Lo que me habría gustado escribir




Y, entonces, la vi. La contemplé como si su presencia en la esquina de aquel callejón fuera el hecho más maravilloso del mundo. Vislumbré extasiada a aquella diminuta mendiga, que reposaba sentada con su humilde cesta de pedigüeña. Su semblante cansado y malogrado por el paso de los años me enterneció, del mismo modo que lo hicieron sus ojos; de un verde madreselva digno de pigmentar la mismísima selva del amazonas. 

La ropa que portaba parecía ser el vestigio mismo de las desgracias de su existencia, las cuales no iban en consonancia con el deje de su mirada. Aquellas ventanas a su alma destilaban un sentimiento de alienación apabullante; me daba la sensación de que no eran de aquí. Podría considerarlas etéreas; livianas y claras.

Repentinamente, sentí una sacudida y, poco después, los pude apreciar. Pude apreciar una cantidad de sentimientos inigualable; cada cual más profundo, sincero y desconcertante. Emociones que, posiblemente, hasta aquel momento no hube experimentado en mi vida. Sensaciones que me planteé si para un humano eran posibles de percibir. Más tarde, en mi confusión, vi un hermoso castillo situado en el límite de nuestro horizonte y constituido por vapor, arena y sal. Extendí mi mano tratando de alcanzarlo pero cuanto más esfuerzo hacía para acercarme a él, más se alejaba.

En sus alrededores pude intuir el atisbo de una mujer de ojos verde madreselva y de aspecto humilde, la cual clavó su mirada en mí y sonrió. Aquel tirón de labios fue de esos que calan hondo; de esos que hacen las alegrías más dichosas y las tristezas menos pesadas. Quise acercarme a ella y preguntarle por qué me daba la sensación de haberla visto antes. Volví a intentar aproximarme y el castillo, nuevamente, se alejó de mi alcance.

Una inesperada nube de alquitrán empezó a devorar a aquel reino. La chica desconocida parecía no darse cuenta y los peatones, de cuya presencia me acababa de percatar, tampoco. Grité tratando de advertirles de su peligro; corrí con todas mis fuerzas intentando vanamente socorrerles. Pero ninguno de mis intentos surtió efecto. 

Cuando aquel misterioso lugar quedó consumido, la mujer se elevó hacia las alturas propulsada por sus dos enormes y coloridas alas brillantes. Se deslizó por los cielos cual grácil mariposa; bailando con las aves y las hojas secas del otoño. Hasta que, desafortunadamente, el resplandor de sus bellas alas se desvaneció y estas se secaron, quedándose inútiles. Y cayó al suelo. Y se hizo daño.

Sus ropas, en el mundo mortal en el que fue a parar, se hicieron monótonas y feas. Y su hermoso rostro, demasiado delicado para la realidad mundana, se marchitó por el paso de los años. Finalmente, quedó una mendiga apelando a la compasión con su cesta de mimbre, cuyos ojos aguardaban el secreto de su verdadera historia.





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