Alice



Intento alcanzar a la bella Alicie. He recorrido colinas y montes; bosques y desiertos, pero hasta el día de hoy no he logrado dar con ella. Numerosos aldeandos me han dicho que mi preciosa Alicie ha perdido su nombre, su sombra y su reflejo en el río. Mi bella dama no recuerda nada de lo que una vez fue; carece de identidad.

Cada vez que me intento comunicar con ella una nube de niebla me lo impide; Alice se intenta alejar de mí; me tiene miedo. Ojalá se dé cuenta de que no vengo a condenarla sino a salvarla. Oh, hermosa Alice, concédele una oportunidad a este humilde príncipe; dótale del privilegio de liberarte.

Justo en aquel instante, como si fuera un regalo de mi Dios, vislumbro a una dama sin rostro vestida con una traje de fiesta azul deshilachado. Toda ella es blanca; su cabello, su piel, sus uñas... Ah, bella Alice, ¿en qué te has convertido? Pareces un bloque virgen a la espera de ser esculpido.

Alice, como si percibiera mis intenciones, se aproxima a mí. La tierra no sufre ninguna mella al ser pisada por sus diminutos pies incoloros; como si en realidad no hubiera tocado aquella zona del suelo. Alice sacude su cabellera inmaculadamente blanca fuera de su frente, y su inexistente boca se abre.

—¿Quién soy? —quiere saber ella. Me sorprendo al darme cuenta de que en realidad y de manera inexplicable de sus labios no sale sonido alguno, sino que éste se presenta directamente en mi cabeza.

—¡¡Alicie!! —chillo corriendo hacia ella, para instantes después verla retroceder y mirarme con desconfianza a los ojos.

—No —niega con vehemencia—. Quiero que te aprendas mi nuevo nombre; Soledad. Mi nombre es la princesa Soledad. Ése fue mi mote de condenada y me lo atribuyo también como el de mujer libre. Yo, la princesa Soledad, no te necesito y por ello no anhelo que me rescates. Mataré a mis dragones y me despertaré sola de mis pesadillas. Seré la que halle la liberación de mi torreón sin puertas ni ventanas, y tú, príncipe, me verás triunfar entre las tinieblas.

Atónito, contemplo cómo Alice recobra de nuevo su color, y con ello su nueva identidad; una que se había construido ella sola sin necesidad de los demás.

Una parte de mí se siente dichosa puesto fue por el reconocimiento en voz alta de sí misma en mi presencia que pudo percatarse de quién era. El otro extremo de mi ser es consciente de que si trataba de amarla y ella se valía por sí misma la podía perder. Aunque quizás aquello era lo mejor, ¿qué ganaba yo forzándola a estar a mi lado si en realidad ella no me amaba?

—Y que en los libros quede rubicado que soy Soledad, la primera princesa que descubrió que no necesita a nadie para vencer a sus enemigos; la primera que descubrió que es absurdo depender de los demás —concluye la recién bautizada Soledad.







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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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