Brown


         Aquellos eran sus ojos; su mágica mirada. El marrón se cubría de otro marrón, y ese marrón era consumido por otro. Y entonces existían tres marrones distintos que bailaban una danza entre divertida y desconcertante en la que uno trataba de estar encima de otro.

         Cada uno tenía un don. Estaba el más oscuro, que ganaba la batalla cuando aparecía la luna y el resplandor del sol no estaba ahí para contraer su iris y acariciar sus sienes. Cuando era de noche sobre sí mismo también se apreciaba; cuando llovía y derramaba lágrimas; cuando la tristeza consumía su calor.

         Estaba, también, el color madera húmeda que se dejaba ver cuando atardecía y el cielo se volvía añil, y la nostalgia llamaba a la puerta para pedir un sorbo de té. Se complementaba aquello con una línea fina en sus tiernos labios y con el anhelo de un recuerdo que jamás iba a regresar.

         Finalmente estaba mi favorito, el color miel. Era tan claro como una mañana de primavera, en la que el tierno rocío acariciaba tímidamente los pétalos de un narciso. Mostraba una felicidad que era difícil de expresar con palabras; enternecedora y llena de azúcar.

         Aquellos eran sus ojos; aquella era la mirada que pude paladear. Gracias a ella descubrí que, en mi mundo, el único amor posible era aquel increíble marrón.

Dibujo realizado por David Ahufinger



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