La habitación de la niña
No life
Una lenta lágrima recorrió la mejilla pálida de la chica.
—Porque cuando muera, será como si ésto no hubiera ocurrido.
Quia mare est
La niña quería dejar de sentirse mal. Anhelaba no hundirse en las profundidades del mar de sus miedos, para así subir a la superficie; ahí donde se hallan sus recuerdos más bellos. Pero cada vez que se esforzaba por conseguirlo, un malvado pirata pordiosero lanzaba un ancla a su espalda. Entonces era cuando la niña no podía seguir nadando, y se dejaba llevar por el peso que le habían impuesto.
El mar de la niña era muy peligroso, pues casi todos los días caían truenos y relámpagos sobre el manto azulado, repleto de turbulentas olas. Tal vez, si la niña estuviera de nuevo con Soledad, las cosas cambiarían. Sí, éso era. Necesitaba a la princesa. Ahora.
—¡¡Soledad!! —gritó la niña, cada vez más cerca de tocar el fondo oscuro de su océano. Sus pulmones se llenaron de sal y amargura líquida—. ¡¡Soledad!!
La niña no tenía intención alguna de rendirse, aún a pesar de que el agua la rodeara impidiéndole respirar mientras la engullía a la parte más profunda e inhabitada de su mar. Esta vez encontraría a la princesa; esta vez podría conseguir sacar la cabeza fuera del agua e inspirar el reparador oxígeno de la superficie terrestre.
—¡¡Sooooooledaaad!! —Chilló con todo el empeño y las fuerzas que tenía. Su bramido desgarrador atravesó los cinco continentes, dos veces. Fue viajero de bosques y desiertos; de laderas y montañas. Consiguió, incluso, rozar el horizonte.
La princesa Soledad, huyendo de su enemigo; El príncipe egoísta, escuchó el vocativo desesperado de la niña.
Inhala
Es entonces cuando la niña anhela que la vida de éstos sea una mierda, pues sería un buen modo de que pagaran todo lo que le hicieron; todas las cicatrices y estigmas de los que jamás se podrá deshacer. A la niña le gustaría, al menos, en un futuro poder tener una vida mucho mejor para poderla restregar a los responsables del dolor de su pasado. Aunque visto desde un punto de vista objetivo, a esa gente la vida de la niña les da igual.
Ah, niña tierna y dulce, piensa que al menos tienes cosas que hacen que tu existencia valga la pena. Ya no eres un bebé indefenso, sin seres importantes que te suban a flote cada vez que te hundas.
Remember
Los ojos avellana del asesino se mantuvieron fijos en el epitafio de Paola «Sustine et abstine», aquellas palabras significaban literalmente «Resiste y aguanta» y eran utilizadas por los soldados romanos en tiempos de guerra para hallar motivación en sus batallas. Aquellos vocablos le venían como anillo al dedo a Paola, pues eran la pura descripción de su vida.
El asesino, en todo aquel tiempo yendo a velar a la joven, había sido incapaz de conseguir vislumbrar la fotografía de la tumba de ella sin echarse a llorar; era como si aquel rostro femenino, fresco y dulce fuera el recordatorio de todos sus pecados, errores y culpas. Tal vez por ello hacía penitencia llevándole un ramo de rosas blancas cada domingo; trataba de conseguir su perdón.
El viento siseaba, jugando con las ramas de los cipreses; compañeros y testigos del errar lastimero, en aquel cementerio, del asesino. Dichos árboles, conectores del mundo de los muertos y del de los vivos, parecían estar en sintonía con las amargas lágrimas del tipo.
—¿Señor? —llamó una voz aguda e infantil desde la espalda del asesino. Era una niña de unos siete años de edad con la tez increíblemente pálida, tanto, que en ella se reflejaba el brillo de la luna. Sus ojos eran oscuros, de un negro profundamente vacío. Llevaba puesto un vestido morado, y en su cabello rubio platino tenía una rosa morada también, a juego con su ropaje.
—¿Qué haces aquí? —atinó a decir él con voz temblorosa; no se esperaba encontrar a una chiquilla sola a aquellas horas, en aquel lugar. Arqueó una ceja mientras la pequeña se acercaba dando saltitos hacia él.
—¿Dónde están tus padres? ¿Sabes que estar sin ellos a estas horas es peligroso? —inquirió él tratando de ocultar el rocío de sus ojos.
La niña no contestó, su única respuesta fue vislumbrar la lápida de Paola con curiosidad, balanceándose con los pies juguetonamente. Sonrió al asesino, el cual continuaba arrodillado frente a la tumba.
—¿Quién es ella? —demandó saber la pequeña con curiosidad, haciendo caso omiso a las preguntas del asesino. El asesino sacudió su cabellera.
—¿Dónde están tus padres? —insistió él cansinamente. La niña se encogió de hombros y jugó con la falda de su vestido.
—Les estoy esperando, pero me da la sensación de que tardarán en llegar —el asesino encontró un atisbo de cansancio y dolor en los ojos de la chiquilla. No hizo más preguntas, pero decidió quedarse con ella hasta que sus progenitores la reclamaran. Aquella pequeña no tuvo suerte con sus padres, pues al dejarla en aquel lugar desprotegida demostraban una clara dejadez hacia ella.
—¿Quién es la chica de la tumba? —volvió a insistir tirando de la camisa del asesino para llamar su atención—. Es muy guapa.
El asesino tomó aire; nunca había hablado con alguien de Paola y la idea de hacerlo con una nena demasiado inmadura para entenderle no le llenaba de dicha.
—Se llamaba Paola —dijo secamente.
La chiquitina puso morritos y frunció el ceño.
—¡¡Eso lo sé, bobo!! —le regañó—. Lo pone ahí —señaló la lápida—. Poco importan los nombres; son una manera absurda para diferenciarnos. ¡Lo que quiero saber es quién es Paola como persona! Que me digas si la conocías, si la amaste, si era familia tuya…
El asesino hizo una mueca ante las palabras precoces de la pequeña; ¿desde cuándo las crías de siete años eran tan elocuentes al hablar? Repentinamente se sintió incómodo.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó. La pequeña vació, antes de tomar aire.
—Más de lo que tú te piensas —dijo finalmente, antes de cambiar radicalmente de tema—. Te he visto muchas veces aquí, y me hacía ilu hacerme tu amiga, pero se ve que no quieres.
La niña hizo un puchero y se pasó la mano derecha sobre su sedoso cabello rizado color platino. Aquella visión, para el asesino, resultó hipnotizante; había algo sobrenatural en ella.
—No digas eso… —logró musitar él en tono bajo.
—¡¡Pues entonces dime quién es Paola!! —la chiquitina rompió a llorar.
El asesino apretó los dientes y se sintió responsable del llanto de la niña. Incómodo se peinó sus hebras azabaches, retirándolas de su rostro.
—Eres demasiado pequeña para entenderlo —dijo él, con suavidad, intentando que la chiquilla dejara de llorar.
Las lágrimas de la pequeña fueron en aumento, a juego con su berrinche.
—¡¡Está bien!! —gritó él rendido—. Te contaré su historia, pero no es un cuento de hadas, ni tampoco tiene un final feliz.
La niña se enjugó sus lágrimas con las mangas de su vestido morado. Sonrió amargamente.
—Son los finales tristes los que más huella dejan, los que nos hacen pensar. Cuando la princesa no tiene a su príncipe hace que nos preguntemos por qué es así y que intentemos hallar un modo en el que todo termine bien, aunque sea imposible.
El asesino nuevamente se extrañó por las palabras de la pequeña. Había algo que no cuadraba en ellas; o en aquella situación; o en aquel momento. Y sin embargo al asesino no le importó, pues aunque se tratara de una cría incapaz de entenderle la necesitaba. Anhelaba tener a alguien para contarle su pena antes de que ésta, le consumiera.
Nemo me
El traje de chaqueta que portaba con aire rígido, como si fuera una escultura hierática griega, era completamente gris; desde la camisa hasta su corbata de nudo windsor.
—¿Qué quieres? —inquirió ella incómoda. El hecho de que aquel títere se hallara en frente suya no le complacía en absoluto, sino le provocaba desconfianza y miedo.
El tipo se mantuvo callado durante unos segundos que a la chica se le hicieron eternos. Finalmente abrió la boca y pronunció en tono plano:
—Soy tú.
Confundida, la chica arqueó una ceja. ¿De qué le estaba hablando? Había algo en todo ello que no cuadraba. Molesta, pensó que tal vez se burlaba de ella.
—Imposible —anunció tajante entrecerrando los ojos.
El tipo sonrió, pero el tirón de labios no le llegó a sus ojos opacos, los cuales a la chica en aquellos instantes le parecieron increíblemente siniestros. ¿Acaso habría algo bajo aquellas ventanas con las que le miraba? El desconocido se aproximó a ella. La mujer retrocedió. Él se recolocó su corbata aún con su falsa sonrisa de pelele en la boca.
—Me llamo Nemo y soy el reflejo de todos tus miedos; tus terrores, pesadillas e inseguridades. De tus mentiras y traiciones. Soy tu presente y tu pasado, y también tu futuro. Soy aquel en el que te convertirás y en el que te has convertido. Me alimento de ti.
La mujer, aterrorizada, únicamente atinó a tomar aire. No entendía lo que le decía; nada tenía sentido. ¿Por qué? ¿Por qué aquel hombre gris, aquel pedazo de masilla, afirmaba ser todo lo que era ella? Suspiró tratando de normalizar la velocidad de sus pulsaciones, y forzosamente inspiró, a la par que se mentalizaba para preguntar algo que no estaba segura querer saber.
—¿Por qué?
El tipo clavó sus apáticos ojos en ella. La mujer se sobrecogió; al contemplar con fijeza su dilatada pupila temía hundirse en el pozo de aquel agujero con el que supuestamente él la estaba mirando.
—Porque tu respuesta ante el dolor fue dejar de sentir.
El Mundo Etéreo
La mujer hizo un esfuerzo y construyó una sonrisa tan real que parecía creíble. Con reticencia, pensó que su actuación era lo mejor para aquellos niños, hombres, mujeres y ancianos. Sí. Si poco les quedaba de vida no merecían sufrir.
—Os tengo que hablar de un lugar, maravilloso —empezó en tono de cuento de hadas—, allí nunca hay miedo, hambre o dolor. Todo el mundo es feliz y por ello todos los que conocen su existencia desean conquistarlo. Su nombre es el Mundo Etéreo; en él yacen las almas que se ocultan en el interior de nuestros cuerpos.
Aquellas gentes la contemplaron extrañadas pero a la vez intrigadas por su discurso. La mujer apretó los dientes y clavó su mirada con mitificada firmeza en un punto fijo entre la multitud, para así similar que los contemplaba a todos.
—En el mundo en el que vivimos está prohibido nombrarlo, porque los que nos gobiernan son malos y quieren que pensemos que lo único que tenemos es lo terrenal —tomó aire—. Después de la vida humana hay algo más, y ese algo es hermoso. La tierra es un castigo; cuanto más suframos en ella más felices seremos al otro lado.
La mujer quiso gritar, y se odió a sí misma por pronunciar aquella verborrea de mentiras. La multitud que la envolvía recobró el brillo de sus ojos, anteriormente opacos. Gracias a su farsa aquellas personas serían dichosas lo que les restara. Su estómago se retorció de culpa. Bien, serían felices, ¿cómo consecuencia de qué? La mujer se forzó en no pensar en la respuesta a aquella pregunta.
—¡¡Entonces yo seré muy feliz!! —chilló un niño pequeño que se sostenía con un trozo de madera a modo de bastón—. ¡Perdí a mi hermana mayor y a mi papá! Y por las noches no puedo dormir por la fiebre que me viene a la madrugada.
La mujer asintió, antes de añadir:
—Lo serás, y además; ¿sabes qué? Tu mamá y tu hermana te esperan en el otro mundo. Tendrás dulces y todos los abrazos que no recibiste en vida de ellas.
El chiquillo lloró de la alegría, eufórico. Estaba extasiado, igual que todos aquellos que atenderon al discurso de la mujer sobre el Mundo Etéreo.
La mujer, angustiada, empezó a creer en su quimera, a nutrirse de ella; confiando en que tal vez, si su creencia era lo bastante fuerte aquel lugar se crearía solo y todo el mundo hallaría la paz.
She
Entonces pensó que tal vez el daño terrenal mitigaría sus heridas espirituales. O no.
La mujer estaba perdida, no sabía ya quién era; se engañaba a sí misma con tal de no reconocer su imágen. Ahora era a una desconocida a la que distinguía en su reflejo; una chica que imitaba su más mínimo movimiento. No, ésa no era ella, ¿verdad...?, ¿verdad? ¡¿Verdad?!
La mujer se mantuvo inexpresiva, dándose cuenta que la mejor forma de superar su complejos y problemas era aceptarse a sí misma.
._.
Aquella chiquilla descubrió que no todo era de color de rosa; que los príncipes se preocupan más por sus vehículos que por sus princesas, que el dinero no crece en los árboles como en Los Sims y que en ocasiones hay que esforzarse hasta para respirar.
La venda de los ojos de la chiquilla permanecía en el suelo mientras ésta la contemplaba vehementemente. Se acachó y la recogió para después situarla en su ángulo de visión.
Tal vez, si la gente luchara se podría hacer de este sitio un lugar mejor, pero aún así, la chiquilla era lo suficientemente inteligente para saber que algún gilipollas jodería la marrana, puesto siempre encontraremos a individuos a los que les guste hacer daño gratuitamente.
La chiquilla sonrió en la oscuridad protectora de su venda. Sí, aquello era más bonito que amargarse desinteresadamente.
~
La niña releyó cada una de sus historias con vehemencia, tratando de encontrarle la chispa y el entusiasmo con los que las garabateó. Al ver que era incapaz de lograrlo sollozó frustrada.
—¡Basura! —bramó—. ¡Sólo escribo basura!
Furiosa, tomó entre sus manos los folios en los cuales se hallaban impresas sus letras y los hizo añicos. Junto a aquellos fragmentos que se llevó el viento se disiparon todos los sueños e ilusiones que aquella niña tenía relacionados con el mundo de la escritura.
—¿Para qué intentarlo si no lo conseguiré? —habló consigo misma.
Aún con lágrimas en los ojos, se sentó en un banco alejado del parque en el que estaba. No era consciente de lo que acababa de hacer; al finalizar con sus aspiraciones de escritora famosa, acababa de condenar al mundo a no disfrutar de la belleza de sus escritos.
Lo que la Niña quiso ser de mayor
La Niña no estaba muy segura de quién quería ser. Dudaba sobre en qué tipo de persona debía convertirse cuando fuera adulta.
La Niña tenía la sensación de que ningún prototipo merecía la pena, pues los mismos estaban malogrados; se habían echado a perder al dejarse llevar por la corrupción de su mundo.
La Niña contempló con éxtasis el polvo que yacía en el suelo; estaba muerto. Era vacío.
A la Niña le gustaba aquello, ya que le transmitía paz. Le parecía increíble pensar que toda una vida concluyera en algo tan ínfimo; todos los miedos, las luchas, los llantos, las mentiras... Se quedaban en nada.
La Niña sonrió con amargura agridulce. ¿Vivimos únicamente para eso?, ¿para que el telón se cierre y todo lo que hayamos sufrido o disfrutado desaparezca?
La Niña cerró los ojos, ahora con paz. Poco importaba lo que quisiera ser de mayor puesto que hiciera lo que hiciera el río de su existencia iba a desembocar en el mismo lugar.
La Mitad de un Nombre
Cuando era pequeño escuché una historia antigua de la cual se han realizado muchas versiones, tantas, que resulta imposible determinar cuál de ellas es la más veraz.
Me dijeron que existía una teoría que determinaba que cada persona al nacer tenía un nombre asignado por las estrellas y que dicho nombre hasta él mismo lo desconocía. También me contaron que gracias a aquel nombre era posible determinar a la tan anhelada alma gemela, pues en el mundo sólo podían existir dos personas llamadas igual.
Aquellas personas que fueran nombradas de la misma manera serían complementarias y por lo tanto si se llegaran a conocer y coincidir en la misma zona del inmenso globo terráqueo en el que nos encontramos tendrían el regalo de experimentar el amor más puro y pleno jamás conocido.
Hace años yo quise saber cómo me llamaba para lograr identificar a mi otra mitad, así que acudí a las brujas; las únicas capaces de descifrar la identidad otorgada por los astros. La explicación de éste hecho es simple; una bruja no puede serlo a no ser que sea rebautizada con el nombre que le fue otorgado al nacer.
Cuando con impaciencia quise saber la manera en la que me llamaba vislumbre un atisbo de tristeza en el rostro de las bujas. «Tú no tienes nombre —me dijeron bajando la mirada—, naciste en un eclipse lunar y por lo tanto en el instante en el que te dieron a luz no había ningún punto luminoso irradiando en el cielo».
Mis ojos inmediatamente se inundaron de desesperadas lágrimas, pues yo era plenamente consciente de que la consecuencia de aquello era que mi destino era estar solo en el mundo, sin aquella persona capaz de darme dicha.
Llorando corrí a casa y me encerré en mi habitación despreciando a todo aquello que se encontrara fuera de donde estaba.
Tiempo después sin razón alguna decidí salir a ver nuevamente a las brujas y, camino hacia allí me encontré con una niña de mirada dulce, ella, al ver mi aire taciturno se acercó con curiosidad infantil hacia mí.
—Señor… ¿Se encuentra bien? —me preguntó contemplándome con preocupación.
—No —negué antes de pensar claramente mi respuesta—. Las bujas me dijeron que yo no tengo nombre y que, por ello no puedo encontrar a nadie que se llame como yo y sentirme completo.
La niña arrugó su diminuta frente antes de sonreír dejando entrever sus pequeños dientes.
—¡¡Eso es genial!! —gritó—. Si no tienes nombre significa que no tienes a nadie asignado para ti; podrás complementar a gente que haya perdido a su otra mitad pues al no llamarte de ninguna manera puedes adaptarte a cualquier persona. O mejor; ¡podrías hacer dichosa la existencia de otras personas como tú, que tampoco lo tengan!
Mi mirada se centró en ella con sorpresa.
Era cierto; en mi destino estaba escrito reparar el corazón de alguien como yo —sin identidad— o de alguna persona que había perdido su mitad.
La princesa Soledad
La niña
- Los coches ya no circulaban por la carretera.
- Los niños cesaron su juego en el parque.
- Los adolescentes concluyeron sus risas y bromas de la pubertad.
- La vecina de enfrente dejó de cocinar un pastel de manzana en el que ponía tanto esmero para sus nietos.

