Mostrando entradas con la etiqueta Asesinato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Asesinato. Mostrar todas las entradas

Latidos


       Te tomo por el cuello y te estampo contra los ladrillos la pared. Te retuerces sin aire. Me miras con tus ojos oscuros y me olvido entonces de quiénes somos. Pupilas dilatadas, boca reseca. Un jadeo. Buscas aire porque no respiras. Retengo el oxígeno y me quedo también sin aire. Tienes el pelo húmedo por el sudor; estás horrible, cariño, pero sigo viéndote perfecta. Me miras con tus ojos oscuros y fuerzas una sonrisa muerta. Muerta, como mis augurios de futuro.

       Acerco mi rostro hacia tu garganta, donde te estrangulo con mi mano derecha. Pum-pum. Pum-pum. Te miro con mis ojos oscuros, también, y siento cómo tragas saliva con dificultad. La sonrisa se ha borrado de tus labios. Quiero probarlos, pero no lo hago. Intentaste matarme, cariño, y ahora estás horrible. Aún sigo viéndote perfecta. Me suplicas por tu vida con aquella pose. Inocente, lo que nunca fuiste, lo que nunca seremos. Pum-pum. Sigue latiendo pero dejará de hacerlo. Siempre te amaré, ¿lo sabes?

       Ese nosotros se marchitó cuando blandiste aquella navaja. Tan perfecta cicatriz me dejaste en el pecho que no puedo hacer otra cosa que atesorarla. Llegó la hora, cariño. Te inclinas hacia mí y algo muerde mis entrañas. Tu navaja me saluda, de nuevo, y caigo al suelo. Jadeo. Pum-pum. Pum-pum. Nuestros latidos se revolucionan, se acompasan. Los escucho como música mientras siento un intenso mareo.Te incorporas con dificultad mientras sacas la lengua para lamer el filo de tu navaja. ¿Es dulce, cariño? Quiero preguntarte, pero colapso en la acera. Bésame, lo necesito. Te pierdo, me pierdo, y no quiero.




Psico



        Te rompo, te parto, te desgarro, y me sumerjo. Gira, se descompone, se quiebra, y me sumerjo. ¿Dónde estoy? Me miras con tus ojos. Te devuelvo la mirada mientras te siento temblar. Ausente. Te disolviste como la pintura de un lienzo al que le echaron aguarrás. Te descompuse, ¿cierto? Me encanta, me pierdo. Siento tu calor escaparse, llenarme. Exacto. Me llena; me siento lleno. Y vivo. Me sumerjo de nuevo.

      Estás ahí, en el suelo. Tan bella, tan rota. Me enamoran tanto tus pedazos que sonrío con todas mis fuerzas. Tomo aire. Exhalo. Inhalo. Exhalo. Tan caliente. Tan mojada. Tan muerta. ¿Es eso sangre? Cómo brilla, cariño. Refleja los focos del techo, y es negra. Oscura. Me absorbe y me encanta. Me sumerjo en ti, me pierdo entre tus restos. 

       Arte, hice de ti una hermosa obra de arte. Soy tu demiurgo pero no lo sabes. Ojalá pudieras verte; tan bella. Estás más fría: ahora me gustas menos. Quité el calor y la humedad de tus restos. Te volviste algo horrible. Mis obras se marchitan al poco, y las aborrezco. Por eso siempre necesito más.





Crónica de Estocolmo


         Ariadna se despertó en aquella habitación. Su cuerpo estaba desnudo y envuelto por los imponentes brazos de un Duncan que parecía estar más que cansado. Tenía los ojos cerrados y una mueca en su rostro que, de algún modo, suavizaba aquellos rasgos tan imponentes. La sábana alcanzaba a cubrirlos pero, aun así, estaba enredada entre las piernas de ambos, dejando al descubierto su desnudez.

         A su mente acudió la imagen de cómo se entregó a él anoche; desinhibida, con abandono. Buscaba perderse, olvidar de algún modo aquella situación que había tenido que sobrellevar aquellos días, y solo sentir. Y en aquellos instantes, cuando ya no estaba perdida y envenenada por su propia rabia, veía las cosas con claridad. Había sido estúpida; tan estúpida... Y ahora estaba desnuda, como si no llevar ropa fuera un insulto a su dejadez, y se sentía tonta. Se acababa de poner en evidencia y lo peor de aquello era que no había vuelta atrás.

         —¿Qué cojones....? —atinó a escuchar. La puerta estaba abierta y, tras ella, se presentaba la imagen de Thiago, el asesino de mamá. Tenía sus ojos marrón tierra húmeda abiertos por la sorpresa y su rostro contorsionado en una mueca entre la incredulidad y la ofensa.

         Duncan se incorporó desnudo como Ariadna; solo que él no parecía denotar ningún tipo de timidez ante su tesitura. Sus gruesos brazos estaban tensos y sus abdominales ondearon cuando terminó de erguirse. Thiago, enfrentado contra él, daba la sensación de no tener ninguna oportunidad de vencer. Incluso aunque Duncan estuviera desnudo o desarmado llevaba aquella aura tras de sí de ser capaz de eliminarlo con tan solo un parpadeo. Destilaba una fuerza y poder que contraponían el modo en el que se cubría Ariadna, en evidencia por sus circunstancias.

         Los ojos azules de Duncan, tan similares al acero, lanzaron una mirada inexpresiva a Ariadna que, supo, sería la última. Iba a morir. Muerta como mamá el día en el que todas sus ilusiones se desvanecieron; muerta como la oportunidad de escapar de aquel lugar y volver a la vida simple que tanto echaba de menos. Iba a dejar un cadáver patético y estúpido en aquel antro: el de una chica que fue tan imbécil para acostarse con su asesino. 

         La iba a matar, lo sabía, y aun así anoche se lanzó a por él en busca de un resquicio de olvido; de ausencia de pérdida y dolor. Y lo que era todavía peor, todavía más desquiciante, fue el hecho de que no le importara; de desear terminar con aquello. Irse con mamá; morirse como mamá. Perder la vida y dejar de sentirse en evidencia, cautiva bajo aquellas cuatro paredes. Al fin todo iba a terminar.

         —Te dije que no la tocaras ¿Qué cojones se te pasó por la cabeza? —quiso saber Thiago.

         Duncan no contestó; o al menos no lo hizo con palabras. Se inclinó levemente hacia un cajón de la mesita y extrajo de su interior algo afilado. Ariadna tragó saliva y sopesó durante unos instantes si aquella forma de morir le iba a resultar muy dolorosa. Lejos de estar desesperada su aura destilaba la tranquilidad de aquellos que habían perdido la esperanza. Muerta. Muerta como mamá; al fin muerta como mamá.

         La diminuta daga salió volando e impactó contra la frente de Thiago, quien no tuvo oportunidad de reaccionar. Su cuerpo se estrelló contra el suelo como lo haría un saco de patatas; burdo, inerte. Sus ojos marrones lanzaron una mirada entre la incredulidad y el horror hacia Ariadna, mientras se convulsionaba y se escurrían entre sus lagrimales gotas de sangre. La moqueta se inundó del reguero rojo que se escapaba, también, de su frente y boca. Muerto. Muerto como mamá.

         Ariadna supo que la imagen de aquellos agonizantes ojos iba a quedarse grabada con más fuerza, incluso, que el acero azul del iris de Duncan. Y sopesó que, además de aquello, la mueca de disgusto en el rostro de Thiago iba a juego con la que tuvo mamá cuando le pegó aquel disparo. Los dos habían perdido la vida a traición y aquello se sintió como algún tipo de justicia trágica.

         —¿Por qué...? —articuló Ariadna en apenas un susurro.

         Duncan se acercó hacia ella con naturalidad; como si aquella escena careciera para él de importancia. Su mirada fría la recorrió de arriba a abajo, como si tratara de cerciorarse de algo. Acto seguido le tendió la mano y Ariadna la tomó desconcertada.

         —Vístete, nos vamos.

         Durante su estancia en aquel lugar jamás se le habría pasado por la cabeza que aquello fuera posible. Las mismas manos que habían arrebatado tantas vidas estaban frente a ella dispuestas a defenderla; dispuestas a enmendar todo lo que había perdido aquellos días. Ternura, debajo de su miedo y desdicha, Ariadna sintió mucha ternura.



         No me gustó cómo me quedó la historia. Como de costumbre debí de dar más información acerca de todo. De todas formas aquí tenéis el link para quien quiera leerla entera.






Fuego gris



           Estabas en el suelo moribunda y cansada. A pesar de llevar una semana encerrada en aquel zulo, el fuego de tu mirada continuaba intacto. Cuando fijaba mi vista en tus ojos, me daba miedo. ¿Cómo era aquello posible? Incluso habiéndote sometido a dolor y necesidad te mantuviste impertérrita, sin temblar; sin ningún atisbo de pánico o duda. Y me desafiabas mirándome fijamente, tratando de desentrañar lo que ocultaban mis pupilas.

           Empezaba a cuestionarme mis acciones: ¿Hacía lo correcto teniéndote cautiva?, ¿por qué todos querían tu muerte? Fuera de la evidencia de que tuvieras una entereza envidiable seguías siendo débil físicamente. Si quería matarte, si me cansaba de tenerte entre aquellas cuatro paredes, podía hacerlo. Y en cambio nunca levanté mi mano para hacerte daño. ¿Por qué? Estúpido, me sentía estúpido, y una parte de mí me gritaba que me estabas sometiendo.

           Sólo con tus ojos, sí. Sólo con tus ojos me hacías darme cuenta de que yo era un ser horrible y que tú estabas por encima moralmente de mí. Qué no te asustaba. Desapego; practicabas el desapego incluso hacia tu propia vida. Y eso, también, me hizo sentir peor. A tu lado yo era un cobarde y quería dejar de serlo: parecerme un poco a ti. Me estaba degradando, debilitando, y tú eras la responsable. Con esos ojos grises estabas asesinándome de la forma que más dolía: desde dentro.

           Fue entonces cuando empezaste a hablarme. Abriste la boca y emitiste dos palabras «¿Estás bien?» a modo de pregunta. Y quise burlarme de ti; la idea de que alguien en una situación tan precaria como la tuya dijera aquello rayaba lo absurdo. Pero no, viniendo de ti tuvo sentido. Tu Yo era superior al mío, que desde que tuvo uso de razón era una amasijo de inseguridades y terrores pasados. Comencé a contarte cosas sobre mi vida, sobre mí mismo, evidenciando que en el fondo uno de mis problemas siempre fue que nadie me escuchaba. Tú asentías, me sonreías, e incluso llegaste a preocuparte por mí. Por la persona que te había encerrado y arruinado tu libertad.

           Me rompí. Llegada la situación en la que te vi tambaleante, con pocas fuerzas por la escasez de comida y agua, terminé haciéndome añicos. Aun casi al borde de la inconsciencia te mantuviste fuerte y me sonreíste como si trataras de relajarme y darme a entender que no estabas enfadada, que yo siempre fui para ti una buena persona. ¿Y qué pasó entonces? Pasó que lo dejé todo, que a pocos días de que terminara el pacto de tu secuestro me fui contigo. Te saqué del país, te di supervivencia, y te pedí perdón por tratar de apagar el fuego de tus ojos grises que, aunque en un principio odié, se terminó convirtiendo en la luz de mis noches más oscuras.





~

 

 El asesino recorrió lentamente el sendero que le conduciría a su muerte. Los grilletes de sus pies y manos producían un desagradable sonido a cada paso que daba. La multitud, que le aguardaba frente a la horca, empezó a lanzarle tomates y a abuchearle enérgicamente.

El asesino suspiró y sonrió de manera forzada; su muerte, en lugar de ser algo frívolo y horrendo, era un motivo de festejo. Finalmente, desaparecería de la faz de la tierra y con ello concluirían todas las defunciones precoces que solía ocasionar.

¿Acaso era justo tomarse una vida tan a la ligera? Posiblemente, la multitud en el fondo no se diferenciara tanto de él. El ser humano es muy hipócrita.

Los gritos de aprobación del público hicieron acopio con vehemencia; satisfechos de contemplar al cadáver, inerte y repleto de tomates, balanceándose ahorcado.


 
 
 

Remember II



Leer primera parte aquí.

El asesino, con reticencia, empezó a narrar la historia de Paola, pues aunque había ocurrido cinco años atrás podía recordarla con una nitidez increíble; como si acabara de acaecer pasadas unas horas.

Al asesino le habían encomendado matar a Paola, hija de la famosa familia Tattaglia, perteneciente a la Cosa Nostra.

Los Moretti, los cuales habían ordenado el asesinato de la chica como venganza hacia los Tattaglia, enseñaron al asesino numerosas fotografías de la joven para que de ningún modo se pudiera olvidar de su rostro. Paola era una chica no muy alta, delgada y de largo cabello azabache; al asesino le asombró la longitud de éste, el cual le llegaba hasta más de media espalda, cayendo suavemente sobre sus hombros.

Numerosas noches,
el asesino se había quedado pensativo vislumbrando los ojos de Paola en sus fotografías; eran verdes en la parte exterior y de diversos tonos que variaban entre el azul y el gris en la zona más cercana a la pupila habitualmente dilatada. Dicha pupila relucía de manera tímida sobre su iris, denotando una ternura e inocencia que recordaba al brillo de los ojos de los niños pequeños.

Cuando el asesino vislumbró a Paola en persona pensó que estaba en un sueño. Tan acostumbrado se encontraba a observarla en fotografías que su subconsciente la concebía únicamente como unos pigmentos en una hoja de papel. Dudoso, cayó en la cuenta que aquella chiquilla de dieciséis años de edad en lugar de ser una imagen que recibía por fax cada madrugada de parte de los Moretti, era su enemiga.

El asesino, en aquel instante, fue consciente de la magnitud de sus actos y pensó en echarse atrás y no eliminar a Paola. Pero entonces, ¿qué haría? Su familia estaba endeudada a más no poder, y de aquella manera podía saldar su cuenta pendiente y evitar que los Moretti hicieran daño a todos sus seres queridos. La situación estaba clara: o la vida de Paola o la de sus familiares.

Con pasos exteriormente seguros se aproximó a la chica, la cual se hallaba a espaldas suyas, haciendo cola para comprar algodón de azúcar. Estaban en la feria local y los guardaespaldas de la joven se encontraban en paradero desconocido. Según tenía entendido el asesino, a Paola no le agradaba ir con escolta; afirmaba que era renunciar a su intimidad, y por ello trataba de librarse en la mayor medida posible de la vigilancia impuesta por su padre y capo de los Tattaglia.

El asesino colocó su pistola con silenciador en la nuca de Paola, ésta al distinguir la boquilla fría del arma se puso rígida, temiendo lo peor.

—Cierra el pico si no quieres manchar a toda esta gente con tus sesos —espetó el asesino tratando que no le temblara la voz.

Paola no articuló palabra, y se dejó dirigir a un callejón
sin salida cercano a la feria . El asesino la colocó de espaldas a un contenedor negro el doble de alto que ella. Ahí no les podía ver nadie.

Paola se asustó por la apariencia del asesino. Era un tipo alto; mediría uno noventa, aproximadamente. Su cabello era oscuro, de un tono azabache. Sus ojos también eran igualmente oscuros; hasta el punto de no poder distinguir la pupila en ellos. Paola pensó que tal vez la iba a matar porque aquellas dos ventanas hacia su alma estaban vacías; para ella el asesino no era humano.

El asesino sacó el arma, oculta por la longitud de la manga derecha de su chaqueta de cuero negra. El cuero de la chaqueta crujió cuando el asesino movió su brazo para mostrar su pistola. Paola tragó saliva.

—¿Cuáles son tus últimas palabras?

Continuará.





Al alba



Los hombres vislumbraron el amanecer siendo plenamente conscientes de que sería la última salida del sol de su vida. No tenían miedo; sabían que la lucha en la que habían participado no concluiría con su muerte, mas el éxito de su guerra terminaría por llegar.

Se miraron a los ojos entre ellos, inquietos. Algunos lloraban, otros rezaban, y otros anhelaban tener una nueva oportunidad para el cambio. Ninguno se arrepentía de lo que habían hecho. Estaba claro que cada uno de sus actos fue para defender a sus gentes; por una nueva oportunidad en la que hubiera justicia, y para demostrar que libertad no era utópica.

Muchos pensaron en sus familias; en sus hijos, en sus mujeres... ¿Qué harían ellos? ¿Cómo se podrían defender de semejante tiranía solos? Les intimidaba la respuesta a aquella pregunta. De todos modos eran fuertes; podían confiar en ellos.

El sol salía impasible tras una colina. El cielo se tiñó de tonos rojizos, los cuales contrastaban con las nubes que tenían reflejos dorados en su gaseosa y esponjosa estructura. Aquel destello rojo sangriento del cosmos, parecía tener intención de mostrarles el futuro color de la hierba que pisaban los ejectutados cuando aquellos hombres les dispararan.

Entonces fue cuando escucharon gritos e insultos; empujones, golpes... Estaban de espaldas a aquellos fusiles, no obstante, ya sabían que aquel aliento que inhalaban sería el último. Cerraron los ojos amargamente y únicamente pensaron en el amanecer que se hallaba ante ellos.












Si sois españoles sabéis de lo que os estoy hablando, y sino, wikipedia. Dioss... tengo un catarro importante; no puedo más -.- Lamento si hay alguna errata e incoherencia, no estoy para releerlo todo; cuando me encuentre mejor, lo corregiré ._.





Dispara

Image and video hosting by TinyPic

Y simplemente clavé con ahínco mi mirada en la suya, tratando de fundirle con mi rabia, ira e impotencia. Él sólo se rió de mí de manera grotesca, disfrutando con un gozo casi enfermizo de mi situación.

—Dispara —articulé con suavidad contenida—, ¿a qué estás esperando?

Él no me contestó, sólo me contempló con interés. Su arma se encontraba cautiva entre sus dedos, con el cañón apuntando al arenoso suelo.

—¿Tienes miedo? —me preguntó con sorna contemplando mi tembloroso y mortal cuerpo.

Me mordí la lengua; no pensaba contestar algo que delatara mi terror y le otorgara más placer siniestro. Mantuve mi mirada gacha.

—Dispara. He perdido —insistí con suavidad.

Él vaciló durante unos escasos instantes; parecía entre divertido y asombrado.

—¿Tienes miedo? —me volvió a interrogar.

Suspiré con suavidad; me costaba respirar, poco importaba lo que me esforzara por ocultarlo.

—Tengo frío —dije simplemente—. Dispara, ¿o es que... no quieres cobrar tu deuda?

Él no habló.
Cerré los ojos a la espera de la oscuridad.

~



La chica sonrió, antes de llevarse la mano impregnada de la sangre de su víctima a la boca; lamió el líquido escarlata con lentitud. Su mirada desafiante se clavó en la del hombre que había contemplado el asesinato.

Repentinamente su expresión cambió, se tornó aniñada e inocente.

—¡¡Ohhh!! ¿Podemos ir a la heladería? ¡¡Hace muchísimo tiempo que no tomo un polo de chocolate, y ahora que es verano tengo unas tremendas ganas de comerlo!!

El hombre le sonrió con suavidad, sacando un pañuelo de su bolsillo derecho.

—Vale, pero antes te tienes que cambiar la camiseta. ¡¡Mira cómo te has ensuciado!! —le reconvino suavemente haciendo referencia a las manchas carmesíes de su traje.

Nuevamente, los rasgos de la chica variaron; su gesto se volvió amenazador.

—¡¡Esa zorra hasta muerta tiene que joderme!!

Pasó su mano derecha —ahora limpia de la prueba de su delito— por su cabello castaño claro con suavidad; bajó la mirada al suelo con un deje de timidez que estaba lejos de sentir.

—Entonces... ¿Comeremos helado después de que me quite la sangre de la perra? —preguntó ella antes de empezar a dar saltitos expectante, de manera infantil.

—Claro que sí, cielo —contestó él. La chica se puso de puntillas y dio un beso a la mejilla del hombre.

—¡¡Te amo!! —gritó alegremente antes de agarrar al tipo del brazo.

Ambos se fueron de la escena del crimen sin mirar atrás.

La sangre del cadáver de la mujer se derramaba por la acera, fundiéndose con la basura del callejón donde se hallaba.

—¿Aún tienes los boletos que te dieron en el cine para un dos por uno en helados?
_________________________________________________________

O.o Muuuy macabro XDD. ¡¡Me encantó!! Aunque escribir sobre este tipo de cosas como os habréis dado cuenta no es mi fuerte -.-

Amo leer este tipo de relatos, ojalá los supiera escribir como es debido... T__T

En fin... He estado unos días con problemas de PC; menos mal que hoy se solucionó todo. ¡¡Casi muero al ver que la pantalla de mi ordenador no funcionaba!!

 
Mis Escritos Blog Design by Ipietoon