Tristeza



          Tal vez haya llegado el momento de estar mal. Tal vez esté bien estar triste aunque sea durante un tiempo. El dolor es algo legítimo y nadie debería de juzgarme en mi tristeza. ¿Qué pasa si quiero regodearme en la pesadumbre? Llorar en la madrugada, hasta que el sol despunte en lo alto. El brillo rojizo inundando las pocas nubes de un cielo pálido y apenas perceptible por lo altos que son los edificios. Después respirar el aire frío de unas seis de la mañana que se sienten como un alba tardía.

          Me merezco mi cachito de amargura. Tengo derecho a llorar hasta sentir que todo mi alrededor da vueltas. Emborracharme de lágrimas hasta perder el sentido, para después sentarme sobre el colchón y balancear los pies como si tuviera cinco años. De niña era todo más sencillo, y no. Pensar en los años perdidos; en lo estúpida que he sido. Después llorar más. Porque debo de reprocharme los errores para que no vuelvan a ocurrir. 

          He sido estúpida, ¿y qué? Nadie se salva de hacer las cosas mal. Mi problema está en que a veces me pierdo en la desventura. Necesito una brújula, ¿sabes? Pero no estoy del todo segura de merecerla. Recobrar la compostura, pero con lágrimas. Porque me he redescubierto como una dramática a la que le encanta la desidia. La desidia es seca en la garganta, pero cuando la engulles cala muy hondo. Creo que todos nacimos con la desidia bajo el brazo y cuando tenemos conciencia de ella la escondemos porque nos sentimos avergonzados.





[Remake] El reino del Olvido






           Había una vez una princesa que estuvo toda su vida llorando porque vivía en un mundo gris. La princesa tuvo un nombre precioso, que todo el mundo pronunciaba con delicadeza y suavidad. Su cabello era negro, largo y repleto de tirabuzones porque, como todo el mundo sabía, las princesas debían de tener tirabuzones en el pelo y pecas sobre sus mejillas rosadas. Sus ojos eran madreselva, exóticos, y sus labios llevaban siempre carmín color vino. Era la mejor de todas las princesas, aunque la más invisible.

           Solía llorar porque le hacían llevar tacones y un corsé que le oprimía el pecho hasta arrebatarle las ganas de respirar. A ella le gustaba, pero no. Le parecía bonito, pero quería llevar más cosas. Así que lloraba porque sentía que había algo mal en hacer lo que el mundo esperaba de ella. No estaba preparada ni para conocer a un príncipe ni para gobernar en su palacio. 

           Su desgracia llegó en forma de envidia, porque cuando la contemplaban desde fuera solo se impregnaban de su hermosura. Así que todo el mundo pensaba que su tesitura era envidiable. Recibía un odio infundado que tampoco sabía cómo afrontar. La pobre princesa solo buscaba que alguien ahondara más en ella; que se preocuparan por su ideal de alma libre. Entonces entró en escena una bruja con rostro de niña pequeña. Su historia era casi tan trágica como la de nuestra princesa, pero poca gente se preocupaba por lo que le ocurría a los villanos. La bruja tampoco tenía nombre, porque con los años la gente se olvidó de que existía. Y como nadie la llamaba, su identidad se quedó muda. En su cuello pendía un espejo mágico que utilizaba para capturar almas. 

           Una noche, mientras la princesa dormía, la despertó poniendo el espejo frente a su rostro. Lo primero que vio fue la imagen de una bruja de ocho años, que en realidad tenía quinientos. 

           —¡Es el miedo! —chilló la princesa, asustada por el vacío en los ojos de aquel reflejo. Su cabello morado tenía un resplandor sobrenatural. Morado, como si fuera un sacrificio, porque los sacrificios se vestían de aquel color.

           La bruja, entonces, se quedó con las palabras de la princesa. Miedo, le dijo, y así quedó su nuevo nombre. La bruja del Miedo sería entonces. Después hizo un bautismo a la princesa que, perdida por la pesadumbre del espejo, bloqueó en sus recuerdos. Era tanto sentir el dolor de Miedo, que cuando se aunó al suyo su cabeza se desconectó de su cuerpo. Lo olvidó todo.

           Miedo se arrepintió porque había condenado a la monarca a vaciarse por dentro. Tan fuerte fue el hechizo que su cabello se tiñó de blanco, y sus ojos, y sus ropajes. Sus pupilas fueron las de la soledad; por ello Miedo la llamó «Princesa de la Soledad». Las pupilas de Miedo, las del miedo; las pupilas de Soledad, las de la soledad. Aquella desgraciada noche se crearon dos almas errantes que, sin saberlo, eran la mitad de algo nuevo.









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Cuando caes víctima
de su enredo.
Y tienes la certeza
de que en tu contra
el monstruo apunta.

Te enfadas
y protestas.
Pero tu alrededor ve
que tus formas
no son correctas.
Así que pierdes
cada reyerta.

Mientras tanto
el monstruo
desde su pedestal
busca tomar tu lugar.

Qué el monstruo
está blindado
con sus quimeras
y por tu enfado.
Qué si estás enfadada
no llevas razón.



Las formas,
recuerda,
benefician
al mejor actor.





Viejo borracho


        Estaba ahí, tirado en una acera, con una botella de bebida en su mano derecha. Pupilas dilatadas, labios entreabiertos, respiración lenta. Espalda arqueada, gesto inocente, rostro humilde. Bebía y bebía: era su Leteo. El olvido le quemaba la garganta y le humedecía la boca; lo llevaba de la mano hacia un lugar mejor. Entonces me pregunté lo que vería en su estado de éxtasis.

       Lo concebí sobrio en una cena familiar. Llevaba puesto un traje de corbata azul marino, que contrastaba con sus actuales harapos. Sus zapatos de piel eran también una burla a sus deportivas desgastadas por el uso. Y su cabello, peinado con una raya al lado, daba una réplica silenciosa a las greñas despeinadas que se escondían debajo de su boina escocesa.

       Estaba ahí, tirado en una acera, con una botella de bebida en su mano derecha. Estaba ahí yo, tan solo un muerto de hambre cualquiera. 




El sonido del silencio



PRÓLOGO: GRIETA

          Cuando sonó el despertador supe que no quería salir de la cama. Era el primer día de instituto y, por mi parte, estaba mejor tumbada sobre el colchón. La luz pálida del amanecer despuntaba por los huecos que no atinaban a cubrir las persianas. Escuchaba, también, el molesto trinar de un pajarillo. Quería espantarlo para que todo se quedara en silencio, porque cuando había silencio recobrabas un tipo de conciencia distinta sobre el mundo. Era como si no escuchar sonidos te hiciera más consciente de tu alrededor: veías las cosas sin edulcorar, y eso a veces dolía. Pero no importaba: yo estaba acostumbrada a aquel tipo de dolor.
Mis ojos se fijaron en una grieta que se había formado en el techo de mi habitación. Hacía mucho que estaba ahí, cada vez más grande. Cuando llovía se oscurecía y empezaba a llenarse de moho. Mamá se quejaba, porque decía que la reforma de mi habitación había sido un fiasco. Y la grieta seguía ahí, recordándoselo. Yo muchas veces la miraba porque me daba la sensación de que si lo hacía durante mucho tiempo se dilataba. La miraba horas con la esperanza de que creciera como un agujero negro hasta engullirme. Entonces viajaría a una dimensión alterna donde no hubieran institutos, exámenes ni nada por aquel estilo.
Sería un lugar maravilloso en el que nadie llevaría puestas caretas. La gente se presentaría sin segundas intenciones o ideas estúpidas que estaban ahí para fingir que había cosas que te importaban cuando no era así. Podría sonreír cuando me apeteciera y estar triste cuando me diera la gana. Venga a visitarme usted, señora grieta, que tengo muchas ganas de hacer viajes interdimensionales.

La próxima publicación será aquí.








Mamá



            En aquel hospital, la víspera del día del navidad, Delia clavó sus ojos en los de su madre que, tumbada en aquella raquítica cama, le costaba respirar. Tenía las mejillas y los labios pálidos. Sus pestañas, muy cortas, estaban húmedas. El iris de sus ojos, color caramelo, a penas se veía de lo contraído que estaba. Se movía, además, como si sus huesos pesaran igual que una bolsa llena de piedras. Delia tomó la mano arrugada de mamá para sentir cómo su corazón latía pesado. 

         Una lágrima salió de la perdida Delia, que contemplaba aquella escena como si en lugar de tener cincuenta años estuviera en su infancia. Mamá en sus treinta, acicalándose el cabello rubio para quitarse los enredos. Después se acercaría a la pequeña Delia, que la miraría con admiración «Tienes el pelo muy largo y los labios brillantes». Mamá sonreiría, con su rostro sin a penas arrugas; luego llegaría su respuesta. «Tú también tienes el pelo largo, Delia. Eres una hermosa princesa». Pero Delia ya no era una princesa, sino una mujer divorciada y con dos hijos que habían pasado la veintena. Su madre tampoco tenía los labios brillantes, sino secos y agrietados. Y su cabello de ahora era blanco como la leche. 

          Mamá empezó a cantar un villancico despacio. «La virgen se está peinando, entre cortina y cortina. Sus cabellos son de oro y el peine de plata fina». Su voz era desafinada y floja: parecía a punto de quebrarse. Delia pensó en otras vísperas de navidad, que estuvo celebrando junto a toda su familia. Una familia que se esfumaba como la espuma de mar. Mamá nunca volvería a ser aquella treintañera cariñosa que la llevaba al cine y a la playa. Nunca volvería a ser la heroína que sacó a toda su familia adelante trabajando y siendo ama de casa a la vez, porque el tiempo la había consumido.

           Entonces, mientras mamá seguía cantando aquel villancico, supo que con independencia de lo que ocurriera aquella noche sería por siempre la persona más importante de su vida. Se inclinó hacia ella y besó despacio su frente. «Te quiero» le susurró. Mamá le sonrió como si su cariño le devolviera la vida. Detuvo su canción. «Yo también te quiero».




Demons



          Estás temblando en una esquina. La habitación donde te encuentras es sucia y sombría. Te encoges sobre ti misma a la espera de que las tinieblas te terminen de engullir. Si no te ven, ¿existes? Si la gente se olvidó de ti, ¿verdaderamente estás ahí? Juegas a ser invisible; actúas de funambulista sobre la línea de la realidad. Llena de polvo y con la ropa hecha jirones, me miras. Nos miramos y te vuelves a acurrucar. Luego sonríes, pero sin hacerlo del todo. Tus dientes, de un inexplicable blanco, relucen en la oscuridad. Me acerco a ti y te tiendo la mano. En el abismo, perdida en el abismo. De nuevo me miras y me encuentro con que no eres tú: son tus demonios los que me cautivan. 

          En el suelo descansan dos cadáveres vestidos de soldado: la sangre, de un inexplicable rojo, reluce en la oscuridad. No quiero preguntarte qué quisieron hacer contigo. La guerra, fue la guerra la que sacó lo peor de nosotros. Maltrechos jugamos a fingir que nada de lo ocurrido fue verdad. Tu ira me reconforta: quiero alimentarme de tu rencor. No tomas mi mano, la empujas. Adoro ese odio que profesas a quienes juraron protegerte y, por el contrario, se aprovecharon de tu vulnerabilidad. Ellos, que estaban tan cadáveres como tu felicidad. Muertos, como lo estoy yo. En un mundo en el que solo hay demonios ¿Qué podemos hacer? El atisbo de una lágrima reluce en tu mejilla derecha. Vamos, no llores: prometo ayudarte a superar tu dolor. Me miras, de nuevo me miras y golpeas mi cabeza con una vara de metal. 




Añicos



                La princesa se quedó pensativa. Sentada en el suelo, con los azulejos fríos y las ilusiones a fuego lento. Lentas como ella misma; cansadas como ella misma. Estaba quebrada, con sus añicos en tierra como pequeños cristales. Las ilusiones, que relucían sucias en el suelo. Los pedazos a su lado, sentados. Quiso tomarlos entre sus manos para poder recomponerlos, pero las fuerzas no le alcanzaban. Solo estuvo mirándolos con todo el anhelo que le quedaba: deseando que volvieran a juntarse para empezar otra vez. 

                Ella, que estaba rota, pensaba en todas sus malas decisiones y en otras tantas cosas que hizo mal. Ya no podía volver atrás, así que se quedó sola junto a sus pedazos. Algún día vendrían a barrerla para tirarla dentro del contenedor. Sería el juguete que ya no gustaba al pequeño de la casa. Porque la vida se regía por los caprichos de un chiquitín avaricioso y egoísta. 

                Pero ella; ella también había sido avariciosa y egoísta. Tonta, la princesa tonta: que llevaba el vestido raído y el maquillaje hecho un asco. Tenía las puntas del pelo abiertas, por cortar, y las ojeras de color añil. Estaba llena de miedos demasiado grandes para sus zapatos. Las circunstancias la superaron, y cayó. Por eso tenía que plantearse qué era lo que esperaba de la vida.




Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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