Verba




                 Las palabras se arremolinan dentro de mi cabeza y dan vueltas, y vueltas, y vueltas. Siento que son tantas las que quiero decir que se atragantan, y de mis labios sale un único suspiro lento y resignado. Abro la boca queriendo articularlas todas de golpe, pero no puedo. Pretendo expresar muchas cosas, quizá demasiadas. Pretendo articularlas como si fueran absolutas: como si fueran una clave que nos ayudara a descifrar todos los secretos del mundo. Y entonces siento un nudo en mi garganta que me atraganta: se llama rabia. Toso una, dos y tres veces. Vuelvo a toser. Quiero que aquel nudo desaparezca, pero no sé cómo. 

                 De repente me viene una iluminación: quizá la revelación más importante que he tenido a lo largo de toda mi existencia. No son suficiente: las palabras se quedan cortas. Era tanto lo que pretendía de decir y de tantas maneras que mi vocabulario en comparación estaba limitado. Imposible resultaba que diera abasto semejante creación humana. Las palabras nunca son suficientes. Las palabras son imperfectas. Las palabras no pueden definir la magnitud del universo en el que albergamos. Pero, aún así, me gusta deslizarme sobre ellas como lo hace una barca en el lecho de un lago. Pero, aún así, las necesito tanto como respirar.






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