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Improvisación





        Había una vez una hermosa princesa, encerrada en una torre, que no paraba de derramar lágrimas. Anhelaba tener unas coloridas alas y poder volar sobre las nubes, para así vislumbrar, extasiada, el reino de su madre. Quería aprenderse de memoria las colinas y los montes; los ríos y los lagos; los pueblos y las ciudades que lo constituían.

         Una noche, la princesa llamó a su hada madrina y le rogó con vehemencia que la liberara de su prisión. Esta, divertida por la situación, le dijo que le era imposible hacerlo porque ese trabajo estaba destinado a un príncipe.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger
         
           Pasaron los años y la princesa continuó en su gélida celda, derramando lágrimas y anhelando sus alas. Hasta que llegó un día en el que se le vino a la cabeza una macabra idea: saltaría por la ventana. De este modo, al menos podría experimentar lo que era ser libre durante los segundos que precedieran a su muerte. Y así lo hizo.

            Lo sorprendente fue que el torreón no era tan alto como parecía y sus alrededores tan bellos como los presenciaba. Cuando cayó a tierra se percató de que en realidad todo era un montaje cutre de cartón piedra. Había estado toda su existencia viviendo en un decorado de un teatro de tres al cuarto y disfrazada con una tela azul celeste de disfraz.





               Siento mucho tener el blog abandonado, pero los exámenes es lo que tienen. Para compensaros subo esta improvisación que escribí hace poco; consistió en dejar la mente en blanco y escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Es una historia sin planear ^^

                 La he ilustrado con un dibujo de David, cuya expresión parece estar acorde con lo escrito. ¡¡Sayonara, peanut!!

Quia mare est



La niña se sentía sola; sin vida. Anhelaba que la princesa Soledad fuera en su busca. Que la consolara y la abrazara con fuerza, meciéndola entre sus brazos a la par que articulaba «Shhh... No dejes que la marea del dolor te lleve. Estoy aquí, a tu lado, y te quiero».

La niña quería dejar de sentirse mal. Anhelaba no hundirse en las profundidades del mar de sus miedos, para así subir a la superficie; ahí donde se hallan sus recuerdos más bellos. Pero cada vez que se esforzaba por conseguirlo, un malvado pirata pordiosero lanzaba un ancla a su espalda. Entonces era cuando la niña no podía seguir nadando, y se dejaba llevar por el peso que le habían impuesto.

El mar de la niña era muy peligroso, pues casi todos los días caían truenos y relámpagos sobre el manto azulado, repleto de turbulentas olas. Tal vez, si la niña estuviera de nuevo con Soledad, las cosas cambiarían. Sí, éso era. Necesitaba a la princesa. Ahora.

—¡¡Soledad!! —gritó la niña, cada vez más cerca de tocar el fondo oscuro de su océano. Sus pulmones se llenaron de sal y amargura líquida—. ¡¡Soledad!!

La niña no tenía intención alguna de rendirse, aún a pesar de que el agua la rodeara impidiéndole respirar mientras la engullía a la parte más profunda e inhabitada de su mar. Esta vez encontraría a la princesa; esta vez podría conseguir sacar la cabeza fuera del agua e inspirar el reparador oxígeno de la superficie terrestre.

—¡¡Sooooooledaaad!! —Chilló con todo el empeño y las fuerzas que tenía. Su bramido desgarrador atravesó los cinco continentes, dos veces. Fue viajero de bosques y desiertos; de laderas y montañas. Consiguió, incluso, rozar el horizonte.

La princesa Soledad, huyendo de su enemigo; El príncipe egoísta, escuchó el vocativo desesperado de la niña.









Los Amantes



Los amantes se miraron a los ojos, sabiendo que tal vez aquella sería la última vez que se vislumbrarían. El chico quería llorar de rabia y desesperación; la chica por el contrario se esforzaba tratando de no chillar maldiciendo aquellas desgarradoras circunstancias.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de todo el daño que se habían hecho el uno al otro. Se amaban, y a pesar de ello no pudieron dejar atrás su orgullo, sus celos, y su egoísmo. El amor en ocasiones no era suficiente.

La chica rememoró avergonzada las veces que había coqueteado con desconocidos delante de él, con la intención de demostrarle que ella no era suya pero que la cosa no ocurría al revés. Pensó entonces en su satisfacción cuando él la reñía, cuando se enfurecía y proclamaba a los cuatro vientos que ella le pertenecía.

El chico rememoró aquellas noches que había salido de parranda, en respuesta a la actitud que ella tenía con él, con la intención de llevarse a la cama a una Doña Nadie que olía a alcohol y colonia barata; cuya tez deteriorada por los vicios no se podía comparar con la de su amada. Seguidamente su aventura concluía con una retirada del local llevando el rabo entre las piernas, plenamente consciente de que en su mundo no existía otra mujer que no fuera ella. No obstante aquella salida no le era en vano, pues hallaba gozo en las preguntas indiscriminadas de su mujer sobre dónde había estado y en las numerosas marcas de propiedad que alojaba ella posesivamente en su cuerpo.

Ambos, tras recordar aquellas escenas, arrepentidos y pensando que áquel podría ser su último momento juntos, abrieron la boca y musitaron vehementemente «Perdón»; aquella palabra salió de sus labios al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo para articularla.

Debajo de la mesa en la que se resguardaban escucharon el estruendo que produjo la caída de un trozo de escayola del techo. El suelo temblaba cada vez con más fiereza. ¿Cuánto tiempo tardaría en hundirse su bloque de pisos? Aterrorizados se abrazaron, tratando infructíferamente protegerse el uno al otro.

Veinticuatro horas después encontraron a Los Amantes con las manos ensortijadas. El equipo de rescate intentó separar su unión de dedos sin lograrlo. Y así fue como se despertaron en el hospital, agotados y doloridos por sus varios huesos fragmentados. Felices; pensando que ya que les habían concedido una nueva oportunidad, la iban a aprovechar.




Alice



Intento alcanzar a la bella Alicie. He recorrido colinas y montes; bosques y desiertos, pero hasta el día de hoy no he logrado dar con ella. Numerosos aldeandos me han dicho que mi preciosa Alicie ha perdido su nombre, su sombra y su reflejo en el río. Mi bella dama no recuerda nada de lo que una vez fue; carece de identidad.

Cada vez que me intento comunicar con ella una nube de niebla me lo impide; Alice se intenta alejar de mí; me tiene miedo. Ojalá se dé cuenta de que no vengo a condenarla sino a salvarla. Oh, hermosa Alice, concédele una oportunidad a este humilde príncipe; dótale del privilegio de liberarte.

Justo en aquel instante, como si fuera un regalo de mi Dios, vislumbro a una dama sin rostro vestida con una traje de fiesta azul deshilachado. Toda ella es blanca; su cabello, su piel, sus uñas... Ah, bella Alice, ¿en qué te has convertido? Pareces un bloque virgen a la espera de ser esculpido.

Alice, como si percibiera mis intenciones, se aproxima a mí. La tierra no sufre ninguna mella al ser pisada por sus diminutos pies incoloros; como si en realidad no hubiera tocado aquella zona del suelo. Alice sacude su cabellera inmaculadamente blanca fuera de su frente, y su inexistente boca se abre.

—¿Quién soy? —quiere saber ella. Me sorprendo al darme cuenta de que en realidad y de manera inexplicable de sus labios no sale sonido alguno, sino que éste se presenta directamente en mi cabeza.

—¡¡Alicie!! —chillo corriendo hacia ella, para instantes después verla retroceder y mirarme con desconfianza a los ojos.

—No —niega con vehemencia—. Quiero que te aprendas mi nuevo nombre; Soledad. Mi nombre es la princesa Soledad. Ése fue mi mote de condenada y me lo atribuyo también como el de mujer libre. Yo, la princesa Soledad, no te necesito y por ello no anhelo que me rescates. Mataré a mis dragones y me despertaré sola de mis pesadillas. Seré la que halle la liberación de mi torreón sin puertas ni ventanas, y tú, príncipe, me verás triunfar entre las tinieblas.

Atónito, contemplo cómo Alice recobra de nuevo su color, y con ello su nueva identidad; una que se había construido ella sola sin necesidad de los demás.

Una parte de mí se siente dichosa puesto fue por el reconocimiento en voz alta de sí misma en mi presencia que pudo percatarse de quién era. El otro extremo de mi ser es consciente de que si trataba de amarla y ella se valía por sí misma la podía perder. Aunque quizás aquello era lo mejor, ¿qué ganaba yo forzándola a estar a mi lado si en realidad ella no me amaba?

—Y que en los libros quede rubicado que soy Soledad, la primera princesa que descubrió que no necesita a nadie para vencer a sus enemigos; la primera que descubrió que es absurdo depender de los demás —concluye la recién bautizada Soledad.







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—A lo mejor dentro de unos años cambie de opinión —musitó Estela con suavidad.

Arqueé una ceja con escepticismo.

—Sí, tal vez... y también algún día los cerdos vuelen, ¿no? —me reí con todas mis ganas.

Estela suspiró.

—Nunca se sabe —dijo—. Todo es posible; incluso que algún cerdo nazca con alas.

Me mordí los labios tratando de no soltar una carcajada.

—De todos modos aunque la Luna me amara daría igual; lo nuestro sería imposible porque aunque pusiera todo mi empeño no podría alcanzarla, y ella, si tratara de bajar para tocarme caería desde ahí arriba —señalé el cielo de manera dramática— y moriría en el impacto.

Estela sacudió su cabeza confundida.

—¿Tú no estabas enamorado de Alma? —inquirió—. Ella no es un satélite.

Sonreí con sorna.

—Cierto; pero aún así se le parece mucho —hice una pausa—. Alma está en su casa, encerrada. Si tratara de bajar de su balcón a verme terminaría cayéndose y haciéndose daño; y si yo intentara subir a por ella terminaría preso de las espinas de los rosales de la enredadera de debajo de su cuarto.

Estela suspiró.

—Tú siempre tan poético...

La despeiné de manera juguetona.

—Además, ella siempre está enferma —articulé inaudiblemente. Suspiré, decaído.

—A lo mejor le pasa como a Blancanieves, que está presa del hechizo de una bruja.

—Deliras —la pinché, poniendo cara de falso ultraje. Su única respuesta fue un enigmático encogimiento de hombros.




Mi Nana

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—Por favor, no te vayas —imploró el Chico tomando la pálida e intangible mano de la Chica—. Quédate conmigo.

La Chica bajó su mirada al arenoso suelo a la par que sus labios sonreían de manera triste. Bajo aquellos granos terrosos estaba su cuerpo; arropado por las raíces y los gusanos que habitaban bajo tierra. Dentro de unos años su putrefacta carne y sus delicados huesos pasarían a ser polvo y terminaría desapareciendo todo rastro de ella; como si nunca hubiera estado ahí.

La Chica se aproximó al acantilado.

—¡¡Nooo!! —chilló él en un tono estridentemente desesperado—. ¡No me dejes! Por... Favoor...

La Chica rodó los ojos con pesadez y cansancio. Estaba muerta; hacerle compañía sólo intensificaría el tormento del Chico.

La Chica se agachó, y en aquella postura señaló una parte del suelo frente a ella. La incorpórea falda de su vestido rojo fuego se movía al compás de la corriente marina cercana a la costa del acantilado.

—¿Qué? —le interrogó él ansioso—, ¿qué quieres?

Ella ya no estaba. Los ojos del Chico alcanzaron sólo a vislumbrar como su translúcido cuerpo saltaba desde lo más alto del precipicio hacia las rocas donde eclosionaban las olas.

El Chico gritó, con todas sus fuerzas; dejando que el aire apuñalara sus cuerdas vocales para después rasgarlas haciéndolas vibrar hasta desgarrarlas.

Sus dedos se hundieron como garras en el suelo con ira, cada vez más profundamente hasta que, inesperadamente se toparon con algo.

Ansiosamente confundido, se dio cuenta de que ello era lo que la Chica le trataba de indicar. Palpó una caja de madera; húmeda y mohosa.

La tomó con vehemencia y abrió con el pulso tembloroso. Había una nota.

Si tu corazón dejara de latir no quedaría nadie que fuera testigo de nuestra historia.

El Chico se enjugó una lágrima esquiva y arrugó conmocionado la hoja de papel. La corriente marina siseaba una canción de cuna.





 
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