impávido. Peludo. Era peludo y de color azul con motitas blancas. Sus ojos amarillos, de gato; su boca grande y también azul; sus dientes blancos y afilados. «Me habías asustado —espetó Annie—. Tú no eres el monstruo que esperaba». Y rompió a reír. El monstruo, desconcertado, le preguntó: «¿Acaso hay algo que asuste más que yo?». Entonces se repitieron los pasos, el graznido de visagras y la velada respiración. 

             Ante el monstruo bueno, se presentó el monstruo malo: papá se quedó tieso como un palo, contemplando a aquel engendro azul con motitas blancas. Las dos aberaciones se miraron durante unos segundos, preguntándose cuál de ambas era la más terrorífica. Fue Annie quien decidió por los dos: acudió a resguardarse a los brazos del peludo. «Sácame de aquí» le susuró bajito. Y así fue como el engendro azul con motitas blancas devoró a su papá. Aquella madrugada, la pequeña descubrió que un demonio podía ser la solución para sus propios demonios.




Otoño



            La primera vez que te vi fue en el callejón donde las asesinaba. Llevabas puesto un vestido fresco y ajustado en la parte del pecho, que luego se deslizaba holgado sobre tu silueta. Era blanco, con millares de margaritas estampadas. Me recordaba a la llegada del otoño por sus colores amarillos y naranjas, como el sol sobre un enrojecido amanecer. Tus ojos eran también del marrón otoño, enmarcados por unas gafas celestes. «¿Por qué llevas los cristales sucios?», quise preguntarte. «¿Por qué nunca los limpias, Dama de otoño?» Las lentes gruesas, además de sucias. Empezaba a sospechar que lo que ocurría era que no te gustaba mirar a través.

            Luego estaban tus pecas, que me hacían pensar en la caída de las hojas. Marrón hojas. Marrón otoño, de nuevo. Tenías millares de ellas sobre tus hombros, mejillas y espalda. Una galaxia de manchas de café. Tu vista estaba en las alturas, sobre un cielo encapotado que carecía de Dios. ¿Cómo podía saber eso? Porque no existía Dios para las mujeres que pisaban aquel callejón. Solo demonios, como yo. Gente sin corazón con una navaja escondida dentro de unas botas de combate. Erguida, Dama de otoño, aguardaste mi llegada. Luego me miraste y formaste una fina línea de desaprobación. Sacudiste tu media melena castaña y asentiste, todavía ida, a una pregunta que te formulaste solo a ti.

            —Me gustaría morir. —Sonreí socarrón, dispuesto a cumplir tu deseo. —¿Vas a matarme, Destripador?

            A la luz de la farola, evocabas más el otoño todavía. Me hiciste dudar sobre si en realidad existías o eras fruto de mi imaginación. Te veías más naranja y menos azul. Más amanecer y menos dos de la madrugada. Contento ante la idea de hablar con un espectro, te respondí.

            —¿Por qué quieres morir?

            No contestaste. Mi mirada voló, entonces, para redescubrir que además de caída de hojas eras coral. Un coral de morados, azules y verdes. Tenías las piernas llenas de golpes y una de tus mejillas hinchada. Quise recriminarme no haber visto aquello, pero dada la escasa iluminación era imposible. La profundidad del océano quiso engullirte aquella noche y para ti estaba bien. Querías que llegara el invierno, con el frío, y desaparecer.

            —Estoy buscando al asesino de prostitutas, que las suele matar aquí. —Evadiste mis ojos. —¿Eres tú, Destripador?

            —¿Te prostituyes?

            —Sí, y no. —Suspiraste. Tenías los labios cortados. —Una vez, en esta misma calle, me empujaron contra esta misma pared. Aquí solían venir muchas chicas y supongo que me confundieron con alguna de ellas. Así que me empujaron. Mi cabeza golpeó contra los ladrillos; me mordí la lengua. Temblaba de miedo, o de frío. Temblaba y quería llorar, pero no lo hice. Cuando..., cuando terminó me dio un billete de veinte euros.

            —¿Te violó?

            —Sí, y no. —Ni te inmutaste mientras hablábamos. Tiesa como un palo, seguías hablando. —Solo estuve quieta, no le dije «No». Tomé su dinero, además, que gasté en comprar algo de comida. En mi casa las cosas con mi padre son complicadas también. Mamá ya no está.

            —¿Por qué has vuelto aquí? ¿Quieres que te vuelva a pasar lo mismo?

            —Te dije que quiero morir. ¿Dónde está el destripador?

            —El destripador solo asesina a prostitutas, porque están sucias —te recriminé, molesto. No supe poner nombre a lo que movía aquella emoción. Incomidad, tal vez, al escuchar tus palabras.

            —Pero a mí me pagaron, así que soy puta.

            —A ti te violaron creyendo que eras una prostituta; no es lo mismo. Estabas asustada.

           —Cogí su dinero, así que soy igual.  —Casi gritaste. Empezaba a temblarte la voz. —¿Cómo se mide lo sucias que están las personas? ¿Por qué, según tú, ellas sí y yo no? Tuve sexo y me pagaron.

           —Tuviste sexo pero no querías. 

           —¿Y ellas sí?

          —Por supuesto. Ellas quieren tener sexo por dinero —espeté, completamente exasperado.

          —¿Les apetece tener sexo? ¿Lo harían si no hubiera dinero de por medio?

            Me dejaste sin palabras. Tú, la Dama de otoño que quería ser invierno, terminaste con mis argumentos en aquella conversación.

            —¿Entonces el Destripador se equivoca? —inquirí, ofuscado.

            —No sé lo que piensa, así que no puedo adivinar lo que hay dentro de su cabeza. Solo intento comprender... —Suspiraste. —¿Por qué ellas sí y yo no? ¿Qué me hace diferente de muchas otras? Estamos todas marcadas por unos parámetros irracionales que nos clasifican y que no alcanzo a comprender, yo solo... Si me siento sucia, es porque lo estoy.

            Te tendí la mano y tú vacilaste. Con desconfianza, la cogiste. Intercambiamos miradas y, entonces, las avellanas de tu iris me hicieron comprender. Nunca más iba a regresar tu otoño, porque te lo arrebataron. El vestido de margaritas estaba ahí para tratar de devolverte una felicidad que solo vendría dada por una sociedad que hubiera aprendido lo que era el consentimiento. Mientras tanto, para ti y para muchas mujeres seguiría siendo invierno.




Drusilda



            Drusilda era una de las pocas brujas que quedaban. En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, llegó ella con sus piedras de cuarzo, humo de tabaco que no era tabaco y una baraja de Tarot. Sabía leer, además, los posos de té, que aguardaban una sinceridad superior a cualquier cosa.  Le gustaba, en alguna que otra ocasión, fijar su pupila en otras ajenas para luego decir: «¿Qué ocultas?». La gente solía responderle cualquier banalidad con desapego, constatando que la determinación de una bruja creaba inseguridad en los simples mortales.  En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, quedaba sólo la esperanza depositada en la medicina y en la química. O en los unos y ceros de la programación. En cualquier cosa que, a fin de cuentas, fuera sencilla de predecir.

            Llevaba siempre puestos vestidos con colores rebosantes de espiritualidad como lo era el morado, el azul o el blanco. Dejaba que los rizos de su pelo negro y largo descansaran rebeldes sobre aquellas prendas que se confeccionaba ella misma; iba al mercado con gran parte de sus ahorros para hacerse con el tejido que más especial le pareciera. Luego, cuando llegaba a casa, los elaboraba con la ayuda de su máquina de coser. La había heredado de su bisabuela y era tan vieja, que se manejaba con un pedal. De hierro, algo oxidado, pintado de negro. La madera de su superficie era de nogal. Hacía ruido cada vez que tejía un punto cosa que, en lugar de generar desagrado, se volvía algo  inspirador.

            Tenía las uñas cortas, llenas de padrastros y siempre estaban pintadas de negro. A pesar de utilizar una crema, que ella misma fabricaba y por la que presumía de ser muy efectiva, tenía las manos secas. Su hogar olía a Alicia: un tabaco que no era tabaco. Ofelia sabía que no llevaba nicotina, aunque se fumaba igual. Hasta cierto punto aquello debería de ser más sano, o eso suponía Ofelia. Olía a lavanda y algo cítrico que recordaba al limón o al pomelo. Su casa tenía aquel aroma en las paredes cosa que, lejos de ser molesto, otorgaba el deje característico de estar en los lares de una bruja.

            Los padres de Drusilda habían muerto por ser gitanos y hacer uso de la ciencia pagana. A ojos de la mayoría estaban haciendo apología a cosas tan peligrosas como lo era medicina natural y el esoterismo; cosas en desuso, que podían llegar a convertirse en una amenaza. Porque el ser humano había olvidado por completo los ritos que tiempo atrás los habían ayudado a convertirse en civilización: las danzas de lluvia, las hogueras purificadoras, la magia dentro de los astros... Así que los padres de Drusilda terminaron en una cárcel que molió sus almas desde los cimientos. Y su vida se consumió como se consumían los cirios blancos que su hija encendía todas las noches, rezando en vano para que regresaran. Porque la magia no podía hacer nada frente a las garras frías de la tecnología, que lo convertía todo en metal; como si aquello fuera capaz de reemplazar la subjetividad de los sueños.

            El médico dijo a Drusilda que sus padres tenían un brote nuevo de zika, como consecuencia de haber bebido agua contaminada en su encierro. Nadie había visto cómo eran las cárceles desde dentro: solo tenían el privilegio los empleados de gobierno. Pero mucha gente murmuraba que aprovechaban a los presos para la experimentación médica. Así que Drusilda pensó que en la batalla entre la magia y la ciencia, había ganado la segunda. Y aquello, desde luego, era coherente: tan solo había que echar un ojo a su ciudad. A cómo se habían erigido los muros de hormigón, las aceras, la línea ferroviaria... Era un mundo racional y frío. Tan frío que dolía el pecho solo con pensarlo.

            Así que Drusilda fumaba Alicia en la seguridad de su hogar en busca de respuestas. Reluciendo con su magia como la última estrella en el filmamento, que renunciaba a perecer frente a la contaminación lumínica de una urbe que ya había engullido a sus hermanas.





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         Soy un proyecto malogrado por los años. Soy aquella a la que prometieron el papel de princesa pero luego le cedieron el cartelón de bruja. Una bruja-sapo con lazos, pero sapo. Hay madrugadas en las que me cuesta dormir, porque todavía espero que venga alguien a romper el hechizo. Qué aparezca mi hada madrina para decirme «Esta vida en realidad no apesta tanto, princesa», y yo entonces creérmelo a pies juntillas.

         Quiero qué la quimera de un mundo feliz me devore: drogarme con ella hasta perder el sentido. Después, qué me lleven a un centro de desintoxicación de ilusiones rotas. Pasar el mono y encontrar un trabajo qué no me llene en una existencia que no me representa. Y volverme a intoxicar, porque esta vida es tan puta qué nada importa. Morir y resucitar todo el rato. Olvidar durante unas horas para luego redescubrirme como una desgraciada. Una bruja-sapo desgraciada con lazos. Una bruja-sapo que no alcanza a tener ni hada madrina ni zapatos de cristal.



 


[Retomando la escritura después de muchísimo tiempo]


           Ofelia tenía tan solo catorce años la primera vez que vio a Daria. Fue en uno de sus discursos, con sus característicos labios pintados de rojo y aquella confianza en sí misma de la que Ofelia tanto carecía. Daria era menuda, delgada —como la mayoría de gente en aquella época de hambruna— y llena de esperanza. Tenía el cabello castaño claro sobre sus orejas, recogido con una coleta en la que no atinaban a entrar todos los mechones. Algunos se escapaban, demasiado cortos y rebeldes para alcanzar la goma del pelo. Sus ojos eran almendrados, algo pequeños, y del azul del mar. Sus pantalones vaqueros estaban gastados, igual que su camiseta raída de tirantes. Pero, aun así, Daria era feliz porque cargaba a cuestas una esperanza que siempre la empujaba a sonreír.

           —Las Damas de rojo estamos hoy aquí para vosotras, no para ellos. Aparecimos como la ilusión que despunta una noche sin luna. Y os vamos a liberar. —Hizo una pausa, solemne. —Qué el Partido no os engañe, mujeres, porque no somos libres. Qué no os engañen los hombres, mujeres, porque estamos doblemente cautivas. Tenemos dos grilletes: el de esta dictadura y el de nuestro sexo.

           Había gente entre el público que la abucheaba, otra que se mantenía en silencio con escepticismo y luego estaba Ofelia, que la miraba con admiración.

           —Es a nosotras a las que nos humillan y violan. Es a nosotras a quienes nos controlan mediante nuestra descendencia; cómo, cuándo y con quién la tenemos. Es a nosotras a quienes siempre nos han impedido ir a la guerra cuando, ignorantes ellos, no veían que la guerra la teníamos en el día a día: en nuestras casas. A veces el peor enemigo era nuestro marido y otras veces lo era nuestra impotencia al ver que no podíamos despegar las alas para volar.

           »Luego…, luego nos dijeron que éramos igual que el resto; o sea, igual que los hombres. Luego nos dijeron que habíamos alcanzado la igualdad. Pero no, compañeras, seguimos en guerra. En guerra para derrocar una dictadura que está dinamitando nuestro ideal de sociedad inclusiva. En guerra contra quienes se aprovechan del yugo de su masculinidad para convertirnos en esclavas. Y yo digo qué no: no quiero.

           »Nos convertimos en las Damas de rojo para recordar a nuestras compañeras, las sufragistas. Ellas se pintaron los labios de rojo aun a riesgo de que las tildaran de rameras o las lapidaran. Ellas se aliaron como compañeras en pos de un mundo mejor. Uníos a nosotras, mujeres.

           Ofelia aplaudió con ganas y, aquella misma tarde, robó el pintalabios rojo de su madre. Tomó entonces la tradición de llevar siempre los labios de aquel color en honor a las Damas de rojo, mientras se imaginaba con la edad necesaria para militar en ellas.   


           Ofelia, agazapada, observó a Ares. Estaba frente a ella con una sonrisa burlona bailando entre sus labios. Era muy alto, mediría por lo menos uno noventa, de piel canela. Tenía pecas en la nariz y en parte de los pómulos, igual que en la zona de los hombros, el centro del pecho y la espalda. Lo había visto sin camiseta cuando iban a nadar a la playa y se había quedado intimidada por la forma en la que se forjaron aquellos músculos. Tenía los pectorales muy marcados, en conjunto con gran parte de sus abdominales. La columna delimitada, también, por sus oblicuos.

           Sus ojos eran grises, como los que tenía su hermano Mercurio. Aunque los de Ares quizá fueran más distantes o fríos; cosa que iba a juego con su carácter huraño. Hacía poco que se había animado a entrenar con él, aunque tampoco estaba segura de estar haciendo lo correcto.

           Todo fue dado por la muerte de Daria. Las Damas de rojo, decían, habían muerto junto a su fundadora. Ofelia, por desgracia, no se había podido despedir de ella. Nunca más se iban a escuchar aquel eco de equidad que tanto aspiraba a representar a la mayoría silenciosa femenina. Una bomba, venida a manos del Estado, había fulminado a gran parte de las integrantes. Drusilda, su amiga, lo auguró en su baraja. Lo triste fue que, como era bruja, la tomaron como loca. Sus palabras, como siempre, caían en saco roto.

           Drusi estaba fumando algo envuelto en papel púrpura: ella lo llamaba Alicia, porque la ayudaba a descubrir la verdad de las cosas. Tenía muchos libros de conocimientos arcanos que la llevaban a memorizar y averiguar sus hechizos; en uno de ellos encontró el origen de la palabra «Verdad», que era considerada antónima de «Olvido». En castellano evolucionó a Alicia, así que tomó a aquel canuto púrpura como si fuera su hija. Exhaló el humo blanco y denso, luego habló: «Acaba de aparecer la carta de El juicio sobre la mesa. —Hizo una pausa. —Acaba de aparecer la carta de La muerte sobre la mesa. Esta semana, habrá una quema de brujas».

           Ofelia no la quiso creer porque, para ser sinceros, a nadie le gustaba asimilar ningún vaticinio negativo. Así que se mantuvo callada, contemplando el humo que inundaba la instancia mientras se preguntaba por qué el Estado castigaba tanto que la gente fumaba, cuando el humo de Alicia tenía un olor tan agradable a lavanda. También se preguntó si siquiera aquello tenía nicotina.

           —La quema de brujas tendrá una gran repercusión en el mundo—la increpó Drusilda, que tomó una nueva bocanada de Alicia. —El colgado sale al derecho, así que sus almas descansan en paz. Las brujas quemadas serán un sacrificio, como en el cristianismo lo fue la crucifixión de Jesús.

           Ofelia parpadeó y volvió a centrarse en Ares, que la acababa de dejar tendida en el suelo. A poca distancia de su rostro tenía el de su amigo; una palabra que siempre le amargaba en el paladar. Ares se quedó mirando los rasgados ojos de Ofelia, el largo y delicado tabique de su nariz y sus labios gruesos y rosados. Bajó entonces la vista hacia su pequeño, aunque insinuante escote. Tuvo el impulso de inclinarse para hundir su nariz en él. Sentir la piel pálida y suave hasta emborracharse y olvidar. Después salió de su ensoñación y se obligó a clavar su iris gris en el castaño de Ofelia.

           —No estás en lo que deberías estar —farfulló, más molesto consigo mismo que con ella—. Creía que desde la muerte de Daria deseabas resucitar a las Damas de rojo; por eso te dije de entrenar.

           Ofelia movió sus manos con lentitud sobre los bíceps de Ares, todavía en tensión por la postura en la que la cubría. Conmocionado, Ares se retiró.

           —Tu cuerpo ha cambiado mucho estos tres últimos años —musitó, sin querer admitir lo amedrentada que estaba por aquella masa de músculos—, probablemente a ti te cojan para la Resistencia; todo el mundo te admira. —Para Ares aquella admiración era agria: estaba aderezada con miradas de lástima por la muerte de sus padres o de preguntas sobre si aquella fue la razón por la que decidió formar parte de la revuelta. En ocasiones tenía la sensación de que el respeto era lo mismo que el miedo, solo que sosteniendo una careta.

           —Hemos cambiado todos, en general —musitó, incómodo—. Cada pérdida se lleva un pedazo de nosotros, hasta que de acumular tantas solo nos quedan jirones. Entonces nos vemos obligados a construirnos de nuevo sin alguna de las piezas más importante de nuestro rompecabezas.

           —Me siento perdida, ¿sabes? 







Estupen(graciada)



            He tenido un sueño que me ha dejado con un escalofrío recorriendo las entrañas. Un sueño que me ha dejado con hambre, pero sin ella. Con una amargura que me carcomía el alma hasta llenarla de agujeros. Fue mi sueño el responsable de que a veces pensara que ninguna de mis desgracias habían sido en vano; qué más vano era no haber descubierto en sí lo que era perder.

            Llegó entonces el duendecillo para arrancarme las ansias de escribir; le dio un tirón a las palabras que tenía escondidas en la cartera del bolso. Le dio un tirón a toda yo, para luego lanzar(me)la a los cocodrilos sin escamas. Cocodrilos de carne y hueso, qué viven lejos de África. Cocodrilos qué no comen personas, pero sí lo hacen. Y, si no te devoran, deseas que hubiera sido así.

            Todos los triste(villosos) días sueño. Todos los desgracia(lices) días cierro los ojos, para anhelar como una patéti(ranzada) qué todo cambie. A veces busco, también, mi bolsa de polvo de hadas. Luego recuerdo que la he gastado toda y ya no venden ni un ápice en el supermercado.





Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

Érase una vez...

Eres el visitante número...