Impasible




La princesa Soledad era impasible; parecía gélida como una roca. Daba la sensación de que nada era capaz de quebrantar su indiferencia ante el mundo. Su vestido blanco e incorpóreo ondeaba al son del viento y de la carencia de sentimientos que destilaba. No obstante, aquello no era más que una simple careta: su cuerpo era una carcasa perfecta; una carátula aparentemente inquebrantable por la que era imposible que se filtraran sus sentimientos de dolor, rabia e impotencia.

Quiso arrancarse su vestido, su cabello y su piel; que la gente viera lo que había dentro de ella. Anheló que todos sus tormentos se escaparan e hicieran mella en sus alrededores.  De este modo, la gente descubriría la verdad oculta bajo su rasgado traje de princesa etérea. De este modo, el veneno saldría fuera y se iría lejos, muy lejos. Y desaparecería por el horizonte a un lugar donde ella esperaba no verlo jamás.

La princesa Soledad sintió que en su pecho se abría una breca profunda, negra y supurante que lanzaba esputos espesos como el alquitrán. Aquellos esputos eran corrosivos; cuando tocaban algún objeto lo malograban transformándolo en cenizas. Y eso asustó a la princesa, que se arrepintió inmediatamente por haber deseado que su amargura saliera.

Intentó sellarla, juntar los extremos, pero aquello fue un intento vano. Su herida lanzaría ponzoña durante mucho tiempo y lo único que podía hacer al respecto era intentar evitar que no salpicara a los demás. Se había convertido en un monstruo. 



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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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