Acuarelas




          Contempló el folio blanco, impoluto y completamente vacío. Aquéllo le estimulaba de un modo que resultaba difícil de describir. Cada vez que veía una hoja sentía la apremiante necesidad de coger su lápiz, sacarle punta y ponerse a crear. Le encantaba dejarse levar y permitir que sus manos se movieran solas, dando paso a un bosquejo que podría llegar a convertirse en algo encantador. Para él era como magia; aquello se alejaba de lo mundano, de lo real. Le resultaba imposible creer que de un trozo blanco pudieran dar paso tantas promesas de creaciones futuras.

          Aquella tarde acudió a la papelería y se dejó invadir por multitud de colores, cachibaches para hacer millares de virguerías, manualidades y accesorios con olor a plástico y típex. De entre todos ellos le llamó la atención particularmente un paquete de hojas preparadas para actuar de superficie en un dibujo de acuarelas. Sin pensárselo dos veces se acercó al estante y sopesó el paquete entre sus manos; inhaló el aroma tan característico de aquellos folios y se dejó arrastrar. Una lenta y prometedora sonrisa se formó en sus carnosos labios, antes de acudir a la caja a pagar.

          Cuando llegó a casa quitó el plástico protector de las hojas y sacó una de ellas; era muy gruesa y su textura se sentía rugosa y suave a la vez. Deslizó sus dedos con parsimonia sobre ella para, seguidamente, depositarla encima de su escritorio. Llenó tres vasos de plástico con agua fresca del grifo y los dejó al lado. Tras aquello fue a por su paleta de acuarelas; el magenta y naranja estaban entre quebrados y gastados, mientras que el negro y el azul se podían ver relucir impolutos, reclamando ser usados. Tomó todos sus pinceles y los dejó cerca de su alcance, al lado de un gastado lápiz de grafito. Acto seguido hizo lo que mejor se le daba; visualizó la hoja en blanco y dibujó. Hizo un boceto de un castillo renacentista y quebrado, acompañado por la imagen de una niña desolada con un espejo de plata colgando de su cuello. Centró la mayor parte de su atención en los ojos de la chiquilla, en crear una mirada añeja y rancia como las almendras amargas. Después impuso su empeño en realizar correctamente el juego de claroscuros sobre el pliegue del vestido y el cabello, con la intención de darle veracidad a la imagen.

          Cuando concluyó su laborioso boceto se dispuso a hacer lo más divertido: pintar. Cogió un pincel muy fino, sumergió su punta con timidez sobre el vaso y sobre las acuarelas. Tras aquello se dejó arrastrar por el éxtasis de las pinturas y simplemente sintió su obra. La imagen fue tiñéndose por distintos matices y relieves. Repentinamente, el joven sacudió su cabeza exhaltado. Los colores se deslizaron solos sobre el lienzo. Cada pigmento había cobrado vida propia y recorría la imagen con ímpetu y fiereza. Fue en aquel preciso instante cuando los ojos de la niña se centraron en los del dibujante lanzándole una pregunta muda. «¿Por qué me creaste así?, ¿por qué me siento tan desdichada y vieja?», le inquirían con apremiante silencio. La culpa le supo a sal y a algo picante. No, él no sabía por qué la pequeña se encontraba así; simplemente la dibujó sin planteárselo porque había una parte dentro de sí mismo que le reclamaba hacerlo.

          —No lo sé —musitó como respuesta en un susurro.

          Miró a la niña esperando que le dedicara alguna palabra. Desconcertado, sus pupilas se clavaron en el espejo, que pendía del cuello de la chiquilla, para descubrirse a sí mismo reflejado. El joven tendió su brazo con la intención de saber lo que le deparaba el interior de la imagen.




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