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Efímero



                      La manera en la que nuestra ciudad se degradó era, cuando menos, indescriptible. Algunas veces acudía a un acantilado que daba a una cala en la que solía jugar de pequeña. Desde allí podía ver cómo las aguas se habían vuelto amarillas y cómo la naturaleza se degradaba. Me costaba admitirlo pero, a pesar de que la muerte campaba a sus anchas, era hermoso. Había belleza en la destrucción; algo macabro que nos recordaba lo efímeros que éramos. Las plantas grisáceas y faltas de flores; la tierra infértil y llena de ceniza; los cadáveres. Todo desaparecía. 

                      Tal vez fue por la guerra, que se llevó mi cordura junto a la vida de mis padres. O tal vez fue por mi cansancio; mis lágrimas, que las había olvidado. Desde hacía años tenía los ojos secos porque me había aborrecido llorar. Luego estaban las súplicas que, con los años, se habían convertido en algo automático. Ya no tenía nada que perder. Me arrebataron mi derecho a decir «No», con la sonrisa ladina de aquellos que saben que eres una mierda de su propiedad. A veces venían quienes luchaban en el bando correcto para aprovecharse de lo poquito que quedaba de esperanza. Se acercaban y actuaban como si les debieras misericordia; como si tuvieras que agradecerles estar metida en el pozo de pobredumbre en el que vivías. Ellos, que eran muy hombres, se aprovechaban de tu debilidad para tomarte. Y se reían de ti, de tu gente y de tus niños. Se reían de todos porque por llevar un arma en su espalda, eran mejores. Héroes, se llamaban.

                      Para nosotros eran monstruos. En alguna ocasión les tendimos emboscadas para robarles suministros o armas. Luego salía en la radio que éramos desagradecidos e inconscientes. ¿Por qué? ¿Acaso os debíamos algo? El día en el que me violasteis también fui una desagradecida. O cuando os llevasteis a la hija de Nana; seguro que ella también lo fue. Aún la escucho llorar en su habitación: todavía le quedaban lágrimas. Sus ojos se mojan de odio por vuestra culpa. Qué lucháis por nosotros, cuando ni siquiera tuvimos voz para escoger cómo sobrellevar la guerra. Se os llena la boca de quimeras, cuando venís a tratarnos como si fuéramos desechables. El hombre, que va a la guerra porque su destino es ser soldado. Y la mujer, que pelea en la indefensión, agredida la mayoría de las veces por los suyos, nunca sale en los libros de historias. Ni saldrá, porque no importamos. Esto es algo vuestro, que sufrimos nosotras en vuestro egoísmo.

                      Quisiera volver a la época en la que en la cala se podía nadar, Pero el agua era amarilla y la tierra infértil. La destrucción en su decadencia me recordaba que todo, por muy horrible que fuera, tenía un final. En algún momento, todo acabaría. Probablemente no iba a estar para verlo pero, aún así, tampoco me importaba demasiado. Con saber que iba a morir, me bastaba,




Escarcha



              Nací congelada dentro del refrigerador.  Luchaba por desplegar mis alas, encogidas y llenas de escarcha, para alcanzar al estante del brick de leche. Tenía la boca seca porque nadie se había molestado en darme de beber. Aunque, hasta hacía poco, no me había dado cuenta de lo desértica que era la nevera y lo inhóspito del congelador. Sola: nací sola dentro del refrigerador. Y moriría también sola, porque la vida era así. 

              Mis alas, que tenían demasiada escarcha para volar. Quería elevarme para salir, pero siempre terminaba en el estante de los pepinillos en vinagre. Qué nadie quería a los pepinillos, como tampoco me querían a mí. Caducaban ellos y caducaba yo esperando. Esperar me consumía más que una cerilla prendida para encender el foguer. Qué me dijeron que la solución era esperar y solo fue una mentira. Esperé tanto que se me olvidó mi razón de ser. Ahí estaba yo, con mis alas de escarcha, sin alcanzar un tetra brik. Los pepinillos cerca, como si tuviera que consolarme que estuvieran tan desamparados como yo.

              Qué la leche estaba lejos. Qué tenía a los pepinillos demasiado cerca. Nací congelada dentro del refrigerador. Nací con alas de escarcha y corazón de cerilla. Cerilla ardiente; cerilla prendida para encender el foguer. El foguer de otros. Nací congelada dentro del refrigerador. Abran la puerta.




Gaslighting

             El mundo parece estar en una sintonía diferente a la tuya. No tienes ningún interés en alcanzarla, pero todo tu alrededor te fuerza a seguir su emisión. La melodía del mundo está desfasada y te hace daño. La melodía del mundo está desafinada y tú solo pretendes darle color. En silencio, siempre en silencio; te cosieron los labios para dejarte sin voz. Callada, asientes a un devenir que se atora en tu garganta.

             Rodeada de gris solo buscas a un cómplice, pero tu alrededor te trata con condescendencia. Te niegan aquello que te reconcome por dentro, porque les enseñaron que la mejor defensa era la luz de gas. Ahogada en el gas aprendiste a nadar con los brazos atados a la espalda y una roca anclada en tu tobillo derecho. Para los demás el problema es que no sabes bucear porque te maniataron tus lágrimas. A contracorriente. No importa lo que te digan, ve siempre a contracorriente. 





.



Cuando caes víctima
de su enredo.
Y tienes la certeza
de que en tu contra
el monstruo apunta.

Te enfadas
y protestas.
Pero tu alrededor ve
que tus formas
no son correctas.
Así que pierdes
cada reyerta.

Mientras tanto
el monstruo
desde su pedestal
busca tomar tu lugar.

Qué el monstruo
está blindado
con sus quimeras
y por tu enfado.
Qué si estás enfadada
no llevas razón.



Las formas,
recuerda,
benefician
al mejor actor.





Lágrimas del cielo


            Aquella noche llovía, y llovía. Y de los ojos de Eco también caía agua. Estaban más empañados que las ventanas su cuarto. En su mente también había agua y, junto al ella, una imagen demasiado dolorosa como para ser evocada. Su cabeza la veía en retales; en momentos deconstruidos. Pero sus auténticas intenciones no estaban relacionadas con aquel recuerdo, sino enfocadas en el propósito de poner la mente en blanco y sólo olvidar. El sentimiento que paladeaba se le antojaba pesado, amargo y lleno de almizque. Tenía la sensación de que desde aquel suceso algo había cambiado dentro de él.

            Eco cerró los ojos e intentó dormir pero, por desgracia, sus sábanas también empezaron a llorar. Todas ellas se llenaron de agua, sal y algo demasiado oscuro para poderlo describir con palabras. La ventana había sido abierta por una ventisca tan temperamental que no podía creer que fuera solo viento. El aire entró sin pedirle permiso e inundó el cuarto. Todo, absolutamente todo, terminó lleno de aquellas lágrimas. 

            Eco emitió un bramido repleto de rabia, que se camufló con el sonido de un trueno. Su voz se había convertido en lo mismo que auguraba su nombre. Impotente, se acercó donde estaba la ventana y trató de cerrarla con todo su empeño. Las cortinas, entonces, bailaron un vals demasiado intrincado como para ser mero fruto del azar. Hizo fuerza en su intento de cerrarla. Y más fuerza, y más fuerza… De nuevo, estalló un trueno que enmudeció al resto. 

            Otro relámpago hizo acto de presencia, o eso le pareció. No, no lo era; refulgía demasiado como para ser sólo eso. Frente a sus ojos relució el filo de un cuchillo: un arma, que sostenía con todas sus fuerzas entre sus manos. El recuerdo triste, la imagen amarga. Estalló su pecho como una bomba. Entonces, apuñaló con ira su reflejo en el cristal. 

Dibujo realizado por David ♥
         
            Destruyó todas las pruebas de la lluvia, de las lágrimas. De nuevo, chilló. Y esta vez su voz sí que fue escuchada. La noche cesó; la luz iluminó su cuarto y, en ella, se pudo ver la imagen de un pequeño adolescente con la habitación destrozada: tan lleno de paz, como de lágrimas.






Impasible




La princesa Soledad era impasible; parecía gélida como una roca. Daba la sensación de que nada era capaz de quebrantar su indiferencia ante el mundo. Su vestido blanco e incorpóreo ondeaba al son del viento y de la carencia de sentimientos que destilaba. No obstante, aquello no era más que una simple careta: su cuerpo era una carcasa perfecta; una carátula aparentemente inquebrantable por la que era imposible que se filtraran sus sentimientos de dolor, rabia e impotencia.

Quiso arrancarse su vestido, su cabello y su piel; que la gente viera lo que había dentro de ella. Anheló que todos sus tormentos se escaparan e hicieran mella en sus alrededores.  De este modo, la gente descubriría la verdad oculta bajo su rasgado traje de princesa etérea. De este modo, el veneno saldría fuera y se iría lejos, muy lejos. Y desaparecería por el horizonte a un lugar donde ella esperaba no verlo jamás.

La princesa Soledad sintió que en su pecho se abría una breca profunda, negra y supurante que lanzaba esputos espesos como el alquitrán. Aquellos esputos eran corrosivos; cuando tocaban algún objeto lo malograban transformándolo en cenizas. Y eso asustó a la princesa, que se arrepintió inmediatamente por haber deseado que su amargura saliera.

Intentó sellarla, juntar los extremos, pero aquello fue un intento vano. Su herida lanzaría ponzoña durante mucho tiempo y lo único que podía hacer al respecto era intentar evitar que no salpicara a los demás. Se había convertido en un monstruo. 



Tú



Quise tener poder. Quise tener la capacidad de impedir que sufrieras; de impedir que ocurrieran cosas malas que borraran tu sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta y que refleja el brillo de tus castaños ojos. Quise, también, ser capaz de cambiar cosas que no están a mi alcance; de variarlas a mi antojo conforme más te conviniera para que no sufrieras. Pero, ¿adivina qué? No pude.

Soy humana. Estoy limitada. 

Y por ello no dejo de vislumbrar tu pesadumbre y tu dolor. Y me estremezco por dentro, y quiero hacer lo imposible para evitarlo. Pero no. Y no. Y no. Y no. Y no.

Estoy cansada del No. Del «Es imposible». De las limitaciones. Sonríe cielo, sé feliz. Estate a mi lado. Ámame. Que lo demás no importe; que en tu mundo estemos tu y yo. Te lo imploro, te lo suplico. 

Lo necesito.




This is the new SHIT


Selene miró a sus padres, a la gente de su pueblo, de su ciudad, de su planeta... Todos eran iguales; hombres grises sin moral propia, que se regían por un criterio común establecido por las modas y el capitalismo. Selene los detestaba. Se sentía prisionera en una cárcel sin barrotes; en una jaula de corrupción, monotonía y egoísmo. Un horrible lugar regido por el dinero y las ansias de ser aceptado; de que los demás te dieran el aprobado.

Selene tenía muchas ganas de gritar; de exteriorizar fuertemente su ira hacia cómo eran las cosas, y su frustración por no poder hacer nada para cambiarlas. A medida que pasaba el tiempo, el odio de Selene hacia el interés desproporcionado por las modas, el dinero y el «Qué dirán» aumentaba. Estaba cansada de vivir en un universo atestado de semejantes peleles con semejantes aspiraciones. 

Selene tenía muchas ganas de llorar, pero aquéllo sería en vano; ¿qué hacer cuando nadie comparte tu manera de ver las cosas?, ¿cuando te hallas cautiva en un mar repleto de circunstancias adversas? Luchar; obviamente Selene debía luchar. Para alcanzar a un ideal correcto debemos, incluso, sudar sangre.

Y sobre todo, pensar que aunque parezca imposible, habrán personas que 
estén en la misma situación.






 

Quia mare est



La niña se sentía sola; sin vida. Anhelaba que la princesa Soledad fuera en su busca. Que la consolara y la abrazara con fuerza, meciéndola entre sus brazos a la par que articulaba «Shhh... No dejes que la marea del dolor te lleve. Estoy aquí, a tu lado, y te quiero».

La niña quería dejar de sentirse mal. Anhelaba no hundirse en las profundidades del mar de sus miedos, para así subir a la superficie; ahí donde se hallan sus recuerdos más bellos. Pero cada vez que se esforzaba por conseguirlo, un malvado pirata pordiosero lanzaba un ancla a su espalda. Entonces era cuando la niña no podía seguir nadando, y se dejaba llevar por el peso que le habían impuesto.

El mar de la niña era muy peligroso, pues casi todos los días caían truenos y relámpagos sobre el manto azulado, repleto de turbulentas olas. Tal vez, si la niña estuviera de nuevo con Soledad, las cosas cambiarían. Sí, éso era. Necesitaba a la princesa. Ahora.

—¡¡Soledad!! —gritó la niña, cada vez más cerca de tocar el fondo oscuro de su océano. Sus pulmones se llenaron de sal y amargura líquida—. ¡¡Soledad!!

La niña no tenía intención alguna de rendirse, aún a pesar de que el agua la rodeara impidiéndole respirar mientras la engullía a la parte más profunda e inhabitada de su mar. Esta vez encontraría a la princesa; esta vez podría conseguir sacar la cabeza fuera del agua e inspirar el reparador oxígeno de la superficie terrestre.

—¡¡Sooooooledaaad!! —Chilló con todo el empeño y las fuerzas que tenía. Su bramido desgarrador atravesó los cinco continentes, dos veces. Fue viajero de bosques y desiertos; de laderas y montañas. Consiguió, incluso, rozar el horizonte.

La princesa Soledad, huyendo de su enemigo; El príncipe egoísta, escuchó el vocativo desesperado de la niña.









1984

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Mi mirada se mantuvo cautiva en la ventana de mi cuarto que daba a la calle. Las vistas que me proporcionaba no eran gratas; un callejón mugriento y un cubo de basura en la esquina del mismo rodeado de bolsas de plástico grises repletas de deshechos que no cabían en su interior. Sobre aquel cubo había un cartel con un rostro impreso.

Tragué saliva conmocionado. Daba la sensación de que los ojos de aquella imagen seguían hasta el más mínimo movimiento respiratorio de mi pecho. Aterrorizado, recompuse mi rostro a una mueca inexpresiva.

Bajo la imagen del cartel ponía "Gran Hermano te vigila". Aquellas palabras se clavaron en mí como agujas e hicieron que regresara a la realidad secundadas por el sonido que emitía la telepantalla; en aquel momento se escuchaba a una trompeta tocando una marcha militar.

Como estaba acostumbrado, modifiqué mi cara de póquer a una expresión de dichosa felicidad, pues de este modo sería más sencillo pasar desapercibido y no ser el centro de atención en la grabación que la telepantalla hacía de mí.

LA GUERRA ES LA PAZ

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

El eslogan del Partido estaba en mi cabeza, como un potente zumbido de un zángano en el interior de mis tímpanos. Quise gritar.

Impotente, no hice absolutamente nada. Forcé una sonrisa que exteriormente se vería increíblemente real y traté de no pensar en el diario que acababa de ocultar en el cual escribí lo que sería mi condena cuando me descubrieran:

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO

ABAJO EL GRAN HERMANO


ABAJO EL GRAN HERMANO


ABAJO EL GRAN HERMANO


ABAJO EL GRAN HERMANO

________________________

Texto inspirado en el libro 1984 de George Orwell. Lo estoy empezando a leer, y me encanta; os lo recomiendo. Es una especie de cóctel de dictaduras y es bastante entretenido. Ah, y como curiosidad diré que "Gran Hermano" se llamó así por él e_ê

Sorry por tardar tanto en actualizar, pero estoy vaga y sólo queda un mes de clase; ¡compadeceros de mí! T^T



Dispara

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Y simplemente clavé con ahínco mi mirada en la suya, tratando de fundirle con mi rabia, ira e impotencia. Él sólo se rió de mí de manera grotesca, disfrutando con un gozo casi enfermizo de mi situación.

—Dispara —articulé con suavidad contenida—, ¿a qué estás esperando?

Él no me contestó, sólo me contempló con interés. Su arma se encontraba cautiva entre sus dedos, con el cañón apuntando al arenoso suelo.

—¿Tienes miedo? —me preguntó con sorna contemplando mi tembloroso y mortal cuerpo.

Me mordí la lengua; no pensaba contestar algo que delatara mi terror y le otorgara más placer siniestro. Mantuve mi mirada gacha.

—Dispara. He perdido —insistí con suavidad.

Él vaciló durante unos escasos instantes; parecía entre divertido y asombrado.

—¿Tienes miedo? —me volvió a interrogar.

Suspiré con suavidad; me costaba respirar, poco importaba lo que me esforzara por ocultarlo.

—Tengo frío —dije simplemente—. Dispara, ¿o es que... no quieres cobrar tu deuda?

Él no habló.
Cerré los ojos a la espera de la oscuridad.

.__.

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Sólo déjame estar a tu lado; permíteme quererte, apreciarte, demostrarte mi cariño...

No pido nada más.














¡¡Escúchame!! ¡Te quiero!



¿Cuántas veces te lo tendré que decir?, ¿por qué? ¡¡HABLAR CONTIGO ES COMO HABLAR CON UNA JODIDA PARED!!











Yo...

Yo...






































¿Quieres estar conmigo?




êwê

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Soy la Princesa de cabellos de fuego,
lucho contra dragones
y sueño con un pincel
que cambie lo que con mis ojos contemplo.

Yazco encerrada en una torre,
cautiva; sin salvación,
pues mi orgullo me impide llamar a un Príncipe
no necesito de su valor.

Soy la Princesa de mirada triste;
el Tiempo hizo mella en mí.
El grosor de estos barrotes me consume,
se apaga la llama de mi existir.

¿Y el Príncipe?
No le llamo.
¿Por qué?
No le necesito.

Soy la Princesa de candente alma,
yazco cautiva, sin esperanza.
Antes maté dragones y gané batallas,
y ahora se consume mi vida.

¿Por qué no le llamaste?
No le amo.
Pero ahora has muerto.
Poco importa.

Fui la Princesa de cabellos de fuego,
de mirada triste,
de candente alma.
No tuve Príncipe porque no le quise;

preferí morir sola a que viniera él y me liberara,
pues mi cuerpo perdería sus grilletes,
pero mis sentimientos
serían los esclavos de sus demandas.

Contigo pero sin ti

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Mi mirada se mantuvo fija en aquel contundente muro de cristal que nos dividía; era tan absurdo. Tenerte a apenas un metro de distancia y no poderte alcanzar, y no poderte tocar, y no poderte sentir...

Quizá lo más frustrante de aquella situación era el hecho de que tú no me vieras; de que, el extremo del cristal que estaba a tu lado se encontrara empañado.

Grité intentando llamar tu atención con todas mis fuerzas hasta quedarme sin oxígeno, pero mi esfuerzo fue vano, puesto que mis palabras no podían atravesar aquella enorme pared que nos separaba.

Yo te amo; llevo años enamorado de ti. Contemplándote absorto en la agonía del saber que tú ni siquiera eres consciente de que alguien te aguarda al otro lado de tu pared.

...

Creo saber que hay algo más. Me gustaría apreciarlo; pero no puedo.

Un muro me impide contemplar más allá de donde me encuentro. Aquella pared está empañada, sucia y dejada.

¿Qué pasaría si la limpiara?; ¿si tratara de quitar la inmundicia que veta el paso del sol?

________________________

TEXTO INSPIRADO EN




El vídeo es precioso; os recomiendo que lo veáis, aunque el final es un poco hard a mí me gusto muchísimo y me dio mucha lástima.

¿Sabéis a qué más me recuerda éste vídeo? A una relación vía internet, porque las personas están ahí pero no las sientes.

Bueno, mejor dejo de hablar que seguro que os estoy aburriendo.

Tártaro

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Sólo quiero que en mi mundo haya silencio.
Sólo anhelo que en mi mundo no exista el Fuego.
Sólo...

Le imploro al viento una respuesta
absuelta del malogro de la vida;
él no me la entrega
y yo permanezco sumida en la Oscuridad.

En ocasiones le grito a la Nada,
tratando de que ella me replique algún vocablo
acompañado por el vaivén de las hojas de un ciprés.

Cada sonido emitido por las gentes de mi mundo
lleva consigo un arañazo que desgarra
profundamente mi tierna carne.

Mi mundo es carbón,
terror y pecado.

Mi mundo es dolor.

Quisiera arrancarme los ojos para no poder verlo.
Quisiera poder cortarme los oídos para no escucharlo.

Pero no puedo,
porque estoy muerta.

.




Y entonces no sabes qué hacer;
te desesperas;
tienes miedo;
sientes que todo lo que has luchado para conseguirlo
ha sido en vano.

Quieres gritar;
pero sabes que no serviría de nada.

Las lágrimas rebosan en tus mejillas,
siendo que tu llanto es vano.

Y entonces...

Y entonces...

Y entonces...

No ocurre absolutamente nada.

La pelea ha concluido;
has perdido aquello que te importaba.
























Ahora todo te da igual.

Soledad

Frente a mí se extiende el vacío.
Todo lo que me rodea es una gran extensión de tierra infértil;
no hay ni casas, mi plantas.
Ni árboles o personas.

Asustada, empiezo a correr;
en busca de algo muy importante,
pero el caso es,
que no sé qué es.

Aquel algo es lo que me permitirá huir de aquella pesadilla;
la llave que abrirá la puerta de salida
de aquel terreno olvidado.
Pero sigo sin saber qué es.

Empiezo a caminar en círculos;
puesto que todo el terreno es igual,
no tengo ni la más remota idea,
de si avanzo.

Sollozo llena de impotencia,
de pánico,
de terror, de ira...

Pero ninguna palabra sale de mi boca.

Yo...
El desgarrador silencio que me rodea,
juega con mi estado de cordura;
riéndose de mí.

¿Dónde estoy?
No lo sé.
Para salir de aquí;

debo de averiguar el sonido del silencio.

Porque algo, es aquello
que nos permite hablar.

.

Un rayo luminoso de luz da vida, colándose a través de ningún sitio.
Sonrio, eufórica por el brillo que desprende su halo cálido y confortable.

Estoy viva...

Aquel calor, recorriendo mi piel; reconfortándome con dulzura...

Estoy viva...

Sonrío, dándome cuenta de que existe algo mejor después de la muerte; un cielo lleno de renovadora belleza, donde no hay dolor, donde no hay...

...Y enonces de doy cuenta de algo; donde haya placer, ponga yo el dolor.
Porque ambos, son las dos caras de la misma moneda.

Recuerdo a mi familia, a todos aquellos que me rodean, y siento su dolor, su incentidumbre, su desamparo.

—Te echo de menos— me susurra mi madre al viento, dejando una rosa fresca sobre el frío mármol de mi ataud.

Yo también

Quise decirle; pero no pude, porque estoy muerta.

Espero, que... algún día nos encontremos.
.
.
.
Nota rápida; sin internet en casa ni locu, pido disculpas por tardar tanto en actualizar.
 
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