Remember II



Leer primera parte aquí.

El asesino, con reticencia, empezó a narrar la historia de Paola, pues aunque había ocurrido cinco años atrás podía recordarla con una nitidez increíble; como si acabara de acaecer pasadas unas horas.

Al asesino le habían encomendado matar a Paola, hija de la famosa familia Tattaglia, perteneciente a la Cosa Nostra.

Los Moretti, los cuales habían ordenado el asesinato de la chica como venganza hacia los Tattaglia, enseñaron al asesino numerosas fotografías de la joven para que de ningún modo se pudiera olvidar de su rostro. Paola era una chica no muy alta, delgada y de largo cabello azabache; al asesino le asombró la longitud de éste, el cual le llegaba hasta más de media espalda, cayendo suavemente sobre sus hombros.

Numerosas noches,
el asesino se había quedado pensativo vislumbrando los ojos de Paola en sus fotografías; eran verdes en la parte exterior y de diversos tonos que variaban entre el azul y el gris en la zona más cercana a la pupila habitualmente dilatada. Dicha pupila relucía de manera tímida sobre su iris, denotando una ternura e inocencia que recordaba al brillo de los ojos de los niños pequeños.

Cuando el asesino vislumbró a Paola en persona pensó que estaba en un sueño. Tan acostumbrado se encontraba a observarla en fotografías que su subconsciente la concebía únicamente como unos pigmentos en una hoja de papel. Dudoso, cayó en la cuenta que aquella chiquilla de dieciséis años de edad en lugar de ser una imagen que recibía por fax cada madrugada de parte de los Moretti, era su enemiga.

El asesino, en aquel instante, fue consciente de la magnitud de sus actos y pensó en echarse atrás y no eliminar a Paola. Pero entonces, ¿qué haría? Su familia estaba endeudada a más no poder, y de aquella manera podía saldar su cuenta pendiente y evitar que los Moretti hicieran daño a todos sus seres queridos. La situación estaba clara: o la vida de Paola o la de sus familiares.

Con pasos exteriormente seguros se aproximó a la chica, la cual se hallaba a espaldas suyas, haciendo cola para comprar algodón de azúcar. Estaban en la feria local y los guardaespaldas de la joven se encontraban en paradero desconocido. Según tenía entendido el asesino, a Paola no le agradaba ir con escolta; afirmaba que era renunciar a su intimidad, y por ello trataba de librarse en la mayor medida posible de la vigilancia impuesta por su padre y capo de los Tattaglia.

El asesino colocó su pistola con silenciador en la nuca de Paola, ésta al distinguir la boquilla fría del arma se puso rígida, temiendo lo peor.

—Cierra el pico si no quieres manchar a toda esta gente con tus sesos —espetó el asesino tratando que no le temblara la voz.

Paola no articuló palabra, y se dejó dirigir a un callejón
sin salida cercano a la feria . El asesino la colocó de espaldas a un contenedor negro el doble de alto que ella. Ahí no les podía ver nadie.

Paola se asustó por la apariencia del asesino. Era un tipo alto; mediría uno noventa, aproximadamente. Su cabello era oscuro, de un tono azabache. Sus ojos también eran igualmente oscuros; hasta el punto de no poder distinguir la pupila en ellos. Paola pensó que tal vez la iba a matar porque aquellas dos ventanas hacia su alma estaban vacías; para ella el asesino no era humano.

El asesino sacó el arma, oculta por la longitud de la manga derecha de su chaqueta de cuero negra. El cuero de la chaqueta crujió cuando el asesino movió su brazo para mostrar su pistola. Paola tragó saliva.

—¿Cuáles son tus últimas palabras?

Continuará.





Escúchame



Escúchame. ¿No puedes?

Deja que la lluvia lo cubra todo, que haga de velo protector entre ti mismo y tu alrededor. ¿Sabes lo sencillo que es llorar bajo el rocío de las nubes sin que nadie se dé cuenta? Nuestras lágrimas se mezclan con las gotas de la tormenta, y entonces, si lo deseamos, podemos aparentar ser felices delante de los demás.

Me gustan las tempestades marinas en las que el viento, los truenos y la caída de la lluvia me quitan la voz. Con ellas no tengo miedo de ser quien soy. Gracias a ellas no me esfuerzo en crear una careta para los demás; ese trabajo lo hace el diluvio por mí.

Escúchame. ¿No puedes?

Tal vez sea porque éste es un día encapotado en el que el cielo llora. Escucha chispear. Olvida mis palabras; deja que la lluvia te inunde. Descubre que todo lo demás carece de importancia.








Shit



La princesa Soledad se dio cuenta de que la mayoría de su dolor no era consecuencia de sus actos; ella sufría los golpes de los demás. Era el saco de boxeo de todos los errores de sus amigos y familiares; de las personas que la rodeaban, que actuaban sin pensar en que sus manejes podían repercutir en los demás.

La princesa Soledad se dio cuenta de que la amargura que cargaba a sus espaldas, a medida que acontecían los días, era más pesada. No tardaría en llegar el momento en el que la princesa cayera al suelo, incapaz de llevar encima tantas toneladas de angustia. Y entonces moriría por el peso de éstas. Y entonces podría descansar.

La princesa Soledad anhelaba encontrar amigos que la ayudaran con la carga de todos los malos momentos de su existencia; que le enseñaran a hacerlos pedazos y ser feliz. Pero la vida de Soledad no era sencilla, pues toda la gente de su alrededor se quitaba el peso de su espalda para endosárselo a ella frívolamente.








La señorita Ahufinger


La señorita Ahufinger se mantuvo callada, contemplando el rostro de su tío sin hablar; éste la miraba con desprecio, desquitando en la joven el odio que tenía hacia su hermano y padre de ella.

La señorita Ahufinger quiso gritarle y decirle todo lo que pensaba de lo que le hacía; proclamar que estaba hasta los cojones de sus gilipolleces y reprocharle su inmadurez al reflejar el cabreo que tenía con su hermano en ella, la única que no tenía nada que ver en el asunto.

Lo cierto era que la señorita Ahufinger ni siquiera había disfrutado teniendo un progenitor atento, pues jamás recordó que su padre ejerciera como tal o mostrara algún interés en ella. Y aún así, su tío la crucificaba afirmando que ella portaba el mismo rostro que su progenitor —siendo ello una burda mentira, pues ella era un calco a su madre—, y aseverando que tenía los mismos defectos que éste.

La señorita Ahufinger retenía sus lágrimas sin reclamar, ya que sabía que si abría la boca tenía las de perder. Y así acaeció la comida familiar en casa de su abuela; con la señorita Ahufinger sentada, vislumbrando su intacto y poco apetecible plato de arroz al horno con bacalao mientras su tío insinuaba que la joven tenía problemas de desnutrición como su padre al estar tan delgada y que era una niña rara, también por culpa de su padre.

Entonces fue cuando la señorita Ahufinger dijo «Hasta aquí», y tomó la determinación de cambiarse los apellidos.


Y seguidamente fue cuando se alegró al pensar que en cuanto hiciera todo el papeleo el «Ahufinger» materno no sería un mero apodo, sino pasaría a convertirse en un elemento fundamental de su DNI.




Remember



El asesino dejó el ramo de inmaculadas flores blancas sobre la fría lápida de Paola, seguidamente, se colocó de rodillas frente a la gélida sepultura de la chica, sacudiendo en el acto su cabello azabache; increíblemente liso y largo.

Los ojos avellana del asesino se mantuvieron fijos en el epitafio de Paola «Sustine et abstine», aquellas palabras significaban literalmente «Resiste y aguanta» y eran utilizadas por los soldados romanos en tiempos de guerra para hallar motivación en sus batallas. Aquellos vocablos le venían como anillo al dedo a Paola, pues eran la pura descripción de su vida.

El asesino, en todo aquel tiempo yendo a velar a la joven, había sido incapaz de conseguir vislumbrar la fotografía de la tumba de ella sin echarse a llorar; era como si aquel rostro femenino, fresco y dulce fuera el recordatorio de todos sus pecados, errores y culpas. Tal vez por ello hacía penitencia llevándole un ramo de rosas blancas cada domingo; trataba de conseguir su perdón.

El viento siseaba, jugando con las ramas de los cipreses; compañeros y testigos del errar lastimero, en aquel cementerio, del asesino. Dichos árboles, conectores del mundo de los muertos y del de los vivos, parecían estar en sintonía con las amargas lágrimas del tipo.

—¿Señor? —llamó una voz aguda e infantil desde la espalda del asesino. Era una niña de unos siete años de edad con la tez increíblemente pálida, tanto, que en ella se reflejaba el brillo de la luna. Sus ojos eran oscuros, de un negro profundamente vacío. Llevaba puesto un vestido morado, y en su cabello rubio platino tenía una rosa morada también, a juego con su ropaje.

—¿Qué haces aquí? —atinó a decir él con voz temblorosa; no se esperaba encontrar a una chiquilla sola a aquellas horas, en aquel lugar. Arqueó una ceja mientras la pequeña se acercaba dando saltitos hacia él.

—¿Dónde están tus padres? ¿Sabes que estar sin ellos a estas horas es peligroso? —inquirió él tratando de ocultar el rocío de sus ojos.

La niña no contestó, su única respuesta fue vislumbrar la lápida de Paola con curiosidad, balanceándose con los pies juguetonamente. Sonrió al asesino, el cual continuaba arrodillado frente a la tumba.

—¿Quién es ella? —demandó saber la pequeña con curiosidad, haciendo caso omiso a las preguntas del asesino. El asesino sacudió su cabellera.

—¿Dónde están tus padres? —insistió él cansinamente. La niña se encogió de hombros y jugó con la falda de su vestido.

—Les estoy esperando, pero me da la sensación de que tardarán en llegar —el asesino encontró un atisbo de cansancio y dolor en los ojos de la chiquilla. No hizo más preguntas, pero decidió quedarse con ella hasta que sus progenitores la reclamaran. Aquella pequeña no tuvo suerte con sus padres, pues al dejarla en aquel lugar desprotegida demostraban una clara dejadez hacia ella.

—¿Quién es la chica de la tumba? —volvió a insistir tirando de la camisa del asesino para llamar su atención—. Es muy guapa.

El asesino tomó aire; nunca había hablado con alguien de Paola y la idea de hacerlo con una nena demasiado inmadura para entenderle no le llenaba de dicha.

—Se llamaba Paola —dijo secamente.

La chiquitina puso morritos y frunció el ceño.

—¡¡Eso lo sé, bobo!! —le regañó—. Lo pone ahí —señaló la lápida—. Poco importan los nombres; son una manera absurda para diferenciarnos. ¡Lo que quiero saber es quién es Paola como persona! Que me digas si la conocías, si la amaste, si era familia tuya…

El asesino hizo una mueca ante las palabras precoces de la pequeña; ¿desde cuándo las crías de siete años eran tan elocuentes al hablar? Repentinamente se sintió incómodo.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó. La pequeña vació, antes de tomar aire.

—Más de lo que tú te piensas —dijo finalmente, antes de cambiar radicalmente de tema—. Te he visto muchas veces aquí, y me hacía ilu hacerme tu amiga, pero se ve que no quieres.

La niña hizo un puchero y se pasó la mano derecha sobre su sedoso cabello rizado color platino. Aquella visión, para el asesino, resultó hipnotizante; había algo sobrenatural en ella.

—No digas eso… —logró musitar él en tono bajo.

—¡¡Pues entonces dime quién es Paola!! —la chiquitina rompió a llorar.

El asesino apretó los dientes y se sintió responsable del llanto de la niña. Incómodo se peinó sus hebras azabaches, retirándolas de su rostro.

—Eres demasiado pequeña para entenderlo —dijo él, con suavidad, intentando que la chiquilla dejara de llorar.

Las lágrimas de la pequeña fueron en aumento, a juego con su berrinche.

—¡¡Está bien!! —gritó él rendido—. Te contaré su historia, pero no es un cuento de hadas, ni tampoco tiene un final feliz.

La niña se enjugó sus lágrimas con las mangas de su vestido morado. Sonrió amargamente.

—Son los finales tristes los que más huella dejan, los que nos hacen pensar. Cuando la princesa no tiene a su príncipe hace que nos preguntemos por qué es así y que intentemos hallar un modo en el que todo termine bien, aunque sea imposible.

El asesino nuevamente se extrañó por las palabras de la pequeña. Había algo que no cuadraba en ellas; o en aquella situación; o en aquel momento. Y sin embargo al asesino no le importó, pues aunque se tratara de una cría incapaz de entenderle la necesitaba. Anhelaba tener a alguien para contarle su pena antes de que ésta, le consumiera.

Continuará



*-*




Quisiera decirte muchas cosas
pero cada vez que lo intento me quedo muda.
Tu mirada me hace prisionera,
encadenándome a ti con fuerza.

Y entonces me vuelvo tu presa;
absorta y soñadora.
Con mi alma ávida de que la devores;
de estar contigo, de sentirte cerca.

Y entonces me vuelvo tu esclava;
con mi alma cautiva,
orgullosa de tus demandas.
¡¡Y sigo sin palabras!!

Quisiera decirte muchas cosas
pero cada vez que lo intento
me pierdo en un remolino
inhalando el aroma de las hebras de tu cabello.

Y entonces...
Y entonces...
Te amo.

Quisiera decirte muchas cosas
pero soy incapaz de expresarlas,
y es por ello
que me hice enemiga de las palabras.





Al Respirar



Cuando siento que me hundo en la profundidad del océano y me veo incapaz de encontrar fuerzas suficientes para subir hacia la superficie pienso en ti. Mi vida es un folio de un blanco inmaculado a la espera de que tú le des color; de que tu tinta tiña mi virgen papel.

Intento no respirar; no darle importancia al oxígeno que tanto necesitan mis pulmones. Intento no respirar; no depender del aire que me entrega tu boca.

Y entonces me doy cuenta de que te necesito. Te necesito para seguir adelante, para que tus latidos den sentido a los míos; para observar con vehemencia la promesa de un nuevo amanecer.

Cuando siento que me hundo en la profundidad de un océano, y me veo incapaz de encontrar fuerzas suficientes para subir a la superficie pienso en ti. Tú me das cada aliento que tanto ansío; tú pigmentas la palidez de mi existencia.








Nemo me



La mujer vislumbró los inertes ojos del desconocido, los cuales aún se apreciaban más vacíos al prestar atención en ellos. Aquel tipo era lo más monótono que ella hubiera visto en su vida; llevaba su cabello castaño cortado uniformemente, y su cara inexpresiva estaba absuelta de arrugas que denotaran la huella de algún tipo de mueca, prueba de cualquier emoción.

El traje de chaqueta que portaba con aire rígido, como si fuera una escultura hierática griega, era completamente gris; desde la camisa hasta su corbata de nudo windsor.

—¿Qué quieres? —inquirió ella incómoda. El hecho de que aquel títere se hallara en frente suya no le complacía en absoluto, sino le provocaba desconfianza y miedo.

El tipo se mantuvo callado durante unos segundos que a la chica se le hicieron eternos. Finalmente abrió la boca y pronunció en tono plano:

—Soy tú.

Confundida, la chica arqueó una ceja. ¿De qué le estaba hablando? Había algo en todo ello que no cuadraba. Molesta, pensó que tal vez se burlaba de ella.

—Imposible —anunció tajante entrecerrando los ojos.

El tipo sonrió, pero el tirón de labios no le llegó a sus ojos opacos, los cuales a la chica en aquellos instantes le parecieron increíblemente siniestros. ¿Acaso habría algo bajo aquellas ventanas con las que le miraba? El desconocido se aproximó a ella. La mujer retrocedió. Él se recolocó su corbata aún con su falsa sonrisa de pelele en la boca.

—Me llamo Nemo y soy el reflejo de todos tus miedos; tus terrores, pesadillas e inseguridades. De tus mentiras y traiciones. Soy tu presente y tu pasado, y también tu futuro. Soy aquel en el que te convertirás y en el que te has convertido. Me alimento de ti.

La mujer, aterrorizada, únicamente atinó a tomar aire. No entendía lo que le decía; nada tenía sentido. ¿Por qué? ¿Por qué aquel hombre gris, aquel pedazo de masilla, afirmaba ser todo lo que era ella? Suspiró tratando de normalizar la velocidad de sus pulsaciones, y forzosamente inspiró, a la par que se mentalizaba para preguntar algo que no estaba segura querer saber.

—¿Por qué?

El tipo clavó sus apáticos ojos en ella. La mujer se sobrecogió; al contemplar con fijeza su dilatada pupila temía hundirse en el pozo de aquel agujero con el que supuestamente él la estaba mirando.

—Porque tu respuesta ante el dolor fue dejar de sentir.









Al alba



Los hombres vislumbraron el amanecer siendo plenamente conscientes de que sería la última salida del sol de su vida. No tenían miedo; sabían que la lucha en la que habían participado no concluiría con su muerte, mas el éxito de su guerra terminaría por llegar.

Se miraron a los ojos entre ellos, inquietos. Algunos lloraban, otros rezaban, y otros anhelaban tener una nueva oportunidad para el cambio. Ninguno se arrepentía de lo que habían hecho. Estaba claro que cada uno de sus actos fue para defender a sus gentes; por una nueva oportunidad en la que hubiera justicia, y para demostrar que libertad no era utópica.

Muchos pensaron en sus familias; en sus hijos, en sus mujeres... ¿Qué harían ellos? ¿Cómo se podrían defender de semejante tiranía solos? Les intimidaba la respuesta a aquella pregunta. De todos modos eran fuertes; podían confiar en ellos.

El sol salía impasible tras una colina. El cielo se tiñó de tonos rojizos, los cuales contrastaban con las nubes que tenían reflejos dorados en su gaseosa y esponjosa estructura. Aquel destello rojo sangriento del cosmos, parecía tener intención de mostrarles el futuro color de la hierba que pisaban los ejectutados cuando aquellos hombres les dispararan.

Entonces fue cuando escucharon gritos e insultos; empujones, golpes... Estaban de espaldas a aquellos fusiles, no obstante, ya sabían que aquel aliento que inhalaban sería el último. Cerraron los ojos amargamente y únicamente pensaron en el amanecer que se hallaba ante ellos.












Si sois españoles sabéis de lo que os estoy hablando, y sino, wikipedia. Dioss... tengo un catarro importante; no puedo más -.- Lamento si hay alguna errata e incoherencia, no estoy para releerlo todo; cuando me encuentre mejor, lo corregiré ._.





Musa


Yo soy la musa de las letras;
cada vez que tecleo,
las palabras surgen
resueltas.

Yo soy la musa de las grafías;
prisionera de los vocablos;
de las razones e ideas
que toman vida.

Yo soy la reina de la imaginación;
aquella que monta los puzles
de cada historia
con satisfacción.

Mi deber siempre será
garabatear hasta la saciedad,
tejiendo un mundo de fantasía
con el que los niños podran soñar.

¿Sabes quién soy?




El Mundo Etéreo


La mujer maldijo en voz baja; no podía hacer nada. De ningún modo podía evitar la muerte de aquellas personas que estaban junto a ella, pues habían contraído una enfermedad cuya curación era imposible.

La mujer hizo un esfuerzo y construyó una sonrisa tan real que parecía creíble. Con reticencia, pensó que su actuación era lo mejor para aquellos niños, hombres, mujeres y ancianos. Sí. Si poco les quedaba de vida no merecían sufrir.

—Os tengo que hablar de un lugar, maravilloso —empezó en tono de cuento de hadas—, allí nunca hay miedo, hambre o dolor. Todo el mundo es feliz y por ello todos los que conocen su existencia desean conquistarlo. Su nombre es el Mundo Etéreo; en él yacen las almas que se ocultan en el interior de nuestros cuerpos.

Aquellas gentes la contemplaron extrañadas pero a la vez intrigadas por su discurso. La mujer apretó los dientes y clavó su mirada con mitificada firmeza en un punto fijo entre la multitud, para así similar que los contemplaba a todos.

—En el mundo en el que vivimos está prohibido nombrarlo, porque los que nos gobiernan son malos y quieren que pensemos que lo único que tenemos es lo terrenal —tomó aire—. Después de la vida humana hay algo más, y ese algo es hermoso. La tierra es un castigo; cuanto más suframos en ella más felices seremos al otro lado.

La mujer quiso gritar, y se odió a sí misma por pronunciar aquella verborrea de mentiras. La multitud que la envolvía recobró el brillo de sus ojos, anteriormente opacos. Gracias a su farsa aquellas personas serían dichosas lo que les restara. Su estómago se retorció de culpa. Bien, serían felices, ¿cómo consecuencia de qué? La mujer se forzó en no pensar en la respuesta a aquella pregunta.

—¡¡Entonces yo seré muy feliz!! —chilló un niño pequeño que se sostenía con un trozo de madera a modo de bastón—. ¡Perdí a mi hermana mayor y a mi papá! Y por las noches no puedo dormir por la fiebre que me viene a la madrugada.

La mujer asintió, antes de añadir:

—Lo serás, y además; ¿sabes qué? Tu mamá y tu hermana te esperan en el otro mundo. Tendrás dulces y todos los abrazos que no recibiste en vida de ellas.

El chiquillo lloró de la alegría, eufórico. Estaba extasiado, igual que todos aquellos que atenderon al discurso de la mujer sobre el Mundo Etéreo.

La mujer, angustiada, empezó a creer en su quimera, a nutrirse de ella; confiando en que tal vez, si su creencia era lo bastante fuerte aquel lugar se crearía solo y todo el mundo hallaría la paz.









Cristina&Diego&Paula




Cristina quiso ser sorda para no escuchar las palabras bonitas que Diego le dedicaba a Paula, y también ciega para no vislumbrar las caricias que le prodigaba. Ojalá pudiera dejar de sentir; ojalá con sólo desearlo dejara de importarle el chico.

—¿Qué te pasa? Te noto como ida... —le dijo Diego, preocupado.

Cristina se encogió de hombros compungida. Clavó su mirada en el suelo y deseó más que nunca ser invisible. No le parecía justo que nadie la tomara en cuenta en los asuntos del corazón, y que en los restantes, en los más hirientes, sí que contaran con ella. Lo ideal sería que ella ni pinchara ni cortara en ninguno.

—Nada —repuso casi sin voz; tenía la vaga sensación de que si hablaba más alto se notaría un temblor herido en su tono. Carraspeó con inseguridad.

De todos modos, ¿quién se iba a fijar en ella? La chica rolliza de ahí al lado. La niña tonta. Sí, por su sobrepeso en ocasiones la tomaban por gilipollas; como si una persona fuera retrasada por el mero hecho de que le sobraran unos quilos.

Lo peor para Cristina era lo crueles que eran las personas con ella, como si por tener una incorrecta masa corporal no fuera digna de su aprecio. Superficiales, en el mundo en el que vivía únicamente existían superficiales que le daban una excesiva importancia al físico; algo irrelevante que con los años se iría degenerando con el envejecimiento.

Cristina, si no fuera por que tenía la sensación de que Diego no se fijaba en ella por no ser su tipo al pesar demasiado, se sentiría a gusto consigo misma. En numerosas ocasiones había intentado ponerse a dieta por él, pero dada su ansiedad y su falta fuerza de voluntad terminaba dándose un banquete pasadas las doce de la noche, llorando por todas las desgracias de su existencia.




Una de las cosas que más detestaba Cristina era el instituto; lo que se lo hacía más soportable era que Diego iba con ella a clase; él había sido su único amigo durante años. Ahora el chico tenía a Paula, salían juntos desde hacía unos meses, y Paula la odiaba. Cristina había sido normalmente el centro de las discusiones de Diego y su novia; Paula deseaba que llegara el día en que Diego pasara del culo de Cris, y lo más decepcionante de todo era que Cris pensaba que éso tardaría poco en ocurrir.

Las discusiones de Paula con Diego disminuyeron cuando Paula se percató de que peleando con él no conseguiría nada. Ahora, su nueva técnica era el intento sutil de alejar al chico de Cris. Cristina se había dado cuenta nada más la ejecutó, Diego no. Poco quedaba ya para romper aquellos lazos de amistad que siempre la habían unido a Diego, y Cris no podía hacer nada para evitarlo. ¿Por qué? Porque Diego no la creería, pensaría que ése sería uno de los tantos desvaríos de la chica.

Por otro lado, Cris, en lugar de sentirse mal por las discusiones de Paula y Diego, era dichosa. Soñaba con el día en el que lo dejaran y Diego se fijara en ella; algo que, interiormente sabía que jamás ocurriría. No obstante, de las ilusiones también se vivía, ¿no?

El móvil de Cris vibró, anunciando la llegada de un sms. Sentada en el pupitre de su aula de Historia del Arte lo sacó por debajo de la mesa y miro qué ponía con curiosidad. «Seguro que es publicidad de Vodafone», pensó aborrecida.

Cris ncesto ayuda, toy en csa

Extrañada, se guardó su teléfono en su bolsillo. Era Diego; ¿qué le pasaba?

Si bien era cierto no se había sorprendido de que el joven no asistiera a clase, ya que solía faltar a la primera hora de la mañana para estar con Paula en su casa a solas. Algo había pasado entre los dos. Una sonrisa maliciosa se formó en los labios de Cristina. «No—se dijo—. Si de verdad lo quisieras no desearías que estuviera mal con ella; únicamente anhelarías su felicidad». Genial, ahora la chica se sentía culpable. Apretó los dientes y cerró los ojos. En cuanto tocara el timbre de cambio de clase iría a verle.



Diego se sorprendió al distinguir a Cris por la mirilla de la puerta de su casa; ella se movía incómoda mirando hacia todos lados por si alguien llegara a reconocerla. A Diego le divirtió el comportamiento nervioso de su amiga; Cristina García, la alumna modelo, estaba pelándose las clases. Sonrió internamente.

Cristina jamás había hecho ese tipo de cosas no por santa, sino porque tampoco era que tuviera a personas con las que hacerlo. Y finalmente, a sus dieciocho años de vida, había manchado su inmaculado expediente de asistencia. Rodó los ojos pensando en su penosa vida absuelta de locuras, pues aquella falta de clase sería lo más cerca de la rebeldía que estaría en mucho tiempo.

Diego le abrió la puerta. Cristina se sobresaltó al vislumbrar los ojos rojos, llorosos y ojerosos del chico.

—¿¡Qué te ha pasado!? —le interrogó ella, alarmada—. ¿Acaso has comido algo? ¿Estás enfermo? ¡¡Voy ahora mismo a la cocina a traerte algo!!

Diego sonrió; él siempre se aprovechó de las actitudes culinarias de su amiga, y como consecuencia, ella conocía su cocina mejor que él. Cristina sacó de la nevera pechuga y la empezó a freír.

—No te preocupes, en cuanto comas estarás mejor, creo —trató de tranquilizarle.

Los ojos de Cris se deslizaron ávidamente por las cortadas de carne friéndose en la sartén. Tenía hambre; estaba ansiosa, y la comida era lo único que la saciaba. Se odió a sí misma al pensar que una parte suya se planteó engullir la comida que su amigo tanto necesitaba. «Eres una gorda de mierda —pensó—, que sólo te preocupas por llenar tu grasiento estómago».

—¿De qué estás enfermo? —quiso saber ella, mientras daba la vuelta con facilidad a la pechuga de la sartén.

Diego suspiró, tratando de darse un tiempo antes de su confesión.

—¿Y bien? —presionó ella.

—Paula me ha dejado —musitó Diego, con suavidad—. Esta mañana ha venido a mi casa y me ha dicho que se ha dado cuenta de que ya no me quiere; que estuvo equivocada cuando me pidió salir. Lo que sentía por mí no era amor, sino una amistad muy fuerte que confundió.

En la habitación en la que estaban se produjo un silencio sepulcral, sólo roto por el sonido que producía el aceite al freír.

—Yo... —Cristina no se lo esperaba, y tampoco era que supiera qué decir en aquella situación.

Fue entonces cuando Diego la abrazó. La necesitaba; necesitaba estar con alguien con el que abandonar su indiferencia y su máscara de fortaleza. Se deleitó con el volumen de cuerpo de la chica, tan diferente al de Paula. Sí, necesitaba éso; algo completamente disímil a su amada; que le aportara cosas que Paula no tuviera.

Estrechó a su amiga con fuerza e inhaló el aroma de su cabello; tan ajeno a su ex-novia... Se sorprendió queriendo besar a Cris. Si lo hiciera, ¿qué pasaría? Necesitaba su consuelo, su calor... Quería estar al lado de ella; la única que no le había hecho daño; que no le había abandonado. Pero él no la quería, al menos no de la misma manera en la que deseaba a Paula. ¡¡Qué más daba!! Era Cris; ella siempre le había perdonado todo.

Y entonces fue cuando la besó sin caer en la cuenta de que no habría vuelta atrás, y que su juego le provocaría un daño a Cristina que jamás se podría reparar.









Problemas con el Cbox


Meh, seré breve. Antes mi blog tenía un "Mini Chat" en la barra lateral de la derecha —debajo de donde pone "No hay peores cárceles que las palabras"—, pero éste siempre estaba plagado de spam. Horrible, lo sé. Yo estaba hasta las narices de ver siempre publicidad de bots y gilipolleces por el estilo.

¿Cuál ha sido la solución? He colocado un Cbox nuevo —el mismo chat— modificado; le he añadido un reCAPTCHA, es decir, un código que debemos añadir antes de enviar el mensaje por el chat para corroborar que no somos bots.

Seguro que os suena. Mirad, es algo similar a esto:




Seguro que ahora sabéis lo que es; lo tienen muchas webs para evitar el spam. Meh, sólo avisaros que el Cbox os hará introducir varias veces seguidas el código reCAPTCHA; o sea, os pedirá que añadáis cuatro o cinco veces las palabras antes de darlo por bueno y dejaros enviar. Seguidamente podréis mandar lo que queráis sin necesidad de añadir el reCAPTCHA otra vez. ¿Okaay? Sólo informaros de éso, de que no flipéis porque el chat os pida varias veces el reCAPTCHA; si lo añadís bien las veces que lo exija podéis usar el chat.

Y ya no tengo nada más que decir. Sayonara~




._.




Entre la penumbra distinguí a aquellos jóvenes. Eran tres. Una de ellos, la chica con cabellos de sangre, murmuraba en voz baja un cántico en un idioma extraño que debía estar en desuso. Los otros dos tenían sus ojos cerrados y el rostro contraído en lo que identifiqué como mueca de concentración. Los tres estaban sentados alrededor de un círculo dibujado que tenía en su interior una estrella de cinco puntas. En cada extremo de la misma reposaban unos cuencos; cada uno repleto de sustancias indescriptibles y desconocidas para mí.

Aquellos chicos tenían a su espalda, un bosque de cruces, árboles marchitos y lápidas erosionadas por el paso de los años. La luna, increíblemente blanca, lucía amedrentadora sobre aquel cielo oscuro, solitario y opaco.

La chica de cabellos sangrientos chilló; no supe identificar si de pánico o dolor; tal vez fue una combinación de ambos. Sus compañeros, en cambio no se inmutaron; se mantuvieron estáticos; en trance. Y entonces fue cuando ocurrió. Cuando del interior de aquel círculo perfecto delineado a tiza al que parecían alabar, salieron los seres más repugnantes y terroríficos que jamás creí ver. Los monstruos de las películas de terror que acostumbraba observar eran inofensivos y adorables en su comparación.

Mi boca evocó un chillido agudo, teñido crudamente por mi desnudo pánico. Aquellos jóvenes no tenían nada que hacer; iban a morir.


She


Confundida la mujer trató de mitigar su dolor. Se vislumbraba al espejo y contemplaba su rostro en un intento de hallar qué era lo que estaba mal en ella. ¿Por qué? Sentía a millares a agujas bajo su piel, hiriéndola, haciéndole daño. Pero aquello no era dolor físico, no; iba mucho más lejos.

Entonces pensó que tal vez el daño terrenal mitigaría sus heridas espirituales. O no.

La mujer estaba perdida, no sabía ya quién era; se engañaba a sí misma con tal de no reconocer su imágen. Ahora era a una desconocida a la que distinguía en su reflejo; una chica que imitaba su más mínimo movimiento. No, ésa no era ella, ¿verdad...?, ¿verdad? ¡¿Verdad?!

La mujer se mantuvo inexpresiva, dándose cuenta que la mejor forma de superar su complejos y problemas era aceptarse a sí misma.








Los Amantes



Los amantes se miraron a los ojos, sabiendo que tal vez aquella sería la última vez que se vislumbrarían. El chico quería llorar de rabia y desesperación; la chica por el contrario se esforzaba tratando de no chillar maldiciendo aquellas desgarradoras circunstancias.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de todo el daño que se habían hecho el uno al otro. Se amaban, y a pesar de ello no pudieron dejar atrás su orgullo, sus celos, y su egoísmo. El amor en ocasiones no era suficiente.

La chica rememoró avergonzada las veces que había coqueteado con desconocidos delante de él, con la intención de demostrarle que ella no era suya pero que la cosa no ocurría al revés. Pensó entonces en su satisfacción cuando él la reñía, cuando se enfurecía y proclamaba a los cuatro vientos que ella le pertenecía.

El chico rememoró aquellas noches que había salido de parranda, en respuesta a la actitud que ella tenía con él, con la intención de llevarse a la cama a una Doña Nadie que olía a alcohol y colonia barata; cuya tez deteriorada por los vicios no se podía comparar con la de su amada. Seguidamente su aventura concluía con una retirada del local llevando el rabo entre las piernas, plenamente consciente de que en su mundo no existía otra mujer que no fuera ella. No obstante aquella salida no le era en vano, pues hallaba gozo en las preguntas indiscriminadas de su mujer sobre dónde había estado y en las numerosas marcas de propiedad que alojaba ella posesivamente en su cuerpo.

Ambos, tras recordar aquellas escenas, arrepentidos y pensando que áquel podría ser su último momento juntos, abrieron la boca y musitaron vehementemente «Perdón»; aquella palabra salió de sus labios al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo para articularla.

Debajo de la mesa en la que se resguardaban escucharon el estruendo que produjo la caída de un trozo de escayola del techo. El suelo temblaba cada vez con más fiereza. ¿Cuánto tiempo tardaría en hundirse su bloque de pisos? Aterrorizados se abrazaron, tratando infructíferamente protegerse el uno al otro.

Veinticuatro horas después encontraron a Los Amantes con las manos ensortijadas. El equipo de rescate intentó separar su unión de dedos sin lograrlo. Y así fue como se despertaron en el hospital, agotados y doloridos por sus varios huesos fragmentados. Felices; pensando que ya que les habían concedido una nueva oportunidad, la iban a aprovechar.




Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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