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Tri(s)tón

Navegante en un mar
del que jamás podía escapar.
Si buscaba la superficie,
me engullía la corriente
hasta mis huesos desollar.
Si buscaba hundirme,
me arropaba la oscuridad,
 mientras se llenaban mis pulmones de sal.
Yo jamás moriría
porque la muerte era un capricho
para la gente con corazón. 

Navegante en un mar
sin velero ni capitán.
Me dijeron que, como última esperanza,
podía ir a rezar
a las (carac)olas.
Podía pedirles que fuera a buscarme
el kraken con el cofre de Davy Jones
y robarle así los latidos de su pecho,
para poder quedármelos yo.

Navegante en un mar,,
me encontré con el señor tritón.
Y me miró tristona, y me sonrió.
Fue lo bastante cálido entre el salitre
como para ensamblar todos los cachitos
en los que me había convertido.
Después tomó una parte de su corazón
para compartirla conmigo.
Al fin podía morir,
pero ya no me apetecía.




Ni lo intentes



             Yo no nací para cumplir tus expectativas. No nací para ser hermosa o seguir un sendero en concreto de la vida. Pero el mero hecho de oponerme, me orpime. Porque si no vivo dentro del sistema, molesto. Soy un estorbo las veinticuatro horas del día. Soy un maldito estorbo ahora mismo. Pero me da igual. No, no me da igual. Dentro de mi cabeza hay una voz que grita muy alto que haga algo útil con mi vida. Entonces me pregunto dos cosas «¿Qué es algo?», «¿Qué es útil?». Sustantivo y demostrativo, respectivamente. Fonemas, sílabas, de una palabra. «Palabra», qué es también un sustantivo. Las letras se sienten bonitas, cuando adornan una pantalla en blanco o un folio vacío. Pero también demandan cosas y hacen daño.

             Son las palabras las que más daño hacen, porque dan vida a las cosas. Las palabras me hablan de expectativas y de belleza. Hablan de trabajo, obligaciones y ocio. El sistema las toma de su mano y por eso alguna que otra vez me he propuesto dejarlas de usar. Pero me encantan. Son como una melodía, que fluye con las pulsaciones de mi teclado. Me siento libre en el ordenador porque pospongo las cosas. Pero posponer las cosas no es bueno, porque luego todo revienta y revientas tú.

             Yo nací para ser libre. Quiero ser libre pero, a medida que pasa el tiempo, me siento más maniatada. Me han dejado inválida. Y yo solo quiero quedarme sin voz y sin palabras, porque siento que son las principales responsables de mi condena. Sin embargo sigo escribiendo, pensando. Reclamando una libertad inalcanzable porque el mundo no ha sido creado para concebir mis peticiones. Entonces pienso que quizá soy yo, que actúo de manera egoísta e insolente al pedirle peras al olmo. Pero estoy muy triste, ¿sabéis? Estoy triste y estoica. Porque me pesan los grilletes de mi jaula. 

             A medida que desafío, me llega el odio. La incomprensión y la impotencia me tienden sus brazos, y los tomo. Porque aunque no quiera lucharé por ser hermosa para tus ojos. Lucharé para tener una vida competente dentro de los estándares que me impusiste. Y me quejaré; me quejaré mucho de cosas que nunca tuvieron remedio alguno.




Indefensa



             La princesa Soledad estaba en su torreón con la mirada fija en el infinito. Sus ojos clavados donde la aurora se fundía con la tierra. Imaginaba el cielo como el lugar en el que habitaba todo lo etéreo, mientras que la tierra englobaba un amasijo inconsistente y mundano. La tierra era tan aburrida, que le causaba rechazo pensar en ella. Por eso le gustaba estar en un lugar tan alto, donde podía ver nacer las gotas de agua.

             Aguardaba a su príncipe de yelmo de plata: tenía ganas de que fuera a por ella y la ayudara con sus dragones. Todas sus ilusiones las había enfocado en que en algún momento sería rescatada y, entonces, su vida cambiaría radicalmente. De hecho, aquello para Soledad era una exigencia: ella no solo anhelaba ser rescatada, sino que también lo exigía. Se merecía estar triste, ser débil y vulnerable. Cautiva en su torre, la princesa Soledad revindicaba su derecho de no ser valiente. Con orgullo, quería demostrar que lo erróneo no era buscar a un príncipe sino que su vida estuviera condicionada por aquello.

             Así pues, Soledad sonrió con lágrimas en los ojos. Se las imaginó hermosas, como las gotas de agua que bailaban hacia el asfalto. Sus ojos eran otro torreón que, hasta aquel instante, había almacenado cada una de sus emociones. Pero ahora no importaba, porque encerrada entre cuatro paredes se sentía más libre que nunca.





Luna



           La luna brillaba blanca y tan grande que causaba claustrofobia. Las estrellas, en cambio, a penas eran perceptibles. En aquel monstruoso cielo, el monstruoso monstruo contempló a la luna. Sus ojos eran dos luciérnagas y sus dientes una hilera de cuchillos. Desnuda la boca, emitió un gruñido. A cuatro patas caminaba con porte poderoso. Patas gruesas; cuerpo enorme y alargado. Su pelaje, marrón oscuro, se confundía con las tinieblas. Desnuda la boca, emitió un gruñido.

           De fondo se escucharon grillos y cigarras: parecía que querían cantar una nana pero no sabían cómo afinar. Desnuda la boca, emitió un gruñido. Los grillos y las cigarras guardaron silencio. El lobo andó hacia la luna como un rey sobre sus dominios. Luego escuchó el llanto del bebé y sonrió. Desnuda la boca, sonrió. Una niña de cabello claro y mirada enrojecida, que lloraba. Una niña que lloraba con un pañal.

           Se aovilló y sus piernas de monstruo se hicieron piel; sus garras de monstruo se hicieron dedos y su torso peludo se irguió. Tomó a la niña entre sus manos llenas de tierra. Desnuda la boca, sonrió. La luna (su luna) brillaba blanca y tan diminuta que sintió claustrofobia. Se la llevó lejos, muy lejos. La luna cautiva en el cielo y su luna cautiva entre sus brazos. Aquella noche dos satélites lloraron.




Aguamarina



           Había una vez una ciudad enferma. La ciudad enferma tenía las calles de color gris; el césped de los parques seco y los columpios y toboganes, hechos de metal, oxidados. Las calles tenían mucha suciedad porque a nadie le importaba que hubiera bolsas de papel u hojas de periódico sobre las aceras. Los urbanitas también eran de color gris y se les había quedado la voz atorada en la garganta. No podían expresar cómo se sentían con palabras y, al no decirlo, era como si aquellas ideas no fueran reales. Entonces todo se disolvía en un pozo muy profundo que dejaba a la desidia campar a sus anchas.

           Aquella ciudad enferma tenía a una muchacha que era la corazón de la ciudad. «La», porque era mujer y le gustaban más los artículos en femenino. Su cabello aguamarina estaba lleno de tirabuzones; su piel, también aguamarina, tenía escamas; sus ojos eran enormes y brillantes como dos luceros y su boquita de piñón era de color violeta. Tenía, además, unas pestañas de plumas de pavo real. Era muy especial la corazón de la ciudad, pero también estaba enferma. 

         Un brujo la había hechizado y la había vuelto de color naranja. Entonces, la corazón de la ciudad tuvo fiebre junto a una imposible jaqueca. Porque si no era aguamarina perdía la magia. Por eso la ciudad se había puesto tan enferma: no podía estar viva si no tenía a la corazón latiendo con fuerzas. Los urbanitas, antes de que se les atorara la voz en la garganta, se habían rebelado al embrujo sin conseguirlo. Luego llegó su desgracia en forma de un gato gigante, que se comió sus lenguas y les obligó a olvidar las palabras. 

          Un día, la corazón de la ciudad subió al rascacielos más grande de su urbe. Se puso de puntillas y contempló al sol que, por desgracia, también era gris. Tan triste estaba por no poder ver el resplandor de sus rayos que pensó en hacer un sacrificio. Extendió su cabello y, con pesadumbre, tomó unas tijeras para cortar sus lustrosas hebras. Después las lanzó al astro rey, a la espera de que el color coronara su estructura. El sol, conmovido por recobrar su amanecer naranja, empezó a llorar. Llenó el cielo de nubes en tonos rojizos y amarillentos, que lanzaron lágrimas.

        Así pues, la ciudad se llenó de agua, y más agua. A la corazón de la ciudad le nació cola de pez y, junto a ella, empezó a recordar el júbilo que había desaprendido por el hechizo del brujo. Sonrió entre las olas que emergían de los edificios. Sonrió tanto que el hechizo dejó de ser pesado y el aguamarina regresó sobre sus escamas. Junto al aguamarina regresaron el resto de colores y el latido de su corazón se hizo más pesado. 

          Se dejó llevar por la corriente de agua hacia la costa y se puso a jugar con delfines y caballitos de mar. La corazón de la ciudad se había convertido en una maravillosa sirena que se alejó de la superficie porque se sentía prisionera en tierra firme. Los urbanitas, tristes por la pérdida, empezaron a coleccionar conchas y caracolas porque era lo único capaz de sintonizar los latidos de la corazón de la ciudad, que ahora yacía en medio del océano.





Princesa libre

Había una vez una princesa cautiva en lo más alto de la más alta torre. Qué era tan delicada que sus manos no podían tocar sus ventanas. Qué era tan sensible que no podía salir de su encierro porque se pondría enferma. Qué era tan guapa que no podía conocer a hombres porque, al contemplar su belleza, perderían absolutamente la cordura. Era muchas cosas, la princesa, y la mayoría de ellas no había podido escogerlas. Era lista y la tomaban como ignorante. Era autónoma y la hicieron esclava. Era valiente y la obligaron a vivir desde el miedo.

Escucha, princesa, lo mejor sería que dejaras de hacerles caso. ¿Está bien que los demás te condicionen, te limiten, dentro de un ideal absurdo que decidieron por ti? Abandona tu torre y olvídate del príncipe. Sé todo lo princesa que quieras sin olvidar que también eres persona y mereces ser libre. Aférrate a tus sueños y no vivas desde el temor de ser tan delicada, tan sensible, como para no poder sentir; como para no poder crecer; como para no poder experimentar.

Qué el cuento no te condicione, princesa, porque tú siempre fuiste algo más que un par de letras. Tú nos representas a todas nosotras y esa responsabilidad es muy grande. Concédete el crédito de a veces no ser tan hermosa, tan indefensa o tan dependiente. Enfréntate a tus propios dragones. Viaja. Ve al cine, recorre países y olvídate de todos los que eligieron por ti el camino del cuento. Sé tú misma, princesa. Sé tú misma por ti, por mí y por todas nosotras.


Un, deux, trois



         Un, deux, trois. Se mira en el espejo. Cabello largo, rizado y oscuro. Ojos chocolate y diminutos. Mejillas gruesas, boquita de piñón. Nariz delgada, como lo es ella entera. Dientes torcidos. Un, deux, trois. Su imagen le dice muchas cosas que no sabe cómo expresar. Se inclina sobre la pila y abre el grifo. El agua fría, las ideas de sal. Alza el rostro húmedo y sonríe sin sonreír. Los ojos enrojecidos por unas lágrimas que no caen. Un, deux, trois. Toma el maquillaje de su neceser. La base primero, para cubrir imperfecciones. Después el colorete, la sombra y el eyeliner. Y, más tarde, el gloss. 

         Un, deux, trois. Su reflejo se desdibuja, hasta que termina olvidando de quién es. Alza el rostro hacia los focos de baño y se imagina sobre la escena de un ballet. Ella, hermosa y distinta. Sus labios tararean una melodía tan desfasada como lo está ella misma. Un, deux, trois. Retoma el baile y sonríe. A su lado una imagen que no es su imagen; los delirios de inmortalidad. Un, deux, trois. Una bailarina, una princesa. Lo eres todo, muñeca. Un, deux, trois. A carcajadas. Sonríe a carcajadas. Pierde el equilibrio, y cae. A su lado, un bote de pastillas de Diazepan.







Dafne






           Corro con todas mis ganas. Me persigues y trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo y retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta y continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, pero la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, y caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme torpe y rápido. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

           —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

           —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante unos breves instantes en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

           —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

           Tus pupilas se dilatan con horror y yo, aprovechando la distracción, trato de aventarme fuera de ti. Mis pies están sellados, enraizados en tierra. Mi brazo ya no sangra, ni siente. Ahora es hermoso: marrón tierra húmeda, coronado por unas delicadas hojas de laurel. Una sonrisa se construye en mi boca, mientras se disuelve lo poco humano que queda de mí.

           —¡No te vayas, Dafne! —imploras histérico. Mi sonrisa se eleva todavía más; absuelta de compasión. La calma se edifica desde lo más profundo de mi pecho. El último pensamiento coherente que tengo es que, al fin, soy libre.





Blanco y negro



           Quizá sea el mundo, que simplemente no nos entiende. Nosotros quisimos ser un amanecer en una triste noche de invierno. Y quizá aquella fue la razón por la que nos dolió tanto; por la que sufrimos tanto. El frío es el que nos obliga a ser alguien distinto; alguien roto y perdido. Quisimos ser un amanecer aquella oscura noche de invierno en la que solo el triste halo de las farolas iluminaba las calles. Y dolía ¡Claro que dolía! Como sigue doliendo ser dos personas diferentes que se aman en un mundo demasiado cuadriculado para un nosotros.

           El blanco y el negro, nada más. No existe el gris, ni el violeta. Ni el azul añil de los amaneceres de otoño. Ni el naranja ahumado de las hojas secas que caen de los olivos. Porque ellos solo ven las hojas del ciprés; siempre iguales, siempre verdes. Y olvidan lo especial de las cosas. Y es por eso, cariño, que estamos tan solos.

           Nos dicen que navegamos sobre las nubes cuando ni siquiera han descubierto que sobre ellas es divertido desanclar. Nuestro mundo será confuso y estará perdido pero dentro de él nos tenemos a nosotros. Y nadie, absolutamente nadie, podrá convertir nuestra primavera en invierno.







Hero



        Naciste para ser un héroe, para marcar un hito en la historia. Todo el mundo te observa con admiración, anhelo y envidia. Tu misión es esa. No temerle a nada ni a nadie; luchar y liderarlos hacia la victoria. Pero, en situaciones como esta, dudas. Contemplas a la luna de una noche particularmente clara. Su resplandor ilumina la estepa y puedes escuchar la tierna y dulce melodía de los grillos, que tanto te recuerda a una canción de cuna.

        En momentos como estos tienes miedo del futuro, de las cosas que vas a cambiar. No dudas de ti, dudas de las consecuencias. Dudas sobre si es lo correcto; sobre si el mundo se convertirá en un lugar mejor. Y piensas, te gusta mundo pensar. Piensas si es justa la causa, si llevarse vidas por delante merece la pena. Entonces es cuando vienen las imágenes de los cuerpos inhertes, de la sangre, de las familias rotas. Te sientes mal, pero es tu trabajo. Eres un héroe, un guerrero. Te admiran, sin ti se derrumban. Pero no. Te sientes como un monstruo.

         ¿Qué importa si los astros designaron tu destino como guerrero?, ¿acaso es esa una nueva forma de nombrar a los asesinos? La luna sigue brillando en las alturas, impávida y fría. Los grillos ahora cantan una melodía nueva; más triste, menos ligera. Quieres llorar.  El destino a tus espaldas se siente tan pesado... Ya no sabes lo que está bien o no; la única certeza que tienes es que tras tus batallas dejaste demasiados cuerpos idos, demasiadas almas rotas. 

        Naciste para ser un héroe, para marcar un hito en la historia. Pero estás lejos de sentirte así. 





4/06/15



             ¿Por qué, mamá? Yo no hice nada, ¿sabes? Sólo traté de comportarme como el hijo que quisiste que fuera. Cometí errores, de acuerdo, te grité a veces. Y fui algo violento, quizá. Pero tenía miedo y tú eras tan fría... ¿Recuerdas esas madrugadas en las que me dejabas solo con mis hermanos? Ellos tenían miedo y me tocaba hacerles la cena. Yo era un crío y no estaba preparado para tener esa responsabilidad. Tú también me gritabas muchas veces, más que yo. Y me tirabas la vajilla, y me culpabas de llevar una vida agria en la que nunca tuve ni voto ni voz.

             Te lo repito: no fue ni mi culpa ni mi responsabilidad nacer. ¿Por qué me arruinas la vida? Me has arrancado mi futuro y mis ansias de seguir adelante. Y ahora me echas a la calle porque lo prefieres a él antes que a mí. Soy tu hijo, ¿qué se te pasa por la cabeza cuando me haces estas cosas? A penas llevas unos meses saliendo con él y ya me cambiaste. No te importo, ¿verdad? En realidad nunca lo hice. Solo fui una pobre excusa para hacerte sentir generosa y mejorar tu autoestima cuando lo necesitaste. Solo me has usado, y ya. 

             Ahora estoy en la calle y papá tampoco me acoge. En serio, sigo sin entenderlo. ¿Por qué nos tuvisteis? ¿Os importamos siquiera un poco? Mis hermanos también están mal, tristes. Ven las cosas de color gris y yo no encuentro algo de cromatismo para darles color y animarlos. El peso recae encima de mí, el mayor, y luego de ellos. Estoy en la calle y a ninguno de vosotros os importa. Empiezo a creer que nunca lo hice. Empiezo a pensar que os arrepentís de que hayamos nacido. Fuimos un error con nombre y apellidos; un fallo que no puede taparse con típex. Y vosotros simplemente miráis hacia otro lado y os hacéis los tontos. 

             No tengo a nadie. He llegado a un punto en el que nadie se interesa por lo que me está pasando; aquellos que pensaba que se preocupaban por mí en realidad nunca lo hicieron. Y me dejaron solo, atado de pies y manos y sin posibilidad de mejora. Soy un inútil, un cero a la izquierda, una mala hierba que desean arrancar. No tengo estudios, ni trabajo, ni posibilidad de mejora. Los proyectos que emprendo se troncan y siempre me encuentro encasillado en la misma posición del tablero: a inicio de partida. 

En catorce días es mi cumpleaños,
dudo que os preocupéis por felicitarme.




Fuego gris



           Estabas en el suelo moribunda y cansada. A pesar de llevar una semana encerrada en aquel zulo, el fuego de tu mirada continuaba intacto. Cuando fijaba mi vista en tus ojos, me daba miedo. ¿Cómo era aquello posible? Incluso habiéndote sometido a dolor y necesidad te mantuviste impertérrita, sin temblar; sin ningún atisbo de pánico o duda. Y me desafiabas mirándome fijamente, tratando de desentrañar lo que ocultaban mis pupilas.

           Empezaba a cuestionarme mis acciones: ¿Hacía lo correcto teniéndote cautiva?, ¿por qué todos querían tu muerte? Fuera de la evidencia de que tuvieras una entereza envidiable seguías siendo débil físicamente. Si quería matarte, si me cansaba de tenerte entre aquellas cuatro paredes, podía hacerlo. Y en cambio nunca levanté mi mano para hacerte daño. ¿Por qué? Estúpido, me sentía estúpido, y una parte de mí me gritaba que me estabas sometiendo.

           Sólo con tus ojos, sí. Sólo con tus ojos me hacías darme cuenta de que yo era un ser horrible y que tú estabas por encima moralmente de mí. Qué no te asustaba. Desapego; practicabas el desapego incluso hacia tu propia vida. Y eso, también, me hizo sentir peor. A tu lado yo era un cobarde y quería dejar de serlo: parecerme un poco a ti. Me estaba degradando, debilitando, y tú eras la responsable. Con esos ojos grises estabas asesinándome de la forma que más dolía: desde dentro.

           Fue entonces cuando empezaste a hablarme. Abriste la boca y emitiste dos palabras «¿Estás bien?» a modo de pregunta. Y quise burlarme de ti; la idea de que alguien en una situación tan precaria como la tuya dijera aquello rayaba lo absurdo. Pero no, viniendo de ti tuvo sentido. Tu Yo era superior al mío, que desde que tuvo uso de razón era una amasijo de inseguridades y terrores pasados. Comencé a contarte cosas sobre mi vida, sobre mí mismo, evidenciando que en el fondo uno de mis problemas siempre fue que nadie me escuchaba. Tú asentías, me sonreías, e incluso llegaste a preocuparte por mí. Por la persona que te había encerrado y arruinado tu libertad.

           Me rompí. Llegada la situación en la que te vi tambaleante, con pocas fuerzas por la escasez de comida y agua, terminé haciéndome añicos. Aun casi al borde de la inconsciencia te mantuviste fuerte y me sonreíste como si trataras de relajarme y darme a entender que no estabas enfadada, que yo siempre fui para ti una buena persona. ¿Y qué pasó entonces? Pasó que lo dejé todo, que a pocos días de que terminara el pacto de tu secuestro me fui contigo. Te saqué del país, te di supervivencia, y te pedí perdón por tratar de apagar el fuego de tus ojos grises que, aunque en un principio odié, se terminó convirtiendo en la luz de mis noches más oscuras.





El ángel



          Los suspiros se escapan de mi boca cuando te veo. Eres un ángel; un ser superior de alas blancas y piel suave. Destellos de ilusión, retazos de alegría, mientras tu cuerpo se eleva a las alturas y me observas. Y yo me mantengo con los pies en el suelo, pesada e impotente. No vueles, por favor, no te vayas. ¿Acaso no me entiendes? Te necesito en mi vida tanto, que duele. Mi estómago se revuelve y mi garganta se seca. Te anhelo.

          ¿Por qué? Llegaste aquí como una lluvia dorada y me bañaste. Me llenaste de una dicha que eclipsaría a cualquiera. ¿Y ahora qué? No puedes hacerme esto. Por favor, ángel, no te vayas. Si te elevas, ¿qué me queda? No creo ser capaz de afrontar tu pérdida. No creo ser capaz de vivir sin ti. Ni siquiera recuerdo cómo fue todo antes de conocerte. 

          Eso es, ven hacia mí. Agárrame fuerte y no me sueltes. Me iré contigo, vayas donde vayas no me verás dudar. Tómame. Te necesito ¿Es tan difícil entenderlo? Y mientras tanto tus ojos siguen fijos en mí y resurjo de los escombros de mí misma. Volaré contigo, a tu lado, sin mirar atrás. Siempre juntos. 

          ¿Qué tienes? No estés triste, por favor. Fui yo la que decidí detener mis latidos. Fui yo la que elegí volverme tan etérea como tú.







Cometa




       Tomé el cordel, hecho de hilo de palomar, y corrí en dirección contraria al viento con la intención de elevarla alto, muy alto. Quería que se confundiera con los pájaros, que se empachara del azúcar de las nubes, y bailara al son del lento vaivén de una canción de cuna. Surcó las alturas con desdén y elegancia mientras mis ojos se posaban sobre su estructura rojiza, amarilla, naranja, azul... Los colores que la decoraban eran tan vividos que durante unos breves instantes me imaginé viendo el arco iris, en lugar de un trozo de papel pinocho con unos mástiles de bambú.

       Ante aquella hermosa visión de los cielos corrí sosteniendo el cordel entre mis ansiosas manos. Ojalá nunca, por nada del mundo, dejara de bailar entre los astros. Me encantaría que siguiera hasta el fin de sus días ahí, entre los cielos, como recordatorio del fogoso vendaval que mecía mi cabello cariñosamente. Mis pies continuaron moviéndose por aquel inmenso descampado con ansias de más; con fuerzas y ánimos para que aquella hermosa cometa jamás finalizara su viaje.

       Fue entonces cuando el suelo desapareció y fui yo la que volé; la que llegó lejos y se confundió con los pájaros; la que se empachó del azúcar de las nubes y bailó al son de una canción de cuna. Surqué las alturas con desdén y elegancia y pude asegurar, sin lugar a dudas, que nunca en toda mi vida había sido tan feliz.




Pupitre




     

      Había una vez una princesa sentada en un pupitre. Sus ojos de monarca debían de mantenerse centrados en las lecciones impresas de su cuaderno y sus ideas, en lugar de vagar libres entre los recovecos de sus neuronas, debían de someterse al peso de un temario espeso y pesado como el acero.

      A medida que fueron pasando las horas la joven princesa fue sintiendo la crueldad de la norma sobre sí misma; las obligaciones inundaron su pecho, llenándolo de arena y sal. En aquellos instantes podía apreciar con todo lujo de detalles cómo aquel veneno disfrazado de buenas intenciones se deslizaba hacia el lugar más importante de su cuerpo: su cabeza.

      Tenía miedo: miedo de que su imaginación desapareciera; miedo de que su libertad terminara servida sobre un gran comedor presidido por el "Qué dirán" y las preocupaciones por su futuro; miedo de convertirse en un autómata aliado de aquellos que roban el pan y las ganas de gritar que es necesario tener comida.




¿A qué estás esperando?



         La muchacha se quedó sentada a la sombra de un árbol de aquellos que utilizaban para decorar los parques y paliar el efecto de tanto cemento y hormigón armado. Sintió cómo el sol calentaba sus piernas, que sobresalían hacia fuera, y cómo en su espalda incidía la rugosidad de la corteza de la planta. Sonrió sintiéndose diminuta comparada con aquello que la rodeaba; insignificante. Apareció entre aquella neblina  de sofocante calor una imagen, una persona, un rostro. 

         —¿A qué estás esperando? —le preguntó aquel espectro, como haciendo alusión a que estaba embobada mirando a la nada. Como haciendo alusión que aquella era su rutina diaria. Como haciendo alusión a que era una ignava que dejaba transcurrir los días sin penas ni gloria. Como si, tal vez, careciera de algún tipo de ambición.

         Por su parte la muchacha sonrió y pensó que aquella brisa que empezaba a arrebolarle el cabello era más que agradable y que estaba acorde, además, con la humedad del ambiente. Se sentía bien en aquel lugar. Acto seguido se encogió de hombros mirando los ojos de su interlocutor, o lo que fuera aquello, y sonrió de nuevo.

         —Estoy esperando al tiempo, tratando de disfrutarlo en cada momento. Estoy esperando a los días, a las horas, al día y a la noche. A que este mundo sea un poco más justo y menos restrictivo. Estoy esperando ser libre y, por encima de todo, feliz. Y hasta que todo lo que aguardo no ocurra puedes darte con un canto en los dientes porque yo, por mi parte, seguiré disfrutando de esas pequeñas cosas que hacen que esta vida merezca la pena y tratando de quitarle hierro al asunto al resto. Puede que el mundo me diga lo que tengo que hacer pero, de momento, tengo la potestad de decidir si me apetece obedecer o si tengo ganas de invertir mi tiempo en otras cosas menos productivas pero que se acercan más a mis gustos.

         Tras aquella respuesta la joven trató de mirarlo a los ojos y de mesurar cuál sería su reacción. No obstante se topó con un montón de hojas secas que giraban y bailaban la misma melodía que la brisa que jugaba con los mechones de su pelo.





¿Eres feliz?




          La joven ejecutiva miró nuevamente el correo de su portátil; tenía millares de mensajes sin leer y montones de documentos por revisar. Sacudió aborrecida su cabeza y tomó un sorbo de su café favorito, cargado de azúcar para contrarrestar su amargo sabor. Aquella noche, cuando llegara a casa, se tendría que acostar muy tarde para ponerse al día; no podría leer aquel libro que había dejado pendiente o, simplemente, perder el tiempo en el sofá. 

          Conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más cansada y con menos ganas de tiar para adelante con aquella carga: había estudiado una prestigiosa carrera en una prestigiosa universidad, había sido la mejor alumna de aquella generación, había... Lo había hecho todo. Alcanzó la cumbre, el éxito, la fama, y aquello..., y aquello la hacía sentir vacía. ¿De qué le servían tantas cosas, tantos títulos, si no era feliz?, ¿de qué le servía tanto estudio, tanto trabajo, si conforme iban pasando los días se volvía más esclava de lo que tenía que hacer? Le prometieron una libertad falsa; le dijeron que estaría contenta el día de mañana. Y aquello... Y aquello era mentira.

          Con una determinación que se le hizo un tanto extraña y ajena tomó su chaqueta y salió de la oficina. Se deslizó por la acera con la cabeza gacha, balanceando su caro maletín de cuero y resguardada con su gabardina de El corte inglés. Todos los bienes que poseía solo la hacían sentir más vacía incluso; no anhelaba tener dinero, no anhelaba poder consentirse caprichos. En el pasado pensó que no habría nada mejor que no pasar necesidad, que tener un buen sueldo. Y ahora se sentía horrible. ¿De qué le servía todo aquello si ni siquiera lo estaba disfrutando? Su libertad, ella aclamaba solo eso. 

          Repentinamente, algo llamó su atención. Era un tipo vestido con ropa gastada y modesta que estaba arrodillado en el suelo, pintando en el asfalto con tizas un hermoso paisaje con un río inmenso, con árboles de hojas en tonos rojizos y amarillentos que decoraban tanto el suelo como sus propias ramas. Aquella tierna imagen otoñal la hizo imaginarse a sí misma ahí dentro, sin ataduras, libre, inhalando profundamente el aire puro y sin viciar. 

          El tipo parecía concentrado en el dibujo. Su mirada estaba ida, como visualizando dentro de su cabeza aquello que iba a plasmar. La ejecutiva le dedicó una sonrisa rota y se agachó para dejarle un billete de cien euros sobre la lata que había dispuesto en el suelo pidiendo limosna. Aquel hombre se giró hacia ella y le dedicó la sonrisa más sincera que aquella mujer había visto en lo que llevaba de vida.

          —¿Eres feliz? —se atrevió a preguntarle, estupefacta.

          —Todos los días. No hay ni uno en el que no dé las gracias por todo lo que tengo. —El tipo sacudió sus manos, repletas de restos de tiza, sobre su camiseta raída de forma modesta. La ejecutiva se despidió de él titubeante, antes de deslizarse calle abajo y cuestionarse si quizá había llegado el momento de cambiar de vida.












          Aprovecho para pedir disculpas por mi inactividad, creo que ahora mismo estoy demasiado estresada con la vida en general. Las cosas a veces no son como pensamos y, bueno, caemos en crisis existenciales. Solo vengo a comentaros que este blog para mí es muy importante; es el reflejo de mí misma, mi evolución como persona, y me ha acompañado en las cosas buenas y malas. Así que por favor no penséis que voy a dejar de actualizar porque no es así. Muchas gracias a los poquitos que me leéis; sois un cielo. Os quiero.



Llamada al Pueblo




Vengo a haceros un llamado,
y a suplicaros con vehemencia,
que no me dejéis de lado.

Necesito vuestro apoyo;
necesito vuestra escucha,
para así acabar juntos
con las cosas que distan de ser justas.

Shhh...
Nos vigilan. 
Id con cuidado;
tomad precaución.







Nuestro enemigo es una madrastra
portadora de un traje con 3G,
y nosotros, cual blancanieves,
en su trampa acabamos de caer.

La manzana de la bruja nos envenena;
la manzana de la bruja nos esclaviza.
¿Debemos, acaso, dejarla vencer
con sus pesquisas?


 
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