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Memento Mori

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El anciano mantuvo su mirada clavada en el gotelé del techo de su habitación. Exhausto e incrédulo no era capaz de asumir lo que le estaba ocurriendo. En su mente aún estaba la imagen de cuando era joven e iba a jugar con sus amigos al parque de enfrente al kiosco, o la del día en que conoció a Laura; ella llevaba un vestido azul marino largo y vaporoso que hacía juego con el tono de sus ojos.

Su vida había transcurrido en a penas un parpadeo. El hombre joven y robusto había marchitado en una persona esmirriada y arrugada.

Mañana haría dos años que su Laura falleció por un soplo en el corazón, y el parque en el que jugó de niño se había demolido dando paso a un conjunto de centros comerciales.

¿Tanto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible que su vida se le escapara de semejante manera? El anciano trataba de atrapar los segundos de su existencia con avidez, y éstos se escurrían entre sus dedos como si estuvieran repletos de jabón.

Para el anciano, toda su existencia había acontecido en un segundo. Su niñez y juventud en unos instantes se hicieron ceniza; se consumieron inexorablemente. Anhelaba volver atrás y saborearlos, pero sabía que aquel deseo jamás le será concedido.

Y ahora, ¿qué le quedaba por hacer? Nada. No le restaban fuerzas para emprender sus sueños o expectativas. Durante unos instantes se planteó si había cumplido al menos alguno, pero inmediatamente desistió; estaba demasiado cansado para semejantes reflexiones tan complejas.

Sólo le quedaba el descanso. Cerrar los ojos y contabilizar sus instantes restantes de vida.






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Estoy medio sobada, gomen por los fallos ._. Cuando esté más despejada los corrijo; no debería de haber escrito estando tan cansada pero si no explotaba esta idea después se me iría de la cabeza -.-




Tempus fugit

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Cathia cerró los ojos con suavidad, permitiendo que la melodía que compuso Lucas para ella inundara sus tímpanos. Sonrió amargamente, deleitada por la intensidad de las notas.

—¿Qué haces? —quiso saber Laura—, ¿por qué no abres los ojos?

Cathia inspiró lentamente. La mirada de Laura se mantuvo fija en las aletas de la nariz de la chica.

—Le escucho— dijo ella, simplemente.

Laura encaró una ceja sin comprender lo que su amiga le pretendía decir. Despegó sus labios con la intención de preguntar, pero Cathia fue más rápida.

—Su música —especificó ella—; oigo la música de Lucas.

Laura se mordió el labio, confusa.

—¿Lucas? Él nunca tocó ningún instrumento —dijo ella en tono de duda.

—No es eso —negó Cathia—, lo que mis oídos perciben es la última nota que produjo su mente al dejarnos.

Laura se arrodilló con dificultad sobre la tumba de él, contemplando su fotografía, la cual se hallaba sobre su epitafio.

—¿Y... cómo es su música? —quiso saber ella, con curiosidad.

Cathia sonrió con añoranza y a la vez melancolía, observando la fría piedra que cubría el nicho de aquel a quien tanto amó. Le echaba de menos.

—Es hermosa... y mía. Me dedicó su última canción.

Laura acarició gentilmente el canoso cabello de su amiga; era evidente que él la amó; siempre la quiso.

—Has tardado cuarenta años en ser consciente de esa verdad tan obvia.


 
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