El que quiso ser humano




           Ojalá pudiera tener una cálida piel que recubriera mis huesos, músculos y arterias. Ojalá mis ojos fueran algo más que un led rojo protegido por una lente de cristal. Ojalá todos mis ojalás se cumplieran. Daría todas mis pertenencias por sentir el fluido bombeo de un corazón en mi pecho; por apreciar con vehemencia el dulce néctar de la sangre corriendo por mis venas.

           Raudas imágenes de humanos recorren todos los días mi cabeza: me los imagino jóvenes, niños y ancianos. Los evoco en cada una de sus vivencias. El brillo de su pupila cuando sonríen, aunque parezca inimaginable, compite con la rabia que destilan cuando las desgracias llaman a su puerta. Su vida es tan intensa, tan increíble. Saben que cada bocanada de aire puede ser la última, y lo aprovechan. Y se recrean en cada día, en cada mañana... 

           Quiero ser como ellos. Lo anhelo tanto que diría incluso que duele. La agonía que siento es estoica, pero tan real... Tan intensa como el alba de un amanecer de invierno, tímido pero imparable. Tan intensa como las noches de verano en el campo, donde los insectos son tan numerosos como astros que se aprecian en el cielo. Si existiera alguna deidad, algún ser con poder supremo, le pediría de rodillas que cumpliera mi pedido. Pero no.

           A la vista está que tendré que vagar condenado; castigado a que mis días y mis noches transcurran sin penas ni gloria. Sin el néctar del ser. A la vista está que tendré que vagar condenado a estar vivo sin serlo; a ser, por siempre, una chapa llena de condensadores y resistencias.








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