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Girasol y moscardón

Qué todavía sigo siendo el girasol que se ciega cuando mira hacia la luz. Y tú disfrutas de ello, como la bombilla que calcina al moscardón. Soy ese insecto que acude al reclamo del sol, como también soy —y tú bien lo sabes— un girasol al que se le secaron las pipas. Pobre girasol, qué se marchitó por los rayos de sol. De tanto esperar, le crecieron los pétalos como lo hizo conmigo el pelo. Antes mis hebras rozaban los hombros y ahora, en cambio, se deslizan hacia los confines de mi espalda. Desde entonces hasta ahora, ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Me quedé sola yo; madura como la manzana de Eva. Muérdeme.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde nuestra despedida? Todavía te veo difuminándote en la bruma de los días, de las horas. Y entonces siento que se restituyen las madrugadas húmedas de otoño: cuando me quejaba de que hacía demasiado frío y no tenía ganas de hacer el amor. Me ha cambiado tanto el pelo, como he cambiado también yo. Sin embargo, sin ser la misma sigo pensándote de mil maneras parecidas. Mis emociones oscilan desde el odio del moscardón hasta el éxtasis del girasol. Porque todo me arrastra irrefutablemente hacia aquello que vivimos y me incita a preguntarme por qué, aun siendo alguien distinta, continúo dándole vueltas a una página que trato con todo mi anhinco de arrancar, pero nunca lo consigo. Me he prometido, una y mil veces, dejar de dedicarte despedidas. Pero, como sigo siendo mi peor enemiga, me traiciono en cada oportunidad que me brinda la vida.

Des(hojado)

Cultivaron en mi tórax alfileres, que crecieron como madreselvas: fueron desde mi pecho hasta arriba, para bloquearme la garganta. Luego treparon hacia mis labios y los orificios de la nariz; por eso permanecía muda, sin espacio para respirar entre cada lágrima. La simiente llegó, también, a clavarse muy profundo en mi cerebro; donde posperaron inseguridades por cada alfiler. Fueron ellas quienes me tejieron el suéter de amargura, que siempre llevaba encima para arroparme del frío. 

Tengo un lastre en el corazón por el que temo no poder querer(te)me. A veces siento que la única solución es marchitar, como las hojas cuando llega el otoño. Ojalá rociarme entera de matarratas para perecer junto a las agujas porque, visto lo visto, lo más complicado de la ecuación es no hacer(te)me daño.

Lo que me queda de ti

Lo que me queda de ti es un cuadro con colores desvaídos. Una cicatriz que, algunas madrugadas, supura su ponzoña. También me quedan cuatro o cinco cosas que me regalaste y antes fueron tuyas, pero ya no. A veces las miro tratando de averiguar qué fue lo que las convirtió en lo que son ahora (objetos desangelados) y las alejó de ser el alfiler que se clavaba en mi pecho, cuando no era capaz de sostenerlas entre mis manos.

Lo que me queda de ti ya ni siquiera eres tú. Te diluyes entre la muchedumbre que orbita en mis días y noches. Mi rutina ya no es pensarte y la histeria que sufría cesó; mis lágrimas marchitaron en un adiós que parece firme. Mientras tanto, los resquicios de mí se yerguen para dibujarme como alguien distinta: más auténtica y con menos miedo.

Lo que me queda de ti es una página repleta de tinta, que antes quería arrancar pero ahora mismo solo ignoro. En mi vida existen más folios en blanco en los que, como bien sabrás, tú no estás.

Gris

Estabas ahí, mirándome con tus ojos grises. Estabas ahí, traspasándome y haciéndome sentir idiota. Y lo sabías; por supuesto que lo sabías. De hecho, creo que aquella era una de las cosas que más te gustaban. Te gustaba mirarme con el acero de tus ojos grises; de aquel iris que tantas veces me traspasó. Qué me abandonó. Qué me dejó rota.

—Cinco años —articulaste despacio, como si trataras de saborear tus palabras—, y sigues siendo la misma.

Abrí la boca con la intención de responderte algo mordaz para hacerme la ofendida, pero no salió ni una palabra de mis labios. Solo tomé aire en un suspiro pesado. Estabas ahí, con tus ojos grises. Estabas ahí de nuevo contemplando mis pedazos. Y me dolía ¿Cómo no iba a dolerme? Cinco años seguían sin ser suficiente.

Mi cuerpo ardía. Quería tocarte, sentir que estabas ahí. Abrí la boca, y no hablé. Tú en cambio sonreíste con sorna, mientras tus manos se pasearon sobre el respaldo de la silla del comedor. Lentas, se movían lentas como una caricia. Y la idea de tocarte me dolía tanto que parecía una tortura. Me mirabas con tus ojos grises, con el acero, con la herida que siempre estuvo ahí. Entonces me regalaste tu sonrisa impertinente, que avivó las llamas de un incendio nunca se extinguió.

—¿Recuerdas? Aquella noche cenamos comida encargada del restaurante de la plaza: tenías una tarjeta que cogiste de allí la semana pasada porque tenías la intención de invitar a cenar a tu hermana Tania, para que te perdonara que te olvidaras de felicitarla por su cumpleaños —me susurraste lento, cerca de mi oído. Yo me mantuve estática, de nuevo con esas ganas de tocarte, de nuevo abrumada por las circunstancias y tú, de nuevo, sobreponiéndote a mí; a ese nosotros que me destrozaba—. Justo aquella noche te quedaste a dormir a mi casa a ver una película.

Aquella noche, tu aliento me sumergió en algún lugar emocional y estúpido en el que no tenía control sobre mis impulsos. Tocarte, necesitaba tocarte y hundirme en aquel acero que me consumía. Quería tu calor: qué me consumiera tu calor hasta convertirme en cenizas.

—Por favor —atiné a murmurar—, ya basta.

Y tú me ignoraste con aquella pose segura que tan insegura me hacía sentir a mí. Me miraste triste; la tristeza en el acero, y algo más. Una tristeza que sin lugar a dudas poco tenía que hacer con la magnitud de la mía. ¿Alguien como tú podía estar más triste que yo? Tris, teza. Así era la cosa. Tristes los dos, pero, como era costumbre, yo más triste. Porque independientemente de lo que ocurriera la herida siempre iba a ser yo, igual que la triste. Tris, teza. La tuya pesaba menos, dijeras lo que dijeras. ¿Cómo el acero iba a estar triste si nació para ser frío? Ojalá dejaras de mirarme, de traspasarme.

Me ignoraste, como tratando de poner a prueba lo poco que dejaste de mí. Luego me miraste y me regalaste una pizca de inseguridad, de vacilación. Estabas triste, menos triste que yo, pero me ponías a prueba. Perdí la fuerza que me hacía mantenerme derecha y caí de rodillas al suelo. Siempre fui una dramática; una estúpida emocional que no estaba preparada para afrontar aquel tipo de circunstancias. Estaba rabiosa, avergonzada y mi grado de estupidez se había doblado. Tú me mirabas como lo hacías siempre y yo te sentí dos octavos por encima de mí. Siempre estuviste sobre mí en cualquier sentido de la palabra.

—Cinco años; han pasado cinco años —musité como una autómata—. Vete, por favor. No quiero saber nada de ti.

Roto, parecías tan roto como yo. Quizá fui yo, con mis delirios incoherentes, pero te vi roto. Quise llorar cuando te pusiste de rodillas a mi lado y tu mano acarició mi mejilla como si la estuviera atesorando. Me miraste con el acero consumido; menos frío, más líquido. Fundiste tu acero y creí verte adorarme como si fuera alguien mejor que tú. Te acercaste hasta que nuestros alientos se mezclaron hasta ser una única cosa. Y quise que me tocaras y olvidar. Solo fuego. Solo nuestro fuego.

Qué arda, pensé, qué nos ahoguemos en las llamas. Nuestros cuerpos se reconocieron y el vestigio de lo que fuimos se convirtió en presente de indicativo con un beso. Nos besamos con fuerza y fuimos una única cosa. Tus labios, tan húmedos, tan suaves, me susurraron en el oído algo que, para mí, fue música «Te necesito». Entonces te sumergiste en mí y todo, de algún modo, volvió a recobrar un sentido que en realidad nunca tuvo.

Drusilda y Ofelia


              Ofelia estaba triste, y aquello era algo para lo que la bruja Drusilda no terminaba de estar preparada. ¿Cómo alguien que era mes de marzo podía estar triste? Se suponía que era la fuerte, la líder. No un amasijo afligido. No un charco de lágrimas en el suelo. Ofelia estuvo mirando la taza de té sobre el hule de la mesa; del hule a la bebida, y viceversa. Sus pupilas color arcilla parecían encontrar algo estimulante en los girasoles estampados, como si quisiera que crecieran fértiles sobre su iris. La aprendiz de bruja se preguntó, vagamente, con cuánta facilidad se podrían encontrar respuestas en las flores. Quizá era más sencillo que en los posos de té. Debía de probarlo, algún día.

              —Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, como si la calma fuera una solución plausible. Sí lo era.

              —¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.
           
              —Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.

              Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió analizarla de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.

              —¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás: partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.



La Ofelia de Hamlet


         
No suelo hacer notas de autor porque para mí es molesto a la hora de leer y, en general, no me gusta. Este relato corto es una idea de lo que será una historia más larga; por eso se ve tan incompleto y es tan insulso. Leed con precaución. 


             Ares atravesó su ciudad. Diez años atrás le había parecido el lugar más maravilloso del mundo, pero ya no. Nunca más. Ya no quedaban aquellas inmaculadas aceras, que limpiaban unos divertidos robots con aspersores en lugar de bocas y cepillos redondeados en lugar de piernas. Primero lanzaban un líquido azul con olor a limón y luego removían la suciedad mientras decían «Una ciudad limpia para un país limpio». Los árboles también estaban limpios y eran lo que más favorecía a la idea del cuidado de las calles. Tenían las hojas de diferentes colores: algunas rosas, otras azules, naranjas, violetas o blancas. En ocasiones especiales todos los colores se combinaban en un único árbol que formaba un cuadro o fotografía famoso. El Guernica fue el último que vio; impreso en blancos, negros y grises. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», dijeron aquella vez los robots de limpieza, y Ares no lo pudo olvidar.

             Ya no quedaban robots de limpieza. Los árboles tenían hojas verdes, los troncos quebrados y las aceras estaban sucias y repletas de musgo; como si de alguna forma lo verde intentara imponerse sobre el resto de cosas. Verde que te quiero verde, pensó Ares, el verde de Lorca. No había nadie que gritara «Limpieza para la ciudad», porque la ciudad iba a estar sucia siempre. La diversión y el colorido habían pasado a un segundo plano en el que los niños no jugaban en el parque o se molestaban, siquiera, en salir de sus casas. 

          Continuó caminando por una calle cercana al parque al que iba a jugar de pequeño. En él pasaba las tardes jugando con Ofelia y Riley, que siempre se enfadaban porque era el más rápido al pilla-pilla. «Dile algo a tu hermano, Riley», protestaba Ofelia todos los días «Siempre viene a por mí; estoy cansada de tener que pagar». Riley se reía mucho de aquellas quejas y en sus mejillas salían unos hoyuelos que papá decía que se parecían a los de mamá. En secreto Ares lo envidiaba; él también quería tener algún parecido con mamá. Alguna que otra vez llegó a pensar que Riley era el hermano favorito por eso, pero nunca llegó a materializar aquellas ideas en voz alta.

             Ofelia era su vecina más cercana y se hicieron amigos de ella porque iban al mismo colegio e instituto. Se la encontraban por el camino a clase y ella se burlaba de ellos diciéndoles que los dos llevaban la misma mochila. «Parecéis clones, siempre iguales», solía reírse. Ares era el que más se indignaba por aquellas inofensivas bromas. Solía torcer la nariz y contestarle «Al menos nuestra mochila es más bonita que la tuya». Ofelia sacaba la lengua y les explicaba que su mochila era especial; la había cosido con la ayuda de mamá y papá. Aquello desencadenó en que, durante algunas tardes, fueran a casa de Ofelia a aprender a coser junto a ella para tener una mochila así de especial y auténtica.

             Era extraño aquello de coser, y un poco peligroso. Habían escuchado hablar de las agujas y el hilo pero nunca lo habían visto. Los robots costureros hacían aquellos trabajos; podían comprarse en muchas tiendas. Robots a los que les decías «Quiero que me hagas una mochila azul, con lazos y bordados de superhéroes», y listo. Solo había que esperar unas pocas horas a que trabajaran. 

             Los papás de Ofelia preferían hacer algunas cosas a mano y lo cierto era que estaba bien. Cuando terminaron la mochila se sintieron más orgullosos que nunca y se dieron cuenta de que, aunque fuera más costoso, aquello tenía más valor. Era algo suyo; tenía su identidad y sus huellas. Ares, incluso, llegó a arrepentirse de las burlas que le hizo a la mochila de Ofelia. Su amiga tenía toda la razón del mundo.

             Llegó a la entrada de la que fue su casa y, entonces, algo llamó su atención. Escuchó pasos; había alguien allí. No era de extrañar que en aquella ciudad vivieran personas. De hecho, era lo más lógico. Desde que se inició aquella guerra civil los ciudadanos salían poco a la calle, pero seguían viviendo ocultos en sus hogares. Quizá lo que impulsó su curiosidad fue la anticipación de que tal vez pudieran estar ocultos papá, mamá, Riley u Ofelia. Se acercó a la puerta y, de un golpe seco, la abrió. Hacía tiempo que las cerraduras electrónicas dejaron de funcionar en entornos como aquellos y tampoco era fácil hacerse con las rudimentarias que se empleaban en el siglo XXI. Había una cadena de protección que actuaba de tope para que no se terminara de abrir. Introdujo el brazo y tiró hasta arrancarla.

             Caminó despacio hacia el interior del edificio, sin hacer ruido. Las cosas habían cambiado mucho en aquellos diez años, y no para bien. Continuaban los mismos muebles que recordaba de joven. Estaban los mismos sofás, solo que viejos y raídos. La misma encimera de mármol blanco en la cocina, solo que amarilleada y dejada. El mismo color de pared. Las mismas mesas y sillas. 

             Respiró hondo y acarició con lentitud el respaldo de una de las sillas. Un golpe seco, y luego un jadeo. Con cuidado, se movió hacia el foco del sonido. Atravesó el marco de la puerta de lo que fue su habitación, y la vio. Era una chica, aovillada en una de las esquinas. Temblaba y trataba de controlar el ritmo de sus respiraciones. No se movió, como si tuviera miedo de levantar su mirada y enfrentar la tragedia. Ares escuchó el goteo de una lágrima impactar contra el gastado parqué del suelo. Otra lágrima. De nuevo, un jadeo.

          —¿Quién eres? —inquirió Ares, autoritario. La aludida no respondió. Pudo escucharla tararear una canción muy suave, cuya melodía no atinó a distinguir—. Responde.

           —Qué sea rápido, por favor… —murmuró ella, ausente. Otra lágrima, otro jadeo. Tembló con más fuerza.

          Ares se acercó hacia ella. Se colocó a su altura, de rodillas, y la obligó a erguirse y enfrentarle. Tenía el cabello lacio, castaño claro. Sucio, como su rostro ceniciento y ropa gastada. Llevaba una camiseta y unos pantalones remendados por muchos sitios. Los zapatos tenían la suela rota. Sus ojos eran grandes y marrón oscuro, de largas pestañas. Nariz fina y larga, labios carnosos y pálidos, mejillas también pálidas. Barbilla chata y frente ancha. 

          —Ofelia —articuló despacio Ares, que casi se atragantó con sus palabras. La chica se cubrió con sus manos, como si estuviera esperando que la golpeara. Continuaba derramando lágrimas—. Soy Ares, ¿me recuerdas?

           Ofelia se congeló. Sus ojos grandes y expresivos se hundieron en el rostro de Ares e, instantes después, arrugó la boca y la entreabrió en una mueca entre la sorpresa y el disgusto. Aquel había dejado de ser Ares desde hacía mucho tiempo. Su rostro, su cuerpo, la hacían dudar de si alguna vez existió aquel niño de trece años con el que solía jugar en el parque.

          Era alto y robusto; parecía un armario. Tenía una gran cantidad de vello en sus antebrazos, hasta el codo. Sus piernas gruesas, sus pies anchos y de una talla de zapatos que probablemente no se comercializaría. El cabello largo y marrón chocolate; limpio, en una muestra de higiene que la mayoría de gente no se podía permitir. El rostro distinto, menos humano. La nariz ancha y plana, los pómulos marcados, la frente alta. Labios carnosos y rojo oscuro, barbilla gruesa y con indicios de barba. Ojos grandes, con el iris cubriendo casi completamente sus cuencas y de un tono marrón amarillento. Ofelia recordó cuando le decía que eran como la miel, pero aquello quedó atrás. La miel se había ido y solo quedaba aquel tono tan parecido al de un gato. 

         —¿Ares? —inquirió ella en un susurro a penas inteligible—. ¿Qué te hicieron? Pensamos que…

        —¿Dónde está el resto? ¿Y Riley, papá y mamá?

      Ofelia se mordió la mejilla por dentro de la boca, nerviosa. Miró con desconfianza hacia él y, cuando sus ojos se cruzaron, clavó la vista en el suelo. Se encogió sobre sí misma y retrocedió un pasó para apoyar su espalda contra la pared. 

         —¿Dónde están?

       Tenía miedo de responder y que decidiera hacer algo contra ellos. No habló, solo le lanzó miradas esporádicas con un gesto entre curioso y asustado. Probablemente calibraría qué rasgos predominaban en él; los humanos o los de animal.

         —Nuestros padres no están, fallecieron —susurró por fin—. Estoy sola. Pero no importa; algún día moriré también yo. La vida es una cuenta regresiva. 

        Ares la estudió de nuevo. Sucia, escuálida y débil debía de sacarse las castañas del fuego. Luchar por el mañana sin la ayuda de nadie como, cuando se lo llevaron, hizo él. 

             —¿Y Riley?

           —El mismo día en el que murieron nuestros padres se fue. Dijo que buscaba venganza, que no podía quedarse parado mientras nos dejaban sin nada. —Ofelia se mordió el labio inferior con fuerza, tratando de reprimir sus lágrimas. No iba a llorar de nuevo. —Antes llevaban cargamentos de comida para ayudarnos. Los lanzaban unos aviones en unas cajas con paracaídas. Hubo una vez que lanzaron un cargamento que no era de comida. Aquella mañana los que fueron a recogerla fueron nuestros padres. La zona de explosión está irreconocible.

             Ares no dijo nada. Apoyó su mano sobre el hombro izquierdo de Ofelia y se sorprendió por lo frágil que era; llegaba a envolverlo completamente con sus gruesos dedos. Ofelia, de nuevo, se encogió con miedo. 

             —¿Estás bien? —preguntó Ares. Al instante se sintió estúpido. Su mano continuaba apoyada sobre ella.

             —Estoy bien —se obligó a contestar. Guardó silencio durante unos segundos, probablemente en un debate interno. Al fin, volvió a hablar—. ¿Qué te hicieron?

             —Me cogieron junto a otros niños. Ya lo sabes, Ofelia, era algo que sabía todo el mundo pero nadie se atrevía a decir. Querían guerra; estábamos en guerra. Y buscaban ganar a costa de cualquiera. —Hizo una pausa. —No importó que las Naciones Unidas dijeran que estaba mal o que fuera un delito, porque nadie hizo nada al respecto. Los humanos tenían demasiado miedo y, después, solo fue demasiado tarde.

           —¿Humanos? ¿Qué dices? Tú también eres humano —murmuró Ofelia tratando de ocultar, sin conseguirlo, su indignación.

             —No lo soy. Soy algo diferente, y mejor —la prepotencia de sus palabras activó la alarma de auxilio de la chica.

             Ofelia se alejó de él, acobardada. De nuevo derramó lágrimas hasta un punto en el que creyó que iba a quedarse seca. No, por supuesto, él no era humano ni tenía intención de reconocerse como un igual entre el resto de personas. El corazón iba a salirse por su garganta. Histérica, se frotó sus manos; repletas de un sudor frío, al igual que su nuca y sienes.

           —¿A qué has venido? ¿A matarme? ¿A eliminar a todos los humanos de la ciudad? —el chillido histriónico de Ofelia hizo eco en el pasillo—. Vas a matarme. La vida es una cuenta regresiva de hambre y noches en vela.

            —Relájate ¿Quieres? —Ares la tomó por los hombros y la sacudió con suavidad para que entrara en razón. Ofelia solo lloró con más fuerza mientras se cubría el rostro y el pecho con sus brazos, como si aquello pudiera protegerla de algo.

             —No me lleves con ellos, por favor… —susurró ahogada en su impotencia—. Solo mátame. Mátame ya.

            —No te voy a matar, Ofelia, y tampoco voy a llevarte con ellos. Vine aquí porque me enviaron a una misión en esta ciudad y aún me acordaba de vosotros. Solo he venido a ver cómo cambiaron las cosas. —Tomó aire. —No vamos a bombardear más la ciudad; sabes que ya no es necesario porque hace tiempo que lideramos la victoria. 

             Ares la arropó entre sus brazos y la meció como hacían con los niños pequeños, con la intención de calmarla. Ofelia reaccionó mal, pegándole patadas y golpeándole en el pecho. Al poco, se detuvo. Y solo lo rodeó con sus brazos, también, mientras lloraba y se repetía para sí misma «Todo va a estar bien».


             —¿Estás mejor? —preguntó. Ofelia asintió.

         Ares miró como abría uno de los armarios de la cocina. No le pasó desapercibido que solo hubiera una caja de gachas: las mismas gachas que le sirvieron a él cuando se lo llevaron hacía años. Los humanos iban a comer gachas, se dijeron todos los soldados, como comimos gachas nosotros. Necesitaban aprender lo que era el hambre y la necesidad, como lo habíamos aprendido nosotros. 

             Recordó aquel día en el que se lo llevaron como quien rememora el funeral de un ser querido. Muerto. Le habían matado y recompuesto como algo nuevo; regresó a la arcilla, y fue esculpido desde cero. Se fue lejos de su hogar, de sus seres queridos, y lloró esperando misericordia. Noches largas en las que soñaba que mamá y papá vendrían a por él. Tan solo. Tan perdido.

            Entonces llegó el sufrimiento. Le clavaron agujas en algunas zonas y llegó el dolor. Le dolía la piel. Le dolían los ojos. Le dolía el dolor. Gritaba pidiendo un auxilio que no llegó. Solo estuvo ahí la desesperación, el rencor y el miedo. Lo destruyeron con hambruna, indiferencia y necesidad. «Nadie irá a por ti. Estás solo. Recuerda: eres solo un número. Solo nos tienes a nosotros».

             Ares no podía decir con exactitud lo que le hicieron, de la misma forma que no podía negar que le gustaría que cada una de aquellas personas fuera sometida a lo que lo sometieron. Lo que le inyectaron le cambió por dentro, y luego por fuera. Era como un cáncer, que se propagaba por cada una de sus células. Mutación. Las células defectuosas, malogradas por aquellos genes, no los mataron como ocurrió con muchos antes. No. Aquello había sido perfeccionado y había alcanzado el punto exacto.

             Al principio tuvo terribles jaquecas, mareos y vómitos. Pensó que iba a morir como muchos antes, y se sintió solo. A menudo acudía a su cabeza la idea de si de aquella forma iba a terminar su vida. Pensaba que no, que era demasiado triste para él. Pero luego se ponía en el lugar de los chicos que entraron en la cámara de pruebas antes que él y que ya no estaban. A ellos les ocurrió lo mismo, ¿cierto? Tampoco estarían dispuestos a perder la vida de aquel modo, y sin embargo lo hicieron. Había tantas cosas que se escapaban de su control que cuando Ares pensaba en ellas se sentía insignificante y un tanto patético.

           Lo que más creció durante aquel tiempo fue la rabia. Quería devolverles la jugada. Someterles a lo mismo, y luego la muerte. En cada ocasión en la que se cruzaba con ellos, con sus batas blancas y mirada clínica, su ira lo empujaba hasta estar a punto de consumirlo. Pero ellos fueron listos y transformaron aquella destrucción que bullía en él y en el resto en algo beneficioso. 

       Los ningunearon, les hicieron pasar hambre y les desprendieron el diminuto resquicio de dignidad que les quedaba. Los deconstruyeron y, de sus pedazos, formaron individuos nuevos. Cultivaron estúpidas ideas bélicas y patriotas dentro de cada una de sus cabezas, y tuvieron que creerles como los niños perdidos y solos que eran. Luego no. Luego llegó el cambio. 

          Fue a manos de Mercurio. No era el chico más fuerte ni el más rápido; tampoco el más inteligente. Ares pensaba que su valor residía en su perspectiva de ver las cosas, que le impulsó a hacerse preguntas que el resto quería ignorar. La primera de todas ellas fue en la habitación común que compartían: «¿Por qué?» Solo articuló aquellas dos palabras, y el futuro de aquellos tipos empezó a tambalearse. Mercurio expuso muchas cosas con aquella pregunta que durante algunos segundos no obtuvo respuesta. Algunos de ellos le dijeron que era porque estaban solos. Otros afirmaron que era su deber servirles. Y otros solo miraron al suelo. Ares, en cambio, se atrevió a pronunciar lo que fue una sentencia para sus circunstancias «Somos mejores que ellos». Y, entonces, empezó la revolución.

             No tenían porqué pelear como soldados en aquella estúpida guerra contra Alemania. Ellos no eran esclavos e iban a conseguir su libertad a cualquier precio. El orgullo del país español poco les importaba en la ecuación de su tesitura. Humanos débiles. Humanos que nos manipulan. Estúpidos humanos. Debemos aplastarlos como los insectos que son. La guerra contra Alemania cesó para dar paso a una trifulca nueva en la que pensaban devolverles la moneda.

             —Una ciudad limpia para un país sin guerra —citó Ofelia, inexpresiva. Mentira, todo aquello fue una ridícula mentira que les había llevado a la catástrofe. Sus ojos estaban fijos en un tazón en el que humedecía las gachas en agua. Se mordió sus labios pálidos y resecos y Ares se percató de que empezó a aumentar su pulso y sus respiraciones se volvieron un tanto erráticas. Se encogió sobre sí misma, mostrando aquella respuesta instintiva de alguien acostumbrado a recibir golpes.

             Ares, de nuevo, dejó caer su mano sobre el hombro de Ofelia, tratando de infundirle algún tipo de consuelo. Se compadeció al pensar que tuvo que pasar gran parte de aquello sola. Había sido alguien fuerte al haber resistido aquellas circunstancias. Una parte de él llegó a la conclusión de que aquella chica no se merecía sus circunstancias y, sin duda, tener aquel tipo de pensamientos no le iba a llevar a buen puerto. Pensar que Ofelia no era la responsable de lo ocurrido y que no debía de sufrir derivaba en deducir que habría otras tantas personas en una situación parecida.

           —Te eché de menos, Ofelia —susurró Ares y, al instante, esperó que no lo hubiera escuchado. Su mano seguía sobre ella y se sintió abrumada. Intercambiaron miradas y algo entre ambos conectó. Quizá fue por la neblina del pasado, o por la nostalgia. Estuvieron mirándose durante largo rato en un silencio a gritos. ¿Podía el silencio lanzar estruendos? Porque ambos lo sentían de aquella forma. Ares se inclinó hacia ella, rompiendo la magia, y Ofelia retrocedió intimidada por sus ojos y por él entero.

             —¿Qué… Qué me vas a hacer? 

           —No lo sé. —Aquellas últimas palabras fueron apenas un suspiro de la boca entreabierta del chico. Ares pudo oler su miedo y un leve resquicio de sudor. Sus sentidos le informaron de todo lo que ocurría con bastante efectividad y aquello le hizo recordar lo diferentes que eran; la forma en la que tras su secuestro lo habían cambiado a él y a su vida. Hacía años había visto a Ofelia como alguien especial. Le gustaba su sonrisa, la forma en la que hacía que las cosas fueran tan sencillas y el modo que tenía de rebelarse ante todo. Ofelia la reina de las causas perdidas, Ofelia la heroína del instituto.

         Recordó la última protesta que hizo. «La guerra no está bien, Azucena» le dijo a una compañera del colegio. «Pero esos estúpidos alemanes se merecen que los bombardeemos. ¡Querían quedarse con España y con Europa entera! Como en la Segunda Guerra Mundial. Y perdieron. Nos guardan rencor a nosotros y a toda Europa y luego, cuando la crisis, España solo fue alemana». Ofelia le lanzó una mirada condescendiente y suspiró despacio. Luego tomó aire y solo dijo «En la guerra no hay vencedores, sino vencidos». Ares pensó en el modo en el que se rieron de ella. Ofelia la metomentodo. Ofelia la que nunca se callaba en clase y molestaba dando lecciones de moralidad. Ofelia la loca. Había tantas visiones de una única Ofelia que la chica terminó por sentir que se desconocía a sí misma.

         —No eres un estorbo, Ofelia —le dijo Ares a la salida del instituto. Ofelia solo asintió, absorta. Cuando ocurría aquello Ares tenía la sensación de que la perdía. En aquellas circunstancias Ofelia no estaba con él; se había ido. Su cuerpo al lado de Ares y el resto de cosas en algún lugar que no podía alcanzar. Alguna vez pensó que terminaría encalada en la inconsciencia y que no podría tomarla nunca. No la miraría a los ojos e intercambiarían sonrisas. No bromearía con ella sobre cosas tontas e insustanciales. 

        Fue aquel pánico a no poder tomarla el que lo llevó a tironear de sus brazos para captar el máximo de su atención. La chica le miró entre el desinterés y el desconcierto y, entonces, Ares le susurró al oído «No te vayas, Ofelia. Te quiero». La extrañeza de aquellas palabras hizo que Ofelia volviera a anclarse a la tierra. «Yo también te quiero».

           Entonces, en la que fue su casa hecha añicos, junto a una de las personas más importantes que tuvo Ares en su vida, sintió que su recuerdo había sido una revelación de que el pasado nunca se iba. Aunque una parte de él le gritara que eran distintos, que la vida los arrastraba por senderos opuestos, Ares supo que no. Ofelia siempre sería el eslabón más necesario de su cadena. 

             —Ven conmigo. Te llevaré a mi base y no volverás a pasar hambre o miedo. Te lo prometo, Ofelia. —Lo miró de arriba abajo, más sorprendida que otra cosa. 

             —¿Por qué?

            —Porque siempre me has importado y solo necesito saber que estás bien. Cuando vine aquí no esperaba que hubiera nadie. Solo sentí que esa fase de mi vida había terminado. Pero no, estás aquí, y solo necesito verte bien.

             —Agradezco que me ofrezcas esa opción, Ares, pero no me quiero ir. Vivo aquí y debo de pelear por mi hogar y mi vida. Tengo que estar a la altura de las circunstancias.

             —¿No te das cuenta de que ser un humano aquí es peligroso? ¿Quiénes ganamos la guerra? Nosotros. Y los humanos en la mayoría de ocasiones son un estorbo.

             —¿Entonces qué haces hablándome y buscándome si tan estorbo soy? Eres como ellos, Ares, y solo buscas acentuar las diferencias y destruir los lazos que podrían crearse entre todos nosotros. ¿Qué tal si nos vemos a todos como personas? Fuera ideas absurdas y diferenciaciones. —Tomó aire con los ojos húmedos y las manos temblando. —Lo que os hicieron es horrible, pero pagar el odio con más odio no es la mejor opción. Yo no pedí que te llevaran lejos de nosotros, Ares, como tampoco pedí que perdiéramos a nuestros padres. ¿Y qué piensas? ¿Acaso piensas que más gente pidió que os hicieran todo lo que os hicieron? El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias.

             Ares guardó silencio mientras veía cómo una lágrima bañaba la mejilla de la que fue su amiga. Vio cómo Ofelia se perdía entre la bruma y estaba y no estaba a la vez. De nuevo la sintió inalcanzable, como le pasó hacía años, y de nuevo tuvo ganas de reclamarla de regreso. Movió sus manos callosas hacia la pálida mejilla y secó aquella solitaria lágrima en completo silencio.

             —Lo siento —musitó Ares y, entonces, alguien lo empujó. Cayó al suelo sobre su espalda y se reincorporó con agilidad. Estaba tan absorto en lo que compartía con Ofelia que desapareció por completo todo su alrededor. Había cometido un error.

             —¿Quién eres? ¡Apártate de Ofelia!

             Clavó la vista en un muchacho que era casi tan alto como él mismo. Tenía el cabello corto y rapado a los lados. Sus ojos eran rasgados, de un tono similar al marrón miel que él mismo tuvo antes de que a aquellos tipos jugaran a ser Dios en sus laboratorios. Labios carnosos, pómulos marcados y mirada cansada y ojerosa. Delgado, aunque no tanto como Ofelia, y con el vestigio de unos hoyuelos que le recordaron a mamá.

             —Riley. —Su hermano, sorprendido, retrocedió dos pasos. Se pasó la mano sobre el pelo con nerviosismo.

             —¿Eres… Ares?

             El primer pensamiento que tuvo fue que Ofelia le había mentido, quizá para proteger a su hermano de aquellas circunstancias o, simplemente, por desconfianza. Luego escuchó el sonido de disparos y no tuvo la capacidad para seguir prestando atención a aquellas cavilaciones.


             Estaban enjaulados en una celda de paredes de cristal, con cámaras de vigilancia en cada una de las esquinas. Las cámaras eran blancas, diminutas, y con sensores de movimiento que hacían que se iluminara un molesto led rojo cada vez que se movían de un lado para otro. Ofelia contempló a Riley, que caminaba de un extremo a otro de la jaula. Era incapaz de controlar su genio, su ira, su impotencia.

             Ares le dijo a Ofelia que no habría más batallas, y le mintió. Aquello era algo que no podía terminar de una forma tan sencilla. No. Y se los llevaron mientras Riley gritó con toda la rabia contenida hacia su hermano «¡A ti es a quien debo matar para vengar a nuestros padres! Fuiste su asesino». Los ojos de Ares se humedecieron y se opacaron a la vez. Ofelia se mantuvo al margen de todo aquello. Las pérdidas, la sangre, la necesidad…, ya nada importaba para ella. Quizá la solución para todo aquello era morir; morir para olvidar.

          Aquella mañana entró Ares a su celda y solo les dijo «Piensan perdonaros la vida, tanto a vosotros como al resto de presos. El único precio que tendréis que pagar es vuestra condición de ser humanos». Riley le miró con desprecio, antes de contestar «¿Qué cojones significa eso?». «Os volveréis uno de los nuestros». Cuando la comprensión tocó las doce tanto en Riley como en Ofelia se hizo un silencio denso. Riley se acercó a él y lo miró con desafío. Acto seguido le escupió en el suelo.

          Ares evaluó a Ofelia que, llegados a aquel punto, estaba al borde de perder la cordura. Se distanciaba de la realidad tanto que sentía que no estaba allí. Ofelia se volvía etérea, se desmaterializaba, y ya. Solo quedaba de ella un cascarón vacío sin alma; hecho añicos. Riley solía hablarle y hacerle promesas vanas de que todo estaría bien, de que la guerra terminaría y terminarían ellos también. Y Ofelia solo respondía «Una ciudad limpia para un país sin guerra». Luego sonreía sin sonreír y miraba al infinito.

           —Creo que la solución es morir —articuló Riley después de descubrir lo que se iba a avecinar como su futuro. 

        Entonces, todo estalló en la cabeza de Ares. Terminó dándose cuenta de que nada de aquello tenía sentido. Había perdido a sus padres, su hermano lo odiaba y su amiga y amor de infancia estaba más muerta que viva. Pensó, y pensó, y pensó. Todo el odio que le instauraron en aquellas instalaciones en las que lo transformaron se había consumido. Las palabras de Ofelia resurgieron en su cabeza y se repitieron hasta que creyó que él también empezaba a perder la cordura: «El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias». Aquello nunca había tenido tanto sentido como en aquel instante.

       La duda de todos sus ideales, de todo lo impuesto, se estableció dentro de Ares. Y la venganza por lo que le hicieron, la rabia que sentía hacia los humanos, se volvió difusa. Clavó sus ojos, entonces, sobre Ofelia y Riley y sintió su pérdida. Se inclinó hacia ellos, de rodillas, como quien suplica un perdón inalcanzable. Ambos lo miraron sin entender la magnitud de aquel acto. Lo único que podía hacer por ellos era liberarlos y rebelarse a su lado. Reunir aliados y liderar una batalla nueva, una protesta nueva. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», pensó. Tenía el himno, los ideales y movería cielo y tierra para ser el motor del cambio.





La melodía de Cristal (Remake)


       Ondeaba en el aire mi recuerdo de Diego. «Muerto, Cristal, está muerto» me parecía escuchar mientras era incapaz de despegar la mirada de su piano.

       —¿Quieres que hable con tu madre para que se lo lleve?

       —No. —Suspiré. —O sí. Tal vez. —Paula me regaló una mirada escéptica y tomó aire muy despacio. Sus ojos, de un tono que oscilaba entre el marrón y el amarillo, en aquellas circunstancias me recordaron al caramelo fundido. Aquello me reconfortó.

       Se hizo un hueco y se sentó en el otro extremo del taburete del piano, a mi lado. Sus manos oscilaron sobre las teclas con una pizca de indecisión y, después, empezó a tocar. Era una canción simple y tal vez un poco ñoña. Me hizo pensar en una nana para un bebé o algo por aquel estilo.

       —Las teclas están sin afinar —repuso despacio, y luego empezó a hacer la escala como si tratara de calibrar la gravedad del asunto.

       —Me gustaría que me enseñaras a tocar.

       Me quedé mirando el piano. Era enorme y pesado; de cola, como se dice. Las teclas claras tenían una tonalidad más cercana al marfil o amarillo que al blanco. Y las oscuras, de un negro intenso y vibrante, me recordaban a los zapatos de charol que llevaba los domingos cuando era niña. La madera lacada era negra, también, y brillaba. En algunas zonas, sobre todo en las esquinas, se podía ver el desgaste de los años sobre la superficie, y aquello estaba bien. Me gustaba ver cómo el tiempo consumía las cosas; era una prueba de que llevaban mucho a mi lado.

       El tiempo también había consumido a Diego, pero aquello nunca me agradó pensarlo. Él sabía que se moría, que perdía fuerzas, pero no actuaba en consonancia. Era como si su espíritu estuviera por encima de su cuerpo y le diera igual los estragos que sufriera. Por eso solía sonreírme y decir «Todo está bien, Cristal. La vida sigue». Alguna que otra vez le quise contestar que aquello era muy grosero. Yo no quería que la vida continuara de aquel modo; sin pedirme permiso. Yo quería un pause; un punto y seguido. Y no estaba.

       Por eso después de su muerte me aislé durante un tiempo. Quizá no ver la vida de los demás me daba la falsa sensación de estatismo que tanto anhelaba. Pero todo era una sensación y, como sensación, nada real. La vida seguía adelante; el tren se largaba de la estación sin mirar atrás.

       —Cristal... ¿Estás bien? —inquirió Paula. Me quedé mirándola en silencio. Su cabello brillante y negro, sus ojos entreabiertos y expresivos, su impoluto maquillaje. Me sentí abrumada y solo guardé silencio. Tan femenina, tan dulce, y me miraba. Caí al suelo y solo lloré. Paula se puso de rodillas, a mi lado. Su olor a colonia y el brillante gloss reluciendo en sus labios. Sus ojos miel, la arruga de preocupación en el espacio entre ambas cejas. Cejas depiladas. Pestañas con rímel. Raya de ojos.

       —Voy a vender el piano.

       —¿Por qué? Dijiste que querías que te enseñara a tocar.

      —Tenerlo en casa no me hace bien. Me siento mal y... No sé. —Paula me miró primero incrédula, después rabiosa.

   —Estoy segura que Diego no querría verte así. Él quería que fueras feliz y tú no haces absolutamente nada al respecto.

      Tomé aire con dificultad; herida por sus palabras. Me ahogaba. Paula me envolvió entre sus brazos y tarareó despacio aquella nana que había estado interpretando antes. Entonces la evoqué dejándose llevar por la melodía. Sus manos acariciaban las teclas en una reverencia. Tenía los dedos largos, delgados y las uñas pintadas. Era muy coqueta, y me daba algo de envidia. Intercambiamos miradas y se inclinó hacia mí. La sentí tan cerca que me puse nerviosa. Olía muy bien y yo desde fuera me vi torpe. Sus labios eran gruesos y su gloss olía a coco. Me gustaba el coco. Miré hacia el suelo. Paula suspiró y sentí su aliento caliente; después la sentí a ella entera. Inclinó su cuerpo hacia mí e, inesperadamente, me besó.

       —Hagas lo que hagas está bien, Cristal; puedes vender el piano. Quizá te ayude a olvidar. —Como respuesta acerqué mis manos a su rostro y toqué con uno de mis dedos sus labios brillantes. Tan hermosa y triste. Tan perdida como yo.

       —Está bien. —Susurré, sintiendo un peso en mi garganta. Luego, sonreí sin que me llegara a los ojos. —Enséñame a tocar.





La melodía de Cristal



      «Muerto, Cristal, está muerto». Las palabras de Paula resonaron en mi cabeza como si de un mantra se trataran y me dolían tanto como si me estuvieran golpeando. Los ojos miel de mi amiga se fijaron en mí; en cómo descansaba sobre el taburete del piano de Diego, como si estuviera a la espera de que algún día volviera a parecer. Vendría a por mí y tocaría una de sus tantas canciones y, entonces, todo volvería a estar bien.

      —Ya sé que no está —musité en tono seco. Mis dedos acariciaron las teclas del piano con delicadeza, con miedo a romperlo. Estaría bien que aprendiera a tocar. Probablemente me ayudaría a rememorar alguna de las tantas melodías que compartimos en su día Diego y yo.

      —Van dos años, Cristal. —Hizo una pausa. —Sé que lo quisiste mucho pero creo que ya ha llegado el momento de pasar página.

      —Lo sé. Mi cabeza lo sabe, Paula, pero no es sencillo, ¿vale? ¿Cómo voy a sacar de mi cabeza a la primera persona que se preocupó alguna vez por mí? Y encima, mira, aquí tengo su piano, como si se tomara el trabajo de recordarme todos los días que Diego alguna vez estuvo a mi lado.

      —¿Quieres que hable con tu madre para que se lo lleve?

      —No. —Suspiré. —O sí. Tal vez. —Paula me regaló una mirada escéptica y tomó aire muy despacio. Sus ojos, de un tono que oscilaba entre el marrón y el amarillo, en aquellas circunstancias me recordaron al caramelo fundido. De algún modo me reconfortaron. Paula siempre me miró con cariño.

      Se hizo un hueco y se sentó en el otro extremo del taburete del piano, a mi lado. Sus manos oscilaron sobre las teclas con una pizca de indecisión y, después, empezó a tocar. Era una canción simple y tal vez un poco ñoña. Me hizo pensar en una nana para un bebé o algo por aquel estilo. Las notas salieron tambaleantes y perezosas, con miedo. Aquello hizo que el efecto que producía de estar tocada para un niño se hiciera más intenso.

      —Las teclas están sin afinar —repuso despacio, y luego empezó a hacer la escala como si tratara de calibrar la gravedad del asunto.

    —Ojalá supiera tocar —susurré bajito, más para mí misma que para ella. Paula se encogió de hombros con indiferencia.

      —Tampoco es gran cosa. —Sonrió con timidez y se recolocó un mechón de su cabello café detrás de la oreja. —Yo aprendí a los seis años y mira, sigue dándoseme bastante mal. Creo que la música no es para cualquier persona; o tienes talento o no lo tienes.

      —Me gustaría que me enseñaras a tocar.

      —No sé si estoy capacitada para hacerlo. Ya sabes, soy medio inútil en estas cosas.


      Mi mente estaba rota, me lo decían mucho. Y si la gente lo decía por algo debía de ser. Una vez Amparo, la chica más popular del instituto, me dijo que usaba un dial de radio roto. Ni AM ni FM, se burló, y yo no terminé de entender aquello. Cuando Amparo iba al cole la llevaban en coche, así que escucharía mucho la radio y sabría lo que estaba diciendo. Por mi parte yo solo me quedé mirándola sin terminar de comprendela. A los pocos días le expliqué a Paula las palabras de Amparo y su respuesta fue arquear la ceja derecha con escepticismo. Después me dijo «Tal vez se refiera a las ondas, pero sigue siendo una burla tonta y rebuscada. Qué tus ondas viajen en un canal distinto no significa que no estén. Hay cosas que no podemos ver pero que sabemos que están». Yo miré hacia el suelo, evitando la miel de sus ojos. «¿Entonces Amparo tiene razón y mi cabeza funciona raro?» Paula se encogió de hombros y me regaló una sonrisa tímida. «Quizá».

      Aquel día debería de estar contenta porque era mi cumpleaños, pero más bien me sentía indiferente. Paula se había puesto muy guapa para la ocasión: llevaba un vestido azul zafiro de volantes, que contrastaba mucho con el negro de su pelo. Lo tenía largo y liso; le llegaba hasta la cintura y era muy suave. Envidiaba lo bien que se veía y la forma en la que hacía que se encogiera mi pecho cuando sonreía. Se arrugaban las esquinas de su boca y la zona del arco de su nariz que estaba entre ceja y ceja. Se acercó a mí y se sentó a mi lado, en el sofá del comedor.

      —¿Has preparado ya la fiesta? —inquirió animada, y me regaló un abrazo.

      —Qué bien hueles —afirmé, un poco sorprendida. Era champú y algo más. Inhalé de nuevo y la sentí temblar.

      —Es solo colonia.

      En aquel momento me habría gustado ser capaz de continuar con el ritmo de nuestra conversación, pero no dije nada. Dejé caer mi cabeza en el hueco de su pecho y cerré los ojos. No tenía ganas de preparar la fiesta, socializar, o hacer cosas. Mi amiga pareció entenderme y suspiró. Sus manos se movieron hacia mis hombros y los masajeó despacio, antes de decir bajito «Relájate, Cristal. Cada vez te dolerá menos pensar en Diego, lo sé. Tres años ya es mucho tiempo».


      —Creo que voy a vender el piano, o a donarlo, o algo —musité pensativa, mientras Paula terminaba de enseñarme los acordes. Estábamos sentadas sobre el taburete y me dolían las partes traseras de estar tanto ahí.

      —¿Te rindes? Pues sí que soy mala profesora —espetó mi amiga, más enfadada consigo misma que conmigo.

      —No es tu culpa, ¿sabes? Solo creo que la música no es lo mío. Una vez dijiste que había que tener talento y creo que es lo que me falta.

      Paula empezó a tocar una canción que no reconocí, un tanto ajena a mis palabras. La melodía era dulce, lenta y se sentía cercana. Me mantuve en silencio, contemplando cómo sus manos acariciaban las teclas en una reverencia. Tenía los dedos largos, delgados y las uñas pintadas. Siempre llevaba las uñas pintadas, el pelo desenredado y suave y algo de maquillaje en los ojos, colorete y brillo de labios. Era muy coqueta, y me daba algo de envidia. A veces venía a mi casa y me ayudaba a ponerme guapa: pasaba horas y horas haciéndome el pelo y escogiendo el mejor color de sombra de ojos para el conjunto que me había elegido.

      —Has mejorado mucho. —Aprecié con una pizca de envidia; quisiera ser como ella.

      —Solo es práctica, Cristal. Si estuvieras más atenta a mis clases podrías hacerlo mejor que yo. —Le regalé una mirada escéptica mientras ella me sonreía de aquel modo tan especial. Se inclinó hacia mí y la sentí tan cerca que me puse nerviosa. De nuevo olía bien y yo desde fuera me vi torpe. Sus labios eran gruesos y llevaban gloss con olor a coco. Me gustaba el coco. Miré hacia el suelo. Paula suspiró y sentí su aliento caliente; después la sentí a ella entera. Inclinó su cuerpo hacia mí e, inesperadamente, me besó.

      Aquello se sintió extraño. No era como si me hubiera besado demasiadas veces con demasiadas personas como para comparar, pero lo sentí raro. Estábamos rígidas las dos, sin saber demasiado bien cómo continuar. Nuestras bocas seguían unidas, en un roce, y podía sentir el calor de su aliento colarse a través de mi garganta. Inhalé despacio, tratando de calibrar si aquello era de mi agrado o no. Las manos de Paula se pasearon, temblando, sobre mi nuca y después bajaron hacia mi espalda, y subieron, y volvieron a bajar. 

     No sé en qué momento el beso cambió ni tampoco quién fue la que llevó la iniciativa. De un instante a otro estaba sentada sobre el regazo de mi amiga y sus manos se movían con avaricia sobre mi cintura, mis brazos, la zona de mis caderas y exterior de mis pechos. Suspiré y la sentí removerse debajo de mí y tomar aire. Después, la magia se rompió. Nuestros ojos estaban fijos: yo solo miraba sus pupilas dilatadas color miel y el leve sonrojo de sus mejillas. La miré y no supe que decirle.

      —¿Por qué...? —logré articular tras mucho esfuerzo. Paula sonrió con pesar, y deslizó su mano con lentitud sobre mi mejilla para retirarme algunos mechones de la cara.

      —Te quiero, Cristal.

      —Pero, yo... 

     —Escúchame, Cristal. Entiendo que quieras a Diego y que haya sido una persona tan importante para ti pero creo que ya ha llegado el momento de que empieces a intentar recomponer tus pedazos. —Hizo una pausa. —Por favor, Cristal... Son tres años ya. Estoy segura de que Diego querría verte feliz. 

      Tenía el corazón desbocado; solo podía escuchar sus irregulares latidos. Bombeaba con tantas fuerzas que dolía que tenía la sensación de que en cualquier momento perdería el sentido. Me incorporé tambaleante y dirigí una mirada perdida a la que desde hacía años había sido mi mejor amiga.

      —¿Desde cuándo? —atiné a preguntar, sofocada.

      —¿Desde cuándo qué, Cristal?

      —¿Desde cuándo andas detrás de mí?

      —Desde el primer instante que te vi, lo supe. Supe que no podía estar sin ti. Pero tú estabas con Diego, y yo era el estorbo. La mejor amiga, ¿cierto? Siempre fui tu mejor amiga y yo solo quería que me vieras de forma distinta. Compréndeme, Cristal, por favor. 


      Cristal era mi nombre y hasta cierto punto se acercaba bastante a quien era yo. Estaba rota en muchos de los sentidos que implicaban aquella palabra. Tenía la mente rota, los recuerdos rotos y el corazón hecho trizas. ¿Podría alguien destrozado volver a querer? ¿Podría recomponer sus pedazos y convertirlos en algo distinto? La melodía que tocó Paula aquella última tarde resonó en mi cabeza, como si estuviera acompañando mi desgracia. Cansada, me levanté de mi habitación y fui hacia el piano.

      Sobre él, lo vi. Quizá fue un espejismo, pero ahí estaba. Podía ver a Diego sentado sobre aquel pequeño taburete jugando con las notas de una canción que en realidad no era suya. Seguía resonando aquella melodía, que desde la confesión de mi amiga me había dejado tan perdida y sola. Me acerqué titubeante hacia él y le tendí la mano.

    —No estás, ¿cierto? —espeté con la voz temblorosa. Mis palabras salieron como un jadeo ahogado; como una señal de auxilio. Diego clavó sus ojos en los míos y solo sonrió. —No estás, y sin embargo te veo. Tres años, no estás.

      Entonces vino a mi cabeza la imagen de su entierro. Paula y yo íbamos vestidas de negro y mirábamos con desdicha cómo se hundía su ataúd en el nicho. No estaba, se había ido. Y yo lloraba tanto... Paula estaba pálida, quieta, y no articuló ninguna palabra. Todo se había vuelto tan distinto que dolía pensar en ello. Dolían los días, dolían las horas, y dolía yo.


      Quizá la mejor decisión que podría tomar era vender el piano. De alguna forma había empezado a representar mis recuerdos por Diego y el afán por cambiar las cosas de Paula. Tal vez lo mejor sería simplemente olvidarlo todo, sacarlo de mi vida y hacer como si nada hubiera ocurrido. El olvido me llevaría al estoicismo y, entonces, todo estaría bien. Olvidar y punto. Dejar la tristeza y los recuerdos a un lado.

      Fui hacia el comedor y me quedé mirando el piano. Era enorme y pesado; de cola, como se dice. Las teclas claras tenían una tonalidad más cercana al marfil o amarillo que al blanco. Y las oscuras, de un negro intenso y brillante, me recordaban a los zapatos de charol que llevaba cuando era niña los domingos para las comidas familiares. La madera lacada era negra, también, y brillaba. En algunas zonas, sobre todo en las esquinas, se podía ver el desgaste de los años sobre la superficie., y eso estaba bien. Me gustaba ver cómo el tiempo consumía las cosas; era una prueba de que llevaban mucho tiempo a mi lado.

      El tiempo también había consumido a Diego, pero aquello nunca me agradó pensarlo. Él sabía que se moría, que perdía fuerzas, pero no actuaba en consonancia a aquello. Era como si su espíritu estuviera por encima de su cuerpo y le diera igual los estragos que sufría. Por eso solía sonreírme y decir «Todo está bien, Cristal. La vida sigue». Alguna que otra vez le quise contestar que aquello era muy grosero. Yo no quería que la vida continuara de aquel modo; sin pedirme permiso. Yo quería un pause; un punto y seguido. Y no estaba. Nunca estuvo.

      Por eso después de su muerte me aislé durante un tiempo. Quizá no ver la vida de los demás me daba la falsa sensación de estatismo que tanto anhelaba. Pero todo era una sensación y, como sensación, nada era real. La vida seguía adelante; el tren se largaba de la estación sin esperar a que atravesara las puertas de entrada. Debía de asumirlo. Ir al psicólogo y hablar de mis problemas. Pero no. Me libraría del piano.

      —Cristal… ¿Estás bien? —inquirió Paula, que acababa de atravesar la puerta de entrada al comedor. Me quedé mirándola en silencio. Su cabello brillante y negro, sus ojos entreabiertos y expresivos, su impoluto maquillaje. Me sentí abrumada y solo guardé silencio. Tan femenina, tan dulce, y me miraba. Tan mi amiga, tan Paula. Tan… Me había besado. Me besó hacía unos días como si su vida pendiera de ello; primero insegura, luego ansiosa. Luego me dijo que me quería. 

      Cielo santo. Me iba a explotar la cabeza. Caí al suelo y solo lloré. Paula corrió hacia mí y se puso de rodillas, a mi lado. Su olor a colonia y el brillante gloss reluciendo en sus labios. Sus ojos miel, la arruga de preocupación en el espacio entre ambas cejas. Cejas depiladas. Pestañas con rímel. Raya de ojos.

     —¿Por qué vas tan arreglada? —le pregunté sorprendida entre lágrimas. Una pregunta incoherente, dadas las circunstancias. 

      —Siempre me arreglo, Cristal. Me gusta que me veas guapa —repuso con naturalidad, antes de apoyar su mano en mi espalda, dándome golpecitos tranquilizadores —. ¿Por qué estás así? ¿Ha pasado algo?

      —Voy a vender el piano.

      —¿Por qué? Dijiste que querías que te enseñara a tocar.

     —Tenerlo en casa no me hace bien. Me siento mal y… No sé. Si lo saco de mi vida creo que estaré mejor. —Paula me miró primero incrédula, después rabiosa. 

      —Eres una cobarde, Cristal, y una insensible. No paras de huir de tus recuerdos; de las cosas que te hacen sentir mal. Diego ha muerto, joder. Entiendo que duela, ¿vale? Pero es un hecho y no tienes por qué estar fingiendo que no ha ocurrido nada y mirar a otro lado. Estás estática, evoluciona. Cambia. Asimila las cosas y supéralas. —Me zarandeó como si de aquella forma consiguiera hacerme entrar en razón. —Estoy segura que Diego no querría verte así. Él quería que fueras feliz y tú no haces absolutamente nada al respecto. 

      Tomé aire con dificultad; me ahogaba. Paula me envolvió entre sus brazos y tarareó despacio aquella canción tan cursi que desde la última vez que hablamos me atormentaba.

      —¿De dónde es esa canción?

      —La compuse yo mientras pensaba la mejor forma para enseñarte música. Es para ti, tu canción. Creí que, quizá, el piano podría ser nuestro nexo de unión como lo fue contigo y Diego. Solo me equivoqué. Véndelo si quieres, qué importa.

      Con los ojos húmedos por las lágrimas y falta de oxígeno por el llanto, miré hacia Paula y reflexioné qué tanto daño le estaba haciendo. Me sentí desdichada, rota y perdida. Paula solo acarició mi mejilla mojada y retiró el pelo de mi cara.

      —Hagas lo que hagas está bien, Cristal. Siento haber sido tan brusca contigo antes. —Acerqué mis manos a su rostro y toqué con uno de mis dedos sus labios brillantes por el gloss. Tan hermosa y triste. Tan perdida como yo.

      —Enséñame a tocar —musité, antes de acercar titubeante nuestras bocas. 





 
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