Níveo




Había una vez, una bailarina de ballet que portaba un tutú blanco inmaculado; semejante al color de las esponjosas nubes de un cielo veraniego azul celeste. Sus zapados de puntas, de un negro embetunado, deformaban sus grandes pies, convirtiéndolos en unos soportes feos e hinchados; sus dedos empezaron a crecer hacia dentro, sus tobillos a agrietarse y sus plantas a llenarse de durezas y ojos de pollo. Pero todo ésto, a la bailarina poco le importó, pues pensaba que valía la pena padecer para conseguir su arte.

A medida que fue pasando el tiempo, la chispa vital de la dama del tutú fue extinguiéndose; su cuerpo yacía cansado sin la vivaz gracia de antaño, y sus pies le dolían horrores cada vez que realizaba un plié. Aterrada, se percató de que los años no la perdonaron y de que todo lo que su organismo se había malogrado por su danza empezaba a pasarle factura. Nunca más volvería a bailar El Lago de los Cisnes o La Bella y la Bestia. Nunca más vería su nombre en los grandes cartelones que anunciaban al ballet ruso.

Y como consecuencia de todo ésto, únicamente quedó una treintañera desnutrida y con los pies deformes, a la que le gustaba pasar el rato rememorando, con sus antiguos vídeos, los momentos de efímera fama de su adolescencia. Mientras, su tutú blanco níveo descansaba en su desván presa de las polillas.






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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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