Injusticias




Niara caminó por la que fue su aldea. Estaba rodeada de cadáveres; de gente maltrecha y moribunda. El ambiente olía a sal y a metal, como queriéndole enseñar lo asfixiante que era el aroma de la pérdida. Algunas cabañas, que estaban todavía en llamas, desprendían un humo espeso y negro. Niara solo continuó andando, con sus ojos fijos en los cuerpos: algunos se movían, como buscando aire; otros eran cascarones vacíos. Llegó a lo que fue su hogar, donde su madre estaba en tierra con los ojos abiertos. Se convulsionaba muy despacio con sus manos apretando la zona de su entrepierna. Niara la incorporó y, con la ayuda de unos pocos, unieron sus pedazos. 

Reconstruyeron los vestigios de los heridos y dejaron descansar a quienes habían perdido el alma en la batalla. Aquel desastroso atardecer Niara miró por la ventana de su cabaña cómo se escondía el sol, mientras se preguntaba por qué en la tragedia la tierra seguía pareciéndole tan hermosa. Sin embargo, con el tiempo aprendió que aquello era un mensaje: no importaba cómo de horrible fueran las cosas, tarde o temprano aparecería la esperanza. El hombre blanco, con su orgullo, caería tarde o temprano.





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