Luna



           La luna brillaba blanca y tan grande que causaba claustrofobia. Las estrellas, en cambio, a penas eran perceptibles. En aquel monstruoso cielo, el monstruoso monstruo contempló a la luna. Sus ojos eran dos luciérnagas y sus dientes una hilera de cuchillos. Desnuda la boca, emitió un gruñido. A cuatro patas caminaba con porte poderoso. Patas gruesas; cuerpo enorme y alargado. Su pelaje, marrón oscuro, se confundía con las tinieblas. Desnuda la boca, emitió un gruñido.

           De fondo se escucharon grillos y cigarras: parecía que querían cantar una nana pero no sabían cómo afinar. Desnuda la boca, emitió un gruñido. Los grillos y las cigarras guardaron silencio. El lobo andó hacia la luna como un rey sobre sus dominios. Luego escuchó el llanto del bebé y sonrió. Desnuda la boca, sonrió. Una niña de cabello claro y mirada enrojecida, que lloraba. Una niña que lloraba con un pañal.

           Se aovilló y sus piernas de monstruo se hicieron piel; sus garras de monstruo se hicieron dedos y su torso peludo se irguió. Tomó a la niña entre sus manos llenas de tierra. Desnuda la boca, sonrió. La luna (su luna) brillaba blanca y tan diminuta que sintió claustrofobia. Se la llevó lejos, muy lejos. La luna cautiva en el cielo y su luna cautiva entre sus brazos. Aquella noche dos satélites lloraron.




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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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