Otoño



            La primera vez que te vi fue en el callejón donde las asesinaba. Llevabas puesto un vestido fresco y ajustado en la parte del pecho, que luego se deslizaba holgado sobre tu silueta. Era blanco, con millares de margaritas estampadas. Me recordaba a la llegada del otoño por sus colores amarillos y naranjas, como el sol sobre un enrojecido amanecer. Tus ojos eran también del marrón otoño, enmarcados por unas gafas celestes. «¿Por qué llevas los cristales sucios?», quise preguntarte. «¿Por qué nunca los limpias, Dama de otoño?» Las lentes gruesas, además de sucias. Empezaba a sospechar que lo que ocurría era que no te gustaba mirar a través.

            Luego estaban tus pecas, que me hacían pensar en la caída de las hojas. Marrón hojas. Marrón otoño, de nuevo. Tenías millares de ellas sobre tus hombros, mejillas y espalda. Una galaxia de manchas de café. Tu vista estaba en las alturas, sobre un cielo encapotado que carecía de Dios. ¿Cómo podía saber eso? Porque no existía Dios para las mujeres que pisaban aquel callejón. Solo demonios, como yo. Gente sin corazón con una navaja escondida dentro de unas botas de combate. Erguida, Dama de otoño, aguardaste mi llegada. Luego me miraste y formaste una fina línea de desaprobación. Sacudiste tu media melena castaña y asentiste, todavía ida, a una pregunta que te formulaste solo a ti.

            —Me gustaría morir. —Sonreí socarrón, dispuesto a cumplir tu deseo. —¿Vas a matarme, Destripador?

            A la luz de la farola, evocabas más el otoño todavía. Me hiciste dudar sobre si en realidad existías o eras fruto de mi imaginación. Te veías más naranja y menos azul. Más amanecer y menos dos de la madrugada. Contento ante la idea de hablar con un espectro, te respondí.

            —¿Por qué quieres morir?

            No contestaste. Mi mirada voló, entonces, para redescubrir que además de caída de hojas eras coral. Un coral de morados, azules y verdes. Tenías las piernas llenas de golpes y una de tus mejillas hinchada. Quise recriminarme no haber visto aquello, pero dada la escasa iluminación era imposible. La profundidad del océano quiso engullirte aquella noche y para ti estaba bien. Querías que llegara el invierno, con el frío, y desaparecer.

            —Estoy buscando al asesino de prostitutas, que las suele matar aquí. —Evadiste mis ojos. —¿Eres tú, Destripador?

            —¿Te prostituyes?

            —Sí, y no. —Suspiraste. Tenías los labios cortados. —Una vez, en esta misma calle, me empujaron contra esta misma pared. Aquí solían venir muchas chicas y supongo que me confundieron con alguna de ellas. Así que me empujaron. Mi cabeza golpeó contra los ladrillos; me mordí la lengua. Temblaba de miedo, o de frío. Temblaba y quería llorar, pero no lo hice. Cuando..., cuando terminó me dio un billete de veinte euros.

            —¿Te violó?

            —Sí, y no. —Ni te inmutaste mientras hablábamos. Tiesa como un palo, seguías hablando. —Solo estuve quieta, no le dije «No». Tomé su dinero, además, que gasté en comprar algo de comida. En mi casa las cosas con mi padre son complicadas también. Mamá ya no está.

            —¿Por qué has vuelto aquí? ¿Quieres que te vuelva a pasar lo mismo?

            —Te dije que quiero morir. ¿Dónde está el destripador?

            —El destripador solo asesina a prostitutas, porque están sucias —te recriminé, molesto. No supe poner nombre a lo que movía aquella emoción. Incomidad, tal vez, al escuchar tus palabras.

            —Pero a mí me pagaron, así que soy puta.

            —A ti te violaron creyendo que eras una prostituta; no es lo mismo. Estabas asustada.

           —Cogí su dinero, así que soy igual.  —Casi gritaste. Empezaba a temblarte la voz. —¿Cómo se mide lo sucias que están las personas? ¿Por qué, según tú, ellas sí y yo no? Tuve sexo y me pagaron.

           —Tuviste sexo pero no querías. 

           —¿Y ellas sí?

          —Por supuesto. Ellas quieren tener sexo por dinero —espeté, completamente exasperado.

          —¿Les apetece tener sexo? ¿Lo harían si no hubiera dinero de por medio?

            Me dejaste sin palabras. Tú, la Dama de otoño que quería ser invierno, terminaste con mis argumentos en aquella conversación.

            —¿Entonces el Destripador se equivoca? —inquirí, ofuscado.

            —No sé lo que piensa, así que no puedo adivinar lo que hay dentro de su cabeza. Solo intento comprender... —Suspiraste. —¿Por qué ellas sí y yo no? ¿Qué me hace diferente de muchas otras? Estamos todas marcadas por unos parámetros irracionales que nos clasifican y que no alcanzo a comprender, yo solo... Si me siento sucia, es porque lo estoy.

            Te tendí la mano y tú vacilaste. Con desconfianza, la cogiste. Intercambiamos miradas y, entonces, las avellanas de tu iris me hicieron comprender. Nunca más iba a regresar tu otoño, porque te lo arrebataron. El vestido de margaritas estaba ahí para tratar de devolverte una felicidad que solo vendría dada por una sociedad que hubiera aprendido lo que era el consentimiento. Mientras tanto, para ti y para muchas mujeres seguiría siendo invierno.




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