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 El asesino recorrió lentamente el sendero que le conduciría a su muerte. Los grilletes de sus pies y manos producían un desagradable sonido a cada paso que daba. La multitud, que le aguardaba frente a la horca, empezó a lanzarle tomates y a abuchearle enérgicamente.

El asesino suspiró y sonrió de manera forzada; su muerte, en lugar de ser algo frívolo y horrendo, era un motivo de festejo. Finalmente, desaparecería de la faz de la tierra y con ello concluirían todas las defunciones precoces que solía ocasionar.

¿Acaso era justo tomarse una vida tan a la ligera? Posiblemente, la multitud en el fondo no se diferenciara tanto de él. El ser humano es muy hipócrita.

Los gritos de aprobación del público hicieron acopio con vehemencia; satisfechos de contemplar al cadáver, inerte y repleto de tomates, balanceándose ahorcado.


 
 
 

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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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