Y por esto y más quiero a Clara




             Me gustaba Clara; no podía definirlo de otra forma. El día en el que me dio aquel abrazo me di cuenta de que en aquel instituto no podría encontrar a alguien mejor. Y las cosas eran así. Aunque no me hablara si quiera era capaz de adivinar lo que quería decirme mirándola a sus ojos: a sus increíblemente expresivos ojos. Tan brillantes... Adoraba sobremanera cómo el tono marrón oscuro de su iris se confundía con su pupila; cómo se fundían y parecían una única cosa. Aquello no era normal y, por lo tanto, podía decir que era una de las tantas cosas que la hacían especial.

             ¿He mencionado cómo era su sonrisa? No solía sonreír mucho, pero cuando lo hacía me daba la sensación de que mi vida recobraba cien veces más sentido que de costumbre. Sus labios se arqueaban hacia arriba y sus hermosos ojos adquirían un brillo y un deje mágico, como de cuento. También estaba su pelo, su fino y sedoso pelo castaño oscuro. A veces me daba la sensación de que parecía negro, pero no. Cuando fijaba la vista en él encontraba destellos café escondidos tímidamente entre el resto de pigmentos, como si tuvieran vergüenza de mostrarse al exterior.

             Pero no era su físico lo importante de ella. Si bien era cierto su aspecto en sí estaba lleno de magia: la unión de su diminuto y flacucho cuerpo con su frágil esencia; el hecho de pensar que era demasiado etérea como para estar cautiva en un aula de instituto... Todo, absolutamente todo aquello era determinante a la hora de mesurar toda ella. Pero, sin duda, no era lo mejor que tenía. Para mí lo que más me hechizaba era su forma de hablarme con la boca cerrada; ese secreto que me confesaba con los labios sellados. Adoraba cómo me miraba y, entonces, parecía revelarme los secretos más importantes de esta vida y la próxima, si es que la había. Magia; Clara era magia.

             Me desesperaba, también, cuando su pupila se apartaba de mí y miraba al suelo. Se quedaba centrada en los azulejos o en el techo. Y terminaba dándome cuenta de que sus maravillas estaban selladas: habían desaparecido. Cuando no cruzábamos los ojos era como si no hubieran existido nunca. Su pena se volvía la mía, su felicidad se volvía la mía. Era como si ambas estuviéramos comunicadas y no lo supiera nadie, solo nosotras. Era nuestro secreto: uno de nuestros tantos secretos. Por estas cosas y más quería más que a nadie en el mundo a Clara y sentía que, desgraciadamente, yo no era nada comparado con ella.






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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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