Tempus fugit

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Cathia cerró los ojos con suavidad, permitiendo que la melodía que compuso Lucas para ella inundara sus tímpanos. Sonrió amargamente, deleitada por la intensidad de las notas.

—¿Qué haces? —quiso saber Laura—, ¿por qué no abres los ojos?

Cathia inspiró lentamente. La mirada de Laura se mantuvo fija en las aletas de la nariz de la chica.

—Le escucho— dijo ella, simplemente.

Laura encaró una ceja sin comprender lo que su amiga le pretendía decir. Despegó sus labios con la intención de preguntar, pero Cathia fue más rápida.

—Su música —especificó ella—; oigo la música de Lucas.

Laura se mordió el labio, confusa.

—¿Lucas? Él nunca tocó ningún instrumento —dijo ella en tono de duda.

—No es eso —negó Cathia—, lo que mis oídos perciben es la última nota que produjo su mente al dejarnos.

Laura se arrodilló con dificultad sobre la tumba de él, contemplando su fotografía, la cual se hallaba sobre su epitafio.

—¿Y... cómo es su música? —quiso saber ella, con curiosidad.

Cathia sonrió con añoranza y a la vez melancolía, observando la fría piedra que cubría el nicho de aquel a quien tanto amó. Le echaba de menos.

—Es hermosa... y mía. Me dedicó su última canción.

Laura acarició gentilmente el canoso cabello de su amiga; era evidente que él la amó; siempre la quiso.

—Has tardado cuarenta años en ser consciente de esa verdad tan obvia.


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