De lo tangible a lo etéreo


              Cuentan que, hace mucho tiempo, existió una dama enamorada de un muchacho etéreo. El muchacho se llamaba Aero, porque era como el viento y sus padres tenían mucho sentido del humor. Era el príncipe de un reino muy lejano que incluso a día de hoy no tenía sistema de democracia representativa y, por tanto, gobernaban como única opción al cargo. Joven e inexperto, a sus dieciséis años, vivía cada día como si fuera el último porque, dada su constitución gaseosa, en cualquier momento podía desaparecer. Aun así, se consideraba un ser translúcido y hermoso a la vez. Desgarbado, también, de estatura media y todo de color azul celeste, o verde, o naranja…; según lo que tuviera detrás. Los mechones de su cabello eran lacios hasta taparle las orejas y gran parte de su frente. «No se te ven los ojos, cariño» le decía mamá, y él refunfuñaba en respuesta porque le encantaba llevar el pelo largog.

              Fueron pasadas las siete de la tarde cuando vio a Ruth. Toda ella marrón tierra, consistente; toda ella carne y piel. Le devolvió la mirada, sorprendida de lo diferentes que eran. Tan sorprendida que quiso gritar. Aero puso la mano sobre los labios de Ruth en busca de su silencio. Ella sintió frío; él, calor. «¿Cómo es posible que seas tan sólida?» quiso saber con una malicia que a Ruth le supo a insulto. Más tarde le llegó la desconfianza al descubrir que en realidad no tenían que abrir la boca para hablar: todo iba por comunicación telepática, o algo así. Cosas que ocurrían por la magia de los cuentos.

              —La gente de aquí es sólida. Todo el mundo es como yo. —Cruzó los brazos, a la defensiva. Luego le lanzó una mirada de desaprobación de arriba abajo. Aero flotaba, y se presentaba frente a ella como una alucinación fantasmagórica.

              —En mi mundo la gente es como yo. Somos tan ligeros que cualquier corriente de aire nos podría hacer desaparecer. —Y, como si se tratara de una broma macabra, el viento sopló. Ruth lo miró bambolearse con violencia de un lado a otro. De un lado a otro. «¡Te vas a perder!». Se lanzó hacia él en un salto, donde lo tomó de su pierna izquierda. Le acarició los pies descalzos, de escarcha. Ejerció fuerza hacia el suelo; en busca de una gravedad que para Aero era desconocida. La inconsistencia del joven le recordaba a una pastilla de jabón sobre sus manos mojadas. Se escapaba. Aero se escurría de su agarre.

              —¡Más fuerte! ¡Estira con más fuerza! —Ruth hizo acopio de un ímpetu que nunca había tenido, hasta que su cuerpo fue ancla suficiente para mantener al chico cerca del suelo.

              —No puedo más… —. Suspiró, agotada. Aero la evaluó con cierta sorpresa; en su mundo no había encontrado a alguien con tanta fortaleza como ella. El corazón de Ruth era una pesada estufa sobre la que le gustaría descansar.

              Ruth no era demasiado alta, ni tampoco tenía las extremidades largas, delgadas y estilizadas como él. Menuda, algo regordeta, de manos pequeñas y dedos rechonchos. Tenía hoyuelos en sus mejillas, que se sonrojaban a menudo. Los ojos en forma de almendra, color miel, y las pestañas muy largas. Los labios gruesos pero diminutos y llevaba puesta una falda color crema con volantes. Su piel era más oscura que la de él; leche, frente a color café. El cabello lo tenía a media melena, repleto de rizos negros. Parecía indomable, y resplandecía tanto... Aero quiso sonreír; de tan marrón, toda carne, le pareció muy bonita. Él, todo de hielo, jamás había conocido lo que era un opuesto.

              —Puedo traerte hilo de palomar, como con las cometas —espetó atolondrada—. Tenemos de sobra en el coche. Hemos venido aquí porque en esa explanada de allí al fondo corre mucho el aire para hacer volar cometas.

              —¿Qué es una cometa?

              —Algo que vuela, como tú, pero hecho de papel. —Aero la miró sin comprender. En respuesta, Ruth tomó una piedra del suelo y se la entregó.

              —Aguanta esto un poco. Ahora vengo.

              Aero se mantuvo en silencio, acompañado por la expectativa de algo nuevo. Instantes después, llegó Ruth con un objeto de papel de seda. Tenía millares de colores, y en sus extremos exteriores e interiores palitos de bambú que reforzaban su estructura. Todo ensamblado con la cuerda de palomar, que también llevaba ella enrollada en un cartucho. «No entiendo», atinó a articular. «Ya verás», le respondió Ruth. Acto seguido fueron hacia la explanada, donde menos árboles había y el viento ululaba como un lobo triste. Tomó la mano de Aero para que no se fuera con el viento, después cogió carrerilla para dejar a su cometa volar. Se elevó muy alto, proyectando los colores del papel de seda con una magia desvaída, propia de los atardeceres rosados en días de pascua.

              —¡Cómo vuela! ¡Y sabes dónde va!

              —Claro —. Rio Ruth—. La manejo yo.

              —¿Y a mí? ¿Me podrías manejar a mí? —quiso saber él, con el ansia de haber descubierto algo increíble.

              —Está bien.

              Bajó la cometa. De nuevo le dio aquella piedra, para que no se elevara, y lo hizo esperar. Regresó con más papeles de seda, que fue cortando y anudando a las extremidades de Aero para otorgarles características aerodinámicas. Luego lo unió a su hilo de palomar y lo hizo volar. El príncipe etéreo parecía un fénix. Aero recorrió las alturas sin miedo a perderse en la inmensidad del cielo, por primera vez en su vida. Pudo disfrutar de las caricias del viento, el resplandecer del crepúsculo y la humedad de las nubes. De fondo, escuchó burbujear la risa de Ruth. Como un pájaro, le pareció oír que decía la chica, tus brazos son como las alas de su pájaro.

              Aquella escena conmovió tanto a el señor Tiempo, que decidió hacer un pacto con ellos. Así que bajó con su traje de chaqueta, siempre muy aseado, y una copita de brandy en su mano derecha. Ambos lo miraron sin comprender del todo quién era, por lo que tuvo que contarles que se encargaba de que la gente se hiciera vieja. Convertía la piel tersa en papel pinocho; la energía en algo sosegado y otras tantas cosas más oscuras. Tras su confesión les dijo que contemplaba la inmensidad del mundo con su vasito de brandy y que en todo lo que llevaba vivo jamás se había encontrado con dos personas como lo eran ellos. Tan complementarias y diferentes. Dictaminó que como cuando los miraba su entorno se detenía, haría lo mismo con ellos.

              —¿No vamos a morir? —inquirió Ruth.

              —La gente de mi mundo no muere —murmuró Aero—; o al menos no lo hacen los de mi especie. Las plantas, por ejemplo, sí lo hacen. Aunque bueno…, ahora que lo pienso, para ellos yo estoy muerto. En el Mundo etéreo morir es desaparecer; que te arrastre una corriente de aire, como me ha pasado ahora mismo, y jamás regreses a tu hogar. De vez en cuando, alguien vuelve, pero ha pasado tanto tiempo que o no se acuerdan de él o sus familiares han desaparecido.

              —Lo siento —espetó Ruth, destilando tristeza.

              —No importa; es ley de vida. Quiero decir, nosotros nacemos con la certeza de que es muy sencillo que nos lleve el viento.

              —No conozco el Mundo etéreo —intervino la Muerte—, quizá por eso tengáis la inmortalidad. Qué ambos os libréis de mis garras será lo más interesante que se me ha podido ocurrir en todos estos últimos milenios.


              Habían concertado verse en un claro alejado de aquel bosque, donde la Muerte les había confesado que la Diosa de la tormenta hizo un pacto con unas flores de las que estaba enamorada, para que nunca hubiera viento que las pudiera arrancar. «Os gusta mucho hacer pactos de esos», increpó Ruth. Tiempo no contestó, aunque era cierto que en los cuentos la clave estaba en la arbitrariedad de sucesos.

              —Es por el amor a las flores, ¿qué no ves que el amor todo lo vale? —le increpó Aero, algo molesto. Ruth se encogió de hombros porque tampoco quería destripar la suspensión de la incredulidad de su historia.

              A lo largo de cincuenta largos años estuvieron compartiendo muchísimo tiempo juntos. Jóvenes, en la eterna edad de dieciséis años. Hasta que Ruth tuvo que envejecer de golpe; fue en su cabeza, porque en apariencia seguía pareciendo una adolescente. La muerte de sus padres, ya ancianos, hizo que sus ojos miel se empañaran. Primero papá, dos años después mamá. Hasta aquel momento no había sopesado cuán duro iba a ser perdurar mientras el resto de su entorno se desvanecía, como la pintura de un lienzo al que lanzaron aguarrás. Aguarrás, porque la vejez hacía en las personas lo que un disolvente en óleo.

              Se volvían torpes, sin memoria y enfermos. La fuerza se iba con la piel de papel pinocho, seguida de achaques que provocaban a Ruth angustia existencial. No estaba segura de querer seguir viviendo en un mundo donde siempre iba a tener que sentir la pérdida constante de personas de su entorno. Así que aquel día estuvo llorando acompañada de Aero, que miraba sus lágrimas conmovido porque le parecía increíble que salieran regueros a través de los ojos.

              —Sé lo que sientes, Ruth. Me pasó cuando llegué volando hasta aquí. —Hizo una pausa. —De hecho, envidio que puedas llorar. Mis ojos no están preparados para expresar de una forma tan bonita lo que es sentirse triste.

              Ruth no se molestó en responder, solo se quedó callada asimilando la amargura de aquel sentimiento que tan auténtico le parecía. Por primera vez, desde que se encontró con Aero y la Muerte, se sentía débil. Estaba claro que experimentar la pérdida era la forma más evidente de morir estando en vida. Sujetaba a Aero con la dejadez de las almas descorazonadas, de tal forma que cuando en aquel claro empezó a llover no pudo recomponerse lo suficientemente rápido como para tomar con fuerza a Aero y mantenerlo en tierra firme.

              Estaba sorprendida, porque la Diosa de la tormenta nunca en todos aquellos años había permitido que acaeciera fenómeno atmosférico alguno. Miró hacia las flores; mustias, enfermas. Se morían, tal vez por la plaga de algún parásito del que, por desgracia, Tormenta no las pudo proteger. Así que lloraba, derramando chuzos de granizo porque de tan triste que estaba se había convertido en escarcha. Y Aero, mientras tanto, arañaba los cielos gritando el nombre de Ruth en un lamento que la rasgó por dentro. Lloraba ella, lloraba la Diosa y lloraban los pétalos que arrancó el granizo, y volaban con sus colores de primavera tardía.

              La madrugada de más pérdidas de Ruth fue aquella. Huérfana, sola y desgarrada llamó a la muerte para relatarle su cansancio; quería volver a ser mortal, y dejar de perdurar en cada muerte de su entorno. Quería no sentirse igual mientras su alrededor desmoronaba. Y Muerte se lo concedió. Como consecuencia, el paso de los años hizo que su piel se volviera papel pinocho, le dolieran los huesos y tuviera problemas para recordar algunas cosas. Le aparecieron patas de gallo en el filo de los ojos y en la comisura de la boca. Tuvo que ponerse, además, gafas para mejorar su vista.


              Llegada ya completamente la vejez de Ruth, esperó tumbada en su lecho a Muerte. Sabía que hoy era su día; relacionarse con seres sobrenaturales le había otorgado nociones de cómo funcionaba el mundo. Sobre su mesa auxiliar dejó preparada una copita de brandy para darle un recibimiento cortés a su amiga, que le sonrió cuando entro sin llamar a la puerta. Aquella madrugada llovía, en reminiscencia del día en el que perdió todo lo que le importaba.

              —Supongo que la Diosa de la tormenta estará triste —murmuró Ruth, solo para romper el hielo. Muerte asintió, antes de responder.

              —Te ha visto en tu pérdida de Aero y cómo continuaste a través de los años sin él. Se siente muy mal por lo ocurrido; su corazón se rompió cuando perdió a sus flores y, de camino, os separó a vosotros. Es algo que no se perdonará jamás: sobre todo ahora, que yo vengo a por ti.

              —Pero no llores, Tormenta, no estoy enfadada contigo. Perdónate tú para que este ciclo de pesadumbre termine, por favor. —habló Ruth, interpelando a la diosa. Tormenta no le hizo caso en absoluto, porque lloró más si cabía. Llegó el granizo, los rayos y las centellas. El viento ululaba a través de los edificios. Sopló el viento con tanto ahínco que, en una de aquellas coincidencias que solo ocurrían en los cuentos, trajo a Aero de nuevo. Entró por la ventana abierta de la habitación de Ruth, que se lanzó contra él buscando anquilosarlo al suelo. Le dolieron los huesos y el cuerpo entero; a su edad no estaba para aquellos trotes.

              Aero la miró con ganas de derramar lágrimas, pero sin tener la capacidad para hacerlo. «¡Ruth! ¡Estoy aquí!» espetó de carrerilla, atónito. La anciana Ruth sí que lloró todo lo que pudo. Ahora que había regresado, ella era la que se largaba; la vela de su existencia se iba a consumir. El peso de los años había hecho tanta mella en ella que le costaba continuar: su cuerpo pesaba tanto...

              Y quiso ser como él; tuvo envidia de lo liviano que era, todo magia y jovialidad. Su inconsistencia era reconfortante. Mientras tanto, Aero deseó todo lo contrario. Él todo aire; una amalgama etérea, sin definir. Anhelaba el calor de la carne de Ruth: le gustaba su marrón. Aunque fuera papel pinocho, tuviera canas y llevara puestas unas gafas muy feas. Él la amaba; amaba a Ruth. Se querían tanto, de hecho, que harían cualquier cosa para ser el contrario. Y, de tan idealizados que estaban, llegó la magia.

              El cuerpo de Aero ganó consistencia; el de Ruth se volvió liviano. Frente a los ojos de la muerte, fueron el opuesto. Aero, ahora tangible, tomó entre sus brazos a la etérea Ruth. Muerte contempló el espectáculo con su copita de brandy en la mano y una sonrisa propia de quien conoce el argumento de una novela y prefiere ignorar los agujeros de guion. Así pues, a Aero le regaló de nuevo la inmortalidad. Mientras que la anciana Ruth, de piel papel pinocho, hizo de su cuerpo una cometa gigante para viajar con el tangible Aero hasta encontrar el Mundo etéreo. Y una vez allí enseñarles cómo con la magia de las cometas se podía evitar cualquier pérdida. 







Beatriz



             Entro en la consulta, como todos los días. Llevo mi pelo, castaño oscuro, recogido en una coleta que me acentúa el cuello largo y delgado.  Sobre mis hombros huesudos, un vestido de tirantes amarillo. Las ojeras realzan incluso más mi cansancio. Los labios gruesos, pero secos y pálidos. La nariz larga y fina. De tan delicada, toda blanca, me siento como una hoja quebrada por el viento. Pequeña y delgaducha hoja. Hojita enferma, tal cual se me ve.

             Me siento. El tirante de mi vestido cae porque, como dije, soy toda huesos y nada me está bien. Me observas con tus ojos miel. Me recoloco el tirante sin devolverte la mirada; clavo mi iris frío en el parqué. «Buenos días, Beatriz», y asiento. No solo mis pupilas son hielo, sino también yo estoy siempre helada. «¿Podrías bajar el aire acondicionado? Tengo los pelos de punta». Sonríes con cierta incomodidad: el tirón de labios llega hasta la montura de tus gafas, que es azul. Las arrugas de felicidad acarician la comisura de tus ojos y te queda bien. Me molesta. Me gusta. No sé.

             —Siempre se me olvida apagarlo cuando vienes tú. —Eso es un alfiler, aunque no debería de serlo. Probablemente ocurra porque piensas poco en mí; tendrás muchos pacientes. ¿Quién soy yo entre tantos enfermos? Tan solo una más. Ahí plantada, fina, como el papel. Ojalá ser tan fina como para que me engullan los agujeros del maldito parqué. Donde se une cada tablón, caería yo. Y vería la humedad bajo la estructura. Me encontraría entonces con alguna cucaracha bien grande que me quisiera morder. Me miraría con sus ojos de insecto y abriría su boca de insecto. A lo mejor me partiría en dos. O a lo mejor llegaría un ratoncito, de los pequeños y blancos con ojos rojos. Me miraría con sus ojos rojos y yo querría ser su amiga. Siempre me gustaron los hámsters.

             —No importa —miento—. En un rato se me irá el frío.

             —Y, bueno, yendo a lo importante... ¿Cómo estás, Beatriz? Llevaba ya una semana sin verte y me gustaría que me dijeras si has progresado. —Sonrío porque es lo que toca. Sonreír con mis labios secos, rotos. Siempre rasgados porque hablar nunca había sido lo mío. Boca rasgada, de dientes enormes. Así era yo.

             —Hice la lista que me dijiste. De cosas que me gustaban y que debería de empezar a fomentar.

             —¿Qué cosas has descubierto que te gustan?

             —Me gusta bailar cuando llevo falda, porque vuela. Me gustan las faldas y los vestidos por eso. —Hago una pausa para recolocarme el tirante que, por desgracia, se me ha vuelto a caer. —Me gusta mi nombre; suena bien. Me gusta cuando nieva aquí en Madrid: me identifico con la nieve. Es fría y blanca como yo. También me gusta escuchar música triste y llorar mientras me pregunto qué significará su maldita letra en inglés. Y... —Paro en seco para leer el folio donde lo tengo todo apuntado. Me he puesto nerviosa y se me han ido de la cabeza todas las ideas. Sacudo la falda para disimular la incomodidad aunque creo que me hace ver más ortopédica todavía. —Quiero aprender a coser, parece divertido. También me gustaría maquillarme como las chicas que veo en instagram, y tener un pelo bonito. Y..., creo que ya. No he escrito más cosas.

             Me da la sensación de que en tu escrutinio encuentro ternura, junto a cierto paternalismo. Me molesta el paternalismo porque es el pan mío de cada día, así que decido enfocarme en la ternura. Lo que proyecto en los demás no suele ir abanderado de aquel sentimiento, sino de cierta incomodidad y pena. En ocasiones también me miran como si fuera un sujeto de experimentos. De hecho, recuerdo que también lo hiciste tú el primer día que entré por la puerta. Te lo perdoné porque me pareciste guapo y con los guapos es más sencillo hacer la vista gorda; tenéis esa fortuna, los entes superiores. A las enfermas como yo nunca les hacen la vista gorda. La gente es muy intransigente contigo cuando sabe que toda tú estás mal.

             A veces creo que te quiero, pero luego vuelvo a analizar el sentimiento y se convierte en odio. En envidia, rabia, y mucha impotencia. Es una emoción que tiene arraigadas muchas preguntas; la primera de ellas es la más típica de todas «¿Por qué yo?». Por qué tuve que tener yo la mala suerte de estar mal. De ser fea, blanca y triste. De no saber sonreír ni hablar con las personas. ¿Por qué no pude haber sido una chica normal con una vida normal? Y sonreír y enfocarme en tonterías. No tener problemas para ir con la gente. No agotarme cada vez que trato de hablar con alguien. 

             La siguiente pregunta iba más enfocada a ti, aunque yo siguiera siendo el centro. «¿Cómo serías conmigo si fuera alguien sin problemas?». ¿Querrías ser mi amigo si fuera una chica normal? ¿Te caería bien? ¿Te podría gustar? Luego me respondo sola con el rotundo no. No tenemos nada en común, en realidad. Qué esté enferma hace que tengamos algo para relacionarnos: te intereso, porque soy tu trabajo. Ergo, tu interés no soy yo, sino mi enfermedad. Ahí es cuando te empiezo a odiar un poco. Una parte de mí, la más sádica, quiere hacerte daño. Hay una parte en mi corazón que te quiere destrozar. Me gustaría verte siendo tan mierda como yo: seguro que tu sonrisa no sería tan radiante y te costaría bastante considerar esta vida como algo positivo. No serías optimista y te parecerías a mí mucho más. Mi parte sádica sabe que si estuvieras tan triste como yo, quizá me podrías querer. Que, siendo feliz como eres, para mí serás inalcanzable.

             Para terminar hay otro cachito de mí que se conforma con mirarte a lo lejos, con el platonismo, y quiere que sigas siendo así. Creo que es de las pocas cosas que me envuelven que podrían considerarse algo bueno. En la mayoría de ocasiones intento aferrarme a ella para no perder la poca cordura que me queda. Luego veo esos detalles en los que se nota que te importo bien poco; como con el aire acondicionado, y mi lado sádico quiere hacerte arder. Crear una guerra que te parta en mil pedazos.

             —Te gustan muchas cosas, Beatriz. Estoy seguro de que si te enfocas en ellas podrían hacer de salvavidas y te sentirás mejor. —Asiento. Te quitas las gafas para frotarte los ojos; hasta ahora no me había dado cuenta de que estás cansado.

             —Si no te encuentras bien me puedo marchar. Ya nos veremos la semana que viene, ¿está bien?—espeto de carrerilla. En realidad no me quiero ir; me gusta tu compañía. Sé que probablemente no sea recíproco dado tu trabajo, pero está bien para mí compartir un rato a tu lado. Me sabe mal que no estés bien, así que lo mejor sería irme. No obstante me quedo sentada, arañando segundos. Vuelves a colocarte las gafas y a rascarte la escasa barba que tienes en la zona de la perilla. Es un tic, lo haces pero no sé por qué. De tan guapo que eres duele mirarte. Me vuelvo a colocar el tirante. Tus ojos derrapan de mi hombro huesudo, al hielo azul que me regalaron de iris. 

             —Quédate, no es para tanto —musitas. Sonrío reticente, pero acepto. La ternura de tu voz está ahí, asesinando tanto a mi parte sádica, como a la que se pregunta por qué la vida ha sido tan mala conmigo. Solo queda el fragmento de mí que desea que seas feliz.  Quizá, solo quizá, algún día descubra que me quieres un poquito. Solo un poco. Soy pequeña, delgada y blanca: no hace falta demasiado calor para hacer derretir mi hielo.





Cuaderno de anotaciones de Ofelia



                    Recuerdo que el día que descubrí quién era mi padre, decidí que habría sido mejor no haber nacido. Era un soldado, cómo no. Un héroe que no era un héroe. Un monstruo disfrazado de galán. Se llamaba Saúl y vestía con el uniforme canela de su división. No era ni alto ni bajo; ni gordo ni delgado. Tenía la barba sin cuidar, algo de entrecejo y la nariz un poco doblada porque probablemente se la rompió alguna vez. Lo veía algunas veces en Karolina, mi ciudad. Todas las tropas estaban en el foco más alejado del conflicto armado, Salamina, mientras que el resto estábamos en la capital.

                    La cosa había desembocado en un cerco, que dividía el centro en el que estábamos nosotros de la periferia donde ellos se resguardaban. Si querías salir, no podías; tenías que llevar un permiso especial. Ya que por supuesto, ellos no tenían cómo saber si eras un rebelde y querías bombardear o asesinar civiles en sus dominios. Porque sus dominios valían más que los nuestros y sus civiles eran, también, más importantes que nosotros.

                    Sabía yo que Saúl acudía a la plaza de la iglesia de Karolina todos los sábados por la mañana. Era el día en el que la periferia hacía alarde de su caridad y nos traía comida. Normalmente eran legumbres, arroz y alguna que otra conserva. Aunque a veces teníamos suerte y había pan blanco; otras nos daban unas tortas oscuras y duras que distaban mucho de estar hechas con trigo. Ahí iba mamá junto con otras mujeres a hacer cola para conseguir abastecerse. Y ahí fue, obvio, donde conoció a aquel señor.

                    Me imaginaba a mamá más joven y menos cansada. Con su melena negra, larga y lacia, como una cortina a través de sus hombros descubiertos; solo provistos por una camiseta de tirantes algo gastada. Sus ojos avellana serían expresivos, acentuados por sus pestañas largas. No tendría tantas bolsas ni ojeras y su piel olivácea no se vería tan amarillenta como en sus últimos años. Había descubierto que las arrugas, en muchas ocasiones, además de delatar la edad iban a juego con el cansancio de la vida. Las arrugas eran testigos de cómo nos quisimos comer el mundo y, al final, él nos engulló a nosotros.

                    Saúl seguro que la vio con su pelo carbón y millares de ilusiones intactas. Fue él quien quiso alimentarse de la felicidad de mi madre, y desde luego que lo hizo. ¿Cómo no iba a conseguirlo en un mundo donde el hombre blanco ejercía su hegemonía? Héroes, los llaman, y yo solo rompo a reír con ironía, porque las lágrimas se me han gastado del todo. Mamá no me dijo que la violó y, probablemente, dentro de los estándares de muchos tampoco lo hiciera. Para la mayoría violar es que te aten a una cama y hagan lo que quieran contigo. Qué te metan una paliza mientras suplicas clemencia e imploras que no te introduzcan un pene dentro de tu vagina.

                    Pero siempre existieron otro tipo de violaciones; más silenciosas pero igual de horripilantes. Violaciones encubiertas; donde no puedes optar a otra cosa que no sea cerrar los ojos y asentir mientras hacen lo que quieran contigo. Violaciones donde te ves intimidada por un señor a rebosar de billetes con los que alardea de un prestigio inmerecido. Lo odias, pero te engañas; como pensando que te está ayudando dándote algo de dinero. Que eres su juguete más valioso. Que tuviste suerte de que estuviera contigo en lugar de con otra. «En realidad, Ofelia, fui afortunada por que apareciera en mi vida. A veces me traía pan blanco o telas para que me cosiera vestidos»; me confesó mamá. Y yo quise, solo quise... Quise muchas cosas pero no sabía designarlas. La rabia me comió la lengua.

                    Ella parecía muy convencida de engañarse con que quería compartir intimidad con ese señor. Y para mí explicarle la complejidad que veía en el consentimiento; decirle todo aquello de la luz de gas o de la coacción se me hacía un mundo. Creo que había roto tanto a mi madre que hacerle juzgar su pasado, terminaría de quebrarla. Prefería hacer como que no pasaba nada. Enfocaba su felicidad en sus aficiones; como sus brebajes de bruja.

                    Cambió de tema y empezó a explicarme por qué me puso Ofelia. Me confesó que antes de que apareciera Saúl en su vida ella iba a la escuela. La formación obligatoria era hasta los dieciséis años y ella, por supuesto, se consideraba una alumna aventajada. Mi madre era muy curiosa y le encantaba investigar las cosas que aprendía en clase por su cuenta. Acudía mucho a la biblioteca para alquilar libros que luego tener que leer en casa. Aquel era su mayor entretenimiento dado que su familia, de etnia gitana, le había declarado la guerra a cualquier ápice de tecnología. No era que la gente de a pie tuviera muchos avances: solo constábamos de un móvil que nos daba el Estado y una Tablet con teclado, que se podía poner o quitar, de muy baja potencia. Ambas eran de la misma marca, BQ, defendida como producto nacional.

                    Fuera de Karolina, donde estábamos nosotros, se podía adquirir más variedad de productos. En Salamina había bastantes tiendas donde grandes marcas ejercían su competencia. Y, además, estaba también la opción de adquirir productos a través de internet; en un mercado menos restrictivo y menos limitado de lo que estaba aquí. Mi madre, como sus padres, tenía sus dispositivos electrónicos pero no les hacía demasiado caso. Las horas de uso que tenía mamá estaban, por supuesto, restringidas por sus progenitores.

                    La abuela Zita a veces le leía la mano. Desde que le llegaba la memoria tenía en la cabeza el presagio de Zita «Naciste con las tristeza bajo el brazo, Ciara. Aléjate de la tecnología porque solo la naturaleza te podrá dar la luz». Entonces mamá Ciara se imaginó a toda ella como un remolino de oscuridad. Le afectó tanto que ni siquiera cuestionó las restricciones irracionales de Zita y yayo Lucas. Así que solo se pasaba las tardes leyendo para matar el tiempo.

                    Confesó, entonces, que el primer libro que le hizo un agujero en el corazón fue Hamlet. Lo cierto era que la mayoría de novelas que leía estaban limitadas; había algunas restricciones en cuanto a la ideología de lo que podríamos leer. La idea era no introducir pensamientos rebeldes dentro de Karolina. Porque, para la periferia, toda Karolina estaba llena de asesinos sin corazón. Hamlet se publicó como excepción: a los patriotas de Salamina les encantaba el ideal de justicia y venganza que imponía aquella obra de teatro. Vengarse del asesinato de tu padre. Qué heroico. Qué patriótico. Qué lícita era la crueldad del honor para defender tu familia y tus tierras. Hamlet, como protagonista, dudó. Dudó sobre si estaba haciendo bien, pero al final nada importaba. El ideal tóxico del héroe, que tanto le gustaba a mamá, seguía estando ahí. Ciara me repetía una y otra vez el monólogo.

Pero silencio. ¡La gentil Ofelia!

¡Ah, ninfa! En tus plegarias

que todos mis pecados se recuerden.

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,

o levantarse en armas contra el océano del mal,

y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...


                    Así que me dijo que yo iba a ser como Ofelia. Mi primera reacción fue el horror. No quería parecerme a una mujer que caía en la locura por los desaires de un hombre. Al principio la odié. Odié tanto a Ofelia, como a Eco, como a Dafne, como a Penélope y como a una larga lista más de damas cuya existencia solo había sido una premisa para destruirlas a ellas y enriquecer a algún hombre. Luego pensé. Pensaba mucho en si tenían algo que decir. Y quise darles voz. Ojalá ellas tuvieran el poder de hablar. Ojalá no las hubieran creado mudas.

                    Fue en aquel momento cuando redescubrí mi nombre. Le dije a mamá que iba a ser una Ofelia mejor. Que iba a hacer justicia por todas las que jamás tuvimos la oportunidad de hablar. Ciara me sonrió, creo que sin entender las convicciones desde las que hablaba o sin analizar lo horrible que era el ideal romántico de venganza. Mi deber era matar a Hamlet para que, por fin, dejaran de pintarme en cuadros barrocos ahogada en un lago. 
 

Alexandre Cabanel (1823-1889), Ofelia; 1883. Óleo sobre lienzo, 77 × 117,5 cm.


Buu



             Annie aguardaba al monstruo bajo las mantas; hacía frío fuera de la cama. El monstruo estaba además fuera de la cama, donde las sábanas no lo podían guarecer. Escuchó pasos y el graznido de bisagras, que acompañó al de una velada respiración. La noche era oscura, aunque más lo era aquel cuarto. Brillaba solo el gusiluz de Annie, haciéndo musica a ratos. Un gusiluz que resplandecía, impávido, cuando la pequeña empezaba a llorar.

             Annie quería ser sirena porque le encantaría tener cola de pez: se imaginaba con escamas en lugar de piernas y branquias en lugar de orejas. Alguna que otra vez se las había dibujado en el cuello con la ayuda de mamá. De hecho, era a mamá a quien quería confesarle que el monstruo la iba a buscar de madrugada y era el mismo monstruo quien se lo impedía. «Nadie te va a creer —le dijo cuando iba a comérsela—.Mamá se va a enfadar si te chivas». Así que Annie guardó silencio. 

           Con sus pasos, el graznido de visagras y su velada respiración, el monstruo entró. Removió las mantas mientras Annie miraba a su gusiluz sonreír, de nuevo, impávido. Peludo. Era peludo y de color azul con motitas blancas. Sus ojos amarillos, de gato; su boca grande y también azul; sus dientes blancos y afilados. «Me habías asustado —espetó Annie—. Tú no eres el monstruo que esperaba». Y rompió a reír. El monstruo, desconcertado, le preguntó: «¿Acaso hay algo que asuste más que yo?». Entonces se repitieron los pasos, el graznido de visagras y la velada respiración. 

             Ante el monstruo bueno, se presentó el monstruo malo: papá se quedó tieso como un palo, contemplando a aquel engendro azul con motitas blancas. Las dos aberaciones se miraron durante unos segundos, preguntándose cuál de ambas era la más terrorífica. Fue Annie quien decidió por los dos: acudió a resguardarse a los brazos del peludo. «Sácame de aquí» le susuró bajito. Y así fue como el engendro azul con motitas blancas devoró a su papá. Aquella madrugada, la pequeña descubrió que un demonio podía ser la solución para sus propios demonios.




Otoño



            La primera vez que te vi fue en el callejón donde las asesinaba. Llevabas puesto un vestido fresco y ajustado en la parte del pecho, que luego se deslizaba holgado sobre tu silueta. Era blanco, con millares de margaritas estampadas. Me recordaba a la llegada del otoño por sus colores amarillos y naranjas, como el sol sobre un enrojecido amanecer. Tus ojos eran también del marrón otoño, enmarcados por unas gafas celestes. «¿Por qué llevas los cristales sucios?», quise preguntarte. «¿Por qué nunca los limpias, Dama de otoño?» Las lentes gruesas, además de sucias. Empezaba a sospechar que lo que ocurría era que no te gustaba mirar a través.

            Luego estaban tus pecas, que me hacían pensar en la caída de las hojas. Marrón hojas. Marrón otoño, de nuevo. Tenías millares de ellas sobre tus hombros, mejillas y espalda. Una galaxia de manchas de café. Tu vista estaba en las alturas, sobre un cielo encapotado que carecía de Dios. ¿Cómo podía saber eso? Porque no existía Dios para las mujeres que pisaban aquel callejón. Solo demonios, como yo. Gente sin corazón con una navaja escondida dentro de unas botas de combate. Erguida, Dama de otoño, aguardaste mi llegada. Luego me miraste y formaste una fina línea de desaprobación. Sacudiste tu media melena castaña y asentiste, todavía ida, a una pregunta que te formulaste solo a ti.

            —Me gustaría morir. —Sonreí socarrón, dispuesto a cumplir tu deseo. —¿Vas a matarme, Destripador?

            A la luz de la farola, evocabas más el otoño todavía. Me hiciste dudar sobre si en realidad existías o eras fruto de mi imaginación. Te veías más naranja y menos azul. Más amanecer y menos dos de la madrugada. Contento ante la idea de hablar con un espectro, te respondí.

            —¿Por qué quieres morir?

            No contestaste. Mi mirada voló, entonces, para redescubrir que además de caída de hojas eras coral. Un coral de morados, azules y verdes. Tenías las piernas llenas de golpes y una de tus mejillas hinchada. Quise recriminarme no haber visto aquello, pero dada la escasa iluminación era imposible. La profundidad del océano quiso engullirte aquella noche y para ti estaba bien. Querías que llegara el invierno, con el frío, y desaparecer.

            —Estoy buscando al asesino de prostitutas, que las suele matar aquí. —Evadiste mis ojos. —¿Eres tú, Destripador?

            —¿Te prostituyes?

            —Sí, y no. —Suspiraste. Tenías los labios cortados. —Una vez, en esta misma calle, me empujaron contra esta misma pared. Aquí solían venir muchas chicas y supongo que me confundieron con alguna de ellas. Así que me empujaron. Mi cabeza golpeó contra los ladrillos; me mordí la lengua. Temblaba de miedo, o de frío. Temblaba y quería llorar, pero no lo hice. Cuando..., cuando terminó me dio un billete de veinte euros.

            —¿Te violó?

            —Sí, y no. —Ni te inmutaste mientras hablábamos. Tiesa como un palo, seguías hablando. —Solo estuve quieta, no le dije «No». Tomé su dinero, además, que gasté en comprar algo de comida. En mi casa las cosas con mi padre son complicadas también. Mamá ya no está.

            —¿Por qué has vuelto aquí? ¿Quieres que te vuelva a pasar lo mismo?

            —Te dije que quiero morir. ¿Dónde está el destripador?

            —El destripador solo asesina a prostitutas, porque están sucias —te recriminé, molesto. No supe poner nombre a lo que movía aquella emoción. Incomidad, tal vez, al escuchar tus palabras.

            —Pero a mí me pagaron, así que soy puta.

            —A ti te violaron creyendo que eras una prostituta; no es lo mismo. Estabas asustada.

           —Cogí su dinero, así que soy igual.  —Casi gritaste. Empezaba a temblarte la voz. —¿Cómo se mide lo sucias que están las personas? ¿Por qué, según tú, ellas sí y yo no? Tuve sexo y me pagaron.

           —Tuviste sexo pero no querías. 

           —¿Y ellas sí?

          —Por supuesto. Ellas quieren tener sexo por dinero —espeté, completamente exasperado.

          —¿Les apetece tener sexo? ¿Lo harían si no hubiera dinero de por medio?

            Me dejaste sin palabras. Tú, la Dama de otoño que quería ser invierno, terminaste con mis argumentos en aquella conversación.

            —¿Entonces el Destripador se equivoca? —inquirí, ofuscado.

            —No sé lo que piensa, así que no puedo adivinar lo que hay dentro de su cabeza. Solo intento comprender... —Suspiraste. —¿Por qué ellas sí y yo no? ¿Qué me hace diferente de muchas otras? Estamos todas marcadas por unos parámetros irracionales que nos clasifican y que no alcanzo a comprender, yo solo... Si me siento sucia, es porque lo estoy.

            Te tendí la mano y tú vacilaste. Con desconfianza, la cogiste. Intercambiamos miradas y, entonces, las avellanas de tu iris me hicieron comprender. Nunca más iba a regresar tu otoño, porque te lo arrebataron. El vestido de margaritas estaba ahí para tratar de devolverte una felicidad que solo vendría dada por una sociedad que hubiera aprendido lo que era el consentimiento. Mientras tanto, para ti y para muchas mujeres seguiría siendo invierno.




Drusilda



            Drusilda era una de las pocas brujas que quedaban. En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, llegó ella con sus piedras de cuarzo, humo de tabaco que no era tabaco y una baraja de Tarot. Sabía leer, además, los posos de té, que aguardaban una sinceridad superior a cualquier cosa.  Le gustaba, en alguna que otra ocasión, fijar su pupila en otras ajenas para luego decir: «¿Qué ocultas?». La gente solía responderle cualquier banalidad con desapego, constatando que la determinación de una bruja creaba inseguridad en los simples mortales.  En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, quedaba sólo la esperanza depositada en la medicina y en la química. O en los unos y ceros de la programación. En cualquier cosa que, a fin de cuentas, fuera sencilla de predecir.

            Llevaba siempre puestos vestidos con colores rebosantes de espiritualidad como lo era el morado, el azul o el blanco. Dejaba que los rizos de su pelo negro y largo descansaran rebeldes sobre aquellas prendas que se confeccionaba ella misma; iba al mercado con gran parte de sus ahorros para hacerse con el tejido que más especial le pareciera. Luego, cuando llegaba a casa, los elaboraba con la ayuda de su máquina de coser. La había heredado de su bisabuela y era tan vieja, que se manejaba con un pedal. De hierro, algo oxidado, pintado de negro. La madera de su superficie era de nogal. Hacía ruido cada vez que tejía un punto cosa que, en lugar de generar desagrado, se volvía algo  inspirador.

            Tenía las uñas cortas, llenas de padrastros y siempre estaban pintadas de negro. A pesar de utilizar una crema, que ella misma fabricaba y por la que presumía de ser muy efectiva, tenía las manos secas. Su hogar olía a Alicia: un tabaco que no era tabaco. Ofelia sabía que no llevaba nicotina, aunque se fumaba igual. Hasta cierto punto aquello debería de ser más sano, o eso suponía Ofelia. Olía a lavanda y algo cítrico que recordaba al limón o al pomelo. Su casa tenía aquel aroma en las paredes cosa que, lejos de ser molesto, otorgaba el deje característico de estar en los lares de una bruja.

            Los padres de Drusilda habían muerto por ser gitanos y hacer uso de la ciencia pagana. A ojos de la mayoría estaban haciendo apología a cosas tan peligrosas como lo era medicina natural y el esoterismo; cosas en desuso, que podían llegar a convertirse en una amenaza. Porque el ser humano había olvidado por completo los ritos que tiempo atrás los habían ayudado a convertirse en civilización: las danzas de lluvia, las hogueras purificadoras, la magia dentro de los astros... Así que los padres de Drusilda terminaron en una cárcel que molió sus almas desde los cimientos. Y su vida se consumió como se consumían los cirios blancos que su hija encendía todas las noches, rezando en vano para que regresaran. Porque la magia no podía hacer nada frente a las garras frías de la tecnología, que lo convertía todo en metal; como si aquello fuera capaz de reemplazar la subjetividad de los sueños.

            El médico dijo a Drusilda que sus padres tenían un brote nuevo de zika, como consecuencia de haber bebido agua contaminada en su encierro. Nadie había visto cómo eran las cárceles desde dentro: solo tenían el privilegio los empleados de gobierno. Pero mucha gente murmuraba que aprovechaban a los presos para la experimentación médica. Así que Drusilda pensó que en la batalla entre la magia y la ciencia, había ganado la segunda. Y aquello, desde luego, era coherente: tan solo había que echar un ojo a su ciudad. A cómo se habían erigido los muros de hormigón, las aceras, la línea ferroviaria... Era un mundo racional y frío. Tan frío que dolía el pecho solo con pensarlo.

            Así que Drusilda fumaba Alicia en la seguridad de su hogar en busca de respuestas. Reluciendo con su magia como la última estrella en el filmamento, que renunciaba a perecer frente a la contaminación lumínica de una urbe que ya había engullido a sus hermanas.





.

 

         Soy un proyecto malogrado por los años. Soy aquella a la que prometieron el papel de princesa pero luego le cedieron el cartelón de bruja. Una bruja-sapo con lazos, pero sapo. Hay madrugadas en las que me cuesta dormir, porque todavía espero que venga alguien a romper el hechizo. Qué aparezca mi hada madrina para decirme «Esta vida en realidad no apesta tanto, princesa», y yo entonces creérmelo a pies juntillas.

         Quiero qué la quimera de un mundo feliz me devore: drogarme con ella hasta perder el sentido. Después, qué me lleven a un centro de desintoxicación de ilusiones rotas. Pasar el mono y encontrar un trabajo qué no me llene en una existencia que no me representa. Y volverme a intoxicar, porque esta vida es tan puta qué nada importa. Morir y resucitar todo el rato. Olvidar durante unas horas para luego redescubrirme como una desgraciada. Una bruja-sapo desgraciada con lazos. Una bruja-sapo que no alcanza a tener ni hada madrina ni zapatos de cristal.



 


[Retomando la escritura después de muchísimo tiempo]


           Ofelia tenía tan solo catorce años la primera vez que vio a Daria. Fue en uno de sus discursos, con sus característicos labios pintados de rojo y aquella confianza en sí misma de la que Ofelia tanto carecía. Daria era menuda, delgada —como la mayoría de gente en aquella época de hambruna— y llena de esperanza. Tenía el cabello castaño claro sobre sus orejas, recogido con una coleta en la que no atinaban a entrar todos los mechones. Algunos se escapaban, demasiado cortos y rebeldes para alcanzar la goma del pelo. Sus ojos eran almendrados, algo pequeños, y del azul del mar. Sus pantalones vaqueros estaban gastados, igual que su camiseta raída de tirantes. Pero, aun así, Daria era feliz porque cargaba a cuestas una esperanza que siempre la empujaba a sonreír.

           —Las Damas de rojo estamos hoy aquí para vosotras, no para ellos. Aparecimos como la ilusión que despunta una noche sin luna. Y os vamos a liberar. —Hizo una pausa, solemne. —Qué el Partido no os engañe, mujeres, porque no somos libres. Qué no os engañen los hombres, mujeres, porque estamos doblemente cautivas. Tenemos dos grilletes: el de esta dictadura y el de nuestro sexo.

           Había gente entre el público que la abucheaba, otra que se mantenía en silencio con escepticismo y luego estaba Ofelia, que la miraba con admiración.

           —Es a nosotras a las que nos humillan y violan. Es a nosotras a quienes nos controlan mediante nuestra descendencia; cómo, cuándo y con quién la tenemos. Es a nosotras a quienes siempre nos han impedido ir a la guerra cuando, ignorantes ellos, no veían que la guerra la teníamos en el día a día: en nuestras casas. A veces el peor enemigo era nuestro marido y otras veces lo era nuestra impotencia al ver que no podíamos despegar las alas para volar.

           »Luego…, luego nos dijeron que éramos igual que el resto; o sea, igual que los hombres. Luego nos dijeron que habíamos alcanzado la igualdad. Pero no, compañeras, seguimos en guerra. En guerra para derrocar una dictadura que está dinamitando nuestro ideal de sociedad inclusiva. En guerra contra quienes se aprovechan del yugo de su masculinidad para convertirnos en esclavas. Y yo digo qué no: no quiero.

           »Nos convertimos en las Damas de rojo para recordar a nuestras compañeras, las sufragistas. Ellas se pintaron los labios de rojo aun a riesgo de que las tildaran de rameras o las lapidaran. Ellas se aliaron como compañeras en pos de un mundo mejor. Uníos a nosotras, mujeres.

           Ofelia aplaudió con ganas y, aquella misma tarde, robó el pintalabios rojo de su madre. Tomó entonces la tradición de llevar siempre los labios de aquel color en honor a las Damas de rojo, mientras se imaginaba con la edad necesaria para militar en ellas.   


           Ofelia, agazapada, observó a Ares. Estaba frente a ella con una sonrisa burlona bailando entre sus labios. Era muy alto, mediría por lo menos uno noventa, de piel canela. Tenía pecas en la nariz y en parte de los pómulos, igual que en la zona de los hombros, el centro del pecho y la espalda. Lo había visto sin camiseta cuando iban a nadar a la playa y se había quedado intimidada por la forma en la que se forjaron aquellos músculos. Tenía los pectorales muy marcados, en conjunto con gran parte de sus abdominales. La columna delimitada, también, por sus oblicuos.

           Sus ojos eran grises, como los que tenía su hermano Mercurio. Aunque los de Ares quizá fueran más distantes o fríos; cosa que iba a juego con su carácter huraño. Hacía poco que se había animado a entrenar con él, aunque tampoco estaba segura de estar haciendo lo correcto.

           Todo fue dado por la muerte de Daria. Las Damas de rojo, decían, habían muerto junto a su fundadora. Ofelia, por desgracia, no se había podido despedir de ella. Nunca más se iban a escuchar aquel eco de equidad que tanto aspiraba a representar a la mayoría silenciosa femenina. Una bomba, venida a manos del Estado, había fulminado a gran parte de las integrantes. Drusilda, su amiga, lo auguró en su baraja. Lo triste fue que, como era bruja, la tomaron como loca. Sus palabras, como siempre, caían en saco roto.

           Drusi estaba fumando algo envuelto en papel púrpura: ella lo llamaba Alicia, porque la ayudaba a descubrir la verdad de las cosas. Tenía muchos libros de conocimientos arcanos que la llevaban a memorizar y averiguar sus hechizos; en uno de ellos encontró el origen de la palabra «Verdad», que era considerada antónima de «Olvido». En castellano evolucionó a Alicia, así que tomó a aquel canuto púrpura como si fuera su hija. Exhaló el humo blanco y denso, luego habló: «Acaba de aparecer la carta de El juicio sobre la mesa. —Hizo una pausa. —Acaba de aparecer la carta de La muerte sobre la mesa. Esta semana, habrá una quema de brujas».

           Ofelia no la quiso creer porque, para ser sinceros, a nadie le gustaba asimilar ningún vaticinio negativo. Así que se mantuvo callada, contemplando el humo que inundaba la instancia mientras se preguntaba por qué el Estado castigaba tanto que la gente fumaba, cuando el humo de Alicia tenía un olor tan agradable a lavanda. También se preguntó si siquiera aquello tenía nicotina.

           —La quema de brujas tendrá una gran repercusión en el mundo—la increpó Drusilda, que tomó una nueva bocanada de Alicia. —El colgado sale al derecho, así que sus almas descansan en paz. Las brujas quemadas serán un sacrificio, como en el cristianismo lo fue la crucifixión de Jesús.

           Ofelia parpadeó y volvió a centrarse en Ares, que la acababa de dejar tendida en el suelo. A poca distancia de su rostro tenía el de su amigo; una palabra que siempre le amargaba en el paladar. Ares se quedó mirando los rasgados ojos de Ofelia, el largo y delicado tabique de su nariz y sus labios gruesos y rosados. Bajó entonces la vista hacia su pequeño, aunque insinuante escote. Tuvo el impulso de inclinarse para hundir su nariz en él. Sentir la piel pálida y suave hasta emborracharse y olvidar. Después salió de su ensoñación y se obligó a clavar su iris gris en el castaño de Ofelia.

           —No estás en lo que deberías estar —farfulló, más molesto consigo mismo que con ella—. Creía que desde la muerte de Daria deseabas resucitar a las Damas de rojo; por eso te dije de entrenar.

           Ofelia movió sus manos con lentitud sobre los bíceps de Ares, todavía en tensión por la postura en la que la cubría. Conmocionado, Ares se retiró.

           —Tu cuerpo ha cambiado mucho estos tres últimos años —musitó, sin querer admitir lo amedrentada que estaba por aquella masa de músculos—, probablemente a ti te cojan para la Resistencia; todo el mundo te admira. —Para Ares aquella admiración era agria: estaba aderezada con miradas de lástima por la muerte de sus padres o de preguntas sobre si aquella fue la razón por la que decidió formar parte de la revuelta. En ocasiones tenía la sensación de que el respeto era lo mismo que el miedo, solo que sosteniendo una careta.

           —Hemos cambiado todos, en general —musitó, incómodo—. Cada pérdida se lleva un pedazo de nosotros, hasta que de acumular tantas solo nos quedan jirones. Entonces nos vemos obligados a construirnos de nuevo sin alguna de las piezas más importante de nuestro rompecabezas.

           —Me siento perdida, ¿sabes? 







Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

Érase una vez...

Eres el visitante número...