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Lo que me queda de ti

Lo que me queda de ti es un cuadro con colores desvaídos. Una cicatriz que, algunas madrugadas, supura su ponzoña. También me quedan cuatro o cinco cosas que me regalaste y antes fueron tuyas, pero ya no. A veces las miro tratando de averiguar qué fue lo que las convirtió en lo que son ahora (objetos desangelados) y las alejó de ser el alfiler que se clavaba en mi pecho, cuando no era capaz de sostenerlas entre mis manos.

Lo que me queda de ti ya ni siquiera eres tú. Te diluyes entre la muchedumbre que orbita en mis días y noches. Mi rutina ya no es pensarte y la histeria que sufría cesó; mis lágrimas marchitaron en un adiós que parece firme. Mientras tanto, los resquicios de mí se yerguen para dibujarme como alguien distinta: más auténtica y con menos miedo.

Lo que me queda de ti es una página repleta de tinta, que antes quería arrancar pero ahora mismo solo ignoro. En mi vida existen más folios en blanco en los que, como bien sabrás, tú no estás.

La magia de los narcisos



          Me acerqué a la pequeña Clara con algo de tristeza y pesadumbre. La echaba mucho de menos y me gustaría poder verla todos los días. Pude apreciar que toda ella estaba rodeada por un aura color añil que oscilaba a ratos entre el gris perla y el aguamarina. Aquellas eran sus emociones, que danzaban con brío sobre el espeso aire que envolvía su pupitre. Apoyó su cabeza sobre la cuenca de su mano, y su codo sobre la mesa. Sus ojos se fijaron donde estaba yo, contemplándola con melancolía y tristeza.

          Tenía muchas cosas que contarle; muchos deseos, ilusiones y sueños por desvelar. Quería hacerla feliz. Su aura cambió, y esta vez se convirtió en una espesa bruma de un rosa claro, con olor a caramelo y algodón de azúcar. Me aproximé e inhalé fuerte con la intención de no olvidarme nunca de aquel aroma. Mis diminutas manos se posaron sobre su cabello color tierra húmeda y lo peinaron con una ternura tímida y comprometida.

          —Me gustaría poder hacerte olvidar todo el dolor y la tristeza pero no soy la indicada —musité en su oído.

          Su pupila se dilató y brilló como la de un gato. Arqueó su espalda y estiró un dedo de su mano derecha para que me posara sobre él. «Eres el hada más hermosa del mundo —me confesó su iris—. Me haces tanta falta...». La culpa se convirtió en una pesada bola de metal que ejercía presión sobre mi garganta. Lloré, cayó un reguero de lágrimas sobre mis pálidas mejillas. Mi tiempo con ella había terminado y aquella debía de ser nuestra despedida. El no me dejes estaba implícito en su gesto y la promesa de que iba a desaparecer de su vida arranaba mi pecho como cuchillas. 

          Batí mis alas y me elevé por las alturas. Debía de ser fuerte, no podía permitirme vacilar. «Prométeme que volverás; Soledad me dijo que lo harías» profirió su boca muda mientras extendía sus brazos en señal de anhelo. Su aura en aquel instante había metamorfoseado a un verde hoja que amenazaba por cubrir completamente el aula. A mi nariz acudió un olor a madera quemada y pólvora. 

          —Tiene que llegar el momento en que no nos necesites, Clara —espeté tratando de sonar firme—. Debes de aprender a vivir por ti misma; no podemos ser el centro de tu existencia. 

          Cerró los ojos y asintió temblando. «Prometo valerme por mí misma pero no pienso renunciar a vosotros» afirmó con una firmeza demasiado conmovedora para salir de aquellos labios silenciosos. Frente a mis ojos, inesperadamente, surgió el castillo de la princesa, el reino olvidado, un lago oscuro y un espejo mágico. Todo ello acompañado por millares de mariposas con olor a pétalos de narciso.





La bruja del Miedo

 

Violeta se sentó al lado de su amiga Clara. Estaban en clase, a la espera de que el profesor acudiera a dar la asignatura. Violeta, como era ya costumbre, ojeó la libreta de su amiga a la espera de un nuevo capítulo de la historia de Soledad. Confusa, Violeta arqueó una ceja.

—Me he dado cuenta de algo —empezó—. Siempre nos estás hablando de la princesa Soledad pero nunca nos das detalles de la bruja del Miedo; aquella que hechizó a la princesa. ¿Por qué?

Clara reflexionó durante unos breves segundos, dándose cuenta de que en realidad nunca le había dotado peso a la malvada bruja. Tal vez aquello ocurría porque nunca se había puesto a pensar en ella con perspectiva. En su historia únicamente era la antagonista.

Aquello a Clara no le gustó demasiado; ¿acaso estaba bien que nadie conociera verdaderamente a Miedo?, ¿era bueno que la gente no supiera por qué odiaba tanto a Soledad? No, desde luego que no. Clara, decepcionada consigo misma decidió cerrar los ojos y evocar a la bruja, para poco después, en su abstracción, preguntarle cuál era su historia.

Violeta, por su parte, dio dos golpecitos a Clara en el hombro; estaba preocupada por la actitud ausente de su amiga. Clara, en respuesta, cogió una hoja de su libreta cuadriculada y empezó a escribir.

  Dibujo realizado por mi amigo Ty.

Le he preguntado a la bruja del Miedo quién es. Me ha contado muchas cosas, y creo que ahora, finalmente, sé su historia.

La bruja del Miedo se parece en algo a Soledad; ambas no tienen nombre. No obstante, Miedo no lo olvidó de la misma forma que la princesa.

Aun así, La llama del Olvido empleó el mismo método para eliminar la identidad a Miedo que el que sufrió lo que en su día fue el reino de la Esperanza; consumió a ambos aprovechándose de la impasividad del tiempo. Para ello, en el reino de la Esperanza la malvada llama tomó ventaja de la desaparición de la princesa; y con la bruja del Miedo la malvada llama se aprovechó del hecho de que Miedo no tuviera a nadie que la quisiera lo suficiente para recordarle cada día quién es. Como habrás visto, la llama del Olvido es un monstruo que se alimenta de las existencias ajenas para mantener la propia. 

Posiblemente, Miedo fue presa de Olvido por su nimiedad; ella era una bruja aislada que no importaba a nadie, ya que tras su descubrimiento de la fuente de la juventud, de la cual bebe cada mañana, decidió no abrirse a ninguna persona para que así no averiguaran su secreto. Cuando, finalmente, Miedo fue consciente de su inexistencia se odió a sí misma y se desesperó por saber cuál era su verdadero nombre.

Fue poco después cuando empezó a odiar a Soledad; cuando, furiosa, se percató de que la princesa tenía todo lo que ella podría desear: familia, belleza, dinero y a un futuro príncipe de cabellos de oro. No era justo que aquella princesa disfrutara con plenitud de una vida llena y que ella, una bruja muerta por dentro, se ahogara en la ausencia de sus recuerdos. 

Una noche, Miedo entró en la habitación de Soledad con la intención de que la bella princesa de cabellos medianoche sufriera, aunque fuera una única vez, el dolor de existir y no existir a la vez. Se colocó en la cabecera de la cama de Soledad e hizo levitar el espejo de mano que siempre llevaba pendiendo de su cuello. Dicho espejo era un reflejo del alma de Miedo. Así pues, la bruja proyectó en el espejo el reflejo de Soledad; dejando caer su identidad dentro de la cabeza de la Princesa. Fue entonces cuando Soledad descubrió lo que era existir, sin existir; vivir, sin vivir. 

Lo que la bruja del Miedo no sabía era que la princesa tampoco era feliz. Por ello, la amargura de Soledad se hizo uno con la carencia de ser de la bruja; aquello, era algo que la princesa fue incapaz de soportar. En aquel momento, la llama del Olvido, que se oculta en la zona más recóndita de todos nosotros, devoró la identidad de Soledad. La princesa, llevada por la corriente del dolor, dio paso libre a la llama para así poder renunciar a sus recuerdos, y junto a ellos, a su agonía y a la impuesta por la bruja.

El primer recuerdo de Soledad en su no-vida fue el de una aparente niña de seis años, que en realidad era una bruja de quinientos, con un espejo colgando en su cuello y mirada de vieja en sus vacíos ojos. En aquel espejo, que tanto llamó la atención a la princesa, se creó el antes y el después de la identidad de la bruja, pues en él Soledad vio reflejado el rostro terrorífico de una mujer condenada.

«¡¡Salvadme, por favor!! ¡Liberadme de la bruja del Miedo!» gritó la princesa, compungida por aquel reflejo. Al menos, ahora la bruja tenía una identidad provisional hasta encontrar la suya.

Seguramente, si Miedo no hubiera sido egoísta y hubiera decidido compartir el secreto de la fuente, la llama del Olvido no la habría hecho su presa. Aunque éso es algo que jamás sabremos.

Tras el grito de Soledad, Miedo fue consciente de sus actos, y sintiéndose culpable, dejó una rosa morada sobre el lecho de la princesa a modo de disculpa.
 

Mi Nana

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—Por favor, no te vayas —imploró el Chico tomando la pálida e intangible mano de la Chica—. Quédate conmigo.

La Chica bajó su mirada al arenoso suelo a la par que sus labios sonreían de manera triste. Bajo aquellos granos terrosos estaba su cuerpo; arropado por las raíces y los gusanos que habitaban bajo tierra. Dentro de unos años su putrefacta carne y sus delicados huesos pasarían a ser polvo y terminaría desapareciendo todo rastro de ella; como si nunca hubiera estado ahí.

La Chica se aproximó al acantilado.

—¡¡Nooo!! —chilló él en un tono estridentemente desesperado—. ¡No me dejes! Por... Favoor...

La Chica rodó los ojos con pesadez y cansancio. Estaba muerta; hacerle compañía sólo intensificaría el tormento del Chico.

La Chica se agachó, y en aquella postura señaló una parte del suelo frente a ella. La incorpórea falda de su vestido rojo fuego se movía al compás de la corriente marina cercana a la costa del acantilado.

—¿Qué? —le interrogó él ansioso—, ¿qué quieres?

Ella ya no estaba. Los ojos del Chico alcanzaron sólo a vislumbrar como su translúcido cuerpo saltaba desde lo más alto del precipicio hacia las rocas donde eclosionaban las olas.

El Chico gritó, con todas sus fuerzas; dejando que el aire apuñalara sus cuerdas vocales para después rasgarlas haciéndolas vibrar hasta desgarrarlas.

Sus dedos se hundieron como garras en el suelo con ira, cada vez más profundamente hasta que, inesperadamente se toparon con algo.

Ansiosamente confundido, se dio cuenta de que ello era lo que la Chica le trataba de indicar. Palpó una caja de madera; húmeda y mohosa.

La tomó con vehemencia y abrió con el pulso tembloroso. Había una nota.

Si tu corazón dejara de latir no quedaría nadie que fuera testigo de nuestra historia.

El Chico se enjugó una lágrima esquiva y arrugó conmocionado la hoja de papel. La corriente marina siseaba una canción de cuna.





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Me mantengo pasivo a mi al rededor excluyendo a la realidad que me envuelve.

¿Por qué?

Lo desconozco. Aunque sospecho que quizá lo que me ocurre es que estoy cansado; que el peso del mundo ha creado una hernia enorme en mi espalda y la misma como consecuencia ya no puede cargar más con él.

Cada golpe recibido ha ido generando en mí un corte; un moretón; una llaga.

Que en mi piel queden tatuados cada uno de los estigmas de mis vivencias; cada llanto; cada sonrisa.

Que en mi piel se forje con hierro candente la historia de mi vida.

Que en mi piel quede impreso el porqué me estoy planteando decirle adiós al regalo de la existencia.

Para que luego, más tarde, Tú puedas contar mi historia.

La niña

La niña llora sosteniendo la caja; la niña derrama lágrimas sintiéndose pequeña.

La niña ya no sonríe; la niña ya no está contenta.

Todas las noches la niña contempla el cielo tratando de atrapar un rayo de luna para guardárselo en su cajita.

La niña nunca lo consigue, por eso se le escapa la vida.

El llanto de la niña es poderoso mas al caer la noche todos estamos tristes, pues no sólo se nos escapa el día sino también la sonrisa de la niña.

La tinta de mi bolígrafo azul se corre al escribir, por eso ya nadie lee mis palabras.

 
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