—Pero eso no me importa, Odette, porque yo estoy por encima de todo esto. No tengo nada ni nadie a lo que temer.
—¿Por qué? —Enarcó una ceja, divertida, y después se empezó a mecer en aquel columpio. Sus ojos clavados en las nubes.
—Porque soy lluvia; la solución a absolutamente cualquier problema. Soy las gotas que caen del cielo y mojan tus cabellos dorados; soy las lágrimas que danzan por tus mejillas y caen en sintonía a tu tristeza; soy el rocío, los charcos del suelo...
—¿Y por qué? ¿Por qué la lluvia está por encima de todo esto?
—Porque hace a las cosas más ligeras. Los problemas pesan, caen del cielo, y luego vuelven a las nubes; muy arriba. Los problemas vuelan como las mariposas, y son de gas. Son blancos y, a veces, reflejan el arcoíris. —Odette se balanceó con más ímpetu en aquel columpio. Sus pies no tocaban el suelo y el ángulo en el que danzaba se hizo casi de noventa grados.
—Quiero volar —murmuró ausente. Sus ojos clavados en el cielo.
—Entonces conviértete en lluvia. Quiero verte en la tormenta y en la escarcha. En todos lados, Odette. Hazte lluvia y visita todos los lugares del mundo. Volemos juntos. —El columpio se soltó y salió despedida hasta donde me llegaron los ojos. Estiró sus brazos y los meció como las alas de un pájaro.
—¡Vuela, solo vuela! —grité—. ¡Sé lluvia!
Lejos, muy lejos, escuché su risa. Sonreí también yo, antes de elevarme a su lado.
Te conocí una noche en la que la luna no era luna y las estrellas se habían escondido. Eras blanco, como la luna que no estaba, y te me antojaste un milagro. A tu lado la noche resplandecía y hacías que yo me sintiera yo. Tus ojos de tierra, tu boca de sal y tu sonrisa de azúcar. Ven conmigo a enseñarme dónde se esconden los luceros. Te inclinas hacia mí y sonríes. Tomo tu mano y te siento cerca.
¿Quién eres? Busco preguntarte, pero no lo hago por miedo a que se rompa la magia. Tu cuerpo grácil, como un cisne, tu rostro hermoso, como una escultura. Entreabres los labios e inhalas con fuerza. Sonríes, de nuevo, y nos elevamos. Alto, donde se esconden los embrujos de las estrellas, la luna durmiente y otras cosas que desconozco para poder describirlas.
Vuelas como Peter y yo soy tu Wendy. La primera estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer. El amanecer que llega llega y el sol que nos alcanza. Me miras, triste, y te esfumas. Eres niebla que se desvanece. Alzo mis brazos tratando de encadenarte pero te escurres entre los huecos de mis dedos. No te vayas, quiero gritarte, pero se me olvidan las palabras.
La noche, volverás a la noche. Le dirás a los astros que desaparezcan para que solo nosotros seamos testigos de lo que compartimos. Por siempre y para siempre.
Iba caminando cuando la vi, cuando nuestros ojos se encontraron. Estaba en una acera, sentada en una esquina, resguardada por sus harapos como si creyera que tras ellos se haría invisible. La tela estaba gastada y era de colores chillones, rosa brillante y azul celeste, ennegrecidos por la suciedad de las calles. Cualquiera podría llegar a pensar que aquellos tonos eran del traje de una princesa que había terminado desterrada de su reino, pero aquella no fue mi suposición. Más bien pensé que los habría sacado de la basura de alguna tienda de disfraces de carnaval.
Sus pies estaban al descubierto y, aun a pesar de la roña que los rodeaba, eran perfectos. Diminutos, de uñas cuidadas y apariencia suave. Aquello era contradictorio, no tenía sentido, pero a la vez no dejaba de ser verdad. Su cabello tenía un deje que oscilaba entre el negro y el azul neón, cosa también extraña. Me gustaría saber cómo se vería limpio, brillante y sedoso; alejado del amasijo de nudos y polvo que lo estropeaba. Extraño, el aspecto de aquella mendiga era más que extraño.
Por alguna razón no pude dejar de mirarla; me tenía cautiva. No hacía otra cosa que no fuera examinarla y tratar de entenderla. ¿Cómo había llegado allí? ¿Pasaba hambre por las noches? ¿Frío? Me la imaginé sin el rastro del dolor en su esculpido y degradado rostro. Me la imaginé vestida elegante, y me abrumé. Ella había nacido para ser hermosa, alguien a quien admirar, alguien que permitiera creer en la existencia de la magia, los bailes a medianoche y los besos a princesas dormidas.
Sus ojos, estaban ahí sus ojos. De un color que oscilaba entre el amarillo y naranja. Imposible. ¿Cómo alguien iba a tener un iris así? Sin embargo, ahí estaban. Serían lentillas. Llevaría lentillas en los ojos y tinte en el cabello. ¿Una actriz? Tal vez la mendiga era una actriz, ciertamente se la veía tan perfecta como para aparecer en una película de Hollywood. Sus ojos, de nuevo, me llamaron. Y nuestras miradas se cruzaron. Y me vi reflejada en aquel amarillo semejante al ámbar. Y me sumergí en ellos.
Fue entonces cuando lo corroboré, aquello no era normal. Sus ojos eran de hada, toda ella era un hada. Un bello ser sobrenatural sometido al peso de lo mundano. El hada, que se había convertido en mendiga, extendió hacia mí su cesta pidiendo una limosna que no podía ser reemplazada por billetes. Ansiaba la magia; se humillaba pidiéndola y sintiéndose estúpida porque nadie era capaz de entregársela.
—Lo siento… —le susurré tan bajo que no estuve segura de que pudiera escucharme. Sin embargo, sí lo hizo. Se encogió de hombros y me regaló una sonrisa suave y lenta, enmarcada por sus dientes, sucios y perfectos a la vez.
Quise preguntarle quién era en realidad, si mis suposiciones acerca de su procedencia eran ciertas. Pero tuve miedo. Tal vez si forzaba demasiado los engranajes desaparecería llevándose consigo mis dudas, mis ansias de conocimiento. Apareció sobre su cabeza un halo de luz que venía de los cielos, de un lugar muy alto. Y me asusté. ¿La estaban llamando?, ¿la echaban de menos? Sus ojos se fijaron en el añil de las alturas y en aquel instante pude ver reflejado en su pupila de donde venía.
Era un lugar etéreo: el Mundo Etéreo. Sí, me gustaba aquel nombre. Estaba repleto de color, fantasía y sonrisas. Había hadas, príncipes, princesas y castillos. Sin lugar a dudas aquel era el sitio del que venían los sueños. ¿Cómo habría ido a parar aquí abajo? ¿Por qué estaba condenada a vivir en una tierra sucia y ajena a la misericordia? Las dudas me quemaban y me sentía impotente, como si estuviera perdiendo las fuerzas. Inhalé profundo y lo vi nuevamente reflejado en sus pupilas: el Mundo Etéreo se estaba muriendo. Había sal, mucha sal, y les mataba. Les hacía olvidar, les robaba la magia. Y caían al suelo. Y sufrían esta jaula.
Me di cuenta, entonces, de que el vestido que llevaba encima no era un disfraz hecho harapos; eran sus malogradas e inútiles alas, que usaba para resguardarse del frío. Rompí a llorar, sintiendo que su pena era la mía; como si las dos fuéramos la misma persona. Su ámbar, me vi reflejada nuevamente en su ámbar. Y en aquella ocasión fui yo la que estaba tirada en el suelo pidiendo limosna, y fue ella la que me contemplaba con tristeza y duda en un iris marrón chocolate.
No entendía aquello, ¿qué me estaba pasando? Extendí la cesta, pidiéndole una redención que no se conseguía con dinero. Ella me sonrió y me dio un saco diminuto. Cuando atiné a abrirlo me encontré con arena de playa de colores. Olía a mar y a narcisos. El viento se la llevó volando en un despliegue cromático y sensitivo enternecedor. Y mis alas se extendieron. Y empecé a elevarme muy alto en compañía de la arena de playa, que parecía traer la solución a la sal y a la destrucción del, para mí desconocido, Mundo Etéreo.
Cuentan que, hace mucho tiempo, existió una bella dama enamorada de un muchacho etéreo. Aquel chico era un príncipe de un reino lejano, situado en algún lugar absuelto de cualquier tipo de localización geográfica. Su amor duró varios milenios, puesto que ambos habían hecho un pacto con el Tiempo. Mientras su pasión se mantuviera viva, el reloj del envejecimiento no tocaría las doce.
La bella dama y el príncipe se reunían todos los días, tras la salida del sol, en una colina repleta de pasto fresco perteneciente a la localidad de Nox. Allí, nunca, jamás, había paseado ráfaga de viento alguna. Fue el chico etéreo el que escogió aquel sitio, ya que ocultaba un secreto que él esperaba no tener que desvelar jamás.
Al alba de un veintitrés de julio, las Gotas de Lluvia, amigas de la Diosa de la Tormenta, se pusieron muy enfermas; se tornaron gélidas y blanquecinas cual bocanada de hiel. La Diosa, entonces, se vio obligada a vomitar por todo el planeta duro y estremecedor granizo con la esperanza de poder purgar el malestar de sus compañeras. El reino de Nox no fue excepción: aquel día se convirtió en el primero en el que corrió algún fenómeno atmosférico sobre su superficie. La colina en la que la dama y el príncipe se reunían se inundó de hielo y centellas, y tras aquello, el temido secreto del chico etéreo se desveló. Aquel joven estaba constituido por vapor y, como consecuencia del viento, se elevó hacia las alturas. Su cuerpo se deslizó por los aires ágilmente; bailando grácil sobre la cabeza de la dama que trataba de aferrarse a él, de mantenerlo cerca, aterrada ante la idea de poder perderle.
El chico se fue. Su ausencia quedó marcada por la pesadumbre de la joven, que se despreciaba a sí misma por ser tan mediocre; por no formar parte de las nubes; por ser tan real y auténtica como para no lograr que sus pies se alzaran de tierra. Así pues, el Tiempo al ver que los corazones de la pareja estaban resquebrajados, dejó de lado la inmunidad de éstos al envejecimiento. Y empezaron a pasar los años. Y empezaron a sentir el achaque de los días y las horas en sus propias carnes.
Llegada ya la vejez de la dama, ella se torturaba aún con la imagen del cabello del chico, arrebolado por el vuelo, y con la visión de sus ojos brillantes y ambarinos, fijos en ella y a la vez ausentes. Llegada ya la vejez del etéreo, él se torturaba, aún sobre las alturas, con el recuerdo de la suavidad de las hebras doradas del cabello de su amada, y lo hermosa y lo tangible que se sentía cada vez que la tocaba.
Lo maravilloso fue cuando, al alba de un veintitrés de julio, las Gotas de Lluvia, amigas de la Diosa de la Tormenta se volvieron a poner muy enfermas; esta vez se llenaron de electricidad y truenos. La dama estaba tumbada en su cama, esperando a la Muerte que anunció su cercana llegada. Casualmente, el chico etéreo fue llevado por la fuerza de la ventisca cerca del hogar de su antigua amada y, viéndola expirar, quiso abrazarla. Quiso ser lo suficientemente real para que su roce se tornara cálido; para que ella le sintiera completamente, plenamente. La antigua dama, por otro lado, estaba tan cansada de ser tangible; su cuerpo pesaba tanto...
Entonces, sucedió: el cuerpo del chico empezó a ganar consistencia y el de la chica a tornarse liviano. Ambos, anhelaron tanto ser lo que era el otro que en su lucha obtuvieron la victoria. El príncipe corrió a por la ahora joven intangible, antes de que el viento se hiciera con ella. Cerró la ventana y le dio un reconciliador abrazo. El Tiempo, al ver a ambos juntos de nuevo, volvió a convertirlos en eternos y la Muerte, frustrada, decidió que se iría al bar de la esquina a tomarse una taza de té de aguja dorada.
¿Qué hacer cuando me eclipsaste tratando de eliminar a aquellos molinos que pensabas que eran gigantes, temibles y poderosos? ¿Qué hacer cuando me gusta ser tu dama en apuros? Y tratar de recomponerte cuando veo tu cuerpo maltrecho por tu nueva aventura; más dañado por dentro que por fuera. ¿Cómo fue aquella vez, mi Quijote, cómo fue? Te enfrentaste al Caballero de la Blanca Luna. Y perdiste, y moriste.
Fue entonces cuando viste una realidad lejana a las historias de caballeros andantes. Y eso fue lo que te mató, mi Quijote, no la batalla. Sabes que la guerra más importante es la que tenemos con nosotros mismos y que si la perdemos nos convertimos en un barco sin timón. Y eso te mató. A mí también.
Quiero ser tu Dulcinea, siempre. Quiero que sigan existiendo los malhechores, los monstruos, los brujos; todo. No permitas que se rompa el hechizo; no dejes que la magia desaparezca. No, te lo ruego, no. Sé mi caballero andante para siempre: rescátame de las garras de lo mundano. No dejes que el tedio se apodere de mí.
La joven se había perdido en el monte y la nieve le impedía poder vislumbrar algo que no fueran tonos grises y blancos. Dios mío ¡Blanco! Aquel color era el vestigio más claro de su desgracia. Blanco fue el color de las paredes de su cuarto, culpables de su cautiverio; blanco fue el traje que vestía su madre cuando su ataúd se hundía en el suelo y, finalmente, blanca era la bufanda que trataba de escapar de su garganta y dejarla esclava del frío.
Sentía cada una de sus articulaciones doloridas y entumecidas: cada paso que daba le provocaba un agonizante pinchazo que le robaba el aliento. La baja temperatura a la que se estaba sometiendo ponía claramente a prueba su aguante. Anhelaba con todas sus fuerzas escapar de allí; liberarse de las gélidas motas que caían del cielo, escapar del viento que embotaba su visión y despeinaba su pelo. Lo necesitaba tanto que la misma frustración de no lograrlo le hacía más daño que el tormento físico al que estaba reducida.
Lejos, a lo lejos, vio caramelo: garrotes de caramelo. Como postes se erigían invitándola a tocarlos: a comprobar si su existencia era cierta o si, simplemente, estaba bajo un delirio.
Ansiosa e impaciente hizo acopio de todas sus fuerzas para ir hacia allí. ¡Era un milagro! Se imaginó, mientras recorría el trecho que la separaba de aquel lugar de fantasía, que se encontraba resguardada en una acogedora casa de madera mientras, protegida por su estufa de leña, saboreaba con acopio el dulzor de aquellas chucherías.
Cuando llegó a alcanzarlas se puso a llorar de rodillas ante ellas. ¡Eran enormes! Y parecían tan deliciosas... A su lado su diminuto cuerpo no era nada, absolutamente nada. Sus dientes se clavaron en una de ellas: la raspó, llevándose tras aquel arañazo su magnífico sabor. Era el dulce perfecto.
Tan descuidada estaba la joven que no se dio cuenta de que había alguien que la vigilaba: la bruja de Häsel y Gretel estaba al acecho. El frío incapacitó en mayor medida sus músculos pero estaba tan extasiada que le importó bien poco. Aquellos bastones le traerían la felicidad o, al menos, eso le parecía. La bruja sonrió de forma siniestra esperando que pronto la escarcha acabara con la conciencia de la chiquilla; esperando que jamás despertara y que, con ello, nunca descubriera que estaba atrapada en un siniestro sueño.
Y, entonces, la vi. La contemplé como si su presencia en la esquina de aquel callejón fuera el hecho más maravilloso del mundo. Vislumbré extasiada a aquella diminuta mendiga, que reposaba sentada con su humilde cesta de pedigüeña. Su semblante cansado y malogrado por el paso de los años me enterneció, del mismo modo que lo hicieron sus ojos; de un verde madreselva digno de pigmentar la mismísima selva del amazonas.
La ropa que portaba parecía ser el vestigio mismo de las desgracias de su existencia, las cuales no iban en consonancia con el deje de su mirada. Aquellas ventanas a su alma destilaban un sentimiento de alienación apabullante; me daba la sensación de que no eran de aquí. Podría considerarlas etéreas; livianas y claras.
Repentinamente, sentí una sacudida y, poco después, los pude apreciar. Pude apreciar una cantidad de sentimientos inigualable; cada cual más profundo, sincero y desconcertante. Emociones que, posiblemente, hasta aquel momento no hube experimentado en mi vida. Sensaciones que me planteé si para un humano eran posibles de percibir. Más tarde, en mi confusión, vi un hermoso castillo situado en el límite de nuestro horizonte y constituido por vapor, arena y sal. Extendí mi mano tratando de alcanzarlo pero cuanto más esfuerzo hacía para acercarme a él, más se alejaba.
En sus alrededores pude intuir el atisbo de una mujer de ojos verde madreselva y de aspecto humilde, la cual clavó su mirada en mí y sonrió. Aquel tirón de labios fue de esos que calan hondo; de esos que hacen las alegrías más dichosas y las tristezas menos pesadas. Quise acercarme a ella y preguntarle por qué me daba la sensación de haberla visto antes. Volví a intentar aproximarme y el castillo, nuevamente, se alejó de mi alcance.
Una inesperada nube de alquitrán empezó a devorar a aquel reino. La chica desconocida parecía no darse cuenta y los peatones, de cuya presencia me acababa de percatar, tampoco. Grité tratando de advertirles de su peligro; corrí con todas mis fuerzas intentando vanamente socorrerles. Pero ninguno de mis intentos surtió efecto.
Cuando aquel misterioso lugar quedó consumido, la mujer se elevó hacia las alturas propulsada por sus dos enormes y coloridas alas brillantes. Se deslizó por los cielos cual grácil mariposa; bailando con las aves y las hojas secas del otoño. Hasta que, desafortunadamente, el resplandor de sus bellas alas se desvaneció y estas se secaron, quedándose inútiles. Y cayó al suelo. Y se hizo daño.
Sus ropas, en el mundo mortal en el que fue a parar, se hicieron monótonas y feas. Y su hermoso rostro, demasiado delicado para la realidad mundana, se marchitó por el paso de los años. Finalmente, quedó una mendiga apelando a la compasión con su cesta de mimbre, cuyos ojos aguardaban el secreto de su verdadera historia.