El cuento del señor Oso






La pequeña Annie, abrazada al señor Oso, miró las cortinas de la ventana de su habitación, que ondeaban como las sabanas de su cama; seguramente harían competiciones para ver cuál de las dos era capaz de imitar mejor las olas marinas. A través de su ventana se colaba la amarillenta luz de una farola de la calle: su halo tenía un tono enfermizo y estremecedor. 

Annie, como era ya costumbre, tuvo miedo de las sombras y del halo de la farola, que parecía transformar todo lo que alumbraba en algo grotesco y amedrentador. Apretó al señor Oso con fuerza contra su pecho y le susurró suavemente «Nada de esto es real: es la oscuridad, que intenta absorbernos con su mano negra». Acto seguido, sintió el leve asentimiento de su peluche y, ante ello, no pudo hacer otra cosa que no fuera sonreír incómodamente. 

—Voy a contarte un cuento —articuló Annie muy bajito al oído del señor Oso—. Me lo he aprendido hoy en clase, es muy bonito. 

Sus ojos se clavaron sobre la luz cancerígena que entraba de la farola; una luz que emitía parpadeos irregulares y desagradables. Ojalá se apagara y hubiera únicamente oscuridad. Sí, la oscuridad era mejor que aquello. Cerró los ojos y se sintió segura tras sus párpados. 

La cama era cómoda pero insegura: a Annie le daba la sensación de que si caía dormida sería engullida por su almohada y despertaría en algún extraño lugar en el que no existieran los helados y hubiera todos los días espinacas para comer y brécol para cenar. 

—Érase una vez una niña pequeña que tenía miedo de todo: de la luz, del frío, del calor… Incluso le aterrorizaba el envase en el que se guardaban los ositos de gominola. Esa niña terminó dejándose llevar por sus terrores y decidió no salir de casa. Se encerró en su cuarto, lugar en el que se sentía más segura, junto a su peluche. Pero lo que la pequeña no sabía era que debajo de su cama se escondía un monstruo horrible—Hizo una pausa y colocó la boca del señor Oso sobre su oído. —¿Por qué se escondía allí? Es evidente, porque todo lo que deseamos quitarnos de encima va a parar debajo de la cama. ¿Cuándo tú ordenas el cuarto y ves trastos no los metes ahí? Pues los monstruos se alimentan de eso; de lo que ignoramos y dejamos ahí abajo. 

»Una noche, el malvado monstruo salió de su escondrijo y capturó a la niña cobarde. Y, y, y ¡¡Se la llevó al mundo de los monstruos!! 

Annie sonrió al creer ver el terror en los ojos de botones del señor Oso. 

—Pero entonces, la niña recordó que traía consigo a su peluche y que con él podría lograr salir de allí. Así que se armó de todo el valor que nunca creyó tener y enfrentó al monstruo. ¡¡Y lo venció!! ¡Y aquel día tuvo natillas caseras de merienda! 

El señor Oso ahora estaba orgulloso; gracias a él Annie estaría siempre protegida. Sería su caballero andante, su salvavidas, su escudo y espada. Mientras estuviera junto a ella estaría a salvo. Mientras estuviera junto a ella ningún ser malvado podría hacerle daño.







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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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