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Del tamaño de la mano

 


La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

Cuando era adolescente, tenía dos pechos preciosos. Ni muy grandes, ni muy pequeños. Justo del tamaño de la mano, me solían decir. Aunque aquello siempre me sonó un poco turbio; el típico comentario que haría un señor de bar. Pero ahora echo de menos esas valoraciones, porque me devolvían parte de mi identidad. Me permitían ser algo más que un diagnóstico. Recuerdo que cuando me ponía el push-up, me sentía una supermodelo. Ya no más. Primero, me salió un bulto rojo que se empezó a hacer más grande. Luego, se volvió rosado. Más tarde, rosado oscuro. Me dolía cuando lo apretaba. Y supuraba. Y me dolía. Mirándome frente al espejo, tuve una revelación: supe que aquella parte de mí no iba a durar demasiado tiempo. Aquel bulto era una brecha, que me iba a absorber igual que un agujero negro. Me lo tenían que arrancar. Así que me quedé en una cama con las sábanas blancas, llena de cicatrices y sin nada de pelo.

Año y medio después, estaba frente a la tienda de tatuajes. El desconocido cruzó sus ojos con los míos, tan oscuros que tuve miedo de sus pupilas. Una parte de mí quería creer que siempre estuvo pendiente de mí. Me gustaba pensarme como otra persona; más bonita y valiente, para ocupar la mesa de tatuar. Por eso decidí colocarme frente a aquella puerta de vidrio. Quizá, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Como una polilla saliendo de su crisálida, romperé el cascarón. Aunque jamás fui temeraria. Desde luego, aquello no era para mí.

El tipo se acercó a la entrada para tirar del pomo desde el interior. El negro de sus ojos llevaba escondido una incógnita que no sabía responder. Me juzgaba, y retrocedí. Era un halcón; que me medía con ganas de devorar. Y yo tenía el tamaño de una ratoncita asustada. Las manos pequeñas; los dedos cortos y el cuerpo chato. Intenté encontrar mi voz.

—Lo siento, pero no estoy muy segura de lo que estoy haciendo aquí. No te quiero molestar.

El tipo sonrió con una tranquilidad que me hizo sentir incómoda. Tenía la confianza de quien estaba acostumbrado a que el mundo girara a su alrededor. Sentí que entre nosotros había un muro invisible; una frontera que servía como recordatorio de que no ocupábamos el mismo lugar. Probablemente saldría los fines de semana, quedaría para ver el fútbol con sus amigos y tendría citas despreocupadas con mujeres que jamás pensarían en la última visita que hicieron al doctor. Mujeres con el cuerpo sano y la tez vibrante. Mujeres sin miedo a su reflejo en la superficie del cristal.

Me quedé frente a él con la boca entreabierta; se me habían secado los labios. Volvió a sonreírme, con sus ojos fijos en mis manos, que aún sostenían el pomo de la puerta. Me quería largar de allí; estaba haciendo el ridículo. Era como la protagonista de algún reality show. O la víctima de una broma de cámara oculta.

—No te preocupes, no me molestas. A esta hora no suelo tener muchos clientes, así que estoy encantado de poderte atender. —Hizo una pausa. —No es la primera vez que te veo aquí. Muchas mañanas, al poco de abrir, te veo pasar por el escaparate. ¿Tienes algún diseño en mente?

Tomé aire con la intención de declinar la oferta, pero me quedé floja cuando descansé la vista en sus labios. Tersos, suaves. Todo en él parecía suave. Tenía la barba mal rasurada y unos hoyuelos que florecían en cada una de sus corteses sonrisas. ¿Cómo sería tocarle? Ojalá poderle alcanzar.

—En realidad no estoy segura de si es una buena decisión. Hace un año me tuve que hacer una mastectomía, y me dijeron que sería imposible una reconstrucción porque no tengo demasiado tejido. Pensé que hacerme un tatuaje podría ser una alternativa para que la zona se viera mejor.

Las palabras crecieron con prisas. Tan rápido, que no estaba del todo segura de que me hubiera entendido. Su mirada cambió. Pude percibirlo en cómo se le dilataron las pupilas. Brillaban con pena, con entendimiento. Y yo estaba aborrecida de ver la misma respuesta en los demás. Sin embargo, aquello formaba parte de mí. ¿Alguna vez podría desecharlo? Ojalá desprenderme de mi enfermedad como hicieron con mi carne, y dejar una prótesis en su lugar. Al menos se disimulaba con el sujetador.

—Conozco ese tipo de cicatrices—Se quedó mirando al suelo. —Mi madre tenía una.

De todos los escenarios posibles, aquel no entraba dentro de lo que me esperaba. Parecía tenso; como si le costara haberme respondido. Habría sido mejor que no me hubiera dicho nada. De hecho, yo no tendría por qué saber que su madre también estaba enferma. Pero quiso contármelo. Y me hizo sentir más incómoda todavía. Quizá me quería reconfortar: que supiera que no era la única que había vivido una situación parecida. ¿Qué conseguía con aquello? ¿Dinero? ¿Que tomara la decisión de tatuarme? Quería saber lo que había en su cabeza.; lo que estaba por suceder. Pero tenía miedo de que naciera una grieta sobre mi pecho, que me volviera vulnerable. Porque la necesidad de conectar era tan intensa, que no quería que me terminara de envenenar. Sin embargo, tenía tanto miedo a mi reflejo, como a reconocer que él y yo pudiéramos congeniar.

—Lo siento. —Me gustaría mirarle a la cara, pero no me sentía tan valiente. —Es muy duro. Sobre todo porque, aunque estés curada, cada seis meses hay que ir a revisiones. El miedo siempre va a estar ahí.

No me dijo nada más. Se quedó callado, con sus pupilas fijas en algún punto del cristal del escaparate. Había llegado el momento de irme. Él no tenía ganas de hablar y yo estaba estirando demasiado el chicle. No le apetecería atender a alguien que le recordara cosas tristes. Tampoco le podía culpar. Empujé el pomo de la puerta, con la intención de largarme de una maldita vez. Pero él se colocó frente a la salida. A pesar de que fue un gesto sutil, me dio la sensación de que quería impedir que me fuera.

Acercó su mano para colocarla cerca de mis hombros, a través de mi espalda. No me tocó, pero el peso de aquella piel tostada, con los dedos gruesos y largos, me hizo sentir vulnerable. Podría sentir el calor que irradiaba sin tan siquiera rozarme. Aquel último amago fue suficiente para evitar que diera otro paso hacia la salida. Me quedé suspendida en mitad de la sala, esperando lo que estuviera por llegar.

—Me llamo Lucas. —Sus hoyuelos convirtieron el ambiente en algo más suave. —Llevo tatuando desde los catorce años, así que seguro que estarás cómoda entre mis manos. ¿Por qué no te dejas asesorar antes de tomar cualquier decisión?

No le respondí. En cambio, caminé a través del local como lo haría un cerdito en el matadero. Si me hubieran contado que en algún momento de mi vida estaría aquí, no me lo habría creído. Pero había algo magnético en la dinámica que se estaba construyendo entre nosotros. Quizá era fruto de mi percepción sesgada, o de la necesidad asfixiante de que algo en mi vida tuviera sentido, pero tenía semillas germinando en mi pecho. Las imaginaba creciendo verdes, violentas, con ganas de inundarme todos los órganos del cuerpo. Y, a pesar de estar completamente desubicada, su presencia me transmitía paz. Era un ancla, que me hacía imaginar la posibilidad de existir sin tener en cuenta nada más. Así que, incluso sintiéndome ridícula, tuve ganas de seguirle a través del local.

Mis ojos se deslizaron hacia un acento de la pared, donde estaba el mostrador, que tenía estampado de leopardo. El resto era de color verde intenso, casi insolente, igual que todo lo que no pedía permiso para brotar. El ambiente olía a desinfectante, alcohol y tinta. Densa y metálica. A pesar de que la decoración era excesiva, casi barroca, todo estaba impecable. Demasiado limpio. Casi como un hospital. Por lo menos no era blanco. Tampoco tenía goteros, medicinas, o algo por el estilo. Tal vez aquel aroma era un recordatorio de que había mejores formas de sanar.

Mientras medía cada detalle de la estancia, Lucas sacó un bloc de notas junto a un cuaderno de fotos. Después, me hizo un gesto para que nos sentáramos en el sofá amarillo, que estaba frente al mostrador. Tenía un tacto áspero, parecido a la pana. Con los hoyuelos todavía sobre sus mejillas, Lucas me enseñó algunos de sus diseños favoritos. Había diferentes fotografías y estilos; la mayoría eran con tinta negra, líneas gruesas y sombreados oscuros. Los cuerpos estaban fragmentados; veía un brazo, una pierna, las costillas, el torso… Aquello me dejó desubicada. ¿Podía alguien solo ser un pedazo? ¿Aquel trozo de mí, que me habían arrancado porque estaba enfermo, seguía siendo yo? ¿Sin él, soy la misma?

—¿Puedo saber tu nombre? —espetó, rompiendo el ritmo de mis pensamientos.

—Lo siento, pensaba que te lo había dicho ya. Me llamo Gala. —Su pierna rozó la mía y, durante un segundo, me pareció que nuestras pieles se reconocieron. El vello se me puso en punta; mi corazón dio un salto breve, casi ridículo; los ojos se me humedecieron. Quise sonreír, pero me temblaron los labios.

—Qué nombre más curioso; es la primera vez que hablo con alguien que se llame así.

No le dije nada más. Dejé que me enseñara cada uno de sus diseños, que se explayara explicando qué había en cada imagen para que se sintiera tan orgulloso de su trabajo. Me dio la sensación de que tenía mucho por compartir y pocas personas dispuestas a escuchar. Sin embargo, yo tenía todo el tiempo del mundo. Estaba encantada de arañar cada segundo, cada instante, con tal de compartir aquel espacio con él. Tenía varios dejes al hablar que intenté asimilar para poderlos recrear cuando me fuera. Al emocionarse, inclinaba el arco de las cejas hacia arriba, arrugando su frente. A veces, humedecía los labios hasta ponerme a la defensiva. Y se pasaba las manos por la zona rapada de su cabeza, buscando recuperar la calma cuando se le amontonaban las palabras. Cuando el sol se empezó a arrebolar, me entristecí al pensar que se estaba haciendo tarde.

—Me gusta este —espeté, señalando una de las últimas imágenes. Lo hice desesperada, sin pensarlo mucho, solo para justificar mi presencia aquí. Era un diseño intrincado, con una suculenta enorme, que estaba acompañada de varias más pequeñas. En realidad, aquel dibujo me podría hacer sentir identificada. Una flor dura, casi de piedra; seca, que existía para reflejar el sol.

—A mí también, y además podría adaptarlo al tamaño de tu pecho. —Sus palabras me bajaron las expectativas al suelo. Trajeron de vuelta la realidad.

Quise hacerme un ovillo y solo desaparecer. Ojalá no haberme colocado frente a la entrada. Ojalá no haberle dirigido la palabra. Ojalá no ocupar un espacio en esta habitación. Jamás podría hacerme un tatuaje, porque sería reconocer que estaba marcada. Apenas podía mirarme frente al espejo; con mi pelo castaño, creciendo tímido para cubrirme las orejas. Las pecas sobre mis mejillas, mi frente, y mi nariz. Los ojos marrón claro, de cervatillo asustado. Y mi cuerpo lleno de huesos y cicatrices, que en lugar de líneas eran puertas cerradas. Cuando me colocaba la prótesis sobre el sostén siempre recordaba aquellas palabras, que me repitieron tanto cuando era adolescente: «Justo del tamaño de la mano». Era cierto. Aquel pedazo ocupaba justo el tamaño de la mano, y se había convertido en el vestigio que me habían quitado.

—Lo siento. Creo que no lo puedo soportar. —Me abracé a mí misma, en busca de consuelo. Pero estaba sentada en aquel sofá amarillo, bajo su escrutinio, así que aquella pose estaba fuera de lugar.

Lucas me tendió la mano para llevarme frente al espejo del mostrador. Nos vi a ambos. Yo era la pequeña; él estaba por encima de mí. Aquello me hizo sentir todavía más miserable. Su carne estaba marcada de tinta por las historias que decidió contar. La mía también lo estaba, aunque de una manera diferente. Coloqué la mano sobre mi prótesis, tratando de reafirmar ese lugar que me arrancaron. Mis ojos eran demasiado grandes. Mis labios, demasiado pálidos.

—¿Qué pretendes? —le increpé, molesta—. Me voy de aquí.

Sus dedos se apoyaron sobre la curva de mi espalda. Me sobresalté porque eran firmes, cálidos. No una fantasía sobre no sentirme sola. No una madrugada en mi casa vacía, acompañada por el sonido del televisor. Entonces, me vi reflejada en lo más hondo de sus pupilas. Eran negras. Un pozo oscuro, sin fondo, al que nunca me debería de asomar. En cambio, me estaba mirando. Con mis ojos demasiado grandes y mis labios demasiado pálidos. En su universo, solo estaba yo. Quise ser la protagonista; alguien importante, tan solo una vez.

—No sé si te servirá de algo lo que te voy a decir —suspiró—, pero cuando mi madre salió del hospital, evitaba mirarse. Decía que no era ella, y yo nunca supe cómo responder.

Tragó saliva, visiblemente afectado. Ya no me recordaba a un halcón, sino a un mirlo. Negro, pequeño y vulnerable. Tomó aire, buscando las fuerzas en algún punto del vacío. Conocía tanto aquella reacción como si fuera la mía.

—Tardó meses en comprender que no había hecho nada malo para avergonzarse. Estar enferma nunca fue su culpa. —Alzó sus ojos hacia mí, sin imponerse. Aún así, su mirada era tan intensa que me traspasaba. Un faro, en medio de la tormenta. —A veces creemos que si estamos rotos es porque hemos fallado.

Tal vez los pájaros nunca se fueron; solo cambiaron de sitio. Quizá descubrieron otro lugar en el que poder construir su nido. Me alejé de su agarre, asustada por el peso de sus palabras. Retrocedí hasta que mi espalda chocó con el cristal de la entrada. Entonces, miré hacia la puerta. Vi mi reflejo sobre el pomo: la chica de pelo corto, que empezaba a recordar cómo crecer. Ya no me sentía una extraña.

En un último parpadeo, me vi de nuevo abriendo la puerta por primera vez. Era en uno de mis trayectos hacia el hospital. Pequeña, delgada, y convencida de que él iba a ser mi regalo de despedida. Sin embargo, esta vez, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Lucas se acercó para tirar del pomo desde dentro.

—Quiero hacerme un tatuaje, y que sea del tamaño de mi mano. —Lo dije con la misma voz, pero ahora mis dedos no temblaron.

 

La Ofelia de Hamlet

Parte I: En el cauce de un río

Ofelia supo que su destino estaba ligado al de Ares el día en el que le pidió la cartilla de racionamiento. Iba vestido con su uniforme del ejército: perfectamente planchado, limpio, reluciente. Su pelo estaba engominado, en un intento pobre de ocultar sus rizos rebeldes, y su barba perfectamente rasurada. Sus uñas cortadas. Tenía los ojos del color de la mostaza, con una pupila que reflejaba las nubes amenazando la tormenta. Ella miró hacia el suelo, buscando no desafiarle, pasar desapercibida.

—Familia Vázquez. —Asintió, leyendo la información de la cartilla. —Tan solo una barra de pan. Sin pollo, ni arroz, y tampoco lentejas.

—Es porque solo somos dos. Mi madre y yo. —Ares sonrió con condescendencia, satisfecho por la información nueva. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y escribió algo en la cartilla. La tinta se hundió sobre la hoja como el arañazo de un cuchillo.

—A partir de ahora, dos barras de pan y dos contramuslos de pollo. Los martes podéis pedir lentejas o arroz.

Ofelia no supo cómo reaccionar. Se quedó en blanco, como una polilla cansada de golpear el vidrio de una ventana abierta. Si no veía la salida, ¿verdaderamente existía alguna forma de escapar de allí?

—Gracias. —Supo encontrar las palabras para regalarle su triste respuesta. Aquella voz no parecía suya; era como si le hubieran arrebatado la identidad. Esperaba no volverlo a ver nunca más aunque, muy en el fondo, sabía que aquello era apenas el principio.

A cal y canto; la ventana estaba cerrada a cal y canto.

***

Su nombre era Ares, como el dios de la guerra. «Pienso que mis padres escogieron llamarme así porque estaba predestinado», espetó uno de aquellos días en los que mantenía una conversación sosegada con Ofelia. Ella tan solo asentía, con miedo de llevarle la contraria. Tan valiente que era, tan insolente, tan fuerte…, y se quedaba en nada. En la presencia de la deidad belicista era tan solo un amasijo pequeño porque, como Cristóbal Colón, para conquistarla tuvo que hacerla añicos.

Al principio fue como una polilla hacia la luz: ella brillaba con el resplandor propio del vidrio. Era como el cristal: transparente, reluciente, auténtica. Y, como el cristal, se hizo pedacitos pequeños. Pedacitos mágicos, que no cortaban. Ofelia había llegado al mundo para sanar con su fulgor pero, por desgracia, su llama se estaba sofocando.

Aquella idea latió en su cabeza cuando se despertó aquella mañana sobre el colchón de su habitación. Tenía a Ares al lado, durmiendo a pierna suelta. Quiso levantarse, pero tuvo un pinchazo entre las piernas. Las sábanas estaban manchadas de carmesí; su característico olor a hierro le inundó la nariz. Pensó en la penitencia de sangrar que vivimos todas las mujeres; cómo la fertilidad nos castigaba derramando vida. ¿Iba a ser siempre así? Existía un hilo muy frágil que nos unía a todas y a cada una de nosotras; una cuerda que nos ligaba al dolor, y era roja.

Y quiso aquello para Ares también. Quizá si derramaba sangre empezaría a sentirse unida a él. Por lo menos tendrían algo en común. Así que se imaginó en distintos escenarios; en el primero, era ella quien le mandaba callar con un cuchillo en la mano derecha; en el segundo, el veneno; y en el tercero había cavado una tumba en su jardín. Pero él la quería, ¿verdad? Si tan seguro estaba de todo, aquello debía de ser cierto. Porque desde que apareció en su vida, Ofelia no estaba segura de nada en absoluto. Todo se había convertido en dudas y silencios.

Lo único que sabía era que aquella sangre no podía ser suya. En cambio se imaginó a sí misma, tumbada boca arriba, mirando hacia el techo. El sudor de él caía sobre su pecho. Su calor se sentía como un témpano de hielo. El colchón crujía bajo los cuerpos. Pero aquella sangre no era suya; se había despojado de la sangre. Porque desde fuera, todo era más sencillo. Ella era tan solo una mera espectadora, contemplándose en su herida, en su carne, en su piel. Y aquello tan surreal no podía ser cierto porque si aquel rojo le pertenecía, estaba tan cautiva como todas y cada una de nosotras.

***

Tal vez eran las caras de la misma moneda; dos dualidades construidas para formar a una persona entera. O eso le quería creer Ofelia. Porque a Ares le gustaba toda su ternura, su paz, su perdón. Ella le ofrecía espacio de redención que estaba dispuesto a tomar. Y dominar. Sin permiso; la dominaba sin permiso, como estaba tan acostumbrado ya. Así que no podía alejarse de su lado: si aquello ocurriera tendría que aceptar el monstruo en el que se había convertido o, si quiera, admitir que estaba tan hecho jirones como Ofelia. Y no. Un hombre como él no podía estar partido; su identidad no era un castillo de naipes a punto de derrumbar.

—Eres como yo —se aventuró a espetar Ares aquella mañana, mientras se vestía para acudir a las filas. Ofelia se encogió, ofendida por aquellas palabras.

—No es verdad. Yo no he matado a nadie. —Pero Ares, lejos de sentirse ultrajado, sonrió.

—Eres el espejo en el que me veo reflejado todos y cada uno de mis días. —Miró hacia sus ojos, como buscando reforzar aquellas palabras.

¿Qué quería decir con aquello? ¿Era una declaración de sentimientos? El día anterior le había traído pastas dulces; había escuchado que eran caras y difíciles de conseguir. Ofelia solo le dijo «Echo de menos el café, y las pastas». Ares no respondió; en cambio, al día siguiente tuvo las pastas y una cafetera italiana, todavía vacía. ¿La quería o no? Aquello iba a hacerle perder la cabeza. Desde luego, no tenía la necesidad de consentirla; era ella quien estaba relegada a sus caprichos. Y aún así, le trajo aquel regalo.

Miró hacia aquellos ojos mostaza, indescifrables, y se perdió a sí misma. De nuevo, su cabeza explotó fuera del cuerpo. A su mente acudieron mejores imágenes; cuando vivía con mamá, iba a la escuela y la reñían por mascar chicle en clase. Luego no hubo clases, solo silencio. Y otra vez se vio a sí misma contemplándose a ambos: Ares y la triste Ofelia. ¿Debía, acaso, ahogarse en el cauce de un río?

—Ahogado en el cauce de un río —repitió sin venir a cuento. Aquello la hizo reconectar con su realidad: aquel cuerpo, sus propias manos, se le hicieron ajenas.

—¿Cómo? —quiso saber.

—Me dijo Drusilda que mi vida terminará contigo ahogado en el cauce de un río. Ya sabes que ve el futuro.

—Esa es la Ofelia de Hamlet —musitó—. Recuérdale a Drusilda de mi parte que la próxima vez no seré tan benevolente con su trabajo.
 
Ares abandonó la casa a paso tranquilo, mientras Ofelia se quedó mirando la mesa de la cocina en silencio. Quiso levantarse, pero sintió el cuerpo ausente; las piernas no le respondieron y los ojos estaban fijos en el vacío. «Te dejo», murmuró. «No te quiero. Te dejo». Pero aquello era mentira; pensaba en él como catalizador de cosas demasiado complicadas para articularlas en voz alta. Sin embargo, hablar podía ayudarla a ubicarse en aquella habitación con las paredes insufriblemente blancas.


Parte II: El amor de una bruja


Ofelia estaba triste, y aquello era algo para lo que la bruja Drusilda no terminaba de estar preparada. ¿Cómo alguien que era mes de marzo podía estar triste? Se suponía que era la fuerte, la líder. No un amasijo afligido. No un charco de lágrimas en el suelo. Ofelia estuvo mirando la taza de té sobre el hule de la mesa; del hule a la bebida, y viceversa. Las pupilas color arcilla parecían encontrar algo estimulante en los girasoles estampados, como si quisiera que crecieran fértiles sobre su iris. La aprendiz de bruja se preguntó, vagamente, con cuánta facilidad se podrían encontrar respuestas en las flores. Quizá era más sencillo que en los posos de té. Debía de probarlo, algún día.

—Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, por si la calma era una solución plausible. Sí, lo fue.

—¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.

—Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.

Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió dedicarle una mirada de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.

—¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás; partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.

Ofelia capturó su pupila, como si estuviera redescubriéndola por primera vez en mucho tiempo. Drusilda, eclipsada, quiso decirle lo mucho que la quería. Pero no. Callada, con la certeza de que no era a ella a quien miraba; sino al anhelo de la ausencia de Ares, se dejó hacer. Se dejó tocar, le entregó todo su amor como si fuera infinito. Podía tomar todo lo que quisiera de ella; a fin de cuentas, aquella rosa no solo necesitaba agua para crecer.

Lo primero que hizo fue darle un beso. Ofelia sintió ajena aquella boca sin barba, blanda y suave. Las manos suaves, también, que le acariciaron el cabello con ternura. En realidad, aquello fue como un descubrimiento; como si tuviera a su lado la teoría de la gravedad y no se hubiera dado cuenta. Qué bien se sintió el tacto Drusilda, dulce, recorriendo su espalda. En tan solo una caricia le quitó las prendas: quedó entonces vulnerable, escudada solo por sus huesos y piel. Supo que, hasta aquel instante, no se había sentido jamás tan auténtica. La mirada de Drusilda parecía capaz de atravesarle las entrañas hasta alcanzar su corazón. Llegó para quedarse viéndolo latir, recreándose en su desdicha como si quisiera alimentarse de ella.

La aprendiz de bruja estaba enamorada de la tristeza de Ofelia. Quería tomar a la muchacha para demostrarle que el destino no solo estaba escrito en las estrellas. Quería leerle la felicidad en los lunares de su estómago y después lamerla ahí abajo, hasta hacerle creer que nacieron constelaciones en el techo, lleno de grietas, de su habitación. Ofelia, por su parte, se dejó hacer. Tirada sobre el colchón, abierta de piernas, fue más libre de lo que jamás pudiera haber recordado. El egoísmo la hacía sentir empoderada, irracional y frenética. Lo quería todo para ella. Iba a tomar el placer y exprimirlo hasta perder la cordura: deseaba quedarse tan saciada que no hubiera espacio en su mente para experimentar la desazón.

Entonces, la puerta se abrió. Apareció Ares con su uniforme de militar. La mostaza de su iris recorrió la habitación de Drusilda como quien observa un cuadro costumbrista. Las vio tiradas en el colchón; tan crudas que se alejaban de la fantasía lésbica que tenía el hombre sobre la sexualidad de la mujer. Y le dio asco la forma que tenía Drusilda que acariciar el vientre hendido y moreno de su amiga. Le dieron repulsa los gemidos trémulos de Ofelia, que iban en busca de un anhelo que no llegaba nunca. Pero, por encima de todo, se sintió traicionado: su virilidad se puso en entredicho. Así que quiso castigarlas de alguna forma que le hiciera sentirse a él como sujeto de deseo y devolverles a ellas, en cambio, la condición de objeto de consumo. Alejó a Drusilda de un tirón de encima de Ofelia, para evitar que le revocaran su conquista. Él era el hombre blanco y Ofelia se había convertido en la nueva América. Iba a someterla bajo la mirada de la aprendiz de bruja, que no podría detenerlo.

Entonces fue cuando Ofelia tuvo una epifanía sobre su destino, que parecía estar ligado a una tragedia clásica. Ella era la amante de Hamlet; su futuro no estaba escrito ni en las estrellas, ni en sus lunares. Nació para servir a un hombre y morir por y para él. Iba a ser la Ofelia de alguien que la relegaría a un segundo lugar, donde sus deseos nunca formaron parte de la ecuación. Ares, por tanto, sería el señor de su guerra; de su destrucción y su cautiverio. Ella, como el resto de mujeres del mundo, no necesitaba acudir a ninguna cruzada, porque la tenía en su día a día. Quiso llorar al visualizarse como la concibió Shakespeare: ahogada en un lago. Toda una vida erigida con el propósito de ser un personaje prescindible.

En el marrón arcilla de sus ojos, crecieron girasoles. Ofelia quería diferenciarse de su yo vulnerable, que tanto había visto que pintaban en cuadros barrocos hundida bajo el mar. Así que tomó aire y le dijo que no. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quitárselo de encima con una patada en el estómago. Ares, señor de lo belicista, emitió un quejido de dolor. Aprovechó entonces Drusilda para ponerse delante y escudar a su compañera. Ofelia tomó un jarrón lleno de agua y margaritas, que estampó en la cabeza de su Hamlet. Ya no más, quiso decirle con la boca cerrada.

Cayó el cuerpo al suelo, inerte. Tenía el cabello mojado, como si el destino quisiera mostrarles lo bonitos que se verían sus rizos húmedos sobre el cauce de un río. Y así lo imaginaron: sepultado donde nadie jamás lo pudiera encontrar. A aquel Ares, reencarnado en Hamlet, le había llegado su San Martín. Y Ofelia no tendría que sufrir las consecuencias de pertenecerle, como tanto ocurrió en historias pasadas. Lo que siempre había necesitado era reinventarse como alguien distinta: descubrir que en aquella ocasión no había sido ella la destinada a perecer bajo el mar.

Crónicas de la bruja Amaranta

Amaranta fue devorada en un hospital. Nació el veintiocho de diciembre, el día de los inocentes, y hacía mucho frío. Aquella desgarradora madrugada, Romina, su futura mamá, olisqueó las habitaciones de natalidad en busca de sangre. «La maternidad y la sangre siempre fueron lo mismo, porque la vida se erige a través de nuestro dolor», susurró a Amaranta cuando alcanzó la edad de seis años. Aquella frase, que hasta pasado mucho tiempo no llegó a comprender, terminó calando hondo dentro de ella. Romina, como buena bruja malvada, devoró a la recién nacida, que descansaba inerte en su incubadora. Años después se lo confesó, le dijo «Te vi en el hospital y tu corazón no latía. Eras calva, roja y parecías un saco de huesos, así que me resultó sencillo engullirte en tan solo un bocado. Te llevé en mi panza desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche. Después, tu corazón volvió a funcionar. Te devolví la vida en un parto como los de antaño y tú llorabas como si buscaras aferrarte a algo pero no sabías a qué».

Pasados muchos años, Romina explicó a su hija Amaranta que si deseaba convertirse también en bruja, no iba a poder ser madre a la antigua usanza. «El castigo que recibimos las mujeres al abrazar el don de la magia nos arrebata nuestra feminidad», le susurró en el oído, porque era un secreto. «Y nos volvemos viejas, feas, y poco deseables. Y nos crecen verrugas y canas». «Pero a mí me gustan las canas, mamá. Resplandecen como la plata a la luz del sol», le increpó la pequeña Amaranta. «La sangre se escurre de nuestros cuerpos, así que no podemos concebir. Y la única forma de hacerlo es alimentarnos de la sangre de otra, de la vida de otra. Así fue como te di a luz». «¿Y eso por qué sucede, mamá?». «Hay gente que afirma que fue una maldición de los Dioses, porque fuimos quienes trajimos los milagros de la medicina. Decían que, además, embaucábamos a los hombres para arrebatarles el raciocinio, por eso contra más poder reside en nosotras, nos volvemos más feas». A pesar de aquella confesión de su madre, tomó la determinación de abrazar el don de la magia sin ningún tipo de temor a sus consecuencias.

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Amaranta había descrito su transformación en bruja malvada como un cuento para asustar a los niños y las niñas. Empezaba con «Érase una vez» y proyectaba todas las ideas que tenía sobre lo maravilloso que era ser vieja y fea. Cada vez que se miraba en el espejo, en lugar de ver su rostro, parecía que estaba frente al de mamá. Su cabello, negro como el tizón, adquirió el blanco azulado de la vejez. Como mamá. Sus ojos —negros como el tizón, también— se volvieron inútiles. ¿Cómo los de mamá? No lo sabía. Suponía que sí, puesto que la magia alejaba la realidad hasta deformarla. Y aquello era como ser ciega, ¿verdad? Así que solo podía percibir las auras de las personas, el olor de las galletas y el espacio que ocupaban los elementos de la estancia. Sin embargo, como buena bruja, era capaz de disimular para que no lo descubrieran.

Las arrugas de su frente hacían que su piel recordara a una vela encendida, con la cera muy gastada. Sus dientes eran afilados y blancos. Sus manos delgadas y huesudas. Su nariz tenía una verruga. Como mamá. Como mamá. Como mamá. Ella era hermosa, porque recordaba a mamá. Y aquello, desde luego, era el mejor regalo del mundo. Aunque antaño fue bonita; con la piel tersa, el cabello largo y liso, los ojos redondos y llenos de preguntas… Ahora era no-joven. No-bonita. Pero, por encima de todo, se sentía libre. Triste y libre. Más libre que triste, aunque triste a fin de cuentas.

A veces, fumaba peyote porque tenía la capacidad de hacerla viajar a otros lugares que la empujaban a sentirse como si fuera otra persona. Aquello la hacía feliz, porque era capaz de hacerle olvidar la pérdida de Romina. Solía inhalarlo en pipa, tumbada en su sofá de estampado morado. Se quedaba, entonces, mirando hacia las grietas del techo mientras intentaba crear figuras a través de ellas. Imaginaba a un perro. Después era un perro que hablaba con gafas de sol. Más tarde, era un perro que hablaba con gafas de sol, uniforme de policía y que montaba sobre un vehículo deslizante. Hasta que, de repente, todo se volvía negro.

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Mamá se marchó una madrugada en la que Amaranta no podía dormir; quizá porque sus dotes mágicos la avisaron, tratando de anticipar la tragedia. Escuchó ruidos en su habitación, así que acudió a rescatarla como si se tratara de la princesa cautiva de un cuento. Pero, cuando destapó las sábanas, estaban vacías. Así que se quedó durante unos instantes frente al colchón vacío, de la cama vacía. Y vacía se sintió ella, también, porque aquello fue como si se hubieran secado todos los órganos de su cuerpo. La bruja Amaranta, ahora era una cáscara de la bruja Amaranta. Le habría gustado llorar, romper la almohada, quemar su hogar. Quería, desde luego, hacer algo. O que el tiempo se detuviera en aquel instante, porque la experiencia le había enseñado que los sucesos traumáticos congelaban las cosas. Pero no ocurrió. Así pues, el castigo de la Bruja Amaranta llegó con el inexorable paso de los días, de las horas, en un mundo donde nadie, a parte de ella, recordaría la imagen de mamá. Bajo las mantas encontró un montón de plumas de pato, así que tuvo el impulso de creer que su madre se convirtió en ave para salir volando por la ventana que, efectivamente, estaba abierta.

En alguna ocasión pensó que la había abandonado, aunque después llegó a la conclusión de que era imposible. ¿Cómo iba a dejarla sola mamá, cuando le dijo que era la luz de sus ojos? Si le preparaba galletas de chocolate era porque la quería, y lo que el azúcar unía, nadie lo podría separar jamás.

Tras la desaparición de mamá, Amaranta empezó a heredar su magia. Su cabello se hizo blanco como la cal, sus ojos se volvieron opacos y su rostro se convirtió en el de una anciana. Sabía que había sucedido por la tristeza, que tenía el poder de convertir a las brujas en desgracia. La mayoría de ellas eran viejas porque la desdicha las había llenado de agujeros. Sin embargo, a Amaranta no le importó; de hecho, incluso le gustaba. Se miraba en el espejo para admirar su cara de bruja malvada, y su verruga, y sus arrugas, y sus uñas largas y afiladas. Ahora era una villana completa. Y, como villana completa, no podía ser feliz.

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En la nueva ciudad, plagada de tecnología, las mujeres ya no daban a luz como antaño. Ahora se pedían los bebés por encargo en las incubadoras del hospital, de modo que la sangre ya no ocupaba un papel fundamental en el embarazo. Amaranta estaba muy asustada por aquello, porque pensaba que los dispositivos electrónicos habían dejado fuera de lugar a la magia y, como consecuencia, ella y todas las brujas iban a desaparecer de la faz de la tierra. Por eso, daba clases sobre hierbas medicinales en su casa, a la par que intentaba educar a las mujeres sobre la importancia del sacrificio de la sangre.

Mira, una de sus alumnas predilectas, había acudido aquella tarde con Axel, su pareja, a que le hiciera una tirada de Tarot. Se había quedado embarazada por el método tradicional, a pesar de los intentos de Axel por hacerla cambiar de opinión. De hecho, a Axel no le agradaba Amaranta en absoluto; podía verlo en su aura, que pasaba a oscurecerse cada vez que estaba cerca de ella. De la misma forma, Axel tampoco podía entender la implicación que tenía Mira por sufrir un embarazo, cuando podía ahorrarse todo el dolor y riesgos médicos mediante el uso de la incubadora. «Las mujeres somos creadoras de vida y debemos de experimentarlo en nuestras carnes. La naturaleza nos pertenece y no debemos de profanarla. Es una aberración que una máquina tenga a nuestro bebé en lugar de nosotras», espetó Mira, como si estuviera haciéndole un reproche a sus pensamientos.

El estómago de Mira había crecido como un globo, le llegaron las náuseas, los antojos y, en última instancia, las pataditas del futuro bebé, Elías. Axel solía poner su mano sobre su vientre hinchado, buscando conectarse con él. Le gustaba regalar palabras de cariño, mientras besaba la piel del estómago de Mira, que de contener a Elías parecía dada de sí. En ocasiones, Axel tenía pesadillas en las que se abría una brecha en la redondez de su amada, que la engullía a ella y al feto.

La puerta de entrada de la casa de Amaranta tenía la estatua de la diosa Hécate en un relieve de madera. Aquellos seis ojos, de las tres cabezas, parecían observar cada uno de sus movimientos como si buscaran proteger la entrada del hogar. Mira colocó su mano derecha sobre una de las cabezas de la diosa, después le susurró a Axel «Ella nos representa a nosotras, las mujeres». Axel guardó silencio, mientras sopesaba qué relación habría entre la feminidad y aquellos rostros.

Entraron a la casa de la bruja, que olía a sándalo. Estaba repleta de piedras mágicas, además de otros objetos que Axel no supo identificar. Tenía un péndulo de cuarzo rosa, una bola de cristal y diferentes barajas de cartas con poder para la adivinación. Amaranta les recibió con una sonrisa bajo sus diminutos ojos grises, enmarcados por unas gafas de media luna. Tenía el cabello cano, prácticamente blanco, con matices que variaban entre el violeta y el azul. Sobre su cabeza llevaba un sombrero de bruja hecho de papel de aluminio. Mira censuró a Axel, por miedo a que se riera de aquel extraño accesorio.

—¡Muchas gracias por invitarnos! Teníamos ganas de visitarte —empezó a hablar Mira, con genuina emoción. Axel decidió no comentar nada al respecto. —Como ya sabrás, me he quedado embarazada por el método tradicional y quería asegurarme de que todo está marchando bien con mi futuro bebé.

Amaranta asintió, antes de animarse a hablar.

—En primer lugar, me gustaría que antes de que empecemos con la sesión de Tarot me hagáis un favor. Tenéis que dejar cualquier artilugio electrónico que llevéis encima en esta caja. Antes de iros, os traeré la caja de vuelta. —Tomó aire. —Espero que me disculpéis, pero las ondas electromagnéticas me consumen como el aceite de un candelabro. Y me pongo enferma. El electromagnetismo es incompatible con la magia.

Mira asintió, después colocó su teléfono móvil dentro de aquella caja, que estaba hecha de metal. Axel imitó a la futura mamá de su hijo. Tras aquello, Amaranta les dirigió a un comedor con la mesa redonda, cubierta con un mantel con dibujos de constelaciones del horóscopo. Sacó su Tarot del bolsillo, encendió una vela blanca y volvió a sonreírles.

Lo cierto era que, desde que la tecnología había ocupado un lugar tan importante en la ciudad, Amaranta se había ido sintiendo más enferma. Pensaba que tenía alergia a las ondas, porque eran incompatibles con su poder arcano. Por eso solía pasearse con su sombrero de papel albal en la cabeza, ya que desviaba los rayos lejos de su cerebro.

—¿Cuál era el motivo principal de vuestra consulta?

—Me gustaría saber el sexo del bebé, y el color de sus ojos. También quiero saber si nacerá sano y si será feliz. —La emoción vibraba en la voz de la futura mamá de Elías.

Amaranta guardó silencio y se puso a repartir las cartas sobre el tapete de la mesa; las colocó en forma de cruz, siguiendo el órden de las agujas de un reloj. Mira reconoció la Rueda de la Fortuna, el Carro, la Sacerdotisa y la Templanza como los arcanos mayores. El resto de cartas fueron un Dos de Copas y el Rey de Oros. De todas ellas, la que le pareció más bonita fue la de la Sacerdotisa. Representaba al número dos de la baraja y aquello, evidentemente, era bastante revelador. El número dos como sinónimo de un segundo lugar. ¿Segunda en qué? En la vida, tal vez. Las cualidades de Mira nunca habían destacado en particular y siempre tenía la sensación de que había alguien dispuesto a ensombrecer su brillo. Segunda, también, por lo que implicaba ser mujer. Nosotras éramos la otredad. Mientras que el estándar —lo primero—, siempre fue lo masculino. Así que teníamos que seguir los pasos de un sendero que jamás pudimos escoger, que nos impusieron.

Mira también pensó en que había otras connotaciones en aquel arcano. El conocimiento desde la practicidad, que terminaba originándose en su misma esencia; innato. La plenitud del universo tampoco podía escapar a la sabiduría de la Sacerdotisa que, encerrada en un palacio, había desentrañado el significado del mundo sin tan siquiera haberlo podido visitar. Y así se sentía Mira: como un pájaro cautivo. Ella, igual que muchas de nosotras, tuvo que aceptar el rol de la contemplación.

—¿Qué te pasa? Te noto dispersa —le increpó Amaranta.

—Nada, es solo que a veces me da la sensación de que puedo saborear las cartas. La Sacerdotisa tiene un deje a clorofila y la Templanza sabe a mar.

—Eso te sucede porque tienes el don de la videncia. —Amaranta sonrió. —La Triple Diosa nos lo regaló a todas nosotras. Sin embargo, todos los dones acarrean envidias y maldiciones. Por eso, como a la Sacerdotisa de la baraja, nos quisieron arrebatar la habitación propia.

Tras aquello, empezó a hablar de lo que veían sus ojos sobre el futuro del pequeño Elías. Les dijo que sería un niño metódico, con la cabeza cuadrada, y de ojos azules. Les dijo, además, que tendría todos los dones que le había otorgado el Tarot al segundo arcano pero luciendo el tan deseado primer puesto, que solo podría serle otorgado por la masculinidad. Después les habló de que la Templanza lo bendijo con autocontrol y equilibrio. En él iba a residir la dualidad de pisar con uno de sus pies tierra firme mientras, con el otro, acariciaría el mar de la costa. Su Elías estaba capacitado para darlo todo; el frío y el calor. Sin embargo, habría un momento en la vida de Elías en el que su preciado equilibrio se difuminaría; por eso estaba ahí el Carro. Era un arcano que se posó al revés, para delatar un desequilibrio entre las fuerzas físicas y materiales.

—Elías está maldito —determinó la bruja—. Elías, como mucha gente con un don, nacerá maldito. Cuando llegue a su edad adulta, como estaba leyendo en el Carro, se congelará. Como sucede aquí, en la ciudad, que estamos todos muertos. Perderá su talento hasta convertirse en un bloque de hielo.

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Desde aquella visita, Amaranta no paraba de tener revelaciones respecto al bebé. A pesar de que jamás iba a ser madre, la magia le recordaba todas las madrugadas cada uno de los achaques que vivían las mujeres antes del parto. Pasados varios meses, tuvo una de las visiones que más la sorprendió en su larga vida. Todas las brujas sabían que el fruto de su poder trascendía más allá de la carne y residía a través de su feminidad. Por tanto, todas las brujas debían de ser mujeres para terminar interconectadas. Así pues, no la sorprendió el hecho de que, en uno de sus viajes astrales, viviera un nuevo parto. Podía presenciar su tripa redonda, tensa. Y experimentar los antojos a chocolate y la pesadez de pies. Sabía quién era, puesto que una parte de ella empezó a sentir que existía un hilo invisible que la unía irrevocablemente a Mira. Por ello, determinó que el universo engarzaba a las personas como si fueran las piezas de un intrincado rompecabezas que, una vez terminado, podía cobrar sentido.

Entonces, sintió cómo se removían sus entrañas, como si trataran de decirle algo. La boca le sabía a menta y su corazón se volvió hiel. Y lo supo. Tuvo toda la certeza del mundo de la maldición de Elías. Aquella visión, seguida por aquel aroma profundo a madera húmeda, le caló desde dentro. Así que derramó lágrimas con la evidencia de que tanto Mira como ella eran la misma persona; alguien que claudicaría en la desgracia. Malditas estaban ambas, y su descendencia debía de heredar la ponzoña.

Sin embargo, quisieron posponer lo inevitable. Por ello, abrazaron con todo el cariño del mundo aquel vientre inflado, con el único consuelo de que mientras lo aguardaran en su interior estaría alejado del dolor. No obstante, cuando llegaron las contracciones y el agua llovió entre sus piernas, erosionaron también sus ojos. Lloraba la vagina de la misma forma que lo hacía el resto de su cuerpo; con sus lágrimas, con su sudor, y con sus babas. El agua corrió hacia fuera en un llanto desgarrador, que buscaba sobreponerse al destino. Aceptaron, entonces, la epidural y empujaron con fuerza tratando de sentirse lo menos culpables posibles porque aquella vida, que acababa de eclosionar, perdiera el delicado vínculo en su ombligo.

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Aquella mañana, amaneció Amaranta con el desenlace del cuento en la cabeza pero, por desgracia, no iba a terminar con un «Vivieron felices y comieron perdices». Evocó a Mira como protagonista y a ella misma como su mejor amiga, tomándola de la mano. Las imaginó a ambas lidiando batallas contra dragones para romper todos y cada uno de los hechizos del reino. Sin embargo, aunque la ciudad en la que vivían estuviera congelada, su magia no iba a obrar suficiente fuerza como para romper con aquellos grilletes. De hecho, tampoco iban a apoyarla a ella, una bruja a la antigua usanza, a la hora de liderar la batalla. La gente quería a princesas jóvenes y guapas; sin celulitis, delgadas, y con toda la inocencia y promesas intactas. Mientras que ella, en cambio, era huérfana. Estaba malograda por una vida que la convirtió en fea. Y le gustaba ser fea, se lo repetía a menudo.

Acudió a la habitación de su madre para regodearse en su ausencia y se encontró con que sobre la colcha de la cama había un huevo de pato. Era redondo, blanco. Brillaba tanto que, durante unos instantes, creyó que estaba recubierto de plata. «¡Mamá!», gritó como la niña perdida que era. «Por favor, dime que eres tú quien está aquí dentro». Pero Romina no respondió porque, evidentemente, todavía no había eclosionado. Además, los patos no hablaban. «Ha nacido el bebé de Mira, y está maldito. Él es el destinado a liberar esta ciudad del hielo, pero no va a poder hacerlo. Y yo, con estas manos arrugadas, con estos labios finos, pálidos. Con estos ojos inútiles. Toda yo, no sirvo para prestarle ayuda». Hizo acopio de sus fuerzas para no ponerse a llorar, porque no quería quedar en evidencia delante de su madre.

Con la ilusión renovada, decidió acudir al hospital con Romina metida dentro de su bolso. En la recepción fue atendida por una chica joven, vestida de un blanco aséptico y con una cofia en su cabeza. Tenía los ojos del marrón de un roble, las pestañas tan largas que parecían infinitas, los labios rojos como manzanas. Le sonrió despacio, con miedo a asustarla por sus dientes afilados. Le preguntó por Mira, aunque sin saber su apellido no iba a llegar a ningún sitio. Sin embargo, Axel apareció tras ella, seguido por el olor a cigarro. «Buenas tardes, cuánto tiempo», saludó Amaranta. «Vengo a ver a Mira, sé que debe de estar ya ingresada en la planta de maternidad. ¿Qué tal está el bebé?». Axel, en respuesta, le regaló una sonrisa seca que incluso Amaranta, con sus dones de adivinación, no pudo descifrar. «Ven conmigo».

Llegaron a la habitación veintiocho, donde Mira descansaba con gesto agotado, pero satisfecho. Entonces, Amaranta se acercó a ella con el ansia de confiarle el secreto más preciado del mundo.

—Mi madre ha vuelto a verme, y es la prueba de que los milagros existen. Así que quizá pueda haber esperanza para el pequeño Elías. —Le mostró el huevo de pato, que brillaba como si fuera mágico bajo las luces del flexo del hospital.

—Eso es un huevo, no un milagro —le reconvino Mira, más desorientada que cualquier cosa.

—No es verdad, es mi madre Romina que desapareció dejando plumas de pato y, ahora, regresa como su victoria contra la muerte. Con razón me confesó que las brujas éramos inmortales.

Y aquello era cierto. No había mayor prueba de vida que la existencia misma de los huevos: dentro de su cáscara contenían una sustancia que parecía inocua, muerta, pero en cambio de su interior resurgía una nueva vida. Los huevos eran la evidencia más clara de ganar una batalla contra la muerte; del paso del frío del invierno al calor de los rayos del sol.

—Creo que no te sigo, y tampoco entiendo lo que propones, Amaranta.

La bruja malvada Amaranta usó la magia en sus ojos inútiles para sopesar el cuerpo cansado de Mira. Primero, contempló su cabello carente de brillo, después la palidez de su rostro y, en último lugar, valoró lo opacas que tenía sus pupilas. La sangre de aquel embarazo le había arrebatado gran parte de su esencia; era como si aquel bebé hubiera robado la mitad de la vida que le restaba a su madre. Y así iba a suceder por los siglos de los siglos, porque aquella era una de muchas de las penitencias que pagábamos las mujeres.

—Pienso que Romina, cuando nazca, va a apadrinar al pequeño Elías para enseñarle cómo combatir su maldición helada. Creo que, a veces, estar maldito o vivir en desgracia es la consecuencia de ser incomprendido por aquello que nos rodea. Y, en última instancia, pienso que tu bebé va a ser un alma que ha nacido para marcar un hito en la forma tan fea que tiene el mundo de ver a las brujas.

—¿Será él quien nos dé voz?

—El primer paso para cambiar las cosas es que quienes construyeron nuestra penitencia reconozcan que estamos presas.

Ambas se giraron hacia Axel, que guardaba silencio. De fondo, escucharon el llanto del pequeño Elías, en un reclamo de atención que rompió la complicidad que durante siglos habían construido todas y cada una de las mujeres.

De personas tristes


Lo cierto era que, siéndote sincera, te quería usar. Por eso, precisamente, te había escogido a ti. Eras alto y delgado, pero con desgana. Te veía con el miedo de que el mundo fuera capaz de engullirte. Con tus ojos azules como la laguna Estigia, marcas de acné sobre los pómulos y los labios secos, finos y arrugados. Estabas ahí fuera, en la terraza del bar, fumando de tu cigarrillo como si fuera un bote salvavidas. Te aferrabas a él en cada calada, para poder gestionar una ansiedad que llevaba tan arraigado el desengaño de los estándares que siempre quisiste alcanzar, pero estaban demasiado altos.

Tu pelo era largo y descuidado. Y tu ropa, sobre todo la camiseta, larga y descuidada. Me miraste y, entonces, te sonreí. Yo no era gran cosa, tampoco nos íbamos a engañar.  Menuda, regordeta y ahogada en mis complejos. Me acerqué a ti. Tan solo quería gustarte lo suficiente como para poder convencerte y follar. Quería echarte un polvo triste en los lavabos de aquel bar triste; encontraba encanto en lo denigrante que era aquello. Me miraste de vuelta. Te quería usar. ¿Cómo de feo sonaba? Y me sonreíste. Después te humedeciste los labios.

Entonces me incorporé hacia ti para susurrarte en el oído «¿Quieres divertirte un rato?». Atónita, la parte más misógina de ti me quiso juzgar. Pero sin mediar respuesta, me seguiste al lavabo. En unos segundos, te tuve de rodillas con una impaciencia que se me hizo insólita. Me bajaste las bragas, mientras que con una de tus manos me subiste la falda. Deslizaste tu rostro por la cara interna de mis muslos, mientras notaba la forma en la que tu barba mal rasurada arañaba mi carne. Besaste despacio esa zona, con unas ganas de complacer, de obtener mi aprobación, que me supieron ajenas. Lo único que quería de ti era el desapego. Algo rápido y decadente, para alguien acostumbrada a las decepciones.

El flujo de ideas se me cortó cuando clavaste tu boca de lleno en mi intimidad, sin apenas preámbulos. Gemí entonces, sorprendida de mi intensidad, mientras clavé mis ojos en los tuyos, que me afrontaban con desafío. Coloqué mis manos sobre tu cabeza, incitándote a que terminaras el trabajo de una forma quizá demasiado brusca. A ti parecía que no te desagradaba que te tratara así, como una cosa. Era casi como si estuvieras acostumbrado. Había una parte mórbida en tu postura, que me incitaba a pensar que eso era lo que te gustaba. Ser un títere, mi esclavo.

—Quiero follarte —musité, con miedo a que la gente de fuera pudiera escucharnos. Me ignoraste, mientras seguías estimulando mis pliegues. Encontraba algo controlador en aquello; estabas pendiente de cada pequeño gesto en mí, como si buscaras descifrar la combinación de caricias correcta. Tal vez buscabas doblegarme desde el placer. Me enfadé.

—Te he dicho que quiero follarte —insistí. Entonces despegaste la boca de mi coño y te lamiste los labios.

—Cuando consiga que te corras, follaremos. —Aquella fue la primera vez que te escuché hablar, puesto que no habíamos llegado a intercambiar palabras en el momento en el que te vi en la terraza. Volviste a estimularme; en esta ocasión tu boca estaba en mi clítoris y dos dedos en la entrada. Me convulsioné, en vistas de un orgasmo que no quería alcanzar.

—¿Por qué? —atiné a preguntar, a penas sin aliento.

—Porque a lo mejor así consigo que no me conviertas en el recuerdo cualquiera que tuviste con un chico cualquiera del bar. —El orgasmo llegó, junto a la epifanía de verme reflejada a través de tus ojos. Tuve miedo de haberme sentido arropada por aquellas palabras. A mí tampoco me gustaba la certeza de que me fueran a olvidar.


Azul


                 ¿De qué color era el mar? Me gustaría pensar en el azul, en lugar del verde. Aunque no podía evitar identificarlo con las algas y otras cosas marinas, que eran verdes y no azules. Pero a mí no me gustaba el verde, sino el azul. Mirando desde lo alto del puente hacia el Sena, solo quería saltar. Me ataría una cuerda al pie derecho con algo bastante pesado —¿El ordenador de sobremesa de Alejandro?— y saltaría. Luego llegaría el azul, a través del mar; de un río que desembocaría en el mar. Por supuesto que lo último que verían mis ojos sería el azul; oscuro, opresivo y hermoso. Me arderían los pulmones de delicioso azul. La vida me desgarraría las entrañas con preciosísimo azul. Me miras. Alejandro acababa de llegar, y tú me miras. No sé cómo pero sentía que me estabas mirando.

                 «¿Ya está lista la comida?». Asentí. Sus ojos eran alfileres, que me habían agujereado hasta dejarme inútil. Parecía un queso gruyer pero aquello no le importaba a él, así que estaba descartado que pudiera ser relevante para el resto de personas. En días como aquel, en los que planeaba lanzarme al Sena, pensaba en mamá. Ojalá no hubiera nacido, me gustaría recriminarle. «¿Algún día me vendrás a buscar? Siento haberme ido de casa. Recógeme y prometo perdonarte haberme traído a la vida».

                 Mi cuerpo iría a parar a la orilla del Sena, como había pasado ya con otras personas que tampoco eligieron nacer y querían dejarlo claro aniquilando su sistema respiratorio. Me sigues mirando, y de nuevo me siento juzgada. Tus ojos no eran tan alfileres como los de Alejandro, pero los odiaba igual. Me gustaría que murieras; que muriéramos. ¿Te imaginas? Sus tres amores sepultados por el agua. El ordenador, tú y yo. Sería maravilloso porque representaría yo el papel de la señora de los alfileres…, o de las dagas, que eran más dolorosas. ¿Podía un cadáver hacer daño? Sí, por supuesto que podía.

                 —¿Qué cojones haces? Se te ha caído el plato de la comida —espetó, bastante enfadado. Yo tenía azul en los ojos, porque mis lágrimas evidentemente eran azules. Toda el agua era azul. El agua como penitencia, como castigo, como salvación. Se me había olvidado respirar, así que me atraganté. Tosí fuerte, muy fuerte, hasta hacerme daño en la garganta. Tiró de mi pelo, con los alfileres, con la promesa de terminar de partirme. Tenía miedo y, de nuevo, pensaba en que no quise nacer. «Mamá, venme a buscar», pero no lo hacías.

                 Había agua ahí abajo, entre mis piernas. El azul de tu muerte, ¿quizás? ¿Qué tan horrible me hacía desear que te hicieras río? Te odiaba, a fin de cuentas. Ya no me miras. Eras rojo, no azul, y manchabas los azulejos del suelo. Aún con llanto, recobré las fuerzas suficientes para sonreír. Mis labios quebrados, igual que toda yo. Llena de manchas verdes, amarillas, naranjas…, en mi blanca piel. Mi existencia estaba destinada a convertirse en espuma de mar. Si salía con vida hoy, desde luego que saltaría. Pero primero debía de escribirle una carta a mamá, con palabras bonitas para que me perdonara. Yo ya la había perdonado.

                 Escuché gritos que no eran de Alejandro. Menos mal que ya no me miras, aunque yo a ti sí. También te miraba Alejandro, un señor con uniforme de policía y mamá. Qué había llegado mamá, ¿acaso era aquello posible? El azul del iris de mamá, que también regalaba lágrimas. Su llanto y el mío como una única cosa. ¿Podría mi futuro cambiar? ¿Podría renunciar a estar sepultada bajo el Sena? Me alegro de que no me mires —de que hayas muerto—, pero que sí lo haga mamá. Le sostuve la mirada, arrepentida. Lamento haberme ido de casa, dejarte sola. Gracias por buscarme. Eso era lo que hacías siempre; quererme. ¿Cómo había estado tan ciega? Me daban igual ya todos los azules, menos el de mamá. Supongo que a ella también le daría igual todo lo que no fuera yo, con mis golpes y un aborto como arcadas de mi vagina. A veces la vida quería enseñarme que el problema no era nacer, sino cuando me rodeaba de personas que no deberían de haber nacido. Como tú, que ya estás muerto en el suelo; como Alejandro, que por desgracia no lo está.







De lo tangible a lo etéreo


              Cuentan que, hace mucho tiempo, existió una dama enamorada de un muchacho etéreo. El muchacho se llamaba Aero, porque era como el viento y sus padres tenían mucho sentido del humor. Era el príncipe de un reino muy lejano que incluso a día de hoy no tenía sistema de democracia representativa y, por tanto, gobernaban como única opción al cargo. Joven e inexperto, a sus dieciséis años, vivía cada día como si fuera el último porque, dada su constitución gaseosa, en cualquier momento podía desaparecer. Aun así, se consideraba un ser translúcido y hermoso a la vez. Desgarbado, también, de estatura media y todo de color azul celeste, o verde, o naranja…; según lo que tuviera detrás. Los mechones de su cabello eran lacios hasta taparle las orejas y gran parte de su frente. «No se te ven los ojos, cariño» le decía mamá, y él refunfuñaba en respuesta porque le encantaba llevar el pelo largog.

              Fueron pasadas las siete de la tarde cuando vio a Ruth. Toda ella marrón tierra, consistente; toda ella carne y piel. Le devolvió la mirada, sorprendida de lo diferentes que eran. Tan sorprendida que quiso gritar. Aero puso la mano sobre los labios de Ruth en busca de su silencio. Ella sintió frío; él, calor. «¿Cómo es posible que seas tan sólida?» quiso saber con una malicia que a Ruth le supo a insulto. Más tarde le llegó la desconfianza al descubrir que en realidad no tenían que abrir la boca para hablar: todo iba por comunicación telepática, o algo así. Cosas que ocurrían por la magia de los cuentos.

              —La gente de aquí es sólida. Todo el mundo es como yo. —Cruzó los brazos, a la defensiva. Luego le lanzó una mirada de desaprobación de arriba abajo. Aero flotaba, y se presentaba frente a ella como una alucinación fantasmagórica.

              —En mi mundo la gente es como yo. Somos tan ligeros que cualquier corriente de aire nos podría hacer desaparecer. —Y, como si se tratara de una broma macabra, el viento sopló. Ruth lo miró bambolearse con violencia de un lado a otro. De un lado a otro. «¡Te vas a perder!». Se lanzó hacia él en un salto, donde lo tomó de su pierna izquierda. Le acarició los pies descalzos, de escarcha. Ejerció fuerza hacia el suelo; en busca de una gravedad que para Aero era desconocida. La inconsistencia del joven le recordaba a una pastilla de jabón sobre sus manos mojadas. Se escapaba. Aero se escurría de su agarre.

              —¡Más fuerte! ¡Estira con más fuerza! —Ruth hizo acopio de un ímpetu que nunca había tenido, hasta que su cuerpo fue ancla suficiente para mantener al chico cerca del suelo.

              —No puedo más… —. Suspiró, agotada. Aero la evaluó con cierta sorpresa; en su mundo no había encontrado a alguien con tanta fortaleza como ella. El corazón de Ruth era una pesada estufa sobre la que le gustaría descansar.

              Ruth no era demasiado alta, ni tampoco tenía las extremidades largas, delgadas y estilizadas como él. Menuda, algo regordeta, de manos pequeñas y dedos rechonchos. Tenía hoyuelos en sus mejillas, que se sonrojaban a menudo. Los ojos en forma de almendra, color miel, y las pestañas muy largas. Los labios gruesos pero diminutos y llevaba puesta una falda color crema con volantes. Su piel era más oscura que la de él; leche, frente a color café. El cabello lo tenía a media melena, repleto de rizos negros. Parecía indomable, y resplandecía tanto... Aero quiso sonreír; de tan marrón, toda carne, le pareció muy bonita. Él, todo de hielo, jamás había conocido lo que era un opuesto.

              —Puedo traerte hilo de palomar, como con las cometas —espetó atolondrada—. Tenemos de sobra en el coche. Hemos venido aquí porque en esa explanada de allí al fondo corre mucho el aire para hacer volar cometas.

              —¿Qué es una cometa?

              —Algo que vuela, como tú, pero hecho de papel. —Aero la miró sin comprender. En respuesta, Ruth tomó una piedra del suelo y se la entregó.

              —Aguanta esto un poco. Ahora vengo.

              Aero se mantuvo en silencio, acompañado por la expectativa de algo nuevo. Instantes después, llegó Ruth con un objeto de papel de seda. Tenía millares de colores, y en sus extremos exteriores e interiores palitos de bambú que reforzaban su estructura. Todo ensamblado con la cuerda de palomar, que también llevaba ella enrollada en un cartucho. «No entiendo», atinó a articular. «Ya verás», le respondió Ruth. Acto seguido fueron hacia la explanada, donde menos árboles había y el viento ululaba como un lobo triste. Tomó la mano de Aero para que no se fuera con el viento, después cogió carrerilla para dejar a su cometa volar. Se elevó muy alto, proyectando los colores del papel de seda con una magia desvaída, propia de los atardeceres rosados en días de pascua.

              —¡Cómo vuela! ¡Y sabes dónde va!

              —Claro —. Rio Ruth—. La manejo yo.

              —¿Y a mí? ¿Me podrías manejar a mí? —quiso saber él, con el ansia de haber descubierto algo increíble.

              —Está bien.

              Bajó la cometa. De nuevo le dio aquella piedra, para que no se elevara, y lo hizo esperar. Regresó con más papeles de seda, que fue cortando y anudando a las extremidades de Aero para otorgarles características aerodinámicas. Luego lo unió a su hilo de palomar y lo hizo volar. El príncipe etéreo parecía un fénix. Aero recorrió las alturas sin miedo a perderse en la inmensidad del cielo, por primera vez en su vida. Pudo disfrutar de las caricias del viento, el resplandecer del crepúsculo y la humedad de las nubes. De fondo, escuchó burbujear la risa de Ruth. Como un pájaro, le pareció oír que decía la chica, tus brazos son como las alas de su pájaro.

              Aquella escena conmovió tanto a el señor Tiempo, que decidió hacer un pacto con ellos. Así que bajó con su traje de chaqueta, siempre muy aseado, y una copita de brandy en su mano derecha. Ambos lo miraron sin comprender del todo quién era, por lo que tuvo que contarles que se encargaba de que la gente se hiciera vieja. Convertía la piel tersa en papel pinocho; la energía en algo sosegado y otras tantas cosas más oscuras. Tras su confesión les dijo que contemplaba la inmensidad del mundo con su vasito de brandy y que en todo lo que llevaba vivo jamás se había encontrado con dos personas como lo eran ellos. Tan complementarias y diferentes. Dictaminó que como cuando los miraba su entorno se detenía, haría lo mismo con ellos.

              —¿No vamos a morir? —inquirió Ruth.

              —La gente de mi mundo no muere —murmuró Aero—; o al menos no lo hacen los de mi especie. Las plantas, por ejemplo, sí lo hacen. Aunque bueno…, ahora que lo pienso, para ellos yo estoy muerto. En el Mundo etéreo morir es desaparecer; que te arrastre una corriente de aire, como me ha pasado ahora mismo, y jamás regreses a tu hogar. De vez en cuando, alguien vuelve, pero ha pasado tanto tiempo que o no se acuerdan de él o sus familiares han desaparecido.

              —Lo siento —espetó Ruth, destilando tristeza.

              —No importa; es ley de vida. Quiero decir, nosotros nacemos con la certeza de que es muy sencillo que nos lleve el viento.

              —No conozco el Mundo etéreo —intervino la Muerte—, quizá por eso tengáis la inmortalidad. Qué ambos os libréis de mis garras será lo más interesante que se me ha podido ocurrir en todos estos últimos milenios.


              Habían concertado verse en un claro alejado de aquel bosque, donde la Muerte les había confesado que la Diosa de la tormenta hizo un pacto con unas flores de las que estaba enamorada, para que nunca hubiera viento que las pudiera arrancar. «Os gusta mucho hacer pactos de esos», increpó Ruth. Tiempo no contestó, aunque era cierto que en los cuentos la clave estaba en la arbitrariedad de sucesos.

              —Es por el amor a las flores, ¿qué no ves que el amor todo lo vale? —le increpó Aero, algo molesto. Ruth se encogió de hombros porque tampoco quería destripar la suspensión de la incredulidad de su historia.

              A lo largo de cincuenta largos años estuvieron compartiendo muchísimo tiempo juntos. Jóvenes, en la eterna edad de dieciséis años. Hasta que Ruth tuvo que envejecer de golpe; fue en su cabeza, porque en apariencia seguía pareciendo una adolescente. La muerte de sus padres, ya ancianos, hizo que sus ojos miel se empañaran. Primero papá, dos años después mamá. Hasta aquel momento no había sopesado cuán duro iba a ser perdurar mientras el resto de su entorno se desvanecía, como la pintura de un lienzo al que lanzaron aguarrás. Aguarrás, porque la vejez hacía en las personas lo que un disolvente en óleo.

              Se volvían torpes, sin memoria y enfermos. La fuerza se iba con la piel de papel pinocho, seguida de achaques que provocaban a Ruth angustia existencial. No estaba segura de querer seguir viviendo en un mundo donde siempre iba a tener que sentir la pérdida constante de personas de su entorno. Así que aquel día estuvo llorando acompañada de Aero, que miraba sus lágrimas conmovido porque le parecía increíble que salieran regueros a través de los ojos.

              —Sé lo que sientes, Ruth. Me pasó cuando llegué volando hasta aquí. —Hizo una pausa. —De hecho, envidio que puedas llorar. Mis ojos no están preparados para expresar de una forma tan bonita lo que es sentirse triste.

              Ruth no se molestó en responder, solo se quedó callada asimilando la amargura de aquel sentimiento que tan auténtico le parecía. Por primera vez, desde que se encontró con Aero y la Muerte, se sentía débil. Estaba claro que experimentar la pérdida era la forma más evidente de morir estando en vida. Sujetaba a Aero con la dejadez de las almas descorazonadas, de tal forma que cuando en aquel claro empezó a llover no pudo recomponerse lo suficientemente rápido como para tomar con fuerza a Aero y mantenerlo en tierra firme.

              Estaba sorprendida, porque la Diosa de la tormenta nunca en todos aquellos años había permitido que acaeciera fenómeno atmosférico alguno. Miró hacia las flores; mustias, enfermas. Se morían, tal vez por la plaga de algún parásito del que, por desgracia, Tormenta no las pudo proteger. Así que lloraba, derramando chuzos de granizo porque de tan triste que estaba se había convertido en escarcha. Y Aero, mientras tanto, arañaba los cielos gritando el nombre de Ruth en un lamento que la rasgó por dentro. Lloraba ella, lloraba la Diosa y lloraban los pétalos que arrancó el granizo, y volaban con sus colores de primavera tardía.

              La madrugada de más pérdidas de Ruth fue aquella. Huérfana, sola y desgarrada llamó a la muerte para relatarle su cansancio; quería volver a ser mortal, y dejar de perdurar en cada muerte de su entorno. Quería no sentirse igual mientras su alrededor desmoronaba. Y Muerte se lo concedió. Como consecuencia, el paso de los años hizo que su piel se volviera papel pinocho, le dolieran los huesos y tuviera problemas para recordar algunas cosas. Le aparecieron patas de gallo en el filo de los ojos y en la comisura de la boca. Tuvo que ponerse, además, gafas para mejorar su vista.

***

              Llegada ya completamente la vejez de Ruth, esperó tumbada en su lecho a Muerte. Sabía que hoy era su día; relacionarse con seres sobrenaturales le había otorgado nociones de cómo funcionaba el mundo. Sobre su mesa auxiliar dejó preparada una copita de brandy para darle un recibimiento cortés a su amiga, que le sonrió cuando entro sin llamar a la puerta. Aquella madrugada llovía, en reminiscencia del día en el que perdió todo lo que le importaba.

              —Supongo que la Diosa de la tormenta estará triste —murmuró Ruth, solo para romper el hielo. Muerte asintió, antes de responder.

              —Te ha visto en tu pérdida de Aero y cómo continuaste a través de los años sin él. Se siente muy mal por lo ocurrido; su corazón se rompió cuando perdió a sus flores y, de camino, os separó a vosotros. Es algo que no se perdonará jamás: sobre todo ahora, que yo vengo a por ti.

              —Pero no llores, Tormenta, no estoy enfadada contigo. Perdónate tú para que este ciclo de pesadumbre termine, por favor. —habló Ruth, interpelando a la diosa. Tormenta no le hizo caso en absoluto, porque lloró más si cabía. Llegó el granizo, los rayos y las centellas. El viento ululaba a través de los edificios. Sopló el viento con tanto ahínco que, en una de aquellas coincidencias que solo ocurrían en los cuentos, trajo a Aero de nuevo. Entró por la ventana abierta de la habitación de Ruth, que se lanzó contra él buscando anquilosarlo al suelo. Le dolieron los huesos y el cuerpo entero; a su edad no estaba para aquellos trotes.

              Aero la miró con ganas de derramar lágrimas, pero sin tener la capacidad para hacerlo. «¡Ruth! ¡Estoy aquí!» espetó de carrerilla, atónito. La anciana Ruth sí que lloró todo lo que pudo. Ahora que había regresado, ella era la que se largaba; la vela de su existencia se iba a consumir. El peso de los años había hecho tanta mella en ella que le costaba continuar: su cuerpo pesaba tanto...

              Y quiso ser como él; tuvo envidia de lo liviano que era, todo magia y jovialidad. Su inconsistencia era reconfortante. Mientras tanto, Aero deseó todo lo contrario. Él todo aire; una amalgama etérea, sin definir. Anhelaba el calor de la carne de Ruth: le gustaba su marrón. Aunque fuera papel pinocho, tuviera canas y llevara puestas unas gafas muy feas. Él la amaba; amaba a Ruth. Se querían tanto, de hecho, que harían cualquier cosa para ser el contrario. Y, de tan idealizados que estaban, llegó la magia.

              El cuerpo de Aero ganó consistencia; el de Ruth se volvió liviano. Frente a los ojos de la muerte, fueron el opuesto. Aero, ahora tangible, tomó entre sus brazos a la etérea Ruth. Muerte contempló el espectáculo con su copita de brandy en la mano y una sonrisa propia de quien conoce el argumento de una novela y prefiere ignorar los agujeros de guion. Así pues, a Aero le regaló de nuevo la inmortalidad. Mientras que la anciana Ruth, de piel papel pinocho, hizo de su cuerpo una cometa gigante para viajar con el tangible Aero hasta encontrar el Mundo etéreo. Y una vez allí enseñarles cómo con la magia de las cometas se podía evitar cualquier pérdida. 







La Ofelia de Hamlet


         
No suelo hacer notas de autor porque para mí es molesto a la hora de leer y, en general, no me gusta. Este relato corto es una idea de lo que será una historia más larga; por eso se ve tan incompleto y es tan insulso. Leed con precaución. 


             Ares atravesó su ciudad. Diez años atrás le había parecido el lugar más maravilloso del mundo, pero ya no. Nunca más. Ya no quedaban aquellas inmaculadas aceras, que limpiaban unos divertidos robots con aspersores en lugar de bocas y cepillos redondeados en lugar de piernas. Primero lanzaban un líquido azul con olor a limón y luego removían la suciedad mientras decían «Una ciudad limpia para un país limpio». Los árboles también estaban limpios y eran lo que más favorecía a la idea del cuidado de las calles. Tenían las hojas de diferentes colores: algunas rosas, otras azules, naranjas, violetas o blancas. En ocasiones especiales todos los colores se combinaban en un único árbol que formaba un cuadro o fotografía famoso. El Guernica fue el último que vio; impreso en blancos, negros y grises. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», dijeron aquella vez los robots de limpieza, y Ares no lo pudo olvidar.

             Ya no quedaban robots de limpieza. Los árboles tenían hojas verdes, los troncos quebrados y las aceras estaban sucias y repletas de musgo; como si de alguna forma lo verde intentara imponerse sobre el resto de cosas. Verde que te quiero verde, pensó Ares, el verde de Lorca. No había nadie que gritara «Limpieza para la ciudad», porque la ciudad iba a estar sucia siempre. La diversión y el colorido habían pasado a un segundo plano en el que los niños no jugaban en el parque o se molestaban, siquiera, en salir de sus casas. 

          Continuó caminando por una calle cercana al parque al que iba a jugar de pequeño. En él pasaba las tardes jugando con Ofelia y Riley, que siempre se enfadaban porque era el más rápido al pilla-pilla. «Dile algo a tu hermano, Riley», protestaba Ofelia todos los días «Siempre viene a por mí; estoy cansada de tener que pagar». Riley se reía mucho de aquellas quejas y en sus mejillas salían unos hoyuelos que papá decía que se parecían a los de mamá. En secreto Ares lo envidiaba; él también quería tener algún parecido con mamá. Alguna que otra vez llegó a pensar que Riley era el hermano favorito por eso, pero nunca llegó a materializar aquellas ideas en voz alta.

             Ofelia era su vecina más cercana y se hicieron amigos de ella porque iban al mismo colegio e instituto. Se la encontraban por el camino a clase y ella se burlaba de ellos diciéndoles que los dos llevaban la misma mochila. «Parecéis clones, siempre iguales», solía reírse. Ares era el que más se indignaba por aquellas inofensivas bromas. Solía torcer la nariz y contestarle «Al menos nuestra mochila es más bonita que la tuya». Ofelia sacaba la lengua y les explicaba que su mochila era especial; la había cosido con la ayuda de mamá y papá. Aquello desencadenó en que, durante algunas tardes, fueran a casa de Ofelia a aprender a coser junto a ella para tener una mochila así de especial y auténtica.

             Era extraño aquello de coser, y un poco peligroso. Habían escuchado hablar de las agujas y el hilo pero nunca lo habían visto. Los robots costureros hacían aquellos trabajos; podían comprarse en muchas tiendas. Robots a los que les decías «Quiero que me hagas una mochila azul, con lazos y bordados de superhéroes», y listo. Solo había que esperar unas pocas horas a que trabajaran. 

             Los papás de Ofelia preferían hacer algunas cosas a mano y lo cierto era que estaba bien. Cuando terminaron la mochila se sintieron más orgullosos que nunca y se dieron cuenta de que, aunque fuera más costoso, aquello tenía más valor. Era algo suyo; tenía su identidad y sus huellas. Ares, incluso, llegó a arrepentirse de las burlas que le hizo a la mochila de Ofelia. Su amiga tenía toda la razón del mundo.

             Llegó a la entrada de la que fue su casa y, entonces, algo llamó su atención. Escuchó pasos; había alguien allí. No era de extrañar que en aquella ciudad vivieran personas. De hecho, era lo más lógico. Desde que se inició aquella guerra civil los ciudadanos salían poco a la calle, pero seguían viviendo ocultos en sus hogares. Quizá lo que impulsó su curiosidad fue la anticipación de que tal vez pudieran estar ocultos papá, mamá, Riley u Ofelia. Se acercó a la puerta y, de un golpe seco, la abrió. Hacía tiempo que las cerraduras electrónicas dejaron de funcionar en entornos como aquellos y tampoco era fácil hacerse con las rudimentarias que se empleaban en el siglo XXI. Había una cadena de protección que actuaba de tope para que no se terminara de abrir. Introdujo el brazo y tiró hasta arrancarla.

             Caminó despacio hacia el interior del edificio, sin hacer ruido. Las cosas habían cambiado mucho en aquellos diez años, y no para bien. Continuaban los mismos muebles que recordaba de joven. Estaban los mismos sofás, solo que viejos y raídos. La misma encimera de mármol blanco en la cocina, solo que amarilleada y dejada. El mismo color de pared. Las mismas mesas y sillas. 

             Respiró hondo y acarició con lentitud el respaldo de una de las sillas. Un golpe seco, y luego un jadeo. Con cuidado, se movió hacia el foco del sonido. Atravesó el marco de la puerta de lo que fue su habitación, y la vio. Era una chica, aovillada en una de las esquinas. Temblaba y trataba de controlar el ritmo de sus respiraciones. No se movió, como si tuviera miedo de levantar su mirada y enfrentar la tragedia. Ares escuchó el goteo de una lágrima impactar contra el gastado parqué del suelo. Otra lágrima. De nuevo, un jadeo.

          —¿Quién eres? —inquirió Ares, autoritario. La aludida no respondió. Pudo escucharla tararear una canción muy suave, cuya melodía no atinó a distinguir—. Responde.

           —Qué sea rápido, por favor… —murmuró ella, ausente. Otra lágrima, otro jadeo. Tembló con más fuerza.

          Ares se acercó hacia ella. Se colocó a su altura, de rodillas, y la obligó a erguirse y enfrentarle. Tenía el cabello lacio, castaño claro. Sucio, como su rostro ceniciento y ropa gastada. Llevaba una camiseta y unos pantalones remendados por muchos sitios. Los zapatos tenían la suela rota. Sus ojos eran grandes y marrón oscuro, de largas pestañas. Nariz fina y larga, labios carnosos y pálidos, mejillas también pálidas. Barbilla chata y frente ancha. 

          —Ofelia —articuló despacio Ares, que casi se atragantó con sus palabras. La chica se cubrió con sus manos, como si estuviera esperando que la golpeara. Continuaba derramando lágrimas—. Soy Ares, ¿me recuerdas?

           Ofelia se congeló. Sus ojos grandes y expresivos se hundieron en el rostro de Ares e, instantes después, arrugó la boca y la entreabrió en una mueca entre la sorpresa y el disgusto. Aquel había dejado de ser Ares desde hacía mucho tiempo. Su rostro, su cuerpo, la hacían dudar de si alguna vez existió aquel niño de trece años con el que solía jugar en el parque.

          Era alto y robusto; parecía un armario. Tenía una gran cantidad de vello en sus antebrazos, hasta el codo. Sus piernas gruesas, sus pies anchos y de una talla de zapatos que probablemente no se comercializaría. El cabello largo y marrón chocolate; limpio, en una muestra de higiene que la mayoría de gente no se podía permitir. El rostro distinto, menos humano. La nariz ancha y plana, los pómulos marcados, la frente alta. Labios carnosos y rojo oscuro, barbilla gruesa y con indicios de barba. Ojos grandes, con el iris cubriendo casi completamente sus cuencas y de un tono marrón amarillento. Ofelia recordó cuando le decía que eran como la miel, pero aquello quedó atrás. La miel se había ido y solo quedaba aquel tono tan parecido al de un gato. 

         —¿Ares? —inquirió ella en un susurro a penas inteligible—. ¿Qué te hicieron? Pensamos que…

        —¿Dónde está el resto? ¿Y Riley, papá y mamá?

      Ofelia se mordió la mejilla por dentro de la boca, nerviosa. Miró con desconfianza hacia él y, cuando sus ojos se cruzaron, clavó la vista en el suelo. Se encogió sobre sí misma y retrocedió un pasó para apoyar su espalda contra la pared. 

         —¿Dónde están?

       Tenía miedo de responder y que decidiera hacer algo contra ellos. No habló, solo le lanzó miradas esporádicas con un gesto entre curioso y asustado. Probablemente calibraría qué rasgos predominaban en él; los humanos o los de animal.

         —Nuestros padres no están, fallecieron —susurró por fin—. Estoy sola. Pero no importa; algún día moriré también yo. La vida es una cuenta regresiva. 

        Ares la estudió de nuevo. Sucia, escuálida y débil debía de sacarse las castañas del fuego. Luchar por el mañana sin la ayuda de nadie como, cuando se lo llevaron, hizo él. 

             —¿Y Riley?

           —El mismo día en el que murieron nuestros padres se fue. Dijo que buscaba venganza, que no podía quedarse parado mientras nos dejaban sin nada. —Ofelia se mordió el labio inferior con fuerza, tratando de reprimir sus lágrimas. No iba a llorar de nuevo. —Antes llevaban cargamentos de comida para ayudarnos. Los lanzaban unos aviones en unas cajas con paracaídas. Hubo una vez que lanzaron un cargamento que no era de comida. Aquella mañana los que fueron a recogerla fueron nuestros padres. La zona de explosión está irreconocible.

             Ares no dijo nada. Apoyó su mano sobre el hombro izquierdo de Ofelia y se sorprendió por lo frágil que era; llegaba a envolverlo completamente con sus gruesos dedos. Ofelia, de nuevo, se encogió con miedo. 

             —¿Estás bien? —preguntó Ares. Al instante se sintió estúpido. Su mano continuaba apoyada sobre ella.

             —Estoy bien —se obligó a contestar. Guardó silencio durante unos segundos, probablemente en un debate interno. Al fin, volvió a hablar—. ¿Qué te hicieron?

             —Me cogieron junto a otros niños. Ya lo sabes, Ofelia, era algo que sabía todo el mundo pero nadie se atrevía a decir. Querían guerra; estábamos en guerra. Y buscaban ganar a costa de cualquiera. —Hizo una pausa. —No importó que las Naciones Unidas dijeran que estaba mal o que fuera un delito, porque nadie hizo nada al respecto. Los humanos tenían demasiado miedo y, después, solo fue demasiado tarde.

           —¿Humanos? ¿Qué dices? Tú también eres humano —murmuró Ofelia tratando de ocultar, sin conseguirlo, su indignación.

             —No lo soy. Soy algo diferente, y mejor —la prepotencia de sus palabras activó la alarma de auxilio de la chica.

             Ofelia se alejó de él, acobardada. De nuevo derramó lágrimas hasta un punto en el que creyó que iba a quedarse seca. No, por supuesto, él no era humano ni tenía intención de reconocerse como un igual entre el resto de personas. El corazón iba a salirse por su garganta. Histérica, se frotó sus manos; repletas de un sudor frío, al igual que su nuca y sienes.

           —¿A qué has venido? ¿A matarme? ¿A eliminar a todos los humanos de la ciudad? —el chillido histriónico de Ofelia hizo eco en el pasillo—. Vas a matarme. La vida es una cuenta regresiva de hambre y noches en vela.

            —Relájate ¿Quieres? —Ares la tomó por los hombros y la sacudió con suavidad para que entrara en razón. Ofelia solo lloró con más fuerza mientras se cubría el rostro y el pecho con sus brazos, como si aquello pudiera protegerla de algo.

             —No me lleves con ellos, por favor… —susurró ahogada en su impotencia—. Solo mátame. Mátame ya.

            —No te voy a matar, Ofelia, y tampoco voy a llevarte con ellos. Vine aquí porque me enviaron a una misión en esta ciudad y aún me acordaba de vosotros. Solo he venido a ver cómo cambiaron las cosas. —Tomó aire. —No vamos a bombardear más la ciudad; sabes que ya no es necesario porque hace tiempo que lideramos la victoria. 

             Ares la arropó entre sus brazos y la meció como hacían con los niños pequeños, con la intención de calmarla. Ofelia reaccionó mal, pegándole patadas y golpeándole en el pecho. Al poco, se detuvo. Y solo lo rodeó con sus brazos, también, mientras lloraba y se repetía para sí misma «Todo va a estar bien».


             —¿Estás mejor? —preguntó. Ofelia asintió.

         Ares miró como abría uno de los armarios de la cocina. No le pasó desapercibido que solo hubiera una caja de gachas: las mismas gachas que le sirvieron a él cuando se lo llevaron hacía años. Los humanos iban a comer gachas, se dijeron todos los soldados, como comimos gachas nosotros. Necesitaban aprender lo que era el hambre y la necesidad, como lo habíamos aprendido nosotros. 

             Recordó aquel día en el que se lo llevaron como quien rememora el funeral de un ser querido. Muerto. Le habían matado y recompuesto como algo nuevo; regresó a la arcilla, y fue esculpido desde cero. Se fue lejos de su hogar, de sus seres queridos, y lloró esperando misericordia. Noches largas en las que soñaba que mamá y papá vendrían a por él. Tan solo. Tan perdido.

            Entonces llegó el sufrimiento. Le clavaron agujas en algunas zonas y llegó el dolor. Le dolía la piel. Le dolían los ojos. Le dolía el dolor. Gritaba pidiendo un auxilio que no llegó. Solo estuvo ahí la desesperación, el rencor y el miedo. Lo destruyeron con hambruna, indiferencia y necesidad. «Nadie irá a por ti. Estás solo. Recuerda: eres solo un número. Solo nos tienes a nosotros».

             Ares no podía decir con exactitud lo que le hicieron, de la misma forma que no podía negar que le gustaría que cada una de aquellas personas fuera sometida a lo que lo sometieron. Lo que le inyectaron le cambió por dentro, y luego por fuera. Era como un cáncer, que se propagaba por cada una de sus células. Mutación. Las células defectuosas, malogradas por aquellos genes, no los mataron como ocurrió con muchos antes. No. Aquello había sido perfeccionado y había alcanzado el punto exacto.

             Al principio tuvo terribles jaquecas, mareos y vómitos. Pensó que iba a morir como muchos antes, y se sintió solo. A menudo acudía a su cabeza la idea de si de aquella forma iba a terminar su vida. Pensaba que no, que era demasiado triste para él. Pero luego se ponía en el lugar de los chicos que entraron en la cámara de pruebas antes que él y que ya no estaban. A ellos les ocurrió lo mismo, ¿cierto? Tampoco estarían dispuestos a perder la vida de aquel modo, y sin embargo lo hicieron. Había tantas cosas que se escapaban de su control que cuando Ares pensaba en ellas se sentía insignificante y un tanto patético.

           Lo que más creció durante aquel tiempo fue la rabia. Quería devolverles la jugada. Someterles a lo mismo, y luego la muerte. En cada ocasión en la que se cruzaba con ellos, con sus batas blancas y mirada clínica, su ira lo empujaba hasta estar a punto de consumirlo. Pero ellos fueron listos y transformaron aquella destrucción que bullía en él y en el resto en algo beneficioso. 

       Los ningunearon, les hicieron pasar hambre y les desprendieron el diminuto resquicio de dignidad que les quedaba. Los deconstruyeron y, de sus pedazos, formaron individuos nuevos. Cultivaron estúpidas ideas bélicas y patriotas dentro de cada una de sus cabezas, y tuvieron que creerles como los niños perdidos y solos que eran. Luego no. Luego llegó el cambio. 

          Fue a manos de Mercurio. No era el chico más fuerte ni el más rápido; tampoco el más inteligente. Ares pensaba que su valor residía en su perspectiva de ver las cosas, que le impulsó a hacerse preguntas que el resto quería ignorar. La primera de todas ellas fue en la habitación común que compartían: «¿Por qué?» Solo articuló aquellas dos palabras, y el futuro de aquellos tipos empezó a tambalearse. Mercurio expuso muchas cosas con aquella pregunta que durante algunos segundos no obtuvo respuesta. Algunos de ellos le dijeron que era porque estaban solos. Otros afirmaron que era su deber servirles. Y otros solo miraron al suelo. Ares, en cambio, se atrevió a pronunciar lo que fue una sentencia para sus circunstancias «Somos mejores que ellos». Y, entonces, empezó la revolución.

             No tenían porqué pelear como soldados en aquella estúpida guerra contra Alemania. Ellos no eran esclavos e iban a conseguir su libertad a cualquier precio. El orgullo del país español poco les importaba en la ecuación de su tesitura. Humanos débiles. Humanos que nos manipulan. Estúpidos humanos. Debemos aplastarlos como los insectos que son. La guerra contra Alemania cesó para dar paso a una trifulca nueva en la que pensaban devolverles la moneda.

             —Una ciudad limpia para un país sin guerra —citó Ofelia, inexpresiva. Mentira, todo aquello fue una ridícula mentira que les había llevado a la catástrofe. Sus ojos estaban fijos en un tazón en el que humedecía las gachas en agua. Se mordió sus labios pálidos y resecos y Ares se percató de que empezó a aumentar su pulso y sus respiraciones se volvieron un tanto erráticas. Se encogió sobre sí misma, mostrando aquella respuesta instintiva de alguien acostumbrado a recibir golpes.

             Ares, de nuevo, dejó caer su mano sobre el hombro de Ofelia, tratando de infundirle algún tipo de consuelo. Se compadeció al pensar que tuvo que pasar gran parte de aquello sola. Había sido alguien fuerte al haber resistido aquellas circunstancias. Una parte de él llegó a la conclusión de que aquella chica no se merecía sus circunstancias y, sin duda, tener aquel tipo de pensamientos no le iba a llevar a buen puerto. Pensar que Ofelia no era la responsable de lo ocurrido y que no debía de sufrir derivaba en deducir que habría otras tantas personas en una situación parecida.

           —Te eché de menos, Ofelia —susurró Ares y, al instante, esperó que no lo hubiera escuchado. Su mano seguía sobre ella y se sintió abrumada. Intercambiaron miradas y algo entre ambos conectó. Quizá fue por la neblina del pasado, o por la nostalgia. Estuvieron mirándose durante largo rato en un silencio a gritos. ¿Podía el silencio lanzar estruendos? Porque ambos lo sentían de aquella forma. Ares se inclinó hacia ella, rompiendo la magia, y Ofelia retrocedió intimidada por sus ojos y por él entero.

             —¿Qué… Qué me vas a hacer? 

           —No lo sé. —Aquellas últimas palabras fueron apenas un suspiro de la boca entreabierta del chico. Ares pudo oler su miedo y un leve resquicio de sudor. Sus sentidos le informaron de todo lo que ocurría con bastante efectividad y aquello le hizo recordar lo diferentes que eran; la forma en la que tras su secuestro lo habían cambiado a él y a su vida. Hacía años había visto a Ofelia como alguien especial. Le gustaba su sonrisa, la forma en la que hacía que las cosas fueran tan sencillas y el modo que tenía de rebelarse ante todo. Ofelia la reina de las causas perdidas, Ofelia la heroína del instituto.

         Recordó la última protesta que hizo. «La guerra no está bien, Azucena» le dijo a una compañera del colegio. «Pero esos estúpidos alemanes se merecen que los bombardeemos. ¡Querían quedarse con España y con Europa entera! Como en la Segunda Guerra Mundial. Y perdieron. Nos guardan rencor a nosotros y a toda Europa y luego, cuando la crisis, España solo fue alemana». Ofelia le lanzó una mirada condescendiente y suspiró despacio. Luego tomó aire y solo dijo «En la guerra no hay vencedores, sino vencidos». Ares pensó en el modo en el que se rieron de ella. Ofelia la metomentodo. Ofelia la que nunca se callaba en clase y molestaba dando lecciones de moralidad. Ofelia la loca. Había tantas visiones de una única Ofelia que la chica terminó por sentir que se desconocía a sí misma.

         —No eres un estorbo, Ofelia —le dijo Ares a la salida del instituto. Ofelia solo asintió, absorta. Cuando ocurría aquello Ares tenía la sensación de que la perdía. En aquellas circunstancias Ofelia no estaba con él; se había ido. Su cuerpo al lado de Ares y el resto de cosas en algún lugar que no podía alcanzar. Alguna vez pensó que terminaría encalada en la inconsciencia y que no podría tomarla nunca. No la miraría a los ojos e intercambiarían sonrisas. No bromearía con ella sobre cosas tontas e insustanciales. 

        Fue aquel pánico a no poder tomarla el que lo llevó a tironear de sus brazos para captar el máximo de su atención. La chica le miró entre el desinterés y el desconcierto y, entonces, Ares le susurró al oído «No te vayas, Ofelia. Te quiero». La extrañeza de aquellas palabras hizo que Ofelia volviera a anclarse a la tierra. «Yo también te quiero».

           Entonces, en la que fue su casa hecha añicos, junto a una de las personas más importantes que tuvo Ares en su vida, sintió que su recuerdo había sido una revelación de que el pasado nunca se iba. Aunque una parte de él le gritara que eran distintos, que la vida los arrastraba por senderos opuestos, Ares supo que no. Ofelia siempre sería el eslabón más necesario de su cadena. 

             —Ven conmigo. Te llevaré a mi base y no volverás a pasar hambre o miedo. Te lo prometo, Ofelia. —Lo miró de arriba abajo, más sorprendida que otra cosa. 

             —¿Por qué?

            —Porque siempre me has importado y solo necesito saber que estás bien. Cuando vine aquí no esperaba que hubiera nadie. Solo sentí que esa fase de mi vida había terminado. Pero no, estás aquí, y solo necesito verte bien.

             —Agradezco que me ofrezcas esa opción, Ares, pero no me quiero ir. Vivo aquí y debo de pelear por mi hogar y mi vida. Tengo que estar a la altura de las circunstancias.

             —¿No te das cuenta de que ser un humano aquí es peligroso? ¿Quiénes ganamos la guerra? Nosotros. Y los humanos en la mayoría de ocasiones son un estorbo.

             —¿Entonces qué haces hablándome y buscándome si tan estorbo soy? Eres como ellos, Ares, y solo buscas acentuar las diferencias y destruir los lazos que podrían crearse entre todos nosotros. ¿Qué tal si nos vemos a todos como personas? Fuera ideas absurdas y diferenciaciones. —Tomó aire con los ojos húmedos y las manos temblando. —Lo que os hicieron es horrible, pero pagar el odio con más odio no es la mejor opción. Yo no pedí que te llevaran lejos de nosotros, Ares, como tampoco pedí que perdiéramos a nuestros padres. ¿Y qué piensas? ¿Acaso piensas que más gente pidió que os hicieran todo lo que os hicieron? El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias.

             Ares guardó silencio mientras veía cómo una lágrima bañaba la mejilla de la que fue su amiga. Vio cómo Ofelia se perdía entre la bruma y estaba y no estaba a la vez. De nuevo la sintió inalcanzable, como le pasó hacía años, y de nuevo tuvo ganas de reclamarla de regreso. Movió sus manos callosas hacia la pálida mejilla y secó aquella solitaria lágrima en completo silencio.

             —Lo siento —musitó Ares y, entonces, alguien lo empujó. Cayó al suelo sobre su espalda y se reincorporó con agilidad. Estaba tan absorto en lo que compartía con Ofelia que desapareció por completo todo su alrededor. Había cometido un error.

             —¿Quién eres? ¡Apártate de Ofelia!

             Clavó la vista en un muchacho que era casi tan alto como él mismo. Tenía el cabello corto y rapado a los lados. Sus ojos eran rasgados, de un tono similar al marrón miel que él mismo tuvo antes de que a aquellos tipos jugaran a ser Dios en sus laboratorios. Labios carnosos, pómulos marcados y mirada cansada y ojerosa. Delgado, aunque no tanto como Ofelia, y con el vestigio de unos hoyuelos que le recordaron a mamá.

             —Riley. —Su hermano, sorprendido, retrocedió dos pasos. Se pasó la mano sobre el pelo con nerviosismo.

             —¿Eres… Ares?

             El primer pensamiento que tuvo fue que Ofelia le había mentido, quizá para proteger a su hermano de aquellas circunstancias o, simplemente, por desconfianza. Luego escuchó el sonido de disparos y no tuvo la capacidad para seguir prestando atención a aquellas cavilaciones.


             Estaban enjaulados en una celda de paredes de cristal, con cámaras de vigilancia en cada una de las esquinas. Las cámaras eran blancas, diminutas, y con sensores de movimiento que hacían que se iluminara un molesto led rojo cada vez que se movían de un lado para otro. Ofelia contempló a Riley, que caminaba de un extremo a otro de la jaula. Era incapaz de controlar su genio, su ira, su impotencia.

             Ares le dijo a Ofelia que no habría más batallas, y le mintió. Aquello era algo que no podía terminar de una forma tan sencilla. No. Y se los llevaron mientras Riley gritó con toda la rabia contenida hacia su hermano «¡A ti es a quien debo matar para vengar a nuestros padres! Fuiste su asesino». Los ojos de Ares se humedecieron y se opacaron a la vez. Ofelia se mantuvo al margen de todo aquello. Las pérdidas, la sangre, la necesidad…, ya nada importaba para ella. Quizá la solución para todo aquello era morir; morir para olvidar.

          Aquella mañana entró Ares a su celda y solo les dijo «Piensan perdonaros la vida, tanto a vosotros como al resto de presos. El único precio que tendréis que pagar es vuestra condición de ser humanos». Riley le miró con desprecio, antes de contestar «¿Qué cojones significa eso?». «Os volveréis uno de los nuestros». Cuando la comprensión tocó las doce tanto en Riley como en Ofelia se hizo un silencio denso. Riley se acercó a él y lo miró con desafío. Acto seguido le escupió en el suelo.

          Ares evaluó a Ofelia que, llegados a aquel punto, estaba al borde de perder la cordura. Se distanciaba de la realidad tanto que sentía que no estaba allí. Ofelia se volvía etérea, se desmaterializaba, y ya. Solo quedaba de ella un cascarón vacío sin alma; hecho añicos. Riley solía hablarle y hacerle promesas vanas de que todo estaría bien, de que la guerra terminaría y terminarían ellos también. Y Ofelia solo respondía «Una ciudad limpia para un país sin guerra». Luego sonreía sin sonreír y miraba al infinito.

           —Creo que la solución es morir —articuló Riley después de descubrir lo que se iba a avecinar como su futuro. 

        Entonces, todo estalló en la cabeza de Ares. Terminó dándose cuenta de que nada de aquello tenía sentido. Había perdido a sus padres, su hermano lo odiaba y su amiga y amor de infancia estaba más muerta que viva. Pensó, y pensó, y pensó. Todo el odio que le instauraron en aquellas instalaciones en las que lo transformaron se había consumido. Las palabras de Ofelia resurgieron en su cabeza y se repitieron hasta que creyó que él también empezaba a perder la cordura: «El pueblo nunca decide sobre las medidas que toma un país y, en cambio, siempre es el que sufre las consecuencias». Aquello nunca había tenido tanto sentido como en aquel instante.

       La duda de todos sus ideales, de todo lo impuesto, se estableció dentro de Ares. Y la venganza por lo que le hicieron, la rabia que sentía hacia los humanos, se volvió difusa. Clavó sus ojos, entonces, sobre Ofelia y Riley y sintió su pérdida. Se inclinó hacia ellos, de rodillas, como quien suplica un perdón inalcanzable. Ambos lo miraron sin entender la magnitud de aquel acto. Lo único que podía hacer por ellos era liberarlos y rebelarse a su lado. Reunir aliados y liderar una batalla nueva, una protesta nueva. «Una ciudad limpia para un país sin guerra», pensó. Tenía el himno, los ideales y movería cielo y tierra para ser el motor del cambio.





 
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