Edith



         ¿Por qué decidí morir? Seguro que te estás haciendo esa pregunta mientras me lees y contemplas mi cadáver. O quizá no. Tal vez no contemples mi cadáver y simplemente te hayan dicho que he muerto. La mayoría de las veces tratamos de ocultar los acontecimientos desagradables de la vista, porque ver las cosas solo las hace más reales. Y, obviamente, no necesitamos sentir más real algo triste. Pensar que una chica joven como yo va a morir es algo horrible. La muerte se identifica más con la vejez y con la enfermedad que con la elección de alguien de no vivir.

         Si aceptamos que hay personas que deciden matarse estamos dando por hecho que hay algo mal en este mundo y eso, desde luego, es algo que también nos gusta ocultar. Todas las cosas tristes están tapadas con un velo y nos gusta hacer como que no están. Cerramos los ojos y hacemos ver como que no existen, y ya. Eso pasará con mi muerte, pero también con otras más cosas. Como por ejemplo la pobreza, las guerras o las enfermedades de muchos países tercermundistas.

         Si te soy sincera no he decidido morir por ninguna causa justa o a favor de la paz mundial. He sido más egoísta, lo siento. Espero que no tuvieras demasiadas expectativas sobre mí. De todas formas las expectativas son algo tonto que termina decepcionando a las personas. Yo he decepcionado a mucha gente, de hecho, y con mi muerte probablemente todas esas decepciones hayan terminado. Nunca importé a alguien lo suficiente como para que hiciera algo más que juzgarme. Siempre he sido esa chica, la enferma, que estaba en una esquina tratando de ser invisible.

         Creo que la muerte se tiene que parecer a la invisibilidad; o al menos a la sensación que tenía cuando todo el mundo hacía ver como que yo era invisible. Muchas veces he pensado que ser invisible sería la solución a la mayoría de problemas que tengo. Si las personas no veían mi dolor quizá desaparecería. O desaparecería yo y, con suerte, sería todo más simple.

         He estado pensando en millares de formas de morir sin sufrir demasiado. Ya lo he pasado bastante mal como para añadirle más sal a la herida. ¿Por qué lo he pasado mal? No te culpo porque no lo sepas. Es lógico que no conozcas mis problemas porque parecían tan invisibles como lo era yo para el resto del mundo. En casa no tengo comida ni padres. Bueno, en realidad sí que tengo padres pero nunca están. La comida tampoco, porque son ellos los que la traen las pocas veces que están conmigo. De vez en cuando traen pan o dulces de la gasolinera. Me riñen a veces, también, cuando me duran pocos días. «Comes mucho, Edith, no valoras todo lo que hacemos por ti» y entonces gritan y me golpean. Algunas veces me golpean, otras tantas no. Todo depende del día que sea y de su estado de humor.

         Me llaman anoréxica porque no como, aunque a mí me gustaría comer más. He llegado a robar en el horno de la esquina o en el quiosco de la plaza porque tenía mucha hambre. Cuando llevaba una semana sin comer demasiado el cuerpo me pedía estar tumbada, solo estar tumbada. Llegué a pensar que tenía tan pocas energías que las gastaba todas en intentar respirar y aquello, desde luego, se me hacía algo muy triste.

         Luego estaba el colegio, donde era más invisible que en casa. En casa era invisible porque no había nadie que reconociera mi existencia. Y en el colegio a mis compañeros les gustaba hacer ver como que no estaba. Creo que todo el mundo sabía que pasaba algo en mi casa, pero era más sencillo hacer como que todo estaba bien. Esconder el cadáver. Sí, iban a dejarme morir y a esconder mi cadáver. Luego llorarían y se harían los locos afirmando que no sabían lo que me pasaba. Y se harían ver tristes. Pero eso no importará, porque yo estaré muerta y entonces no me sentiré enfadada con ellos. No sentiré nada. Seré Edith, la chica invisible. Todo será maravilloso en su no-existir.

         También estaba enamorada de un chico que hacía, como todos, que yo no existía. Era alto, más que yo, y tenía músculos, tatuajes y el pelo largo. Llevaba camisetas de grupos de música alternativos que yo no conocía, se pintaba una raya negra en la línea de agua de sus ojos café y le gustaba llevar cadenas y pulseras de pinchos. Era muy guapo, ¿sabes? Me gustaba lo ancho que era y lo marcado de sus músculos del brazo. Parecía el protagonista de una novela de romance adolescente. Bueno, de una novela de romance adolescente para chicas de gustos raros, como yo.

         Él decía que odiaba el mundo y que se rebelaba. Fumaba maría y esnifaba coca. Una vez lo vi en el baño haciendo eso y él solo me ignoró. No me miraba. Era Edith la invisible y en aquel momento estaba muy contenta. Podía mirarle y a él le daba igual. Quizá fue porque estaba demasiado colocado como para saber dónde narices estaba o como para preocuparse de la chica huesuda y enferma que estaba obsesionada con él. Qué sé yo. Pero el caso es que lo miré mucho tiempo y traté de atesorarle en mi mente para siempre. Podría usarlo, ¿sabes? Imaginarme cosas con él como que éramos amigos, novios, o que le dejaba hacerme cochinadas mientras estaba sola en la ducha masturbándome.

      Nunca he tenido amigos, o novio, o cosa así. Considero que tengo un problema para relacionarme con las personas. La mayoría de las veces siento o que me van a pegar o que les da vergüenza hablar conmigo. Otras tantas veces pienso que creen que soy tonta. En realidad si soy sincera la mayoría de personas creen que tengo un retraso. Me hablan como si fuera tonta y no les entendiera. Y me miran luego de esa forma tan extraña. Ya sabes: con una mezcla de asco y pena.

         Soy Edith la adolescente indefensa y en unas horas seré Edith la adolescente suicida. ¿Te imaginas que salgo en las noticias? Quizá por un momento la gente fingirá que importo un poco cuando en realidad nunca lo hice. Me gustaría ver a alguien fingir durante unos minutos que le importo, aunque sea mentira. Creo que mi última voluntad antes de morir será esa: que hagan de mi muerte algo importante. Quiero ser alguien importante durante unos segundos. No me importa estar muerta y no saberlo. El acto estará ahí, aunque no lo estaré yo.

Me ha dado el punto de hacer una historia así, 
de tintes más adolescentes. Siento que está mal
planteada y creo que me ha pasado por escribir
sin mis esquemas. Cuando termine la novela en la que
trabajo me pondré con este relato.




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