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Des(hojado)

Cultivaron en mi tórax alfileres, que crecieron como madreselvas: fueron desde mi pecho hasta arriba, para bloquearme la garganta. Luego treparon hacia mis labios y los orificios de la nariz; por eso permanecía muda, sin espacio para respirar entre cada lágrima. La simiente llegó, también, a clavarse muy profundo en mi cerebro; donde posperaron inseguridades por cada alfiler. Fueron ellas quienes me tejieron el suéter de amargura, que siempre llevaba encima para arroparme del frío. 

Tengo un lastre en el corazón por el que temo no poder querer(te)me. A veces siento que la única solución es marchitar, como las hojas cuando llega el otoño. Ojalá rociarme entera de matarratas para perecer junto a las agujas porque, visto lo visto, lo más complicado de la ecuación es no hacer(te)me daño.

Tri(s)tón

Navegante en un mar
del que jamás podía escapar.
Si buscaba la superficie,
me engullía la corriente
hasta mis huesos desollar.
Si buscaba hundirme,
me arropaba la oscuridad,
 mientras se llenaban mis pulmones de sal.
Yo jamás moriría
porque la muerte era un capricho
para la gente con corazón. 

Navegante en un mar
sin velero ni capitán.
Me dijeron que, como última esperanza,
podía ir a rezar
a las (carac)olas.
Podía pedirles que fuera a buscarme
el kraken con el cofre de Davy Jones
y robarle así los latidos de su pecho,
para poder quedármelos yo.

Navegante en un mar,,
me encontré con el señor tritón.
Y me miró tristona, y me sonrió.
Fue lo bastante cálido entre el salitre
como para ensamblar todos los cachitos
en los que me había convertido.
Después tomó una parte de su corazón
para compartirla conmigo.
Al fin podía morir,
pero ya no me apetecía.




Gris

Estabas ahí, mirándome con tus ojos grises. Estabas ahí, traspasándome y haciéndome sentir idiota. Y lo sabías; por supuesto que lo sabías. De hecho, creo que aquella era una de las cosas que más te gustaban. Te gustaba mirarme con el acero de tus ojos grises; de aquel iris que tantas veces me traspasó. Qué me abandonó. Qué me dejó rota.

—Cinco años —articulaste despacio, como si trataras de saborear tus palabras—, y sigues siendo la misma.

Abrí la boca con la intención de responderte algo mordaz para hacerme la ofendida, pero no salió ni una palabra de mis labios. Solo tomé aire en un suspiro pesado. Estabas ahí, con tus ojos grises. Estabas ahí de nuevo contemplando mis pedazos. Y me dolía ¿Cómo no iba a dolerme? Cinco años seguían sin ser suficiente.

Mi cuerpo ardía. Quería tocarte, sentir que estabas ahí. Abrí la boca, y no hablé. Tú en cambio sonreíste con sorna, mientras tus manos se pasearon sobre el respaldo de la silla del comedor. Lentas, se movían lentas como una caricia. Y la idea de tocarte me dolía tanto que parecía una tortura. Me mirabas con tus ojos grises, con el acero, con la herida que siempre estuvo ahí. Entonces me regalaste tu sonrisa impertinente, que avivó las llamas de un incendio nunca se extinguió.

—¿Recuerdas? Aquella noche cenamos comida encargada del restaurante de la plaza: tenías una tarjeta que cogiste de allí la semana pasada porque tenías la intención de invitar a cenar a tu hermana Tania, para que te perdonara que te olvidaras de felicitarla por su cumpleaños —me susurraste lento, cerca de mi oído. Yo me mantuve estática, de nuevo con esas ganas de tocarte, de nuevo abrumada por las circunstancias y tú, de nuevo, sobreponiéndote a mí; a ese nosotros que me destrozaba—. Justo aquella noche te quedaste a dormir a mi casa a ver una película.

Aquella noche, tu aliento me sumergió en algún lugar emocional y estúpido en el que no tenía control sobre mis impulsos. Tocarte, necesitaba tocarte y hundirme en aquel acero que me consumía. Quería tu calor: qué me consumiera tu calor hasta convertirme en cenizas.

—Por favor —atiné a murmurar—, ya basta.

Y tú me ignoraste con aquella pose segura que tan insegura me hacía sentir a mí. Me miraste triste; la tristeza en el acero, y algo más. Una tristeza que sin lugar a dudas poco tenía que hacer con la magnitud de la mía. ¿Alguien como tú podía estar más triste que yo? Tris, teza. Así era la cosa. Tristes los dos, pero, como era costumbre, yo más triste. Porque independientemente de lo que ocurriera la herida siempre iba a ser yo, igual que la triste. Tris, teza. La tuya pesaba menos, dijeras lo que dijeras. ¿Cómo el acero iba a estar triste si nació para ser frío? Ojalá dejaras de mirarme, de traspasarme.

Me ignoraste, como tratando de poner a prueba lo poco que dejaste de mí. Luego me miraste y me regalaste una pizca de inseguridad, de vacilación. Estabas triste, menos triste que yo, pero me ponías a prueba. Perdí la fuerza que me hacía mantenerme derecha y caí de rodillas al suelo. Siempre fui una dramática; una estúpida emocional que no estaba preparada para afrontar aquel tipo de circunstancias. Estaba rabiosa, avergonzada y mi grado de estupidez se había doblado. Tú me mirabas como lo hacías siempre y yo te sentí dos octavos por encima de mí. Siempre estuviste sobre mí en cualquier sentido de la palabra.

—Cinco años; han pasado cinco años —musité como una autómata—. Vete, por favor. No quiero saber nada de ti.

Roto, parecías tan roto como yo. Quizá fui yo, con mis delirios incoherentes, pero te vi roto. Quise llorar cuando te pusiste de rodillas a mi lado y tu mano acarició mi mejilla como si la estuviera atesorando. Me miraste con el acero consumido; menos frío, más líquido. Fundiste tu acero y creí verte adorarme como si fuera alguien mejor que tú. Te acercaste hasta que nuestros alientos se mezclaron hasta ser una única cosa. Y quise que me tocaras y olvidar. Solo fuego. Solo nuestro fuego.

Qué arda, pensé, qué nos ahoguemos en las llamas. Nuestros cuerpos se reconocieron y el vestigio de lo que fuimos se convirtió en presente de indicativo con un beso. Nos besamos con fuerza y fuimos una única cosa. Tus labios, tan húmedos, tan suaves, me susurraron en el oído algo que, para mí, fue música «Te necesito». Entonces te sumergiste en mí y todo, de algún modo, volvió a recobrar un sentido que en realidad nunca tuvo.

Maniac pixie dream girl a lo alto del castillo


            He visto un castillo derruido y he imaginado a una princesa sobre su torre: en su estructura maltrecha y llena de restauraciones, la he visto etérea pero sin desdicha. Cuando concebía a princesas siempre estaban tristes pero, sin embargo, ella sabía sonreír. Y tuve envidia; quise ser la princesa inventada del torreón deshecho, repleto de turistas. Así que saqué algunas fotos desde ángulos en los que la concebía contemplar la ciudad. 

            ¿Por qué no lloraba si mis aprendices de monarca siempre fueron escarcha? Tal vez, mi subconsciente buscaba transmitirme algo tan ajeno que la dibujó riendo. Era tan bonita su risa que quise reinventar la mía para que se pareciera, pero no pude. Mis labios estaban sellados, en una mueca recta, como si los hubieran cosido con hilo invisible. La felicidad me dolía. En alguna ocasión me he imaginado dulce, en lugar de amarga, y risueña. Quise ser la maniac pixie dream girl del amor de mi vida, pero no he podido. Quizá aquella princesa era el reflejo de todo aquello; un bonito y pintoresco cuadro de unos estándares que creí alcanzar pero, en el fondo, estaban muy lejos.

            Debí de decirle que tendría que ser menos alegre y volverse más taciturna, altanera y sinvergüenza. Mas humana y menos fantasma porque, por supuesto, estaba muerta: tan muerta como el castillo. Tan muerta como los centenares de vasallos que perecieron en una guerra que no era suya; víctimas de la tragedia de otros. La vida, a fin de cuentas, era así. Por primera vez en mucho tiempo, no me saqué fotos: me daba miedo verlas. Estar ahí, mimetizada con el pelo rosa, y toparme con aquella anacronía. En el castillo hicieron varias rehabilitaciones que no coincidían con lo medieval del asunto, así me sentía yo en cualquier circunstancia.

           Ojalá supiera retratar a la princesa; con su vestido verde hierba, su pelo castaño, largo y rizado, y sus ojos de ámbar. Ojalá fuera ella, ojalá no ser yo. Ojalá ser cualquier otra chica que hubiera aprendido a estar contenta. Ojalá todos mis ojalases se cumplieran porque, de no ser así, la desdicha me iba a hacer trizas sin que opusiera resistencia. ¿Qué era mejor? ¿Sentir la ansiedad removiendo mis vísceras o apagar la radio? Por supuesto que no iba a sacarme en aquella fotografía: jamás querría ver la prueba de lo mucho que me faltaba mi zapatito de cristal.





Beatriz



             Entro en la consulta, como todos los días. Llevo mi pelo, castaño oscuro, recogido en una coleta que me acentúa el cuello largo y delgado.  Sobre mis hombros huesudos, un vestido de tirantes amarillo. Las ojeras realzan incluso más mi cansancio. Los labios gruesos, pero secos y pálidos. La nariz larga y fina. De tan delicada, toda blanca, me siento como una hoja quebrada por el viento. Pequeña y delgaducha hoja. Hojita enferma, tal cual se me ve.

             Me siento. El tirante de mi vestido cae porque, como dije, soy toda huesos y nada me está bien. Me observas con tus ojos miel. Me recoloco el tirante sin devolverte la mirada; clavo mi iris frío en el parqué. «Buenos días, Beatriz», y asiento. No solo mis pupilas son hielo, sino también yo estoy siempre helada. «¿Podrías bajar el aire acondicionado? Tengo los pelos de punta». Sonríes con cierta incomodidad: el tirón de labios llega hasta la montura de tus gafas, que es azul. Las arrugas de felicidad acarician la comisura de tus ojos y te queda bien. Me molesta. Me gusta. No sé.

             —Siempre se me olvida apagarlo cuando vienes tú. —Eso es un alfiler, aunque no debería de serlo. Probablemente ocurra porque piensas poco en mí; tendrás muchos pacientes. ¿Quién soy yo entre tantos enfermos? Tan solo una más. Ahí plantada, fina, como el papel. Ojalá ser tan fina como para que me engullan los agujeros del maldito parqué. Donde se une cada tablón, caería yo. Y vería la humedad bajo la estructura. Me encontraría entonces con alguna cucaracha bien grande que me quisiera morder. Me miraría con sus ojos de insecto y abriría su boca de insecto. A lo mejor me partiría en dos. O a lo mejor llegaría un ratoncito, de los pequeños y blancos con ojos rojos. Me miraría con sus ojos rojos y yo querría ser su amiga. Siempre me gustaron los hámsters.

             —No importa —miento—. En un rato se me irá el frío.

             —Y, bueno, yendo a lo importante... ¿Cómo estás, Beatriz? Llevaba ya una semana sin verte y me gustaría que me dijeras si has progresado. —Sonrío porque es lo que toca. Sonreír con mis labios secos, rotos. Siempre rasgados porque hablar nunca había sido lo mío. Boca rasgada, de dientes enormes. Así era yo.

             —Hice la lista que me dijiste. De cosas que me gustaban y que debería de empezar a fomentar.

             —¿Qué cosas has descubierto que te gustan?

             —Me gusta bailar cuando llevo falda, porque vuela. Me gustan las faldas y los vestidos por eso. —Hago una pausa para recolocarme el tirante que, por desgracia, se me ha vuelto a caer. —Me gusta mi nombre; suena bien. Me gusta cuando nieva aquí en Madrid: me identifico con la nieve. Es fría y blanca como yo. También me gusta escuchar música triste y llorar mientras me pregunto qué significará su maldita letra en inglés. Y... —Paro en seco para leer el folio donde lo tengo todo apuntado. Me he puesto nerviosa y se me han ido de la cabeza todas las ideas. Sacudo la falda para disimular la incomodidad aunque creo que me hace ver más ortopédica todavía. —Quiero aprender a coser, parece divertido. También me gustaría maquillarme como las chicas que veo en instagram, y tener un pelo bonito. Y..., creo que ya. No he escrito más cosas.

             Me da la sensación de que en tu escrutinio encuentro ternura, junto a cierto paternalismo. Me molesta el paternalismo porque es el pan mío de cada día, así que decido enfocarme en la ternura. Lo que proyecto en los demás no suele ir abanderado de aquel sentimiento, sino de cierta incomodidad y pena. En ocasiones también me miran como si fuera un sujeto de experimentos. De hecho, recuerdo que también lo hiciste tú el primer día que entré por la puerta. Te lo perdoné porque me pareciste guapo y con los guapos es más sencillo hacer la vista gorda; tenéis esa fortuna, los entes superiores. A las enfermas como yo nunca les hacen la vista gorda. La gente es muy intransigente contigo cuando sabe que toda tú estás mal.

             A veces creo que te quiero, pero luego vuelvo a analizar el sentimiento y se convierte en odio. En envidia, rabia, y mucha impotencia. Es una emoción que tiene arraigadas muchas preguntas; la primera de ellas es la más típica de todas «¿Por qué yo?». Por qué tuve que tener yo la mala suerte de estar mal. De ser fea, blanca y triste. De no saber sonreír ni hablar con las personas. ¿Por qué no pude haber sido una chica normal con una vida normal? Y sonreír y enfocarme en tonterías. No tener problemas para ir con la gente. No agotarme cada vez que trato de hablar con alguien. 

             La siguiente pregunta iba más enfocada a ti, aunque yo siguiera siendo el centro. «¿Cómo serías conmigo si fuera alguien sin problemas?». ¿Querrías ser mi amigo si fuera una chica normal? ¿Te caería bien? ¿Te podría gustar? Luego me respondo sola con el rotundo no. No tenemos nada en común, en realidad. Qué esté enferma hace que tengamos algo para relacionarnos: te intereso, porque soy tu trabajo. Ergo, tu interés no soy yo, sino mi enfermedad. Ahí es cuando te empiezo a odiar un poco. Una parte de mí, la más sádica, quiere hacerte daño. Hay una parte en mi corazón que te quiere destrozar. Me gustaría verte siendo tan mierda como yo: seguro que tu sonrisa no sería tan radiante y te costaría bastante considerar esta vida como algo positivo. No serías optimista y te parecerías a mí mucho más. Mi parte sádica sabe que si estuvieras tan triste como yo, quizá me podrías querer. Que, siendo feliz como eres, para mí serás inalcanzable.

             Para terminar hay otro cachito de mí que se conforma con mirarte a lo lejos, con el platonismo, y quiere que sigas siendo así. Creo que es de las pocas cosas que me envuelven que podrían considerarse algo bueno. En la mayoría de ocasiones intento aferrarme a ella para no perder la poca cordura que me queda. Luego veo esos detalles en los que se nota que te importo bien poco; como con el aire acondicionado, y mi lado sádico quiere hacerte arder. Crear una guerra que te parta en mil pedazos.

             —Te gustan muchas cosas, Beatriz. Estoy seguro de que si te enfocas en ellas podrían hacer de salvavidas y te sentirás mejor. —Asiento. Te quitas las gafas para frotarte los ojos; hasta ahora no me había dado cuenta de que estás cansado.

             —Si no te encuentras bien me puedo marchar. Ya nos veremos la semana que viene, ¿está bien?—espeto de carrerilla. En realidad no me quiero ir; me gusta tu compañía. Sé que probablemente no sea recíproco dado tu trabajo, pero está bien para mí compartir un rato a tu lado. Me sabe mal que no estés bien, así que lo mejor sería irme. No obstante me quedo sentada, arañando segundos. Vuelves a colocarte las gafas y a rascarte la escasa barba que tienes en la zona de la perilla. Es un tic, lo haces pero no sé por qué. De tan guapo que eres duele mirarte. Me vuelvo a colocar el tirante. Tus ojos derrapan de mi hombro huesudo, al hielo azul que me regalaron de iris. 

             —Quédate, no es para tanto —musitas. Sonrío reticente, pero acepto. La ternura de tu voz está ahí, asesinando tanto a mi parte sádica, como a la que se pregunta por qué la vida ha sido tan mala conmigo. Solo queda el fragmento de mí que desea que seas feliz.  Quizá, solo quizá, algún día descubra que me quieres un poquito. Solo un poco. Soy pequeña, delgada y blanca: no hace falta demasiado calor para hacer derretir mi hielo.





Kaos



           Me destruiste. Creaste unas expectativas que me hicieron añicos. Mis ideales, que se deconstruyeron. Perdieron su forma; se desmadejaron. Quedaron como pedazos, en el suelo. Añicos hechos de cristal, porque nunca supe quién soy. Traspaso lo que veo, como un fantasma. Sin voz, vagué por una mansión abandonada disfrazada de mi vida. Mi vida, que destruiste. Tú y todos me rompisteis y ahora pretendéis hacer como si nada. Diciéndome que todo está bien, no solucionáis nada. 

           No. La mierda no es mi puta responsabilidad; yo no escogí mi vida, ¿sabes? Así que reclamo mi derecho a estar triste. Reclamo seguir reventándola y echándola a perder, si me apetece. Porque es mía. Porque aunque no hayan a penas cosas que dependan de mí, es mi vida. Qué me han vendido el «Si quieres puedes», para luego encontrarme con el cartel de un NO enorme en cada puerta que he tratado de abrir. Las voces recordándome que no soy la más lista, ni la más trabajadora, ni la más guapa o joven. Qué soy adulta y debo de saber tomar las riendas de algo que nadie se ha molestado en explicarme.

           Caí de lleno en el pozo, y vosotros sin advertirme. Me lanzasteis al pantano sin enseñarme antes a nadar. Destruida y ahogada, no me voy a recomponer. No me valen los trocitos que me quedaron y tampoco me gustan las cicatrices. De cero. Reclamo mi derecho a empezar de cero.






Despedida



            Te desvaneciste de un momento a otro. Te vi primero, fuerte, y con la promesa de tiempo a tu lado; te vi después, con la mirada al cielo, etérea. Te llamo etérea porque no estabas. Con las pupilas al cielo, anhelabas ascender como un pájaro. El cuerpo te pesaba, yaya. Te pesaba tanto que rogabas a las alturas que te cogieran en brazos. Fuiste una vasija vacía aquella madrugada, cuando algo en ti se hizo pedazos. Te rompiste por dentro, muy poco a poco: con los ojos al cielo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza) esperabas paciente que se apagara la llama.

            Horas antes, tan vivaz te recordaba; tan nítida, tan tú. Horas antes sonreías con dos manzanas maduras de mejillas. Horas antes besaste mi mejilla. Te dije «Nos veremos mañana. Sé positiva, porque vas a curar». Y no: no hubo cura. Solo una llamada a mi teléfono con cuatro palabras que me hicieron más daño de lo que pensaba: «Tu abuela se muere». Al día siguiente ya no tenías las manzanas. Tu boca entreabierta, con respiraciones forzosas. Tus pupilas mirando al techo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza). Te besé en la frente y no tuve el valor de articular palabra; me faltaba la voz porque tenía un peso en la garganta. No quería que me vieras llorar, aunque creo pudiste sentir mi pena. Fui entonces yo la que te besó a ti.

          El tiempo que estuve cuidándote en el hospital lo siento todavía como una película. La mañana en el tanatorio. Tu cadáver pálido, con los ojos cerrados. La misa. El momento exacto en el que el ataúd se ocultó en el nicho. Una jodida película, yaya. (Y tus ojos, sobre todo tu mirada perdida y el beso en la frente que te di). Me siento culpable porque me despedí seca, insensible. Con lágrimas, pero fría. Tenía tanto miedo de asumir lo inevitable. Qué te morías; qué estás ya muerta. La vida, que sigue adelante como si diera igual absolutamente todo. La vida, qué es maleducada con tu falta.

          Te quiero. A pesar de que fuéramos incompatibles te echo de menos. Ojalá no te hubieras marchado. Soy egoísta al pedírtelo con tu sufrimiento, pero ojalá estuvieras aquí con todos nosotros.

            


Tristeza



          Tal vez haya llegado el momento de estar mal. Tal vez esté bien estar triste aunque sea durante un tiempo. El dolor es algo legítimo y nadie debería de juzgarme en mi tristeza. ¿Qué pasa si quiero regodearme en la pesadumbre? Llorar en la madrugada, hasta que el sol despunte en lo alto. El brillo rojizo inundando las pocas nubes de un cielo pálido y apenas perceptible por lo altos que son los edificios. Después respirar el aire frío de unas seis de la mañana que se sienten como un alba tardía.

          Me merezco mi cachito de amargura. Tengo derecho a llorar hasta sentir que todo mi alrededor da vueltas. Emborracharme de lágrimas hasta perder el sentido, para después sentarme sobre el colchón y balancear los pies como si tuviera cinco años. De niña era todo más sencillo, y no. Pensar en los años perdidos; en lo estúpida que he sido. Después llorar más. Porque debo de reprocharme los errores para que no vuelvan a ocurrir. 

          He sido estúpida, ¿y qué? Nadie se salva de hacer las cosas mal. Mi problema está en que a veces me pierdo en la desventura. Necesito una brújula, ¿sabes? Pero no estoy del todo segura de merecerla. Recobrar la compostura, pero con lágrimas. Porque me he redescubierto como una dramática a la que le encanta la desidia. La desidia es seca en la garganta, pero cuando la engulles cala muy hondo. Creo que todos nacimos con la desidia bajo el brazo y cuando tenemos conciencia de ella la escondemos porque nos sentimos avergonzados.





Añicos



                La princesa se quedó pensativa. Sentada en el suelo, con los azulejos fríos y las ilusiones a fuego lento. Lentas como ella misma; cansadas como ella misma. Estaba quebrada, con sus añicos en tierra como pequeños cristales. Las ilusiones, que relucían sucias en el suelo. Los pedazos a su lado, sentados. Quiso tomarlos entre sus manos para poder recomponerlos, pero las fuerzas no le alcanzaban. Solo estuvo mirándolos con todo el anhelo que le quedaba: deseando que volvieran a juntarse para empezar otra vez. 

                Ella, que estaba rota, pensaba en todas sus malas decisiones y en otras tantas cosas que hizo mal. Ya no podía volver atrás, así que se quedó sola junto a sus pedazos. Algún día vendrían a barrerla para tirarla dentro del contenedor. Sería el juguete que ya no gustaba al pequeño de la casa. Porque la vida se regía por los caprichos de un chiquitín avaricioso y egoísta. 

                Pero ella; ella también había sido avariciosa y egoísta. Tonta, la princesa tonta: que llevaba el vestido raído y el maquillaje hecho un asco. Tenía las puntas del pelo abiertas, por cortar, y las ojeras de color añil. Estaba llena de miedos demasiado grandes para sus zapatos. Las circunstancias la superaron, y cayó. Por eso tenía que plantearse qué era lo que esperaba de la vida.




Luna



           La luna brillaba blanca y tan grande que causaba claustrofobia. Las estrellas, en cambio, a penas eran perceptibles. En aquel monstruoso cielo, el monstruoso monstruo contempló a la luna. Sus ojos eran dos luciérnagas y sus dientes una hilera de cuchillos. Desnuda la boca, emitió un gruñido. A cuatro patas caminaba con porte poderoso. Patas gruesas; cuerpo enorme y alargado. Su pelaje, marrón oscuro, se confundía con las tinieblas. Desnuda la boca, emitió un gruñido.

           De fondo se escucharon grillos y cigarras: parecía que querían cantar una nana pero no sabían cómo afinar. Desnuda la boca, emitió un gruñido. Los grillos y las cigarras guardaron silencio. El lobo andó hacia la luna como un rey sobre sus dominios. Luego escuchó el llanto del bebé y sonrió. Desnuda la boca, sonrió. Una niña de cabello claro y mirada enrojecida, que lloraba. Una niña que lloraba con un pañal.

           Se aovilló y sus piernas de monstruo se hicieron piel; sus garras de monstruo se hicieron dedos y su torso peludo se irguió. Tomó a la niña entre sus manos llenas de tierra. Desnuda la boca, sonrió. La luna (su luna) brillaba blanca y tan diminuta que sintió claustrofobia. Se la llevó lejos, muy lejos. La luna cautiva en el cielo y su luna cautiva entre sus brazos. Aquella noche dos satélites lloraron.




Amargo



           «¿Qué quieres decirme?», pero no te lo pregunto; solo miro hacia tu rostro.  Tus ojos marrones más oscuros que de costumbre. Húmedos, pero sin lágrimas. Las pestañas, largas y mojadas, tampoco aún tienen lágrimas. Las ojeras, que descansan debajo, están hinchadas y enrojecidas. En ellas reside algún tipo de magia, porque no puedo parar de mirarlas. Tan marcadas y tristes; tan cansadas... Las mejillas pálidas; los labios secos y un tanto entreabiertos. La piel seca de esa boca, de esos labios, que necesitan saliva.

           Me miras a mí como queriendo preguntar cosas demasiado grandes para usar palabras. Guardas silencio durante unos segundos y, cuando se empieza a hacer larga la espera, me preguntas un simple «¿Qué te pasa?» como si aquella cuestión fuera capaz de encontrar respuestas en  mi silencio. Yo no sé cómo me veo y mucho menos sé cómo me ves. Solo estoy seria y pienso. Solo te miro seria porque siento que no alcanzo a sonreír. A veces me dices fría, porque mi rostro siempre fue de esa forma; porque la solución más sencilla cuando estás triste es rodearte de escarcha. 

           Luego llega la reverencia de tu mano, que se coloca sobre mi mejilla derecha y la acaricia. Es entonces cuando sopeso tu pregunta y no sé qué debería de responder. Solo me quedo mirando tus ojos húmedos, pero sin lágrimas. Quiero volver a ver aquel marrón más claro, que acude cuando no estás ni triste ni cansado. Quiero acariciar esas ojeras, que son tan sinceras como bonitas. Entonces me arrepiento de cómo llegamos a este punto tan amargo. Quiero volver atrás en el tiempo, pero no tengo superpoderes. Intento sonreír pero se desdibujan mis labios. Busco arroparte de alguna forma y te abrazo. En mi garganta se ahoga un «Lo siento», que terminas susurrando tú antes de que yo lo haga. Quizá en aquel instante te sentiste como yo. Quizá nuestras mentes están interconectadas. O quizá, simplemente, los dos compartimos el mismo miedo a perdernos.




La historia de Bianca



       Bianca se quedó mirando con sus pequeños y almendrados ojos a su abuela. Estaba sentada en su regazo, en medio de una comida familiar, y su abuelo y sus tíos hablaban y bromeaban entre ellos. Se decían cosas graciosas, que no alcanzaba a entender. Aún así trató de prestarles atención porque le agradaba la idea de formar parte de ellos.

       —Te digo que la niña es como su padre. No va a hacer nada en su vida, igual que él —afirmó su tío y la pequeña Bianca arrugó la nariz en respuesta—. ¿No veis que tiene la misma cara que él? Los dos serán igual de inútiles.

       —Y siempre está callada, nunca habla. ¿Veis cómo juega? Muchas veces juega sola en el parque; creo que tiene un problema para relacionarse. ¿Autismo? Qué sé yo —dictaminó el segundo de sus tíos, aderezando más las faltas anteriores.

       Bianca se pegó al cuerpo de su abuela y solo les miró. No llegaba a mesurar la magnitud de aquellas palabras ni las consecuencias futuras que iban a tener en su desafortunada infancia. No llegaba a entender, tampoco, que a los niños en ocasiones no se les considera un regalo y que muchas veces, cuando llegara su adolescencia, iba a desear con todas sus fuerzas no haber nacido.

       La tristeza iba a ser una gran parte importante a lo largo de su corta vida. Los desprecios, los abusos y faltas iban a manchar de negro su inocente alma. Le iba a doler, mucho, y su única opción iba a ser recibir los golpes y llorar a escondidas y en silencio preguntándose si en realidad había hecho algo para merecerlos.

       Pero aquello era algo de lo que tardaría un año o dos más en ser consciente por lo que, por el momento, podía descansar su cabeza sobre el pecho de su abuela y quedarse dormida y feliz escuchando los latidos de su corazón. Disfruta de tu ignorancia de ahora, Bianca, porque más adelante, cuando desaparezca, desearás con todas tus fuerzas que el tiempo deje de correr para ti.




Tempus fugit

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Cathia cerró los ojos con suavidad, permitiendo que la melodía que compuso Lucas para ella inundara sus tímpanos. Sonrió amargamente, deleitada por la intensidad de las notas.

—¿Qué haces? —quiso saber Laura—, ¿por qué no abres los ojos?

Cathia inspiró lentamente. La mirada de Laura se mantuvo fija en las aletas de la nariz de la chica.

—Le escucho— dijo ella, simplemente.

Laura encaró una ceja sin comprender lo que su amiga le pretendía decir. Despegó sus labios con la intención de preguntar, pero Cathia fue más rápida.

—Su música —especificó ella—; oigo la música de Lucas.

Laura se mordió el labio, confusa.

—¿Lucas? Él nunca tocó ningún instrumento —dijo ella en tono de duda.

—No es eso —negó Cathia—, lo que mis oídos perciben es la última nota que produjo su mente al dejarnos.

Laura se arrodilló con dificultad sobre la tumba de él, contemplando su fotografía, la cual se hallaba sobre su epitafio.

—¿Y... cómo es su música? —quiso saber ella, con curiosidad.

Cathia sonrió con añoranza y a la vez melancolía, observando la fría piedra que cubría el nicho de aquel a quien tanto amó. Le echaba de menos.

—Es hermosa... y mía. Me dedicó su última canción.

Laura acarició gentilmente el canoso cabello de su amiga; era evidente que él la amó; siempre la quiso.

—Has tardado cuarenta años en ser consciente de esa verdad tan obvia.


 
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