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Carla contempló los ojos azul cristalino del chico, tratando de averiguar por mediación de ellos si el interior de aquel ser no se encontraba vacío.

—Te amo —sonrió él de manera cálida—. Quédate conmigo.

Carla sacudió la cabeza, dándose cuenta de que el chico únicamente le decía lo que ella anhelaba escuchar, como si se tratara de un títere a merced de sus desesperados e inconscientes deseos. Los ojos de la joven se dirigieron hacia la cadena de oro que pendía de su garganta, en ella se encontraba un colgante con unas palabras inscritas: Carla & Daniel.

Frunció el ceño confundida, mas no recordaba tener aquello en su cuello, de hecho era la primera vez que veía dicha pieza.

—Es un recuerdo de lo mucho que nos queremos —le susurró de manera cariñosa Daniel al oído.

Carla apretó los dientes; estaba soñando, sí, seguramente se trataba de eso. Quizá si se pellizcaba con la suficiente fuerza lograba despertar. No lo hizo.

Sus labios se despegaron lentamente, mientras en su cabeza se conjuraban unas palabras que ella dudosamente iba a pronunciar:

—No existes.

Daniel observó conmocionado el inexpresivo gesto de Carla antes de que su rostro se oscureciera con un dolor que, a ojos de ella, tenía un trasfondo vacío.

—No existes —volvió a pronunciar la chica, esta vez con más convicción.

Daniel no hizo nada, su mirada se mantuvo fija en el collar que rebotaba en el pecho de Carla como consecuencia del movimiento respiratorio.

—No existes —aseveró, en esta ocasión su tono era seguro.

Furiosa al no ver ninguna reacción en Daniel, se arrancó el colgante con furia con la intención de replicar al chico la respuesta pasiva ante el ataque al que ella le sometía, pues una parte de Carla quería que Daniel tratara de persuadirla de que en realidad su compañía no era una fantasía.

Carla, debatiéndose entre la rabia y la resignación perdió de su agarre el colgante que se le escurrió entre sus dedos e impactó contra el suelo rompiéndose en diminutos pedazos.

Carla contempló los restos de aquello confundida, frunciendo el ceño.

Su visión se alzó nuevamente, atestiguando algo que aún la conmocionó más; Daniel era un muñeco de madera; un títere manejado por unos hilos casi invisibles semejantes a los utilizados en la caña de un pescador.

No era real...

Carla recogió una lágrima intrusa que se deslizaba descaradamente sobre su mejilla a la par que unos interrogantes de los que anteriormente no fue consciente cobraban forma en su cabeza: ¿Qué le ocurría?, ¿quién era Daniel?, ¿dónde estaba?

Durante unos instantes se asustó, pensando que tal vez ella también era un monigote al cual manipulaban, pero, segundos después apreció con una satisfacción casi enfermiza su capacidad de pensar, de razonar; su misma voluntad y libertad de actos.

En aquellos instantes ella era un pájaro encerrado en una jaula, bueno, un pájaro no, pues el ave era vagamente consciente de los barrotes, cosa contraria a Carla, que era plenamente conocedora de su limitación, de la privación de albedrío que estaba padeciendo.

—Quiero saliir... —dijo en voz baja.

Entonces fue cuando escuchó voces extrañas, y vio a un hombre vestido con una bata de hospital. Una reveladora imagen vino a su mente; ella ingiriendo un bote de somníferos.
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Palabrita que mañana corregiré los fallos, que ahora es muy tarde; me piro a dormir *-*

...

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Querido diario:

Hoy he tenido uno de esos días en los que no tienes ganas de moverte de donde estás; me siento apática; todo me da igual.

Quizá lo que me provocó el estado en el que me encuentro fue que él se fuera con otra. Ayer le vi en el parque de al lado del bar "Ca Pepe" y mis ojos brillaron cuando nuestras miradas se entrelazaron.

Le sonreí. Me devolvió el gesto, pero cuando me quise aproximar a él me encontré con que una chica de cabello caoba se le acercaba y le tomaba de la mano. Él clavó sus ojos en los de ella, y la chavala se sonrojó de la misma manera que lo hacen las chicas en las películas de adolescentes cuando se encuentran con que el capitán del equipo les invita al baile de Fin de Curso.

Quise ser ella, cerré los ojos y lo deseé con tantas fuerzas que terminé mareándome. Pero como siempre mi aspiración no se cumplió.

Me gustaría poder ser de aquel tipo de chicas altas, rubias y femeninas protagonistas de las series de adolescentes que tanto están ahora de moda, pero claro, eso es imposible.

Quizá es que simplemente estoy destinada a estar sola, o que, bueno, obviamente casi nadie encuentra un final feliz en algún lugar que no sea la tele.

Estoy cansada y me duele la cabeza; creo que tengo fiebre, y todo por culpa de quedarme hasta tarde en un callejón observando como él —la persona a la que siempre amé— le regalaba caricias a alguien que no soy yo.

Mi madre me ha hecho sopa caliente, con la intención de que yo mejore al bebérmela. No tengo hambre.

Ojalá algún día pueda encontrar mi final feliz, como en los sueños que tengo cada noche.

En mi mesita de noche hay un bote repleto de somníferos; tal vez si me tomara suficientes, podría dormir por siempre; seguro que si lo hiciera sólo tendría hermosas fantasías. Y después, más tarde, vendría mi príncipe azul y me despertaría con un beso.

Quizá la solución a mis problemas se encuentra en ese bote... ¿Qué debería hacer?


 
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