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                Llevo tanto tiempo rota, que creo que he perdido mis pedazos. Es complicado sentirse incompleta pero, sobre todo, cuesta ponerle nombre a lo poquito que me quedó. Ya no me podrán llamar María, porque me faltan partes. Tal vez podrían decirme Mara, sin la i; así tendría menos disputas con la gente que se olvidaba de poner mi acento. De todas formas Mara es un nombre bonito e interesante, opuesto al que tiene la i; con su fastidioso acento que nadie recuerda y la certeza de que al menos seiscientos mil españoles se podrían confundir conmigo si estuviéramos en la misma habitación.

                Reinventarse es algo complicado, aunque por encima de todas las adversidades estaba la de empezar. Si tomar la iniciativa en cualquier cosa presentaba dificultades, en reinventarse todavía había más. Todos los amaneceres me despierto asustada por el ritmo que ha tomado mi vida y me pregunto una y otra vez en si de verdad seré capaz de tirar para adelante. Siempre he sido bastante débil y ahora me siento más vulnerable aún. Los cambios despuntan al alba, y temo no estar a la altura.

              Me he caído y los golpes me han dejado hecha unos zorros. A la nueva Mara le faltan fuerzas para recomponerse. Los cambios despuntan al alba, Mara, confía en ti. Confa, sin i para no tener que ponerle acento.





Tengo las palabras atragantadas



Tengo las palabras atragantadas;
abro la boca, y nada.
Quiero,
pienso,
siento,
padezco.

Tengo las palabras atragantadas;
y eres tú quien no me permite sacarlas.
Esclava de los silencios
funambulista de medias verdades.

Dices tener razón
desde donde empiezan
hasta donde terminan 
mis males.

Tengo las palabras atragantadas
y no me ayudas a liberarlas.
Piensas,
sientes,
padeces.
Lo tuyo siempre.

El dolor me socava,
me hunde,
me humilla
y me rebasa. 
Lo tuyo siempre.

Es tu inmovilismo una jaula;
de grilletes gruesos 
y gruesas amenazas.

Derramo lágrimas como 
un cántaro a rebosar. 
Que cargo yo sola,
mi cántaro de agua.

Tengo las palabras atragantadas
y me olvido de mis demonios.
Lo tuyo siempre.

Somos las mujeres
quienes ni sienten,
ni padecen.






Reflexión de una tejedora de historias


      Mucha gente se piensa que la clave de la escritura reside en teclear y punto; que lo único necesario para ser bueno es eso. Y lamento decepcionaros, pero he de decir que no. Escribir es mucho más que eso: a la hora de hacerlo hemos de andarnos con cuidado para que la trama sea coherente y mirar muy de cerca la ortografía y gramática; sobre todo las comas. Tanto los puntos como las comas han de tener sentido: marcar pausas gramaticalmente correctas y a la par otorgarle un ritmo al relato que vaya acorde con la historia que nos esté contando.

      En un inicio, cuando empecé mi camino como tejedora de historias, no sabía nada de esto: cometía absolutamente aquellos errores hasta el aburrimiento. Cuando releía lo que escribía me percataba de que no había cosas bien pero como tampoco tenía mucha experiencia no sabía cuáles eran mis fallos y, por ende, no podía corregirlos. Con el tiempo, empecé a tomar los libros que leía como referencia y a fijarme en el método que empleaban para redactar y usar diálogo. Aprendí casi inconscientemente la forma correcta de emplear el guion largo en los parlamentos y progresivamente fui entendiendo el uso de las comas, que siempre se me ha resistido.

      Mi ortografía mejoró bastante de escribir a Word; sé que mucha gente afirma que no es del todo bueno para rectificar todas las incorrecciones que hagamos, pero esto no se acerca demasiado a la realidad: es cierto que no corrige la totalidad de los fallos, pero cuando una persona comete faltas graves, que son las más notorias, sí las marca como incorrectas en la mayoría de los casos. Tras percatarme, gracias al Word, de mi pésima ortografía empecé a fijarme en mis queridos libros sobre cómo se escriben determinadas palabras y a preguntarle al señor Google dudas sobre otras tantas.

      El proceso de mi aprendizaje a la hora de escribir culminó en la universidad: en ella decidí estudiar el Grado en estudios hispánicos, que es básicamente todo lo relacionado con la lengua y literatura española. ¿Por qué elegí esta carrera? Pues porque desde que me metí en el mundo de las palabras descubrí mi gran vocación y mi deseo de poder dedicarme a ello en un futuro. Supe que si estudiaba aquella carrera conocería mucho mejor la lengua y aprendería a usarla con mayor corrección. Y acerté. Estoy aprendiendo muchas cosas que me están siendo útiles a la hora de corregir la mayoría de errores que cometo.

      Me gustaría añadir que todos los que pensáis que lo único que se necesita para teclear es talento no estáis en la verdad; considero que yo, en un primer lugar, tuve cierto talento en el sentido en el que lo que escribía era bastante coherente, dentro de lo que cabía, y más o menos estaba redactado de forma cohesionada. Pero eso no quitaba que cometiera fallos garrafales; como lo haría cualquiera que empieza algo nuevo. Quizá tener talento ayude a mejorar más rápidamente, pero no le garantiza el éxito. El éxito se consigue amando lo que uno hace y practicando hasta aprender de sus fallos.

       Dicho esto me gustaría finalizar añadiendo que escribir es algo maravilloso y requiere mucho tiempo y empeño. Quizá es eso lo que lo haga tan maravilloso; que sea algo que no pueda hacerlo cualquiera. Para mí también es como un regalo, porque es una de las pocas cosas que nos permite transmitir una realidad nueva a la gente de tal forma que, durante unos instantes, se vuelva la auténtica para ellos. Podemos crear de la nada a personajes que sean tan auténticos que nuestros lectores hablen de ellos como si tuvieran vida y, finalmente, tenemos la posibilidad de transmitir un mensaje; nuestro mensaje.






Mirar atrás



Llega un determinado momento en la vida en el que no lo puedes evitar, y miras atrás. Y evalúas todos tus errores y aciertos; todo lo positivo y lo negativo. Haces balances. Después, nostalgia. Sientes un punto amargo en tu pecho; un rayo de luz que, a la vez que irradia brillo, exhuma hiel. Por una parte, piensas que es genial haber dejado abandonados en la gasolinera esos momentos tristes y dolorosos y, por otra, quieres volver a saber de ellos. La mera certeza de no volverlos a experimentar te asusta. Y es que, francamente, da miedo pensar en que todo lo que conocíamos, tal y como era, ha desaparecido. Nada volverá a ser como antes; el dios del tiempo lo cambió. Como cuando hicimos queso de la leche; resulta imposible revertir el efecto.

Y las cosas son así. Nos guste, o no nos guste, lo que quedó atrás jamás regresará. Y no nos queda otra que asumirlo aunque, de vez en cuando, nos guste echar una ojeadita atrás. 






Quise tener poder. Quise tener la capacidad de impedir que sufrieras; de impedir que ocurrieran cosas malas que borraran tu sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta y que refleja el brillo de tus castaños ojos. Quise, también, ser capaz de cambiar cosas que no están a mi alcance; de variarlas a mi antojo conforme más te conviniera para que no sufrieras. Pero, ¿adivina qué? No pude.

Soy humana. Estoy limitada. 

Y por ello no dejo de vislumbrar tu pesadumbre y tu dolor. Y me estremezco por dentro, y quiero hacer lo imposible para evitarlo. Pero no. Y no. Y no. Y no. Y no.

Estoy cansada del No. Del «Es imposible». De las limitaciones. Sonríe cielo, sé feliz. Estate a mi lado. Ámame. Que lo demás no importe; que en tu mundo estemos tu y yo. Te lo imploro, te lo suplico. 

Lo necesito.




Hacía mucho tiempo...



Hacía mucho tiempo que no escribía. Si bien era cierto, de vez en cuando se sumergía en algún bosquejo que otro, pero para ella eso no era escribir. Para ella, escribir era pasarse hasta altas horas de la noche garabateando un relato que, anteriormente, mantuvo su mente encadenada. Una envolvente historia, cuya absorbente trama no paraba de danzar entre sus sesos; ávida de ser conducida a un magistral desenlace.

La joven tejedora de historias se planteó seriamente si aquel sería su final; si el tedio y la rutina veraniegos habían conseguido hacerse con ella. Sintió nostalgia. Nostalgia de sus madrugadas en vela frente a un folio en blanco y con sus miles de ideas en la cabeza. Nostalgia por los días de escuela en los que, en lugar de tomar apuntes sobre la conquista de Jaume I, estuvo navegando en un universo de tinta, papel y sueños. Nostalgia. Nostalgia. Nostalgia.

Hacía mucho tiempo que no escribía. Lo mejor sería dejar esa fase de sequía creativa atrás, coger un bolígrafo bic, y volver a hacer lo que tanto le gustaba.




Sin Miedo

 

Hoy es el día idóneo para luchar; para seguir adelante y no mirar atrás. Debemos enfrentarnos a nuestros temores con la cabeza bien alta, y sobre todo jamás dar la batalla como perdida. ¡¡El mundo es nuestro!! Oh, sí, baby

Puede que que transcurran un montón de hechos que sean injustos; que existan personas que se aprovechen de nosotros, y que en ocasiones aquello que nos hayamos ganado con tanto esfuerzo se haya ido a por tabaco y no haya regresado. La vida es así, ¿no? Así que toca mover el culo e ir en busca de aquello que consideramos razonable, o por lo menos, intentarlo. La perfección es imposible, pero éso no quita que no podamos intentar acercarnos a ella.

Me he propuesto luchar por mis ideales. Me he propuesto echarle ganas a la cosa y jamás rendirme; ¡quiero que me llamen cabezota! ¡¡Quiero que me concedan lo que me merezco de una puñetera vez!! Y lo voy a conseguir, ¿os ha quedado claro? 

Mi nombre es María Ahufinger; espero que no se os olvide, porque lo vais a estar escuchando durante mucho tiempo.





Volví de los exámenes con los ovarios bien puestos; antes estuve de bajón, pero ahora he recobrado el ánimo y las ganas de seguir adelante. Gracias a todos los que me leéis por estar ahí ;3

 

Shit



La princesa Soledad se dio cuenta de que la mayoría de su dolor no era consecuencia de sus actos; ella sufría los golpes de los demás. Era el saco de boxeo de todos los errores de sus amigos y familiares; de las personas que la rodeaban, que actuaban sin pensar en que sus manejes podían repercutir en los demás.

La princesa Soledad se dio cuenta de que la amargura que cargaba a sus espaldas, a medida que acontecían los días, era más pesada. No tardaría en llegar el momento en el que la princesa cayera al suelo, incapaz de llevar encima tantas toneladas de angustia. Y entonces moriría por el peso de éstas. Y entonces podría descansar.

La princesa Soledad anhelaba encontrar amigos que la ayudaran con la carga de todos los malos momentos de su existencia; que le enseñaran a hacerlos pedazos y ser feliz. Pero la vida de Soledad no era sencilla, pues toda la gente de su alrededor se quitaba el peso de su espalda para endosárselo a ella frívolamente.








Envidia Sana


La chica vislumbró al chico y sintió envidia; era amarga y punzante. Se le clavaba en las entrañas como si se tratara de una daga repleta de la ponzoña de una pitón.

Estaba enamorada de él, y él de ella. No obstante habían cosas que ella pensaba que no estaban bien; cosas que creía que la hacían desmerecedora de estar a su lado. Él era un chico dulce y atento; algo introvertido y tal vez innecesariamente tímido, y aún a pesar de ello, había sido capaz de hallar amigos en el lugar en el que él vivía; podía salir con ellos sin la necesidad de situar una fecha para ir a verles.

La chica anhelaba tener esa suerte. Ojalá fuera tan sociable como él... Ella aparentemente tenía muchas amistades, pero aún así sentía que muy pocas de ellas eran auténticas.


El chico vislumbró a la chica y sintió envidia, dicho sentimiento le hacía sentirse prescindible; hacía que se juzgara a sí mismo como un ser irrelevante, nimio en contraste con su alrededor.

Estaba enamorado de ella, y ella de él. No obstante habían cosas que él pensaba que no estaban bien; ella era demasiado popular y carismática como para estar a su lado. Era divertida y graciosa, sincera y con la carente de un filtro de lo que decía a lo que pensaba; no le extrañaba que con aquella personalidad tan extravagante y única hubiera sido capaz de conocer a tantas personas de tantos lugares distintos.

Él la admiraba por ello, aunque se apreciaba como un cero a la izquierda, ya que muchos de los conocidos de la chica no sabían ni su nombre; él era únicamente "Su novio". Ojalá fuera capaz de perder su timidez y conseguir no ser olvidado entre aquella multitud, pues aun a pesar de que tuviera amigos desde que era pequeño y los apreciaba, él deseaba tener la facilidad de la chica de relacionarse.





Hola, ¿cómo estás?

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Estás acurrucada en una esquina de tu habitación. Contemplas desde ese punto todos los muebles que la consituyen. Frente a ti está la ventana; la dejaste abierta. Llueve. El agua se cuela a través del hueco de la obertura, mojando las cortinas.

La lluvia va en aumento; se avecina una tormenta.

Hola, ¿cómo estás?

Como si a él eso le importara. Quieres decirle todo lo que piensas; abrir la boca junto con tu corazón, pero no puedes; de tus labios sólo salen mentiras y excusas baratas propiciadas por tu cobardía.

Hola, ¿cómo estás?

Ya no tiene ninguna expectativa en ti, pero que no se preocupe; tú tampoco la tienes. Quisieras ser como la protagonista de un shojo*; guapa y deseada.

Hola, ¿cómo estás?

¿Por qué él no te abre su corazón y te dice todo lo que piensa? Así las cosas serían más sencillas. Ahora sólo existen tus ganas de llorar; derramarás lágrimas que tratarás de ocultar. Gracias.




*El shōjo (少女? lit. «mujer joven») es la categoría del manga y anime dirigida especialmente a la audiencia femenina adolescente.

He aplicado este género en el texto porque las protagonistas de los shojos suelen ser adolescentes guapas e idealizadas, de las cuales todos los varones terminan enamorándose.


 
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