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Pequeña reflexión


             Soy consciente de que la constancia nunca ha sido una de mis virtudes; suelo empezar las cosas y cansarme. Y termino con un montón de proyectos inacabados acuestas y sintiéndome culpable porque soy incapaz de cumplir con mis propósitos. Creo que el único proyecto que aún sigue con vida es este blog. Aunque a veces mis publicaciones sean irregulares, vagas o insulsas siempre han estado ahí. ¿Por qué? No estoy muy segura, la verdad. 

             Por una parte pienso que es porque necesito desahogarme, sacar las ideas fuera para que les dé un poco el aire. Por otra parte pienso que también es porque amo escribir y es la única cosa en este mundo con la que soy... ¿Pasable? No soy una profesional, okay, pero tampoco soy un desastre. He llegado a un nivel aceptable en la escritura. Si después de llevar más de siete años escribiendo me viera haciéndolo peor la cosa sería como para hacerme el Harakiri. ¿Os imagináis?

             Este verano me he propuesto nuevos proyectos y la meta de publicar. ¿Este verano? Sí, este verano. Y de ahí no pasa. Siempre he sido muy terca con mis objetivos y espero que eso sirva para al menos poder cumplir este. Me da igual el dinero, la verdad, no quiero ser milloraria ni cosa así; solo quiero reconocimiento y poder vivir de ello. No quiero ser rica, repito, sólo aspiro a ser feliz haciendo lo que me gusta, como todo el mundo.

             Por si no lo sabéis ya tengo veintiún añazos y estoy en tercero de carrera de Filología Hispánica; al filo de graduarme. Y me da miedo. Hey, el mundo me pide que sea adulta y esas cosas, y yo no podría estar menos preparada. Sigo siendo una niña que no comprende el mundo de los mayores. Sigo siendo una pequeña inconformista que solo quiere llegar a la luna con los pies descalzos.

             A lo largo de este último año he viajado y he conocido a personas maravillosas. Pude conocer a mi amiga de Madrid y a su chico; dos de las mejores personas que he conocido en este tiempo. Estar con ellos ha sido muy divertido y me ha llenado. De alguna forma he sentido que me han aportado cosas nuevas para nutrirme y llegar a sentirme alguien más completo.




             He hecho turismo yo solita. He ido en coche yo solita, sin depender de adultos. Yo solita, sí. Acompañada de mi chico y unos amigos he descubierto la libertad de sentirse responsable de uno mismo. Ha sido divertido. Sobre todo si contamos con la parte de que vi la maravillosa ciudad de Madrid que, aunque no tenga playa, sigue siendo chachi. 


             Estoy segura de que estas nuevas experiencias me van a ayudar a enriquecerme y crecer Y, aunque siga siendo una niña, trataré de amoldarme a las leyes de este mundo cruel que nos limita. Siempre seré un poco irracional e inconformista pero trataré de no quedarme solo en eso. Trataré de pelear por la vida que siempre he querido tener, trataré de viajar y adquirir nuevas experiencias y trataré de soñar, como siempre hago, con los ojos abiertos. 

             Este verano escribiré como loca y me prepararé para un porvenir próspero porque es lo que necesito, porque he nacido para él. Y no hay más. Mi nombre es María Ahufinger y soy una princesa guerrera que desenvaina su teclado todas las tardes.

Gracias a todos por estar ahí.



Las tres formas de Soledad

 

La princesa Soledad miró inquisitivamente a la señorita Ahufinger. Ahora que había madurado era consciente de algunos hechos difíciles de ignorar.

—¿Cuál es el auténtico color de mi cabello? —quiso saber Soledad con vehemencia. Había tantas preguntas de las que quisiera conocer respuesta. La señorita Ahufinger suspiró, antes de sonreír divertida; le complacía la idea de que Soledad demandara por su identidad.

—Depende... —tanteó la novel escritora. Soledad frunció el ceño, ansiosa.

—Explícate —insistió la bella princesa—. Escribiste multitud de textos sobre mí y en ellos varía arbitrariamente el color de mi cabello; desde el negro azabache hasta el rojo escarlata. Me resulta imposible determinar qué hebras verdaderamente me pertenecen.
 
La seroñita Ahufinger ordenó las ideas en su cabeza, orgullosa de Soledad; eran tan emprendedoras las preguntas que le inquiría.

—Depende de cómo te evoque tendrás el pelo de un color u otro —tanteó la tejedora de historias, preguntándose internamente cómo empezar—. Si te evoco como princesa desvalida tu cabello será negro y tus ropajes frescos y elegantes; si te evoco como alma atormentada por la bruja del Miedo tu cabello será rubio claro, y tus ropajes viejos y raídos cual vagabundo; si te evoco como princesa libre tu cabello será sangre, y tus ropajes tendrán un tono que eclipsará a los pigmentos del fuego.

Soledad vaciló, confusa.

—No lo entiendo... —logró articular—. ¿Acaso tiene relación alguna mi cabello con lo que soy?

La señorita Ahufinger asintió confiada, antes de pasar con suavidad su mano derecha sobre su frente; retirando un mechón rojo de su rostro orgulloso de autora primeriza.

—Tiene mucho que ver; tu pelo es un reflejo de tu identidad;. él cambia acorde a ti.

Soledad reflexionó; su mirada bailaba del rostro de la señorita Ahufinger al frío asfalto. Finalmente, preguntó:

—Y ahora... ¿De qué color es mi pelo?

—Rojo —contestó la escritora sin un ápice de duda—; el color de la fuerza, del fuego, de la sangre, del sacrificio —su voz se silenció durante unos breves segundos—. Aunque en ocasiones recree tus hebras de otro tono tu auténtico «Yo» tiene el cabello escarlata. Te tornaste fuerte; mataste a tus dragones y ganaste tus batallas. Pero éso es algo que sólo sabemos nosotras, y por ello debo de mostrarte en ocasiones como débil o condenada, para que así el lector pueda conocer el transcurso de tu historia.

Ante aquellas palabras, la princesa Soledad no pudo hacer otra cosa que no fuera sonreír. 


 Boceto princesa Soledad antes del hechizo, realizado por David
 
 

Alice



Intento alcanzar a la bella Alicie. He recorrido colinas y montes; bosques y desiertos, pero hasta el día de hoy no he logrado dar con ella. Numerosos aldeandos me han dicho que mi preciosa Alicie ha perdido su nombre, su sombra y su reflejo en el río. Mi bella dama no recuerda nada de lo que una vez fue; carece de identidad.

Cada vez que me intento comunicar con ella una nube de niebla me lo impide; Alice se intenta alejar de mí; me tiene miedo. Ojalá se dé cuenta de que no vengo a condenarla sino a salvarla. Oh, hermosa Alice, concédele una oportunidad a este humilde príncipe; dótale del privilegio de liberarte.

Justo en aquel instante, como si fuera un regalo de mi Dios, vislumbro a una dama sin rostro vestida con una traje de fiesta azul deshilachado. Toda ella es blanca; su cabello, su piel, sus uñas... Ah, bella Alice, ¿en qué te has convertido? Pareces un bloque virgen a la espera de ser esculpido.

Alice, como si percibiera mis intenciones, se aproxima a mí. La tierra no sufre ninguna mella al ser pisada por sus diminutos pies incoloros; como si en realidad no hubiera tocado aquella zona del suelo. Alice sacude su cabellera inmaculadamente blanca fuera de su frente, y su inexistente boca se abre.

—¿Quién soy? —quiere saber ella. Me sorprendo al darme cuenta de que en realidad y de manera inexplicable de sus labios no sale sonido alguno, sino que éste se presenta directamente en mi cabeza.

—¡¡Alicie!! —chillo corriendo hacia ella, para instantes después verla retroceder y mirarme con desconfianza a los ojos.

—No —niega con vehemencia—. Quiero que te aprendas mi nuevo nombre; Soledad. Mi nombre es la princesa Soledad. Ése fue mi mote de condenada y me lo atribuyo también como el de mujer libre. Yo, la princesa Soledad, no te necesito y por ello no anhelo que me rescates. Mataré a mis dragones y me despertaré sola de mis pesadillas. Seré la que halle la liberación de mi torreón sin puertas ni ventanas, y tú, príncipe, me verás triunfar entre las tinieblas.

Atónito, contemplo cómo Alice recobra de nuevo su color, y con ello su nueva identidad; una que se había construido ella sola sin necesidad de los demás.

Una parte de mí se siente dichosa puesto fue por el reconocimiento en voz alta de sí misma en mi presencia que pudo percatarse de quién era. El otro extremo de mi ser es consciente de que si trataba de amarla y ella se valía por sí misma la podía perder. Aunque quizás aquello era lo mejor, ¿qué ganaba yo forzándola a estar a mi lado si en realidad ella no me amaba?

—Y que en los libros quede rubicado que soy Soledad, la primera princesa que descubrió que no necesita a nadie para vencer a sus enemigos; la primera que descubrió que es absurdo depender de los demás —concluye la recién bautizada Soledad.







La niña de cabellos de Oro



Aquella chiquilla se sentía muy pequeña en comparación con la gente que la rodeaba. La ropa que llevaba puesta le pesaba un quintal; como si no tuviera fuerzas para sostenerla. Su tono de voz era bajo, tembloroso e inseguro; temía decir algo inapropiado que delatara lo diferente que era en contraste con la multitud que la envolvía, y con ello, desencadenar las burlas de los demás.

¿Tienes miedo, niña de cabellos de oro? Temes al rechazo, al desamparo, a la soledad... Pero sabes que tarde o temprano se te caerá la careta y descubrirán que tú nunca fuiste lo que aparentaste ser, y entonces, todo tu teatro será un fracaso.

Tu pelo esconde brillos azabaches, ¿acaso ese fue antes tu color? ¿Por qué te tintaste si en realidad te gustaba? Tal vez puedas recuperarlo. No te preocupes, seguro que aunque sea duro encontrarás a personas a las que les encante el tono natural de tu cabello; seguro que encontrarás a personas a las que les encante tu verdadero yo.

No será sencillo, pero valdrá la pena.

Máscara

Quisiste ser el rey del cielo y del universo; de todo aquello que te rodeaba.
Quisiste demostrar al mundo tu innegable poder.
Quisiste avasallar a las personas e intimidarles con sangre.
Quisiste que nadie dudara de tu valía.

-¿Por qué?-

Dime; ¿Acaso tu interior es tan frágil que pretendes demostrar lo contrario con esto?, ¿acaso eres tan débil que temes destapar esa faceta enterrada profundamente en tu interior?

-Tú sólo te delataste-

Y ahora la gente cuchichea y habla de tí a tus espaldas; te tienen compasión, mas al comportarte así lo único que conseguiste es que la máscara que llevabas portando durante años se hiciera añicos, mostrando el interior de tu ser.

Eres semejante a un niño pequeño y asustado que aún no ha encontrado su lugar en el mundo.


 
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