Reflejos de hiel I


          Annie se acurrucó con fuerza contra la cabeza del señor Oso. Había anochecido y la promesa del amanecer todavía estaba demasiado lejana como para que pudiera relajarse. Su habitación se había transformado en una cueva oscura repleta de sombras que, a ojos de la pequeña, pretendían atacarla y arrastrarla fieramente a algún pozo de pesadillas y miserias.

          El señor Oso apretó imperceptiblemente sus bracitos acolchados sobre el cuerpo de Annie a modo de abrazo. Sus ojitos de botones contemplaron todo su alrededor desafiantemente; con la intención de interceptar a algún enemigo que pudiera acercarse a atacarlos.

          —Tengo miedo… —balbuceó Annie suavemente al oído del peluche—. Hay ojos; veo muchos ojos. Y nos miran…

          El señor Oso trató con todas sus fuerzas que la pequeña se sintiera segura pero, desgraciadamente, no surtió efecto. Annie empezó a temblar entre sus sábanas y sus expresivos ojos se humedecieron de lágrimas.

          —No nos paran de mirar. No sé qué hacer… Ayúdame —imploró con sus párpados cerrados al señor Oso.

          Repentinamente, todo empezó a dar vueltas y vueltas. Las mantas bajo las que descansaban se transformaron en un océano inmenso y bravo que tenía en su centro un apabullante remolino que absorbió las sábanas y el colchón. Y siguió ingiriendo cosas; desde el escritorio hasta los juguetes de la chiquilla. Y, cuando finalmente no le quedaron cosas cercanas que engullir, fue a por Annie. El malvado remolino empleó todo su empeño para llevarse consigo a la pequeña, que emitió un chillido estremecedor y agonizante antes de desaparecer a través de él.

          El señor Oso, impotente, pensó qué podría hacer. Su cuerpecito inerte y descompensado no podía moverse lo suficiente como para rescatarla. Así pues, hizo acopio de todas sus fuerzas e intentó moverse una milésima de centímetro para ponerse en la trayectoria del remolino. No lo consiguió. No obstante, para su fortuna, aquel agujero pretendía absorber hasta el parqué y el empapelado del cuarto, así que, tras un minuto de espera, él también fue objetivo del remolino.

          Cuando lo tragó no pudo pensar en otra cosa que no fuera en su culpa. Pobre Annie; ojalá no le hubiera pasado nada. Le prometió que sería su guerrero: su salvavidas. Y ahora… Y ahora en sus botones refulgía la tristeza e impotencia tras no haber impedido la desaparición de la chiquilla.



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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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